Capítulo 29.

Oscura y silenciosa. Así se sentía aquella enorme casa, vacía y solitaria en medio de los lujos y la ostentación. Karen se preguntaba en que momento se había extraviado de aquella manera por un camino en que el dinero y las apariencias eran más importantes que la conciencia y la amistad. Ni los cuadros, ni los muebles, ni los libros, ni todo aquel espacio se podían comparar con la calidez y la felicidad de tener a Alex o a María Andrea a su lado. Pero ahora ninguno de los dos estaba a su lado y no lo estarían nunca más, así como tampoco lo estaría Kike, ni su tía.

Se internó en medio del estudio, sin encender las luces, en medio de la penumbra, apenas atenuada por el fulgor de las lamparas que iluminaban la calle. Fue entonces que pensó en el cadáver, en aquel cuerpo putrefacto que había encontrado en el colchón en el cuarto de su tía. No tuvo necesidad de analizar demasiado la situación, en ese momento fue claro como el agua, que la persona que en aquel momento debía estarse pudriendo en aquel cuarto no era otra que ella, la mujer que la había criado. La Karen que Kike y Alex le habían descrito era capaz de eso y mucho más. No entendía aún la razón, seguramente la había estado presionando o chantajeando con algo, hasta que Karen, hacía un mes aproximadamente acabó con su vida. Los tiempos coincidían perfectamente, era el mismo tiempo en que había aumentado sus dosis diarias de Narcozep y con la crisis en su relación con Pablo Emilio Santís, a quien debía ver aquella noche.

Estaba perdida, el alma y el corazón no le daban para soportar la culpa por haber asesinado a su tía, por haber arruinado la vida de Alex y de Kike y por haber ocasionado la muerte de Sofía Martínez. Pero quizás no todo había dejado de tener sentido.

Karen se secó las lágrimas que ya habían empezado a recorrer su rostro y encendió la luz del estudio. Abrió su fabulosa cartera importada y sacó de allí la carta que María Andrea le había dictado a Yudis palabra por palabra antes de caer en un coma del cuál nunca despertaría. Aquello le dio fuerzas, al menos había algo que ella podía ser, antes de decidirse a irse para siempre de aquel mundo, a quitarse la vida y a olvidar ese mundo extraño en el que ahora vivía y ese penúltimo espejismo en el que se habían convertido todos sus recuerdos.

Introdujo nuevamente la carta en su cartera, sacando casi sin proponérselo, el manojo de llaves que habían aparecido con ella en el fondo de aquel abismo. Seguía sin saber para que eran dos de aquellas llaves, una de las tres plateadas y la hermosa llave dorada que la acompañaba. Fue entonces que recordó que el tercer cajón del escritorio era el único que no había abierto porque era el único asegurado con una cerradura.

Karen introdujo la llave plateada en la ranura de la gaveta. Se abrió. Dentro había una especie de libro de forro negro asegurado con unos preciosos cordones dorados, un pequeño cofre de madera muy fina, tan pesado que Karen tuvo que tomarlo con las dos manos para ponerlo sobre el escritorio y finalmente una pequeña tarjeta de memoria.

Lo primero que hizo fue soltar los nudos de los cordones dorados y abrir aquel extraño libro de cubierta negra, que parecía estar pidiendo a gritos que lo leyeran. Parecía ser una especie de agenda de teléfonos. Tenía anotados, de su puño y letra, todos los números telefónicos que no aparecían en su teléfono celular, incluyendo a Alex, María Andrea, Kike, Camilo Naar, Rogelio Palmira, Eloísa Sanz y hasta de Freddy Gaviria.

Pero no era solo eso, siguiendo el mismo estilo de las anotaciones que le había mostrado aquella mañana a Richard Machado, las siguientes hojas tenían escritos los nombres de esas mismas personas, seguidas de datos precisos, con la fuente apuntada justo al lado.

Pero a diferencia del orden de sus hojas, donde Alex Pedroza había sido el primero, el que encabezaba la lista era nada más y nada menos que Rogelio Palmira.

“Rogelio Palmira, ex senador de la República:

1) Habitación llena de lujos, incluyendo una cama zen, armario de pino , muebles importados, gusto por la cocina, pero sobre todo por comer. Su mano derecha es el ex diputado Antonio Cabrero, quien lo fue a visitar en al menos siete ocasiones (Fuente: Maykol González, encargado de la seguridad de Palmira durante su estancia en la Cárcel Modelo en Bogotá)

2) El senador salió del centro penitenciario y se reunió con Pablo Santís en su apartamento de la Torre F (Fuente: Maykol Gonzáles y Jessica García, vecina de Santís en el conjunto residencial.)

Eran hojas y hojas repletas de información, misma que coincidía con muchos de los recuerdos que tenía sobre aquellas personas, como la relación extramarital que sostenían Pablo Santís y Eloisa Sanz, los orígenes del ex rector de la Universidad de Sucre, los vínculos de Kike Narváez con un jefe guerrillero apodado “El Socio”, y hasta la orientación sexual de Camilo Naar, todo estaba allí con un grado de detalle espeluznante. No había que ser un genio para deducir que toda aquella información hacía parte de una investigación, la misma que se amalgamó en su cerebro hasta convertirse en recuerdos tan reales como el aire que respiraba en aquel momento. Lo que no alcanzaba a entender era el propósito de la misma. Sin duda se había beneficiado de su relación con Pablo Emilio Santís y de su cercanía con Rogelio Palmiro ¿Por qué los estaría investigando? ¿Qué ganaba ella exponiéndolos?

Karen guardó el cofre y la tarjeta de memoria nuevamente en la gaveta. Sólo había una manera de terminar de resolver aquél rompecabezas de una vez por todas y era precisamente hablando con uno de los protagonistas de aquella historia, precisamente con quién había quedado de verse aquella noche. En vez de llamarlo, le envió un mensaje de texto. “Tu apartamento en media hora”. Karen apenas alcanzó a darse una ducha y a cambiarse, pero a diferencia de lo que había hecho en los dos días anteriores no intentó ocultar los raspones con mangas y pantalones largos, ni tampoco se maquilló.

Salió a la calle con una falda juvenil, suelta a la altura del muslo y una blusa sin mangas, el cabello recogido en un moño sencillo y unos zapatos de pana,sin tacones que había encontrado en el último de los cajones destinados a los zapatos viejos.

Tomó las llaves de su carro y una vez adentro puso rumbo al apartamento de Pablo Emilio Santís.

La Torre F era sin duda una construcción excepcional y eso se notaba, porque era prácticamente visible desde todo Sincelejo. Karen llegó sin problemas a la entrada del parqueadero, a bordo de su Lincoln MKZ, justo a tiempo para que el vigilante se acercara a hablar con ella.

-¡A la orden, señorita!

-Voy al apartamento de Pablo Emilio Santís- dijo Karen- Piso 14.

-¿Su nombre cómo es? Me disculpa…

-Karen Massier.

-Adelante, el señor Santís la está esperando.

Karen no tuvo problemas para estacionar su vehículo y en encontrar el ascensor que la llevaría hasta sus respuestas. El piso 14 tenía cuatro apartamentos, Karen tocó el timbre del número 4. No tardó en escuchar los pasos y en ver el rostro del hombre, que en sus recuerdos, la había condenado a aquella vida confusa y bizarra.

-Karen, mi amor- dijo Pablo abrazándola como si no la hubiese visto en años. Karen instintivamente respondió al abrazo, se sentía bien, natural envuelta en el aroma de aquel hombre mayor, a quien sus recuerdos le decían que era indigno de su amor. No supo por qué pero empezó a llorar, como si aquel momento era el que hubiese estado esperando desde que despertó en aquel abismo hacía casi tres días.

-¿Por qué lloras mi amor?- dijo Pablo realmente conmovido, terminando el abrazo para poder observarla bien- ¿Por qué estás así? Toda golpeada y raspada. ¿Qué te pasó?

-Lo mejor será que hablemos adentro- dijo Karen.

Pablo cerró la puerta y de inmediato le ofreció un sillón para que se sentara. La vista desde allí era hermosa, tal y como la recordaba Karen, a pesar de supuestamente no haber estado nunca allí.

-¿Quieres tomar algo?

-Un vaso de agua, por favor.

-¿Agua? Vaya, esta va a ser la primera vez que te vea tomando el precioso líquido. Había comprado vino y vodka, pensando que venías…

-Sólo agua, necesito estar sobria para todo lo que tenemos que hablar.

Pablo, servil y dispuesto se acercó a ella sentándose en una otomana junto a ella, entregándole el vaso de agua con hielo. Karen no recordaba a nadie que la hubiese visto con tanto amor y tanto cariño como aquel hombre en aquel momento.

-Quiero que sepas que me encargué de todo… – dijo él.

-¿Te encargaste de qué, perdón?

-Del cadáver, de tu tía, tal como me lo pediste… ayer mismo envié un grupo de muchachos por la noche, sacaron el colchón donde la escondiste y ya se deshicieron de él.

-¿Te refieres al cadáver de mi tía?-dijo Karen ocultando el estremecimiento que sentía en sus adentros.

-Es la primera vez que te escucho decirle tía, Karen yo se que te has estado sintiendo mal, culpable, por lo que pasó, pero esa mujer es de lo peor, tú misma me contaste como te maltrataba y como te humillaba antes de que salieras de esa casa… y no tenía derecho a chantajearte como lo estaba haciendo. Ella te presionó y tu reaccionaste, es lo normal.

-¿A qué chantaje te refieres, Pablo?

-¿Cómo así que qué chantaje, Karen? ¿Estás bien?

-No, no estoy bien. ¿No se nota?

-Karen, pero no me has dicho que te pasó…

-Explícame bien a que chantaje te estás refiriendo y luego te digo que me pasó. ¿Estamos?- dijo Karen dejando salir esa actitud de fiera que por momentos parecía querer salir de ella.

-Es sobre lo que pasó con Juancho Pedroza ¿Te acuerdas? Tu tía encontró entre tus cosas la tarjeta de memoria con la grabación original, en la que Pedroza hablaba con sus fuentes y que luego alteramos para que pareciera que hablara con el guerrillero ese que puso la bomba en la Universidad de Sucre ¿no te acuerdas?

-Sí, sí, claro que me acuerdo… – mintió Karen, teniendo la certeza que la tarjeta de memoria de la que hablaba Santís era la que había encontrado en el cajón hacía unos minutos.

-A propósito ¿Qué hiciste con esa memoria? Me dijsite que la habías encontrado.

-La tiré en el inodoro.

-Bien, Karen, pero eso no tiene por qué causarte tanto malestar, lo que hiciste estuvo bien, tenías que sobrevivir, tu y yo somos sobrevivientes Karen… mira donde empezamos y mira donde estamos ahora, por eso es que te amo, por eso es que estamos juntos. Tenemos que empezar de cero, apoyarnos el uno al otro y vivir, Karen, vivir.

Karen escuchaba a Pablo y analizaba sus palabras. Tenía la oportunidad de vivir una vida de comodidades junto a aquel hombre por el que indudablemente sentía más que cariño, dejando atrás todo lo que había pasado, olvidándolo todo.

-¿Quieres saber qué me pasó Pablo? ¿Quieres saber por qué estoy así?

-Claro, mi amor ¿Qué te pasó?

-Me violaron, Pablo- dijo Karen estallando en llanto- me violaron de la manera más cruel y ruin y me tiraron en un abismo.

Pablo miró horrorizado a Karen, se arrodillo frente a ella y la tomó de los hombros.

-¿Quién fue capaz de hacerte semejante porquería, Karen? ¿¡Quién!?

Capítulo 28.

Impávido, fumando al borde de la acera, Richard Machado esperaba pacientemente la llegada de la persona con la que había hablado hacía unos momentos, sacándolo de la rutina normal en su consultorio. Karen lo observó a una cuadra de distancia, estaba allí debajo de aquel sol inmisericorde, de saco y con la camisa azul con los botones abiertos hasta la altura del pecho, con sus lentes de nerd, su cabello castaño lacio y su cara de niño. Machado veía de vez en cuando a sus lados, esperando que ella apareciera por cualquier dirección en la acera, así que cuando vio el Lincoln MKZ, color blanco platinado deteniéndose justo al frente de él quedó literalmente con la boca abierta.

Karen abrió la ventana automática de la puerta. Luego de leer varias veces la carta de María Andrea y despedirse de su mamá en la clínica, Karen había vuelto a la casa y encontró en el mismo cajón de los bolígrafos y los lápices, el recibo por la revisión del auto. Resultó que sólo se había pinchado una llanta el sábado, justo un día antes del evento desafortunado que la dejó en la mitad de la nada, con todo el cuerpo magullado. Pero aquel recibo le reveló mucho más que el nombre del taller dónde lo había dejado, le reveló también el nombre del propietario. Pablo Emilio Santís lo había importado directamente de Estados Unidos y lo había puesto a su nombre, aunque en el recibo aparecían ambos como copropietarios. Si Karen requería alguna prueba de lo que sentía aquel hombre por ella, era aquel fabuloso vehículo.

-¡Súbete!- le dijo Karen a Richard, bajando un poco los lentes de sol que complementaban el atuendo deportivo que se había puesto aquella mañana.

-Wow, esto sí es una nave- dijo Richard al entrar al carro.

-Está bonito ¿verdad?

-¿Bonito?  está fabuloso… ¿Cuánto cuesta una joya de estas?

-No lo sé, al parecer fue un regalo que me hicieron.

-El que te regaló este carro debe amarte con todas las fuerzas de su alma.

-Eso espero- dijo Karen sin quitarle la vista a la calle.

-Bueno ¿Y pasando a otros asuntos menos gratos? ¿Qué es eso tan importante que querías consultarme que me hiciste cancelar todas las citas de esta tarde?

-No te preocupes, te dije que te iba a pagar por toda tu tarde, en realidad necesito tu opinión sobre un asunto muy importante.

-¿Me puedes contar ahora?

-No, para que me entiendas tengo que mostrarte algo.

Karen tomó la Avenida San Carlos, que tenía de avenida, lo que ella tenía de astronauta rusa y se dirigió hasta la vía a Tolú. Le costó trabajo mantener la compostura mientras se dirigía a aquella zona de la ciudad, pero tenía que enfrentar lo que había pasado y tenía que hacer algo al respecto, pero lo primero era entender por qué carajos tenía la cabeza vuelta una telaraña de recuerdos falsos o incompletos, en el mejor de los casos. Detuvo el automóvil justo al frente de los negocios ubicados en el mirador.

-Llegamos- dijo ella tomando su cartera AMcQ del asiento trasero y saliendo de su fantástico auto.

-Bueno, al menos tenemos el sitio para nosotros solos- dijo Richard al entrar y ver el montón de sillas y mesas vacías en el lugar, medio minuto antes que una despampanante morena se acercara a preguntar que querían para tomar.

-Dos cervezas está bien- dijo Karen, mientras se sentaba en una de las mesas contiguas a la baranda de donde se podía apreciar el esplendor de la sabana en toda su amplitud.

-Wow, había olvidado lo hermosa que es la vista aquí- dijo Richard acomodándose, mientras le recibía la cerveza fría a la mesera.

-Pensé que venía a una consulta, no a una cita de tragos- dijo él luego de tomar el primer sorbo- no es que me esté quejando, por supuesto.

-¿Ves aquella casa de allá?- preguntó Karen señalando la casa de Jaider y su tía Noris. Podía tener los recuerdos confusos, pero ni aquella casa ni sus habitantes se borrarían jamás de su memoria.

-¿La del techo de zinc? ¿Qué pasa con ella?

-El lunes en la madrugada, las personas que viven allí, me encontraron tirada cerca de allí, estaba completamente golpeada, adolorida, magullada… y violada.

-Karen, yo…

-Deja termino… si como todo eso no fuera suficiente, cuando me bañé y me quité toda la sangre y la mierda de encima, y decidí ir a mi casa, me di cuenta que nada de lo recordaba era real, que todo lo que estaba en mi cabeza estaba equivocado, errado… que mi vida tal y como la recordaba ya no existía. Ya no era la Karen universitaria, cuyos problemas se reducían a decidir con que muchacho me debía quedar… ahora al parecer soy una zorra desgraciada que le he hecho la vida miserable a todo el que se ha cruzado por mi camino, quitándoles hasta las ganas de vivir. Y no entiendo, Richard, no entiendo cómo es que mi vida no es como la recuerdo. Mira…

Karen sacó las hojas con las anotaciones que había hecho en la mañana, cada una con un nombre escrito en la parte de arriba y con las diferencias entre lo que ella recordaba y lo que en realidad era cierto sobre ellas. Richard empezó a leerlas con detenimiento, una por una, deteniéndose de vez en cuando para revisar algo escrito en las hojas anteriores. Las había terminado todas, cuando se rascó la cabeza y volvió a leerlas todas de nuevo.

-Esto no es una broma ¿verdad?- dijo Richard sin quitar los ojos de las hojas.

-Ojalá lo fuera, pero lo que necesito saber ahora mismo es que rayos es lo que me está pasando…

Richard dejó las hojas sobre la mesa y la miró a los ojos.

-De acuerdo con lo que me has dicho puedo hacer algunas deducciones… pero podría estar equivocado. Tendríamos que ir a una clínica y hacerte unos estudios…

-Necesito que me digas que es lo que crees ¡ahora!

-Está bien, Karen, pero no te enojes… el día que te conocí en el bar me dijiste que tenías lo que parecía ser una adicción al Flunitrazepam y que tenías varios días sin tomarlo, uno de los efectos de la suspensión de las dosis en un adicto de esa sustancia es pérdida de la memoria, esa noche al parecer por lo que vi y por lo que me dices, te sedaron con otra sustancia, probablemente escopolamina, lo que tuvo un efecto adverso en tu sistema nervioso provocando estas alucinaciones que por alguna razón se quedaron en tu cerebro en forma de recuerdos.

-No fueron alucinaciones, era real, como tú y yo aquí, hablando…

-Karen, real es sólo un concepto, son sólo señales en tu cerebro, y esas señales se pueden alterar muy fácilmente con esa sustancia que consumiste por tanto tiempo, y encima la escopolamina y los golpes que sufriste en la cabeza… pudieron generar ese efecto. Además hay cosas aquí que no me cuadran…

-¿De qué hablas?

-En las hojas que me diste- dijo Richard tomando las hojas nuevamente- por ejemplo, en lo referente a Eloísa Saenz, aquí dice que tuvo una confrontación con Pablo Santís en su apartamento, en la que terminó con él. Y también esto sobre Kike y su abuelo y Pablo Santís y su ciudad de origen y la mujer que conoció en el puerto. Y también esto sobre Rogelio Palmira y su cuarto en la cárcel ¿Cómo sabes todos esos detalles? ¿Ellos te lo dijeron o cómo?

Karen no pudo responder… No, ni Eloísa, ni Kike, Ni Pablo, ni mucho menos Rogelio Palmira le había contado eso, pero todo estaba allí, almacenado en sus recuerdos, como si ella lo hubiese presenciado todo.

-No, no sé- dijo Karen enfrentándose por primera vez al espejismo- nadie me lo dijo, sólo lo sé.

-Karen, creo que lo que experimentaste fue una fantasía, muy vívida por la acción de las drogas, donde tomaste cosas de tu vida real, como puedo ver, y las complementaste con información irreal. Lo que se me ocurre es que por alguna razón, quizás por el golpe, tu cerebro empezó a almacenar esta información, transformándola en lo que tú crees que  pueden ser recuerdos. El hecho que parte de esa información irreal se haya tornado relevante a un nivel en que recuerdas detalles íntimos de estas personas, es la mejor prueba de ello.

Karen tomó otro trago de cerveza, que ya se empezaba a calentar.

-Mis recuerdos, los de verdad ¿Crees que alguna vez los pueda recuperar? ¿Qué vuelvan?

-En el caso de la amnesia por causa del Flunitrazepam, esta es temporal, el paciente hasta donde sé recupera gran parte de sus recuerdos en cuestión de días. Pero lo que no sé es que efecto tuvo la droga que te echaron para…para abusar de ti… y lo que más me preocupa es que en la caída por ese abismo te hayas dado un golpe que te haya ocasionado un daño cerebral agudo. Karen, en tu situación no es conveniente que andes así, como si nada. Tenemos que hacerte un examen de sangre, una resonancia magnética o una tomografía para ver el estado de tu cerebro.

-Richard, te prometo que me voy a hacer todo eso que dices, quiero vivir ¿sabes? Pero no quiero vivir como la persona que se aprovechó de todo el mundo para llegar donde está, quiero ser esa persona que está en mis recuerdos, justa y sencilla.

-Bueno, ese carro no es para nada sencillo- dijo Richard mirando su Lincoln Blanco- pero para saber eso, si tus recuerdos regresaran o no, tienes que hacerte esos estudios. No regresarán de un momento a otro, sino poco a poco, y pues Karen, lo importante es que te has dado cuenta que has obrado mal y no quieres volver a hacerlo, eso no tendría por qué cambiar.

-Gracias Richard- dijo Karen tomándole la mano al psicólogo- Es mejor que nos vayamos de una vez por todas.

Karen se subió al automóvil, mucho más calmada y relajada, con una mejor idea de que era lo que había pasado con ella, y tal como le había dicho a Machado, tomaría cuidado de su situación una vez terminara un par de asuntos que tenía pendientes.

-Eh, Karen ¿A dónde vamos?- preguntó Machado cuando vio que Karen se dirigía en dirección opuesta a Sincelejo.

-No te preocupes, Richard, no me voy a demorar, sólo voy a buscar algo que me pertenece… no creíste que vine aquí sólo por la vista  ¿o sí?.

Capítulo 27.

Sólo despertó cuando la luz en el exterior se hizo tan intensa, que empezó a penetrar las gruesas cortinas que rodeaban la habitación. Había dormido mucho y bien, sin ningún sueño extraño que la perturbara. Ya suficiente tenía con la vida que le tocaba vivir de ahora en adelante.

Se dirigió inmediatamente a la ducha, tenía demasiadas cosas que hacer aquel día como para perder más el tiempo.

Al verse nuevamente desnuda, observó que sus raspones estaban sanando bien. Una serie de delgadas costras negras los empezaba a cubrir, y aunque no eran particularmente bonitas, Karen se alegró de que su cuerpo reaccionara bien a lo sucedido. Lo único que lamento fue que las heridas que tenía en el alma no se curaran con aquella rapidez.

Al verse nuevamente en el espejo, se dio cuenta que el color de los golpes había pasado de una tonalidad amoratada y verdosa, a una un tanto amarillenta, mucho más fácil de cubrir con el maquillaje. A diferencia de lo sucedido la mañana anterior, esta vez no se dejó apabullar por la cantidad de opciones en su guardarropa. Optó por vestir una sudadera blanca holgada que no le presionara sus raspones y una camiseta amplia del mismo color, con mangas largas para ocultar sus heridas más obvias. Se puso los zapatos deportivos que le parecieron más cómodos y terminó de arreglarse, amarrando su cabello, luego de peinarlo con cuidado.

No tardó en encontrar lo que buscaba para iniciar el día. Uno de los cajones de la mesa de su tocador estaba repleto de lápices, bolígrafos, micropuntas y marcadores. Luego de verificar que tuvieran tinta, Karen tomó dos de ellos y bajó con ellos hasta el estudio.

La fabulosa cartera Alexander McQueen reposaba sobre el escritorio, tal y como la había dejado ella la noche anterior luego de su conversación con Alex. Karen sabía que tenía una llamada urgente que hacer, pero luego de haber escuchado a Kike y a Alex la noche anterior, esa llamada podía esperar.

Se sentó en la silla giratoria que en algún tiempo perteneció a Juancho Pedroza y abrió el segundo cajón, donde estaba completa una resma de papel. Empezó a escribir.

“Alex Pedroza” empezaba la primera hoja, antes de trazar por todo su centro una línea que la dividía en dos. En la columna de la izquierda escribió todo lo recordaba de él: amigo de la infancia, compañero de estudios en la Universidad de Sucre, enamorado de ella, hijo de Juancho Pedroza, ayudó a conseguir pruebas de la inocencia de Kike Narváez, el beso en el estudio, novio de Sofía Martínez. En la columna de la derecha escribió todo lo que sabía de él: vecino y amigo de la infancia, compañero de estudios en la Universidad de Sucre, enamorado de ella, cosa que ella utilizó para robarle información a Juancho Pedroza y mandarlo a la cárcel, situación que aprovechó ella para quitarle la casa, ningún beso, actualmente en una relación con Kike Narváez.

No se detuvo con Alex. Kike Narváez, Pablo Emilio Santís, su tía, Sofía Martinez, Antonio Cabrero, Rogelio Palmira, Eloísa Sanz, María Andrea, Juancho Pedroza, Camilo Naar y hasta Freddy Gaviria fueron quedando plasmados uno a uno en aquella hojas. Había algunos en las que la columna de la derecha quedaba completamente en blanco, como en el caso de Naar, Freddy y María Andrea, pero ya tendría tiempo de llenar aquellos vacíos.  Estaba tan distraída con aquella actividad que era ya casi mediodía, cuando se dio cuenta que no había comido nada desde los buñuelos del día anterior.

Karen salió de la casa, sólo con su billetera, sus llaves y su teléfono celular, todos en sus bolsillos, definitivamente la cartera AMcQ no quedaba nada bien con aquella pinta deportiva. Afortunadamente no le costó trabajo encontrar donde comer.

El Hotel Manchester, ubicado sobre la Avenida Mariscal, a unos 200 metros de la casa, tenía un servicio de restaurante abierto a todo público y que aquella hora se disponía a servir el almuerzo. Karen tomó asiento, un segundo antes de que un mesero extraordinariamente atractivo le pasara la carta.

Eligió de entrada unas empanaditas de pollo, seguida de una sopa de tallarines y de plato fuerte un churrasco, con arroz blanco y ensalada, como guarnición. Un jugo de mora bien frío para el calor y de postre un helado con fresas cortadas sería suficiente.

Karen consumió todo aquello lentamente pero con buen apetito, dejando absolutamente nada en los platos. Parecía que había pasado siglos desde que la última vez que había comido tan bien. Mientras le daba gusto al paladar con el postre, le fue imposible no escuchar una conversación en la mesa contigua.

Dos mujeres demasiado emperifolladas para aquella hora del día, complementaban sus ensaladas con una buena ración de chismes.

-¿Y te invitaron a las bodas de plata de Kathy Robledo?

-Sí, ayer me llegó la invitación, pero no creo que Rodri quiera ir.

-¿Y eso? ¿Por qué no?

-Pues escuché que el invitado de honor va a ser el bandido gordo ese de Rogelio Palmira y pues tu sabes que Rodri no se lleva muy bien con esa gente.

-Son todos unos levantados. A mí, que me ha tocado verlos todos estos días por la campaña, te digo que ese gordo no tiene ni modales… a mi me da es asco verlo.

-¿Y Orla por qué está con él?

-Es que queremos el puesto de Secretaria de Salud para la hija mía, que se graduó de la maestría en España y pues, no quiero que se ponga a trabajar en esos hospitales asquerosos de aquí de Sincelejo. El mejor puesto para ella es la Secretaría y eso es lo que Orla quiere, estará aquí con nosotros, con el puesto que ella se merece.

Hubiese seguido prestándole atención a la conversación, pero el impertinente sonido de su teléfono celular sonando en uno de sus bolsillos no se lo permitió. Tuvo que sobreponerse a la turbación al ver el nombre escrito sobre la pantalla: Pablo Emilio Santís. Pero era hora de empezar a llenar los vacíos y tomar de una vez por todas las riendas de aquella vida extraña que le había tocado vivir.

-Aló.

-¿Aló? ¿Karen?

-Pablo.

-Karen, mi amor, me tienes preocupado. Creí que algo malo te había pasado ¿Por qué no me contestabas?

-Tenemos que hablar, Pablo.

-Pero, claro que sí, mi vida. ¿Cuándo podemos hablar?

-Ahora voy a hacer unas vueltas, quizás por la noche ¿te parece?

-¿Voy a tu casa o vienes a la mía?

-Voy a la tuya, es importante lo que te tengo de decir.

-Está bien mi amor. Te llamo más tarde.

-No, no es necesario. Yo te llamo cuando me desocupe.

-Está bien, princesa, como tú digas.

Al terminar la llamada, y mientras el mesero sexy retiraba los platos sucios y le traía la cuenta, Karen marcó otro número, otro que tenía desde la tarde anterior, antes de cruzarse en el camino de Kike Narváez. Timbró.

-Aló, buenas tardes– contestó la mujer del otro lado de la línea.

-Aló ¿María Andrea?

-No, habla con la mamá ¿Karen?

-Sí, con ella habla. ¿Puedo hablar con María Andrea?

-Bendito sea Dios que estás bien, Karen. Mary me dijo lo que les hicieron y… pensé que te había pasado algo terrible.

-Señora, me disculpa… es que su nombre se me va en este momento…

-Yudis, Yudis Paternina ¿No te acuerdas de mí, Karen?

-Sí, Señora Yudis, discúlpeme, no sé donde tengo la cabeza en estos días. ¿Dónde se encuentra usted en este momento? ¿Dónde está María Andrea? ¿Puedo hablar con ella?

-Karen, mira, lo mejor es que vengas a la Clínica Santa Mónica, acá te explico todo. Te espero en la entrada.

Karen no esperó ni un segundo y luego de pagar la cuenta del restaurante tomó un taxi rumbo a la clínica. Ya iba por los lados de la Gobernación cuando recordó que tenía que buscar el recibo del taller donde estaba su automóvil, pero ya tendría tiempo para eso más tarde. Lo importante era hablar con María Andrea, ella era la única, junto con Antonio Cabrero, que sabía lo que había pasado esa noche y por qué ella había terminado en el fondo de un abismo con todos los recuerdos trastocados.

El taxi apenas había doblado por la Avenida Las Peñitas, cuando Karen se dio cuenta que sobre la guantera había un ejemplar de “El Manifiesto”, el periódico local.

-Señor ¿me puede prestar ese periódico? Me hace el favor.

El taxista no le respondió sino que simplemente le extendió el periódico. Karen buscó de inmediato la sección de Sociales. Tal y como lo sospechaba había una nota sobre las bodas de plata de Kathy Robledo.

Era una foto en la que la pareja posaba frente a una casa campestre que Karen no pudo identificar, pero era el pie de página lo que le interesaba.

“En la foto, Kathy Robledo y el empresario sincelejano Enrique Carlos Gardeazabal, quienes este fin de semana celebrarán 25 años de casados en una reunión en el Hotel Manchester, en compañía de familiares y allegados.”

Había terminado de leer, cuando el taxista le indicó que había llegado a su destino. Luego de devolverle el periódico y pagarle la carrera, Karen se dispuso a bajar del vehículo. Ya se estaba preguntando como haría para reconocer a la mamá de María Andrea, a la que no recordaba haber visto nunca, cuando escuchó una voz que se aproximaba a ella.

-¿Karen?

-¿Señora Yudis?

-No me digas que no te acuerdas de mí- dijo la mujer abrazándola con cariño.

-Es que no me he sentido bien en estos días.

-Créeme que se por qué… vamos a entrar, tengo mucho que contarte.

Luego de dar el nombre de la paciente, Yudis y Karen se dirigieron al Ala Oriental de la Clínica Santa Mónica. En el primer piso estaba el montón de pacientes que usualmente se apelotonaban en las Urgencias de los hospitales para tratarse hasta una rasquiña. Pero no era allí que se dirigían. Yudis tomó el ascensor y marcó el número 7, el último piso de aquel bloque.

Un pasillo oscuro y lúgubre se abrió paso ante ellas, cuando el ascensor se detuvo.

-María Andrea está por acá- dijo Yudis, a quien Karen siguió sin cuestionar.

La mujer se había detenido en frente de una ventana, tocándola suavemente. Fue entonces que Karen vio a su mejor amiga. Estaba dentro de aquella habitación, herméticamente cerrada, tirada sobre una cama blanca, con una cánula metida en la garganta y con un montón de cables pegados por todo el cuerpo, mandando información al cúmulo de aparatos que la rodeaban.

-Dios Mío ¿Qué le pasó?- preguntó Karen horrorizada.

-Está en coma- dijo Yudis intentando no llorar.

-La encontraron ayer, en la madrugada en un negocio de viejas de la mala vida, por los lados de la vía a Tolú.

-¿Qué?

-La encontraron así, golpeada y sucia, pero estaba consciente, Karen… se sentía tan mal. Pero me pidió que te buscara, que hablara contigo… sabía que tú ibas a estar bien, que tú eras fuerte.

Karen no se sobreponía a la imagen de María Andrea, de su mejor amiga, que siempre había querido imitarla y que la había apoyado en sus peores momentos, allí tirada, a punto de morir.

-Me pidió que te escribiera esto- dijo Yudis entregándole una hoja de papel que había sacado de uno de sus bolsillos- Karen, yo sé que lo que ella te hizo es imperdonable, pero mira que lo ha pagado con creces. No le guardes rencor.

Karen abrió la hoja de papel y empezó a leer lo que su amiga le había querido decir. Cuando terminó de leer, no pudo contener las lágrimas. Al fin entendía lo que le había sucedido, pero en lugar de sentir alivio, sólo experimentó una rabia visceral que se extendía a cada segundo por todo su cuerpo. Por fin, desde que despertó en aquel abismo llena de golpes y confusión, sabía perfectamente que era lo que debía hacer.

Capítulo 26.

-Una vez más, Karen, te voy a quitar la cinta de la boca, te voy a soltar ¿vale? Pero te pido por favor que no vayas a gritar ¿vale? Acabo de darle a Kike una pastilla para dormir, pero con lo alterado que está, se puede despertar en cualquier momento y no creo que te quiera dejar ir tan fácil como yo… ¿me entendiste?

Karen asintió con la cabeza.

-Nada de gritos, está bien, sé que está es la pregunta más tonta que haya hecho en mi vida, pero ¿puedo confiar en ti? ¿Puedo confiar en que no vas a gritar?

Karen volvió a asentir, esta vez muy rápidamente.

-Un momento- dijo Alex quitando con gentileza la cinta que cubría la boca de Karen. Quitar la primera capa fue sencillo, pero en el momento en que le tocó remover la capa que le tocaba la piel del rostro y el cabello, fue muy difícil cumplirle la promesa a Alex y no empezar a gritar del dolor. Pero Alex se dio cuenta y le removió la cinta lo más rápido que pudo.

Las cintas que le mantenían fijas las muñecas, los tobillos y la cintura fueron más fáciles de quitar. Alex tomó el cuchillo que había traído y cortó las ataduras una a una dejando a Karen libre de su cautiverio.

-Gracias por cumplir lo que prometiste- dijo Alex, mientras ella se levantaba de la silla con dificultad.

-No, tenía por qué no hacerlo.

-Sígueme- dijo Alex subiendo las escaleras con sumo cuidado. Pare evitar cualquier ruido, Karen se quitó las sandalias de color negro que se había puesto aquella mañana. A pesar de todo lo que le había dicho Kike, de todo el daño que le había hecho a él y a Alex, Karen se sentía contenta de hacer algo en secreto con su mejor amigo, aunque en aquella realidad no lo fuera más.

Cruzaron la sala que estaba completamente a oscuras. Alex tomó algo que había sobre la mesa y salió con Karen a la terraza de la casa, donde la moto de Kike los estaba esperando.

-Toma, esto es tuyo- dijo Alex entregándole su cartera Alexander McQueen- tenemos que irnos ahora.

Alex giró la llave en el contacto de la motocicleta y las luces de la misma iluminaron aquel callejón estrecho y sucio. Dio la patada de encendido. Nunca antes, Karen había sentido que el motor de una motocicleta fuera tan ruidoso como aquel.

-Karen ¡Súbete ya!- le dijo Alex agobiado por la situación.

Mientras se subía en la moto, Karen se imaginó a Kike Narváez saliendo de la casa con un machete para intentar matarla, allí mismo frente a Alex y que ella moría en una orgía de sangre y órganos colgantes, pero cuando se dio cuenta ya habían salido hasta la entrada de la Universidad de Sucre.

-¿Dónde te dejo?

-Boston.

-¿Entonces vives allí?

-Eso creo.

-¿Cómo así que eso crees?

-Últimamente no recuerdo muy bien lo que me pasa.

-Pero sí debes recordar que esa era la casa en la que vivía con mi papá ¿verdad?

-¿Hace cuanto se mudaron de allí?

-¿Mudarnos? Karen, si te estás haciendo la loca, no es nada gracioso.

-Alex, te juro por Dios que en estos días la cabeza la tengo hecho un nido de telarañas, todos mis recuerdos son extraños…

-¡Ya basta! Te voy a dejar en la casa y nos olvidaremos de esto para siempre.

En el resto del camino imperó el Silencio. Debían haber pasado unas cuantas horas porque los negocios empezaban ya a cerrar en la Avenida Las Peñitas y en la Avenida Mariscal, por donde Alex tuvo que cruzar para dejar a Karen en su casa.

-Listo, te dejo aquí, espero no tener que verte nunca más, Karen- dijo Alex mirándola con dolor.

-Alex, no te he dado las gracias.

-No las necesito, sólo necesito que te olvides de esto. No vayas a ir a la policía por lo que Kike te hizo, tú lo viste, estaba completamente fuera de sí. ¿Cómo es que terminaste allí?

-Bájate de la moto y conversamos un rato- dijo Karen sentándose en el andén frente a su casa, justo debajo del árbol en que Marcial se había sentado en su taburete aquella tarde. Para su sorpresa Alex accedió. Se bajó de su motocicleta y se sentó justo al lado de ella. Contemplaba la casa como si le doliera el alma al verla.

-¿Yo les quité la casa?- preguntó Karen sin mirar a Alex.

-¿Es en serio toda esa basura de que no recuerdas bien y que tienes tus recuerdos embolatados?

-De acuerdo a lo que me dijo Kike cuando me tenía amarrada, tendría que haber estado loca para haber intentado hablar con él. ¿Eso no te convence?

-¿Tú lo buscaste? Pero ¿Para qué o qué?

-Esta mañana desperté tirada en el fondo de un abismo, a un lado de la carretera a Tolú, estaba golpeada- dijo ella subiéndose las mangas de su conjunto, mostrando los raspones y verdugones sobre su piel- No sé como terminé ahí, lo único que sé con seguridad es que abusaron de mí, me violaron ¿entiendes? Y no sé si me caí, o me arrojaron, o si me querían muerta…

-¿Quién te hizo eso?

-Eso es lo que no sé, Alex- dijo Karen intentando reprimir las lágrimas- cuando desperté todo era diferente.

-¿Diferente cómo?

-En mi cabeza, hasta ayer yo vivía con mi tía en Villa Natalia, estaba llorando el engaño de Kike, de mi novio,  por haberse acostado con Sofía Martínez en un video y que ella era tu novia y también la amante de Pablo Emilio Santís, el rector, que él había sido el culpable de los atentados en la universidad y que le había puesto una trampa a Antonio Cabrero para culparlo de todo, para poder ganarse el favor de Rogelio Palmira. Pero me despierto y mi tía ya no está, Kike me desprecia por algo que le hice a él y a Sofía. Pablo Emilio Santís y yo tenemos una relación y aparece en una foto, feliz de la vida con Rogelio Palmira y Antonio Cabrero.

-¿Es en serio todo eso que me dices?

-Ya quisiera yo que todo fuera mentira, Alex- dijo Karen afectada por el llanto- no sé qué me pasa Alex, creo que me volví loca

-Bueno, tan loca no creo que estés, parte de lo que dices es verdad, sólo que pasó hace mucho tiempo- dijo Alex- tú vivías en Villa Natalia ¿Recuerdas? Al lado vivimos por un tiempo mi papá, mi mamá y yo, por eso siempre fuimos buenos amigos, Karen. Lo de Kike, Sofía y el video si fue un poco diferente.

-¿Diferente cómo?

-Pues, Karen, tú y yo estábamos como en tercer semestre, cuando pasó lo de las explosiones, al parece tú lo pusiste a salvo, pero todo empezó a ponerse mal después.

-Esa parte me la dijo Kike, dijo que me obsesioné con él.

-Sí, Karen, estabas como loca y bueno… fue entonces que pasó lo del video. Kike me dijo que tú le había robado un video donde salía él con Sofía, teniendo sexo y tu lo filtraste en Internet, lo mandaste a todos los correos que tenías en tu cuenta. Y pues bueno, la credibilidad de Kike como líder estudiantil se fue al carajo… pero fue Sofía la que nunca se recuperó de las burlas y la vergüenza. Se cortó las venas, sus papás no se dieron cuenta de nada hasta el día siguiente.

-Dios Mío- dijo Karen poniéndose las manos sobre el rostro.

-Kike nunca lo superó, incluso ahora, después de todo este tiempo, sé que todavía la quiere mucho ¿te imaginas lo que tuvo que haber sentido cuando te vio?

-Debió sentir ganas de matarme.

-No lo juzgues, trata de ponerte en su lugar, está muy afectado…

-Tranquilo, Alex, si hay alguien que lo puede entender soy yo, además no quiero hacerle ningún daño a Kike… ¿Cómo es que ustedes…?

-Luego de lo de Sofía y lo de mi papá, él y yo empezamos a hablar mucho, creo que más que todo para hablar de cuanto te odiábamos. Y pues, no sé, las cosas se empezaron a dar… ahora creo que no puedo vivir sin él.

-Y por lo que vi, creo que él tampoco podría hacerlo sin ti.- dijo ella reconociendo la verdad- Pero ¿Qué fue eso tan espantoso que le hice a tu papá que me odias tanto?

-Yo ya no te odio, te perdoné hace mucho.

-¿De verdad?

-De verdad…  Me utilizaste para abrir su caja fuerte… te robaste información muy delicada, sobre todo una tarjeta de memoria con una conversaciones de él, con la gente que participó en el ataque a la universidad, unos guerrilleros que querían matar a Santís. A mi papá lo metieron preso, nos tocó vender todo para pagar la defensa, incluso una parte del periódico y pues después nos enteramos que la que había comprado la casa habías sido tú. Publicaste ese libro donde terminaste de enlodar a mi papá… ¿por qué nos hiciste todo eso, Karen?

-Te juro por Dios que no es así como recuerdo las cosas.

-Eso no importa ya… lo que importa es que confío en que esta será la última vez que nos veamos- dijo él levantándose del andén y dirigiéndose a la motocicleta.

-¡Alex! ¿Te puedo hacer una pregunta?

-¿Qué me quieres preguntar?- dijo él subiéndose a la motocicleta.

-¿Tú me amabas?

-Más de lo que me amaba a mí mismo, Karen.- dijo él, encendiendo la moto.

-Alex, de verdad, perdóname, te juro por Dios que voy a tratar de hacer todo lo que esté a mi mano para devolverte lo que es tuyo y tratar de enmendar en algo el daño que te hice a ti y a Kike.

-No te preocupes, Karen, con que desaparezcas para siempre, estés o no estés loca, es más que suficiente.- dijo Alex antes de desaparecer con su moto en la zozobra de la noche.

Capítulo 25.

La habitación estaba totalmente a oscuras cuando despertó. Intentó hablar, gritar, esperando que alguien la escuchara; pero era inútil. Algo muy grueso y pegajoso cubría su boca por completo, impidiéndole emitir cualquier sonido. Intentó mover su mano derecha para tratar de liberarse, pero también fue inútil: tenía las muñecas, los tobillos y hasta la cintura perfectamente asegurados con lo que no podía ser otra cosa que algún tipo de cinta muy gruesa.

Intento luchar, pelear con aquella negrura espesa, moviendo sus brazos, sus piernas, intentando emitir algún sonido con su garganta, así no saliera de sus labios, alguien la tenía que escuchar, alguien tenía que hacerlo. Pero luego que le empezó a arder la garganta y el dolor en los brazos y las piernas se le hizo intolerable, se dio por vencida. Se preguntó que había hecho mal para merecer aquel infierno que estaba viviendo segundo a segundo. Quizás  aquello era lo mejor, rendirse de una vez por todas, y entregarse por completo a las manos inquietas y perturbadoras de la muerte y terminar de vivir su último espejismo antes de cruzar el umbral dónde sólo existía el silencio. No valía la pena seguir viviendo en un mundo extraño y ajeno, donde todo lo que recordaba no existía, donde los que creía villanos, sentían amor por ella y a aquellos que amaba, ahora la detestaban a tal punto de tratarla como un animal rabioso. Sólo Dios sabía lo que aquella versión extraña de Kike Narváez pensaba hacer con ella y teniendo en cuenta todo lo que había vivido, pensó que era mejor no saberlo.

Había iniciado ya una larga y profunda oración al Señor de los Cielos, pidiéndole que la perdonara por sus pecados y que le regresara la vida que había perdido aquella noche en Sector 15, la vida que conocía y en la que a pesar de los triángulos amorosos, las explosiones, las conspiraciones y los vídeos, había sido feliz.

Estaba ya en sus últimos actos de contrición, cuando el cuarto se iluminó con la luz de una bombilla amarilla y sucia. Estaba en una especie de sótano gris, sin ventanas, donde los únicos adornos eran una escalera de madera pegada a una de las paredes y la pesada silla de mueblería antigua donde estaba amarrada. No tardó en escuchar pasos: alguien bajaba por las escaleras.

A Karen no le tomó trabajo identificar al sujeto, era el mismo que hacía un rato le había puesto un pañuelo empapado de, sabrá Dios, que porquerías que la dejaron inconsciente, igual que habían hecho los desgraciados de Pablo Emilio Santís y Sofía Martínez en sus errados recuerdos.

Kike bajó las escaleras lentamente, como si disfrutara a cada paso, mientras la observaba a ella, completamente indefensa y con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Caminó suavemente la distancia hasta su silla, hasta que quedo frente a ella. Karen trató de decirle con la mirada lo que no podía decirle con la boca, pero aquello parecía estar enfureciéndolo más. Fue entonces que sintió el bofetón. “¿Qué estás haciendo, Kike? ¿Por qué me golpeas?” pensó Karen en su interior viendo como aquel hombre al que había amado tanto ahora estaba allí, junto a ella, haciéndole daño.

-¿Te dolió?- dijo él poniéndose de cuclillas y tocando su cabello con su índice derecho-Estás… mucho más hermosa de lo que recuerdo, quizás si te hubiese prestado atención en aquella época, todo, todo hubiese sido tan diferente. Pero no medí las consecuencias. ¿Sabes? He pasado los últimos dos años esperando el momento en que la casualidad, la suerte o el mismísimo diablo me diera la oportunidad de verte de nuevo, Karen Massier, y mira, tú misma viniste a mí, por tu propia voluntad, sin asomo de culpa o de prevención, pensando que yo te podría ayudar en algo. ¿En qué estabas pensando? ¿Te volviste loca o qué?

“Evidentemente eso es lo que parece”- pensó Karen atada de manos y pies sin poder decir una palabra.

-Creíste que el tiempo lo curaría todo, que iba a olvidar todo lo del video, y que seríamos los mejores amigos, mientras me hablabas de los gusanos esos que frecuentas tanto, de tu amante, el ex rector, del asqueroso gordo Palmira y su marioneta número uno, el tal Antonio Cabrero. ¿Qué pasó? ¿Los traicionaste también a ellos? ¿O es que acaso que tu amante de turno empezó a darte lo que te merecías? Eso se nota por esos moretones que tienes en la cara- dijo él tocándole uno de las heridas que tenía ella en su rostro- ¿Por qué tuviste que hacerle eso a Sofía? ¿Por qué tuviste que hacerme eso a mí? ¿Ah? ¿Por qué? ¿Por qué te dedicaste a destruirnos la vida, Karen? ¿Por qué?

Karen estaba más confundida que nunca, si es que eso podía ser posible. Kike la miraba con odio, pero también con dolor, como si ella le hubiese hecho algo terrible, cuando todo lo que ella recordaba era haberlo amado, hasta que él le falló con aquel vídeo en el que se acostaba con Sofía Martínez. ¿Ahora resultaba que era ella quién debía sentirse mal por todo aquello?

-Sabes, cuando te vi en aquella reunión de “Doctrinas”, bueno cuando el grupo en realidad valía la pena, pensé que eras hermosa y ¿sabes otra cosa? Si no te hubieses empecinado en acosarme y en ofrecerte tanto como hiciste después de la explosión de la bomba, hasta me hubiese atrevido a conocerte a pensar en otra cosa contigo… pero claro, esa no eras tú, tenías que creer que porque me ayudaste en el momento de la explosión y estuviste pendiente de mi, ese día, tenías derecho a disponer de mi voluntad, de mis deseos. Nunca entendí como una mujer como tú, se podía rebajar tanto a suplicarle amor a alguien como yo que… ¿cómo fue que me describiste en tu libro? ¡Ah! ¡Ya me acordé!: “un pobre pelagatos con ansías de rebelarse”… pero dime, Karen, si yo era sólo eso para ti ¡¿por qué te obsesionaste conmigo?!  ¡¿Por qué?!  ¡¿Por qué le hiciste eso a Sofía?!  ¡¿Por qué le hiciste eso a Alex, si se supone que era como tus hermano?! ¿O era por eso que lo odiabas tanto? ¿Porque te recordaba de dónde venías, ah?

Kike empezó a llorar justo frente a ella, se levantó del piso y le dio la espalda. Se descargó en llanto, un llanto denso y lleno de sentimiento, tan profundo, que incluso Karen llegó a sentir el pesar por el que aquel hombre cruzaba en aquel momento. Estaba tan concentrado en su dolor, que no escuchó los ruidos que provenían de la parte de arriba de la casa.

-¿Kike?– se escuchó la voz de un hombre, una voz que a Karen le sonaba extrañamente familiar, pero Kike no escuchó, estremeciéndose en medio del dolor insoportable que parecía estar recorriendo todo su cuerpo.

Karen se dio cuenta que alguien empezaba a bajar las escaleras. No podía creer quien era la persona que descendía, con su ropa casual, su cabello rubio, su mirada cruel, con una bandeja desechable en la mano.

-¡Kike! Te traje algo de…- dijo Alex, justo antes de dejar caer la bandeja con la comida que traía dentro- ¿Karen? Kike ¿Qué rayos está pasando aquí?

Kike no respondía, era como si viviera sólo para el dolor que sentía, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor. Alex olvidó la comida que se había caído y corrió hasta Kike, mientras la miraba a ella con horror.

-Kike, Kike ¿Qué hiciste? ¿Por qué Karen está amarrada aquí? ¿Por qué tiene esos golpes en la cara?

-No, pude Alex, no pude- dijo Kike con sus manos cubriéndole los ojos- no pude, quería matarla, pero no pude, no pude.

-Kike, ya, por fa, ven, tienes que tomarte algo, estás muy nervioso…

-Alex, dime que tú no me vas a dejar sólo- dijo Kike, esta vez abrazando a Alex, mientras lloraba sobre su hombro- no podría soportarlo, Alex, no me dejes sólo…

-Ya, Kike, tú sabes todo lo que siento por ti- dijo Alex- tú sabes cómo te quiero, que lo daría todo por ti.

-Ay, Alex ¿Por qué tuvo que aparecer otra vez esa malparida? ¿Por qué?

-Kike, ya, tienes que calmarte- dijo Alex tomando el rostro de Kike con sus manos, mirándolo fijamente a los ojos- yo te amo y estoy contigo, para las que sea ¿recuerdas?

Fue entonces que Kike rozó sus labios con los de Alex y allí justo frente a Karen, empezaron a darse un beso apasionado, un beso lleno de amor y de dolor, sazonado con el sabor de las lágrimas.

-Ya, Kike- dijo Alex, mientras observaba a Karen con cuidado- ven vamos, tienes que tomarte algo para los nervios, ven acompáñame.

Fue así como Karen vio a los dos hombres que más amaba en el mundo, subir las escaleras del sótano, luego de protagonizar aquella expresión de amor loable y sincera. No le que deba ninguna duda que todo lo que recordaba no era más que un montón de mierda. Si algo le quedó claro luego de ver aquella escena era que aquellos dos hombres se amaban, en una relación que evidentemente no estaba basada solamente en la atracción y el deseo, sino en la compresión y el entendimiento del dolor mutuo. Lo que le había dicho Kike había sido revelador, la Karen que existía en aquella bizarra realidad era capaz de dañar a los demás, más allá del límite de lo reparable tan sólo para satisfacer sus deseos. Fue entonces que recordó el momento con la secretaria de Richard Machado y se dio cuenta que en efecto, algo de aquella crueldad seguía con ella.

El oscuro rompecabezas de su vida antes de caer a aquel abismo en la vía para Tolú, empezaba a tomar forma y era una forma monstruosa. Pero necesitaba más información. Necesitaba saber que era aquello tan espantoso que le había hecho a Kike, a Sofía y a Alex. Pero al ver la figura de Alex bajando la escalera nuevamente el corazón se le heló de pavor.

Venía con su mirada cruel y penetrante, observándola fijamente, como si estuviera viendo a través de su alma. Pero la mirada era lo de menos, lo que realmente aterraba a Karen era el objeto filoso que el muchacho llevaba en su mano.

-Bueno, Karen, esto ha sido todo. No voy a permitir que nos sigas haciendo daño.

Capítulo 24.

Iluminada por los cálidos rayos del ocaso sabanero, la motocicleta que llevaría a Karen hasta la Universidad de Sucre, se abría paso en medio del tráfico infernal de aquella hora ingrata.

Sentada de medio lado en el puesto del parrillero y agarrando al mototaxi por la cintura, Karen se empezaba a preguntar si no hubiese mejor tomar un taxi, sobre todo teniendo puesta aquella ropa tan incómoda, pero en lo único que pensaba cuando accedió a tomar los servicios de un mototaxi era en llegar rápido a la universidad.

El mototaxi la dejó justo en la bahía de entrada al centro educativo.

-¿Cuánto le debo?

-$2.000

-¿$2.000? ¿Del centro hasta aquí?

-Eso es lo que vale señorita.

-Bueno, tampoco voy a pelear contigo- dijo ella pagándole al mototaxi el precio de la carrera.

Karen empezó a pensar en el número de carreras de taxis y mototaxis que había pagado aquel día. A ese paso le tocaría utilizar parte del dinero que tenía en la caja fuerte para comprar un vehículo, un carro o una motocicleta, porque con aquella gastadera de pasajes pronto tendría que vender la casa y la ropa para poder movilizarse. “Que horror”. Ya estaba pensando en dónde podría irlo a comprar cuando se dio cuenta de algo.

La bahía estaba llena de estudiantes, algunos esperando transporte y otros esperando para entrar. Karen abrió con cuidado su cartera y revisó nuevamente el manojo de llaves que la había estado acompañando todo el día. De las cinco llaves ya sabía para que eran dos. La llave dorada sin brillo era la llave de la casa de Villa Natalia, una de las llaves plateadas abría la casa de Bostón, pero de las tres restantes, una no parecía abrir cerraduras. Era la llave de un vehículo, una moto o un carro. Aquello tenía mucho más lógica. La dueña de semejante caserón no andaría por ahí tomando taxis y mototaxis exponiéndose a, sabrá Dios, qué clase de peligros. Lo que tenía que hacer era preguntarle a Marcial si sabía donde guardaba ella el carro, una vez regresara a Boston, porque de lo que estaba segura era que no iba a volver a aquella casa en Villa Natalia con aquel cadáver adentro.

Caminó despacio hasta ingresar al campus de la Universidad. Estaba tal cual lo recordaba. Por primera vez desde que despertó vuelta una miseria en el fondo de aquel abismo al amanecer, se sintió en casa. Tomó la ruta de siempre. Subió la colina empinada que daba hasta la plaza central, pasando por el edificio administrativo donde había visto a Kike Narváez amarrado al portón para evitar la posesión del rector, la fachada reconstruida de la biblioteca con la placa conmemorativa por los cuatros estudiantes muertos en la estampida, y una vez en la plaza, la escultura deforme y chamuscada, a la que a nadie se le había dado por arreglar.

Lo siguiente era encontrar a María Andrea. Recordaba tener clases aquel día hasta las 8 de la noche con ella. Sabía que no podía confiar en sus recuerdos pero tenía el presentimiento, la seguridad, de que aquel recuerdo no estaba tan dañado como los otros. Se dirigió al bloque de salones que llamaban “las cajitas de fósforos”, que por su reducido tamaño sólo podían albergar pocos estudiantes. Generalmente se utilizaban para las clases en semestres superiores, donde el flujo de estudiantes era menor, debido a la deserción y a la pérdida de materias, pero en el caso de Karen y María Andrea, al menos como ella lo recordaba, se trataba de una clase de inglés, en las que los cursos se armaban por inscripción, no por carrera, ni por semestre.

“Salón M-103” recordó Karen bajando por el caminito de piedra caliza que llegaba hasta allí. A esa hora, todos los salones del bloque estaban vacíos, excepto ese, en el que varios muchachos retozaban en la puerta, sin duda esperando al profesor en turno.

-Buenas tardes, muchachos- dijo ella, con la leve intención de que alguno de ellas la reconociera.

-Buenas noches- dijo una muchacha delgada, hermosísima de cabello negro, corto y lacio.

-Sí, buenas noches, disculpen… ¿Alguno de ustedes conoce a María Andrea? Ella está en esta clase.

-¿María Andrea González?- dijo un muchacho alto y musculoso, que se encontraba de pie junto a la puerta.

-Sí, ella ¿la conocen?

-Sí, claro, yo estudio con ella ¿por qué sería?- dijo la muchacha de cabello corto, que estaba sentada en el piso, en una posición extraña de pereza y comodidad.

-Es que necesito hablar con ella urgente… pero por lo que veo no ha venido.

-No- dijo el muchacho musculoso- de hecho hoy no vino a clases, yo tenía Matemática Financiera con ella y no asistió.

-Yo tenía Micro con ella, en la mañana, y tampoco la vi- dijo la muchacha de cabello corto.

-¿Alguno de ustedes tendrá el número de ella? Es que es muy urgente lo que le tengo que decir…

-Yo lo tengo- dijo la muchacha de cabello corto, sacando su celular- espere un momento…eme, eme… María Andrea… anote.

Karen sacó su celular para anotar el número que pese a lo que hubiese esperado le sonaba bastante familiar.

-Bueno, muchas gracias muchachos…

-Hey, pero espere ¿Quién le decimos que la estuvo buscando?- dijo el muchacho.

-Díganle que de parte de Karen Massier.

-¿Karen Massier?- dijo la muchacha levantándose del piso con asombro- ¿Karen Massier la escritora?

“¿La escritora?”

-Disculpa, ¿La escritora?- preguntó Karen estupefacta.

-La del libro de la bomba en la Biblioteca… claro, pero pensé que usted era mucho más vieja.- dijo la muchacha de cabello corto con una sonrisa en la cara.

-¿Hablas del día de las explosiones en la Biblioteca y la escultura?

-Sí, de esas mismas, ya eso tuvo 2 años ahora en Septiembre, no he podido leer el libro, pero un amigo me dijo que es sensacional… ¿Me da su autógrafo?

“¿Autógrafo?”

-Está bien- dijo Karen tratando de parecer como si aquello no le estuviera pareciendo completamente fuera de lugar- pero uno sólo que ya me tengo que ir.

-Y yo que pensaba que María Andrea estaba loca cuando decía que era amiga suya- dijo la muchacha recibiendo el cuaderno con la firma y dedicatoria de Karen- espero que venga pronto por aquí.

-Eso intentaré- dijo Karen caminando de vuelta a la calle.

Karen estaba cruzando la plaza principal, cuando decidió abrir su cartera nuevamente. Tenía que comprobar algo. Sacó a la ya casi inexistente luz de la tarde el carnet que había visto en su billetera aquella mañana. En efecto era un carnet a su nombre, como estudiante de Administración de Empresas, pero al voltearlo y ver la fecha de vencimiento, se dio cuenta que quizás sus recuerdos no estaban errados como ella creía, sino que sencillamente no habían sucedido tan recientemente como pensaba.

La fecha de vencimiento estaba para Diciembre de 2011 y según la información que había recopilado aquel día, Rogelio Palmira había salido de la cárcel más o menos por aquél tiempo, el mismo que habían cumplido los atentados en la universidad. No sería ilógico pensar que en aquel lapso de tiempo, ella hubiese decidido escribir un libro sobre el asunto, teniendo en cuenta todo lo que sabía, y si el libro había sido tan exitoso, como parecía indicarle la actitud de la muchacha de cabello corto, no sería raro que tuviera casa, carro y ropa por montones.

Siguió pensando en el asunto, mientras llegaba a la puerta de salida. Dos años también era el tiempo que le había dicho a Machado que llevaba su adicción a esas pastillas, lo cual tendría sentido, luego que Sofía y Santís la hubieran forzado a tomarlas. Pero así como todas aquellas piezas parecían encajar en su teoría, había otras que no, como por ejemplo ¿Por qué Santís estaba libre, feliz de la vida, y al parecer enamorado de ella? ¿Por qué tenía un recuerdo de Richard Machado si lo había conocido la noche anterior y no dos años antes?

Sin embargo, pese a todos sus puntos débiles, aquella conjetura era la única que parecía tener sentido. Si había algo que no cuadraba en su cabeza tendría que ser por los golpes que había sufrido por la caída en el abismo, a un lado de la carretera. Pero, en cualquier caso, lo que tenía que hacer ahora era averiguar quién le había hecho todas aquellas porquerías, porque quien fuera el responsable se lo iba a pagar con sangre.

Había llegado a la salida y estaba a punto de tomar los servicios de un mototaxi, cuando a lo lejos, en la acera del frente, vio a un grupo de estudiantes conversando alrededor de un sujeto alto, de cabello lacio y con barba. Karen lo recordaba más musculoso e irresistible, pero no tenía dudas, era él. Era Kike Narváez.

Se aproximó con determinación al lugar donde se encontraba aquel hombre, sin hacer caso a la lógica, sino a los latidos impetuosos que provenían de su corazón. Había 3 estudiantes, mucho más jóvenes que él, rodeándolo, parecía estarles hablando de su campaña con unos folletos en fotocopias.

-¿Kike?- dijo ella intentando que el corazón no se le fuera a salir del pecho en cualquier momento.

Él suspendió la charla que tenía con los muchachos y la quedó mirando con asombro.

-¿Karen? ¿Qué… qué haces aquí?

-¿Puedo hablar contigo un minuto?

-Sí, claro, bueno chicos, ya saben el 5 todos  a votar por el 003 ¿vale?

Los muchachos se despidieron luego que Kike les dedicara una sonrisa de compromiso y antes de que se acercara a ella. Definitivamente algo era diferente en él, Karen lo recordaba más guapo, más musculoso, con la piel perfecta y sobre todo sin barba. Pero a pesar de todo, y siendo menos perfecto que en sus reminiscencias, seguía siendo muy atractivo.

-No pensé que te volvería a ver, Karen- dijo él- no después de lo del video.

“Entonces lo del video es cierto, no es un recuerdo falso.”

-Sobre lo del vídeo, no, no importa, eso está en el pasado…

-¿Realmente crees que está en el pasado?

-Sí, no es necesario volver a pensar en eso ¿o sí?

-Creo que tenía mucho tiempo que no pensaba en eso.

-Tengo que hablar contigo, Kike, es urgente, están pasando cosas muy extrañas…

-¿Y vienes a mí para que te ayude?

-Estaba buscando a María Andrea, pero no la encontré… necesito hablar contigo.

-¿Sobre qué quieres hablar conmigo, Karen?

-Es sobre Rogelio Palmira, Antonio Cabrero y Pablo Santís, necesito saber si hay algo que tú sepas sobre ellos, algo…

-¿Algo para tu próximo libro?

-No, no me estás entendiendo…

-Hagamos algo… ya yo me voy para mi casa, yo tengo la moto aquí, si quieres te vas conmigo y hablamos allá más tranquilos ¿te parece?- dijo él tratando de escrutar la mirada de Karen al hablar.

-Sí, claro, vamos donde me digas.

-¿Estás segura?- dijo él cuando trajo la motocicleta encendida y la colocó justo a su lado.

-Sí, dale… no te preocupes, ya te dije que el pasado está en el pasado.

-Sí, claro- dijo él, mientras Karen se subía en la moto.

Karen recordaba que Kike vivía en La Palma, pensionado, pero él  tomó otro camino, entrando por la Ciudadela Universitaria.

-¿Vives por aquí?

-Sí, por aquí vivo.

Kike dobló por una calle sumamente fea, hasta llegar a la última casa, antes del terreno baldío que le seguía. Luego de bajarse de la moto, Karen vio como aquel hombre de barba al que había conocido en otra vida, apagó su vehículo y abrió la puerta de la casa, encendiendo el bombillo amarillo que tenía en la puerta.

-Pasa.

Karen siguió a Kike dentro de la vivienda, donde él cruzó una cortina fucsia que conducía hasta el fondo de la casa. Pronto escuchó el ruido de vasos y cucharas cayendo al piso.

-¿Te puedo ayudar en algo?- preguntó ella observando el único adorno de aquella sala: una mesa repleta de cuadernos, papeles y algunos libros de administración.

-No, ya salgo, voy a servir un juguito para hablar más a gusto…

-Vale.

Karen estaba buscando por lo menos algo en que sentarse cuando vio de reojo a Kike cruzando nuevamente la cortina, pero sin ningún vaso en la mano, sólo un pañuelo que él puso rápidamente sobre su boca y su nariz, pañuelo que olía a los mil demonios. Aquel sujeto en el que había confiado, la tenía agarrada con su brazo izquierdo y mientras con el derecho presionaba el pañuelo húmedo e irritante sobre su rostro. Pronto empezó a sentir los parpados pesados y la visión borrosa, hasta que todo fue oscuridad. Quizás sus recuerdos sí estaban errados después de todo.

Capítulo 23.

-¿Aló? Karen, princesa, eras tú, mi amor, ¿Dónde estás? He estado muy preocupado por ti. Yo sé que hemos estado mal, pero nena, por Dios no me dejes con esta preocupación, contéstame. ¿Karen? ¿Karen?

Karen retiró el teléfono de su oreja con lentitud, mientras escuchaba el sonido de la voz de aquel hombre extinguiéndose a medida que lo alejaba. Repetía su nombre, acompañado de súplicas. ¿En qué mundo tan bizarro y extraño tendría ella algo que ver con ese sujeto, capaz de asesinar personas para deshacerse de sus enemigos y consolidar su poder? El mismo hombre que la noche anterior le había llenado la boca de pastillas para callarle la boca para siempre. Se quería convencer que todo aquella no era más que una trampa, sí, de eso se tenía que tratar, pero el tono de preocupación y desasosiego de aquel individuo era demasiado sincero para pensar que la estaba tratando de engañar.

-¿Karen? Por Dios. ¿Estás ahí?- escuchó a lo lejos, antes de cerrar la llamado tocando el botón rojo sobre la pantalla.

Nuevamente los ojos se le llenaron de lágrimas al ver como su realidad parecía desvanecerse a cada segundo frente a sus ojos, al darse cuenta que no podía confiar en sus recuerdos, que la vida que tenía grabada en la cabeza no correspondía con la que parecía estar reclamándola en aquel momento. Se subió la manga a la altura del codo y se enterró la uña del dedo índice en uno de los raspones que tenía sobre el brazo, quizás, con un poco de suerte terminaría aquella pesadilla y despertaría en su cuarto, en Villa Natalia, al lado de la chaqueta que le había comprado a Kike. Pero sólo logró que un dolor espantoso la sacudiera por completo.

Al ver la sangre roja y brillante sobre su uña, comprendió por fin que no estaba soñando, ni se encontraba en medio de una fantasía inexistente. Aquella era su realidad ahora, y tenía que vivirla, lo quisiera o no. Todas sus opciones se habían agotado. Por ahora, lo primero que tenía que hacer era averiguar que le había sucedido la noche anterior y el único que la podía ayudar en esa misión era Richard Machado.

Se secó las lágrimas que amenazaban con dañarle su maquillaje perfecto y se dispuso a salir de la casa. Abrió la puerta y recorrió con perfecta elegancia el camino hasta el borde de la calle.

-Señorita Karen- dijo el anciano vigilante que estaba sentado sobre un taburete debajo de un árbol, en la acera del frente- ¿Le pido un taxi?

-Sí, este… pero antes de que vayas ¿me recuerdas tu nombre? Es que se me olvidó.

-Marcial, Marcial Atencia para servirle, Señorita Karen- la cara del anciano ya no era de sorpresa, ni de lástima, había pasado a una de vergüenza, como si no se atreviera a verla a la cara.

-Disculpa, Marcial, ayúdame a recordar algo…

-Con gusto, señorita Karen, no más pregunte.

-El doctor Santís ¿Hace cuánto que no viene por aquí?

-Pues, a él, en persona, como tal, la última vez que lo vi fue el día que salió con una maleta… y bueno, yo no soy chismoso ni nada, pero me parece que fue el día que usted lo echó de la casa, señorita Karen.

-¿Hace cuánto fue eso?

-Hace como 15 días, señorita.

-Bueno, ahora sí, te agradezco que me traigas el taxi.

-Como no, señorita, ya se lo traigo.

Marcial corrió cuesta arriba, hasta la Avenida Mariscal a buscar el taxi, mientras Karen cavilaba sobre la información que acaba de adquirir. Sin duda tenía una relación con Pablo Santís, pero por alguna razón él ya no vivía con ella. En la llamada se notaba preocupado, lo que indicaba que cualquier cosa que hubiese habido entre ellos no era pasajera. Sin duda tenía que buscar la manera de…

El teléfono celular empezó a timbrar.

“Pablo Emilio Santís”, ese fue el nombre que apareció en la pantalla, la estaba llamando, pero Karen no estaba en condiciones de contestar, al menos no por ahora. Tenía que entender que le había sucedido la noche anterior, porque si había algo de lo que estaba segura, era que estaba en peligro. Desvió la llamada y apagó el celular, justo a tiempo para subirse en el taxi que le había traído el anciano vigilante.

-¿Dónde?

-Edificio del Banco Agropecuario, me hace el favor.

-Con gusto.

Desde la seguridad del asiento trasero del taxi, Karen observó las calles de su ciudad, todo se veía igual a como lo recordaba. Los negocios de la zona rosa, incluyendo a Sector 15 que estaba cerrado a aquella hora, la calle de la Gobernación, la Avenida las peñitas, el caos ordenado del centro de la ciudad, los vendedores ambulantes, todo parecía exactamente igual, salvo por los carteles anunciando la candidatura de Rogelio Palmira al Senado de la República. Quizás no estaba tan loca como ya estaba empezando a creer.

Llegó al edificio 15 minutos antes de la hora de la cita, entró al vestíbulo y tomó el ascensor junto con un par de muchachos con morrales en la espalda.

-Ojalá tengan esos planos listos- dijo uno de ellos, de cabello negro ondulado.

-Sí, marica, porque no he estudiado nada del parcial de Aguas- dijo el otro con pinta de emo trasnochado.

-Yo anoche repasé, pero no se me quedó nada ¿Cuándo repasamos?

-Pues, vamos a ver si nos tienen los planos y será cuando terminemos.

-Disculpen- intervino Karen en la conversación- ¿Ustedes estudian en la Universidad de Sucre?

-Sí, claro- respondió el muchacho emo- ¿Usted trabaja allá?

-Estudiaba- respondió Karen- ¿Les puedo preguntar algo? Si no es mucha molestia.

-Claro que no- dijo el muchacho de cabello ondulado.

-¿Todavía estudia allá Kike Narváez?

-¿El de “Dóctrinas”?

-Sí, ese mismo.

-Ufff- dijo el emo- Ahora es cuando, ese tipo tiene como diez años estudiando en la Universidad.

Los dos muchachos rieron en conjunto.

-¿Usted estudió con él?

-No, no, sólo quería saber si seguía en la universidad.

-Sí, de hecho anda ahora en campaña otra vez para el representante estudiantil.

La puerta del ascensor se abrió. Estaba en tercer piso.

-Bueno, muchachos, muchas gracias por la información.

-De nada, señorita, a sus órdenes.

De camino a la oficina señalada por Richard, Karen empezó a reflexionar sobre Kike. Si todo lo que recordaba era falso, entonces el video en que aparecía teniendo sexo con la zorra de Sofía Martinez, tampoco lo era. Se ilusionó. Las personas de sus recuerdos parecían existir y estar relacionadas con ella de un modo u otro. No sería mala idea hablar con aquel hombre por el que aún en medio de aquella confusión bizarra, sentía una pasión ardiente que la quemaba por dentro.

Estaba pensando en la forma de acercarse a él, cuando llegó a su destino. La Oficina 6.

Al entrar había una mujer de lentes con cara de bibliotecaria al frente de un escritorio y dos sofás vacíos. Sin duda aquello era una sala de espera.

-Buenos días- dijo Karen.

-Buenos días ¿en qué le puedo colaborar?

-Tengo una cita con Richard.

-El DOCTOR Machado… ¿A qué hora tiene la cita?

-A las 4 de la tarde.

-¿Ya la canceló?

-¿Cómo así que si la cancelé?

-Sí, que sí ya la pagó, niña ¿no entiende?

-A ver, SEÑORA, ¿cuánto es el pago por la cita?

-Son $80.000, sino ha pagado, es mejor que se retire, que estoy muy ocupada.

Karen sacó de su bolso dos billetes de $50.000 y se los ofreció a la mujer. Pero justo cuando ella los iba a tomar, ella los retiró.

-Primero entrégueme el vuelto, SEÑORA.

-Pero ¿Cómo se…?

-A ver, no confío en que las sucias manos de una recepcionista inútil no se vayan a quedar con lo que es mío, así que deme el vuelto primero, o de lo contrario le voy a contar a Richard que la estúpida y horrible caricatura de mujer que tiene atendiendo su consultorio trata como mierda a sus pacientes. Veamos a ver quién pierde más.

La mujer quedó de una pieza y temblando de la rabia mientras sacaba los dos billetes de $20.000 para darle las vueltas.

-Su vuelto.

Pero Karen hizo algo más. Tomó los dos billetes de $50.000 y escupió sobre ellos y así, babosos se los extendió a la mujer.

-Recójalos- dijo Karen- ¿No es eso lo que le preocupaba? ¿La plata?

De repente se escuchó la voz de un hombre del otro lado de la puerta interna.

-¡Raquel! ¿Hay más pacientes?

-Sí, doctor- dijo la mujer con la voz quebrada, mientras recogía los billetes del escritorio empapándose las manos con la saliva de Karen.

La puerta se abrió y Richard Machado, con su cabello castaño lacio y su cara de niño abrió la puerta.

-¿Karen? Qué alegría verla.

-Richard, lo mismo digo- dijo ella acercándose a él para darle un beso en la mejilla mientras miraba a la ridícula secretaria- estaba conociendo a tu secretaria, muy… encantadora.

-¿En serio?

-¿Cierto que estábamos hablando de lo más de bien, SEÑORA Raquel?

-Sí, señorita- dijo la mujer sin mirarla a la cara.

-Pasa Karen, por favor.

El consultorio de Richard Machado era bastante sobrio, con un escritorio y una silla bastante modestos. Una silla y un diván para los pacientes y los diplomas donde se consignaban sus títulos: “Psicólogo”, “Especialista” y un conjunto extenso de certificaciones de asistencia a congresos, encuentros y diplomados en tantas cosas que Karen se sintió apabullada.

-Bueno, Karen, de acuerdo a lo que me contó usted ayer…

-Antes que nada, Richard… tengo algo que preguntarle y es muy serio.

-Dígame, Karen.

-¿Qué fue exactamente lo que sucedió anoche?

-¿Tampoco recuerda eso?

-Tengo la impresión de que las cosas no sucedieron exactamente como las recuerdo.

-Bueno, eso es previsible de acuerdo a lo que me contó. Bueno, usted me contactó por las horas de la tarde y me puso una cita para hablar sobre su caso en particular. Yo la vi allí a eso de las 8:30 de la noche y me mostró esto- dijo Richard sacando una especie de recipiente plástico de una de sus gavetas, había un par de pastillas de color blanco y azul dentro de ellas.

-¿Qué? ¿Qué es eso?

-¿No las reconoce?

Karen negó con la cabeza, asustada, recordando las imágenes de Santís y Sofía forzándola a tomarlas.

-Karen, pero entonces la condición de la que sufres es más grave de lo que pensé, yo…

-Por favor, dígame que son esas pastillas y qué pasó anoche, por favor.

-Estas son píldoras de Flunitrazepam, también conocidas como Narcozep…

-Lo que tomaba Sofía…

-¿Disculpe?

-No me preste atención, continúe.

-Bueno, usted me dijo que tomaba este medicamento regularmente y que tenía miedo que se estuviera volviendo adicta a ellos, me dijo que los tomaba ha estado tomando diariamente por casi dos años, pero que en el último mes ha estado tomando hasta cinco dosis diarias, lo cual es realmente perjudicial. ¿Las ha tomado hoy?

-No, no de hecho tuve un accidente anoche y no he tenido tiempo para otra cosa.

-¿Accidente?

-Sí, por eso necesito su ayuda. Después que le dije sobre … mi problema con ese Narcozep ¿Qué más pasó?

-Pues, nos pusimos a hablar de tontería, me dijiste que me querías comprar los lentes y pues bailamos un rato, pero luego desapareciste.

-¿Desaparecí?

-Dijiste que viste a una amiga, María Adelaida.. María…

-¿María Andrea?

-Sí, ella… luego saliste con ella y con otro tipo… te vi como borracha.

Karen sacó de su Alexander McQueen el periódico que había comprado aquella mañana.

-¿Era este el sujeto con el que salí?- le preguntó Karen mostrándole la foto donde aparecía Pablo Santís.

-Con ese que señalas, no, pero con este sí.

“¿Con Antonio Cabrero?”

-Bueno, Richard, muchas gracias por todo, pero me tengo que ir.

-Karen, espera, pero si no hemos hablado de tu problema con el Narcozep.

-No, de verdad no tengo tiempo.

-Karen, espera tengo que explicarte muchas cosas, es peligroso que estés…

Pero Karen no lo escuchó, tenía que salir de allí de inmediato y sabía dónde tenía que ir a continuación: la Universidad de Sucre.

Capítulo 22.

No lo podía creer. Por fin algo de lo que recordaba resultaba ser cierto.

-¿Richard?

-Sí, Richard, el de los lentes ¿Recuerda?

-Sí, sí, claro que recuerdo- dijo Karen con la voz quebrada por la emoción.

-Era para confirmar la cita que teníamos hoy- dijo el hombre del otro lado de la línea.

-¿Cita?- Eso si no lo recordaba.

-Sí, claro, quedamos de vernos hoy a las 4 de la tarde ¿Recuerda?

Aquella pregunta fastidiosa le empezaba a fastidiar. “¿Recuerda? ¿Recuerda?” porque era precisamente aquello lo que le estaba resultando imposible en aquel momento: recordar; porque por alguna extraña razón nada de lo que recordaba parecía coincidir con la realidad que estaba viviendo en aquel momento, excepto por aquel sujeto al que había visto por un par de horas en un sitio de tragos la noche anterior.

-En realidad no, pero le voy a cumplir la cita.

-Me imagino entonces que no recuerda la dirección de mi oficina. ¿Tiene dónde anotar?

-Tranquilo, yo me aprendo la dirección.

-Perfecto, es en el Edificio del Banco Agropecuario, Tercer Piso, Oficina 6.

-¿A las 4 de la tarde?

-A las 4 de la tarde.

-Ok, perfecto y… Richard.

-Dígame.

-Muchas Gracias.

-De nada, a sus órdenes.

La llamada se terminó de inmediato. Karen miró la hora en su teléfono celular. Eran apenas las 12:45, así que mientras despachaba los tres buñuelos y el jugo de caja que le había traído el extraño vigilante se dedico a recorrer la que ahora parecía ser su casa. Contando la noche del beso en el estudio, Karen había entrado en aquella casa en un par de oportunidades, una en que acompañó a Alex a buscar un cuaderno para un trabajo de la universidad y la segunda para ver una película juntos en su cuarto, lo cual le pareció inconcebible a la madre de Alex. Que cómo era posible, que dos niños de bien, tan simpáticos y buen puestecitos, se tuvieran que encerrar en un cuarto, que qué tal una barriga, ni lo quiera Dios. La cantaleta había sido de tal magnitud que Karen no volvió a esa casa, por lo que nunca tuvo la oportunidad de conocer al padre de Alex, hasta la noche en que los sorprendió en su estudio, besándose, mientras trataban de robarle una tarjeta de memoria. Lo recordaba todo perfectamente, pero a diferencia de antes, no estaba segura si podía confiar en sus recuerdos.

Salió del estudio y entró a la impresionante cocina de la casa, se veía tan limpia y pulcra, que Karen dudaba que alguna vez hubiese sido utilizada, al igual que la habitación contigua. Echó a una caneca plateada, la bolsa y la caja vacía que aún tenía en la mano, mientras observaba el patio trasero. Estaba todo cubierto de baldosas rojas con dos enormes sombrillas cubriendo dos mesas con cuatro sillas cada una, el lugar perfecto para relajarse un buen rato.

Regresó a la sala, pero esta vez en lugar de quedarse paralizada con el enorme retrato suyo colgado allí, decidió subir las escaleras. La primera puerta a la izquierda era la habitación de Alex. La recordaba en aquel color púrpura con líneas color violeta, con afiches de equipos de fútbol y de animes japoneses, con sus sabanas de niño, pero al abrir la puerta constató que aquel también era un recuerdo falso. La habitación estaba vacía. La pared estaba pintada de un blanco pulcrísimo y no había ni siquiera un clavo que alterara la visión perfecta de la habitación, a excepción del verde intenso de los árboles que cubrían el frente de la casa.

En el segundo piso había 3 puertas más. Karen las abrió, pero a excepción de la última, todas estaban completamente vacías. Al entrar a la última habitación, comprendió que aquél era su cuarto. Estaba decorado exactamente como ella lo hubiese soñado de haber tenido el dinero suficiente. El enorme cuadro post-impresionista dominando la cama estilo Rey, con dos mesas de noche a los lados, cada una con una lámpara de diseño en espiral.

Aquella habitación era hermosa, sin duda alguna, pero aún no había visto lo mejor. En un costado había una puerta, Karen inicialmente creyó que se trataba del baño, pero al abrirla se dio cuenta que estaba en un enorme compartimento dedicado a su ropa y sus zapatos. No lo podía creer. Por primera vez en aquel día una sonrisa se escapaba de sus labios, al tocar cada una de las blusas, las faldas, los pantalones, los jeans y cada una de las sandalias, tacones, zapatos, botas y chancletas que tenía a su disposición. Cruzó aquel compartimento hasta encontrar finalmente el baño.

Entre la ducha, el excusado y la tina enorme, aquella parte de la casa era incluso más grande que el cuarto que tenía en Villa Natalia. Karen no dudó en desnudarse por completo y abrir la ducha para dejarse tocar por el agua nuevamente. Esta vez sus heridas no se resintieron; estaba sanando, quizás todo aquello no era tan malo después de todo. Sólo en sus sueños podía ser ella dueña de una casa como aquella, con una colección de ropa y zapatos como la que había visto y con tantos lujos a su disposición.

Pero la imagen del cadáver oculto en el colchón la sacó de su encantamiento. El dolor en sus partes íntimas había cedido muchísimo, pero evidentemente alguien había abusado de ella. La sola idea de que algún asqueroso la hubiese penetrado sin su consentimiento la llenó de asco y vergüenza, más aún porque era evidente que también la había asaltado por detrás. La sola imagen le aguó los ojos. Se preguntó si todo lo que ahora parecía ser suyo valía una agresión como aquella. Pero prefirió no contestar esas preguntas por el momento.

Al salir de la ducha y secarse el cabello con una toalla. Se puso las piezas de lencería más finas que pudo encontrar, y encima un par de medias veladas para ocultar los raspones y golpes en sus piernas. Se colocó un vestido en dos piezas. La primera una especie de tubo color blanco que la envolvía desde los senos hasta los muslos, con la ventaja que el cierre se encontraba en el costado y no en la parte de atrás. La segunda pieza del mismo color, hacía las veces de chaqueta, con mangas largas y amplias, así como la caída que asemejaba a una falda. Completó aquel conjunto con un cinturón ancho color negro, mismo color que eligió para sus sandalias.

Al salir a la habitación, se sentó en el tocador y se peinó el cabello con cuidado, para finalmente recogerlo en una cola de caballo asegurada con pequeños ganchos en forma de mariposa. Pero a lo que le dedicó más tiempo fue al maquillaje. Tenía que cubrir perfectamente los moretones que tenía en la cara, que si bien no eran tan escandalosos como los raspones en sus extremidades, no se veían muy bien que digamos. Al finalizar estaba perfecta.

Karen se contempló en el espejo por un largo rato. Se veía mucho más delgada de lo que recordaba, pero sin duda muchísimo más hermosa y aquella ropa le daba un aire de elegancia y distinción que exacerbaba aún más su belleza. Tomó la cartera que había dejado sobre la cama y se dispuso a salir.

Al regresar al estudio, vio que su teléfono celular había recargado por completo toda la batería. Marcaba las 2:30 de la tarde. Tenía el tiempo suficiente para observar los contactos de su celular. Esperaba encontrar el teléfono de Alex, de Kike, de María Andrea, de Freddy o de su tía, alguien conocido con quien hablar, pero no reconoció ningún nombre entre sus contactos. Excepto uno. Pablo Emilio Santís.

Al ver aquel nombre y recordar a aquel sujeto abriéndole la boca para que Sofía Martinez le introdujera esas pastillas en la boca, tuvo que soltar el teléfono sobre la mesa. Karen empezó a dar vueltas en la silla giratoria como manera de perder el tiempo hasta las cuatro de la tarde, hora en que Richard Machado la recibiría. Entonces recordó algo.

Se levantó y se acercó al estante central de libros. Karen recordaba haber visto en ese lugar libros de leyes y enciclopedias, pero lo que veía ahora eran solamente obras de ficción: Virginia Wolf, Julio Verne, Kathy Reichs, Mario Puzo, Edgar Allan Poe, Stephen King y Agatha Christie estaba entre los autores que podía reconocer, pero le llamaba la atención algo más.

Tomó un compartimento de los libros y lo empezó a correr. No todo lo que recordaba estaba errado. Allí, justo detrás, estaba la caja fuerte. Karen recordaba perfectamente la clave que Alex había marcado aquella noche, sólo era cuestión de marcarla nuevamente a ver si funcionaba. Pulsó los números con delicadeza e incredulidad, pero a diferencia de lo que esperaba, la caja abrió.

Se quedó boquiabierta. En lugar de tarjeta de memoria y papeles, aquella caja estaba llena de fajos de billetes, algunos en dólares, otros en pesos. Alcanzó a contar $2’000.000 por fajo, y había unos 30, eso sin contar lo que había en moneda extranjera.

Karen tomó uno de los fajos y lo metió en su cartera. “Nunca se sabe cuando se vaya a necesitar”. Cerró nuevamente la caja y la cubrió con el compartimento corredizo.  Miró nuevamente la pantalla de su teléfono celular para verificar la hora, pero vio el nombre de Pablo Emilio Santís. En ese momento la curiosidad fue más poderosa que el terror y decidió marcar el número.

Timbró.

-Aló, buenas tardes- contestó la voz de un hombre del otro lado.

-Buenas- dijo Karen muerta del miedo.

-¿Aló? Karen, mi amor, eres tú ¿Karen?

Capítulo 21.

Atado al espejo retrovisor del taxi que acababa de tomar, un llavero con la cara de Rogelio Palmira se movía como loco con cada movimiento del vehículo.

Karen estaba tan desorientada con todo lo que le había sucedido aquella mañana, que no sabía por dónde empezar a agobiarse. De tan sólo pensar en los moretones en su cuerpo, en el cadáver en la casa de Villa Natalia y ahora en la extraña desaparición de su tía, no tenía cabeza para nada más. Pero al ver el llavero dando vueltas en el aire, supo que quizás aquel taxista tendría algunas respuestas. Después de todo el conductor de un taxi que ella había tomado al azar en la calle no podría hacer parte de la conspiración de Santís. “¿O sí?”

-Señor, disculpe- empezó ella.

-Dígame, señorita.

-Una pregunta ¿Usted va a votar por Rogelio Palmira?

-¿Lo dice por lo del llavero?

-¿Por qué más?

-Pues señorita, yo no quisiera, pero toca. Una sobrina mía se graduó de enfermera hace seis meses y no ha podido conseguir trabajo. Ahora anda con el tal Antonio Cabrero que dijo que le iba a conseguir un puesto en Dassalud.

-Y ¿Hace cuánto lo soltaron?

-¿A quién?

-A Cabrero.

-Pues, que yo sepa ese señor nunca ha estado preso, el que estuvo preso fue el senador, eso sí, hace como dos años, pero él salió libre, lo declararon inocente e incluso demando al estado por un jurgo de plata.

-¿Dos años? ¿Está usted seguro?

-Claro que sí, señorita, eso fue todo un escándalo. Dijeron que tenía vínculos con los parapolíticos, que había incluso financiado a los que pusieron la bomba en la Plaza de Majagual.

-¿Pusieron una bomba en la Plaza de Majagual?

-Usted no es de por aquí ¿Verdad? ¿De dónde viene? ¿De Venezuela?

-Sí, de Venezuela- dijo Karen recostándose de nuevo en el espaldar del asiento trasero del vehículo.

Ahora sí estaba asustada. Había algo errado, algo inexacto en la forma en que estaba percibiendo la realidad, o en la manera en que se habían ordenado sus recuerdos. De alguna manera aquello que estaba viviendo se salía de todo orden, de toda lógica, de toda sensatez.

-¿Se encuentra bien?

-Dígame.

-¿Qué si se encuentra bien? ¿No necesita que la lleve al hospital? Se ve muy pálida y esos golpes… se ven serios.

-Déjeme donde le pedí, por favor, del resto me encargo yo.

-Está bien.

El taxista la dejó justo al frente de la casa de Juancho Pedroza; a diferencia de la confusión que había sentido al entrar a Villa Natalia, en aquel lugar se sentía segura. La fachada de la casa estaba exactamente igual a como la recordaba. El jardín delantero, la tejas color rojo arcilla, las ventanas con marcos blancos y cortinas color pastel, la reja blanca de entrada, todo, todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.

Alex la había tratado mal, lo sabía, pero quizás era él la única persona en la que podía confiar en aquel momento. La única que la podría entender, la única que no la tacharía de loca si le contaba lo que le pasaba.

La reja que cubría la entrada estaba abierta. La calle, como era usual, se encontraba silenciosa y solitaria, a pesar de que pronto sería mediodía y la creciente masa trabajadora de aquel barrio retornaría a sus hogares a almorzar.

Karen tocó temerosa el timbre, pensando en las palabras que le diría a Alex para tratar de explicarle lo que le estaba pasando, pero por más que intentaba buscar la manera correcta de decírselo, más irracional le parecía y más se convencía que lo primero que haría al verlo sería echarse a sus brazos y llorar desconsolada. Pero luego de tres timbrazos, nadie abrió la puerta.

-¿Señorita Karen?- escuchó la voz de un hombre a sus espaldas.

Era un viejito, vestido con un uniforme de vigilante que le quedaba demasiado grande para su tamaño. A Karen no le gustó para nada la mirada de aquél sujeto, como si ella fuera alguna clase de desquiciada o loca, recién salida del manicomio.

-¿Está bien señorita Karen? ¿Qué le pasó? ¿Se le quedaron las llaves?

-¿Las llaves?

-Sí ¿Por qué están tocando ese timbre? ¿Salió sin sus llaves?

“¿Sin MIS llaves?”

-No, yo si tengo las llaves- dijo ella sacando las llaves de su Alexander McQueen- es que tuve un accidente y estoy medio confundida.

-Se nota… debería más bien ir a una clínica. ¿Necesita algo de la tienda? ¿Le puedo traer algo?

Fue entonces que Karen se dio cuenta que llevaba casi 24 horas sin comer, si era que podía confíar en sus recuerdos.

-Sí, por favor- dijo ella, casi suplicando- tráigame un juguito con buñuelos o con lo haya.

Karen le dio un billete de $50.000 al anciano vigilante, quien no había dejarla de verla ni un segundo con aquellos ojos llenos de perplejidad y asombro, como si aquello que estuviera haciendo fuera lo más extraño que hubiese visto en su vida.

Espero a que el sujeto se alejara, para volver a tocar el timbre. Aquel tipo tenía que estar loco. Aquella era la casa de Alex y de su papa, el dueño de “El Manifiesto”, el tal Juancho Pedroza, el mismo que había hecho un trato con Pablo Santís para entregarle pruebas del atentado en la universidad. Seguramente el anciano creía que aquella era su casa porque la había visto el día anterior allí hablando con Alex. Pero tampoco podía estar segura de eso. ¿Y si el viejo tenía razón y aquella era su casa? “No, no puede ser. Todo esto tiene que ser una trampa de Santís… es eso o….”. Era eso o nada de aquello era real y estaba completamente desquiciada.

Miró el manojo de llaves y luego la cerradura en la puerta, con forma de media luna. Probó primero con una de las llaves plateadas. No entró. Luego con la llave dorada brillante, pero esta tampoco entró. Finalmente probó con otra llave plateada, que para su espanto no sólo entró perfectamente, sino que giró y giró hasta que la entrada estuvo abierta por completo.

La última vez que Karen había entrado allí, había sido la noche en que llegó para convencer a Alex de robar la tarjeta de memoria con el video que Freddy había tomado. Todo parecía exactamente igual, todo menos el enorme retrato con su rostro colgado en la pared en medio de la sala.

Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas al ver aquella pintura que reflejaba perfectamente sus rasgos faciales. Un corrientazo de pánico recorrió su cuerpo al ver aquello, igual que al ver los retratos donde no estaban los Pedroza, ni Alex, ni Juancho, sino ella. La que estaba en los retratos en Cartagena era ella. En el Parque Tairona. En el Metrocable. Junto a los gatos en Cali. En la Plaza de Bolívar. En San Andrés, en Bucaramanga y hasta en Barcelona. Era ella.

Con gusto se hubiese dejado embargar por el dolor y dejarse tentar de la facilidad de la muerte, que parecía acecharla a cada minuto, en lugar de intentar entender aquél circo de situaciones que la tenía anhelando la vida que tan solo unas horas había odiado a muerte. Se culpó. Cuando había llegado a su habitación en Villa Natalia, luego de ver el infame video, había deseado morirse o ser otra persona. ¿Qué tan posible era que alguien hubiese escuchado sus súplicas? ¿Qué tan probable era que hubiese amanecido siendo otra mujer? “¡ESTÚPIDA!” se dijo así misma. La vida no era un cuento de hadas, ni una estúpida película gringa, donde la magia existe y te cambia la vida con chasquido de dedos. Pero aquello era el extremo de lo extraño.

-Señorita Karen, aquí le tengo el juguito y los buñuelos.

-Ya voy- dijo ella secándose las lagrimas, para que el anciano vigilante no la viera.

Al abrir la puerta, vio al sujeto, pero esta vez no la veía con lástima, ni con sorpresa, sino con miedo, como si hubiese cometido algún crimen por haber llegado hasta allí.

-¿Se encuentra bien?- preguntó Karen, ahora la extrañada era ella.

-Sí, disculpe si fui muy atrevido- dijo ella entregándole las cosas del mandado, con el respectivo vuelto.

-¿Atrevido? Pero, si usted me acaba de hacer un favor…. A ver más bien quédese con el vuelto, por si más tarde necesito algo más ¿Vale?

-¿Está segura que se encuentra bien, Señorita Karen?

-Claro que sí- mintió- nunca me he sentido mejor.

Luego de cerrar la puerta, Karen se dedicó a explorar la casa. Entró al estudio que estaba exactamente igual que como recordaba. Se sentó en la silla giratoria de Juancho Pedroza y recordó el momento mágico que había compartido con Alex justo allí, aquel beso prohibido que le había sacudido el alma en un espasmo de sentimiento del que aún no se podía recuperar. Incluso después de haber iniciado una relación con Kike, nunca había dejado de pensar en su amigo, el único. María Andrea y Freddy habían compartido algunos momentos con ella, pero nunca como Alex. Se sintió estúpida, Alex había querido estar con ella desde hacía tanto tiempo, pero ella se había resistido a creerlo; cerró los ojos a las intenciones de su amigo y lo dejó en la orilla del olvido hasta aquella noche, en aquel mismo lugar. Pero empezaba a dudar de sus recuerdos. Quizás ese beso no había sido hacía dos meses, sino hacía dos años. Quizás Alex no existía y era sólo producto de su martirizada mente.

Casi jugando empezó a revisar los cajones del escritorio. El primero abrió sin problema. Sólo había una resma de papel en blanco y el cable cargador de algún teléfono celular.

-Pero claro- dijo ella sacando el teléfono de su bolso.

En efecto, una vez Karen conectó el cable al tomacorriente junto al escritorio y al teléfono empezó a iluminarse y a encenderse. “Perfecto”. Quizás allí estaba el número de Alex… o el de Kike, tenía que hablar con alguno de ellos para empezar a aclarar aquel desastre… o quizás con María Andrea o Freddy, con el riesgo de que cualquiera de ellos la mandara al manicomio más cercano, luego que ella les contara lo que le estaba sucediendo.

El segundo cajón tenía una serie de bolsas de regalos de distintos motivos, pero no había ninguna tarjeta, ni ningún regalo dentro. El tercer cajón no abrió. Estaba bajo llave. Karen estaba ya pensando en sacar el manojo de llaves de su bolso cuando su celular empezó a timbrar.

La pantalla del teléfono marcaba un número fijo desconocido. Karen contestó de inmediato.

-Aló.

-Sí, buenas ¿la señorita Karen Massier?

-Sí, con ella habla.

-Habla con Richard Machado, nos conocimos ayer en Sector 15 ¿Recuerda?

-Le confirmo, voy ya mismo para allá.

Capítulo 20.

Venteaba con fuerza a aquella hora de la mañana, justo en el momento en que Karen Massier llegaba al centro, a la zona comercial de Sincelejo. El mototaxi la dejó justo al lado de las vallas que señalaban la prohibición de las motos en aquella zona de la ciudad: el llamado anillo verde, que de verde, por supuesto, no tenía absolutamente nada.

La miraban, algunos con curiosidad, otros con lástima, otros hasta con alegría, estos últimos seguro pensaban “Seguro se lo merecía, la muy perra”. Apenas se había aplicado un poco de base sobre la cara para cubrir un poco los golpes, pero los raspones sobre sus brazos eran claramente visibles y era una pésima idea exponerlos al solazo que se alzaba a aquella hora sobre la capital de la sabana. Pero no le quedaba otra. Tenía que encontrar a su tía.

No había podido sacarse de la cabeza la imagen espeluznante de aquel cuerpo putrefacto encascado en el colchón. Era más de lo que podía soportar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Había despertado hecha una porquería en un lote en las afueras de la ciudad, había encontrada su casa hecha un desastre de polvo y telarañas y para colmo había encontrado aquella sorpresa ingrata que taladraba su mente a cada segundo.

Se reprendió por no haberse amarrado el cabello apropiadamente, con cada embestida del viento, su cabello se desparramaba en el aire, sedicioso y rebelde. Estaba tratando de amarrarlo en un nudo sobre su cabello cuando escuchó a lejos el clamor de un vendedor anunciando la noticia del día. Karen, preocupada por la posibilidad de haber estado inconsciente varios días no dudo en cambiar de rumbo temporalmente y comprar aquél pedazo de papel impreso.

Lo primero que vio fue la fecha. Noviembre 27 de 2013.  No habían pasado ni siquiera 24 horas desde el momento en que salió desconsolada de la Universidad de Sucre por cuenta del video de Kike Narvaez y la desgraciada de Sofía Martínez. Pero lo más extraño del periódico no era la fecha, sino la noticia principal.

“Los caciques a la reelección.” Rezaba el titular con una fotografía enorme de Rogelio Palmira en una especie de reunión. “En el día de ayer…” continuaba la noticia “… en la ciudad de Sincelejo el senador Rogelio Palmira lanzó oficialmente su campaña para la reelección de su curul dentro del Senado de la República, acompañado de sus aliados más reconocidos, el ex diputado Antonio Cabrero y el ex rector de la Universidad de Sucre, Pablo Emilio Santís. Desarrollo de esta noticia en la Página 3A.”.

Karen buscó rápidamente la página indicada. En efecto, Rogelio Palmira, a quien ella creía preso, pagando condena por tanto delitos que no los podía recordar, estaba allí, libre, posando en las fotos con Pablo Emilio Santís, el mismo desgraciado que la había drogado la noche anterior y con Antonio Cabrero, quien también debería estar preso, luego de la trampa que Santís le había puesto en complicidad con su mujer. ¿Cómo era que ahora estaban los tres sonrientes y felices posando para las fotos? ¿Por qué se referían a Santís como “Ex Rector”? ¿Acaso había renunciado y ella no lo sabía? ¿Acaso habían liberado a Antonio Cabrero y a Rogelio Palmira en los meses que estuvo de novia con Kike Narváez. No parecía completamente fuera de lógica, mientras duró la relación de ambos, Karen vivía y respiraba por aquél hombre que al final de cuentas terminó traicionándola. ¿Había estado tan enceguecida que había estado completamente ausente de lo que pasaba en el mundo? Aquél periódico demostraba que probablemente había sido así.

Guardó su periódico en su Alexander McQueen y siguió derecho las dos cuadras que le faltaban para llegar hasta el negocio de variedades donde su tía vendía su mercancía. Estaba abierto, eso era una buena señal, pero cuando entró se llevó una sorpresa.

No sólo no estaba su tía allí, sino que una mujer que no conocía se encontraba atendiendo a la clientela.

-Buenas, a la orden- dijo la desconocida del otro lado del mostrador cuando se terminó de atender a las personas que estaban comprando.

-Disculpe, ¿usted trabaja aquí?

-¿Karen? Jesús santísimo ¿Qué te pasó muchacha?- dijo la desconocida saliendo del mostrador.

-Disculpe ¿La conozco?

-Claro que sí, tu tía…

-¿Dónde está mi tía, necesito hablar con ella? Necesito hablar con ella ahora mismo.

-Karen ¿pero qué te pasa niña?

-No me pasa nada, necesito hablar con mi tía ¡ya mismo!

-Pero si tú misma me dijiste que ella se había ido. Karen estás muy golpeada y… dices cosas muy raras ¿Te accidentaste?

-Yo a usted ni siquiera la conozco ¿Dónde está mi tía?

-Niña, pero si tú misma me dijiste que se había ido con el chileno ese que había conocido por Internet.

-¿Qué? ¿Cuándo pasó eso?

-Hace cómo un mes, Karen, tú misma viniste aquí y negociamos el local y la mercancía. ¿No recuerdas?

La cabeza le daba vueltas a Karen. Nada de lo que decía aquella mujer tenía sentido. Trató de recordar la fecha en que había visto a su tía por última vez, pero por más que intento visualizar el momento, no pudo encontrarlo en su memoria.

-¿Cuánto le están pagando?

-¿Pagando? ¿De qué estás hablando, niña?

-¿Cuánto le está pagando Santís para que diga todas esas mentiras?

-¿Mentiras? ¿Acaso estás desequilibrada? A mí nadie me está pagando.

-¿Qué hicieron con mi tía? ¿Qué hicieron con ella?- preguntó Karen nadando en llanto.

-Niña, pero ¿de qué estás hablando?

-Esto no se va a quedar así- dijo Karen saliendo del almacén con la cabeza hecha un infierno de confusión y dudas.

-¡Karen, espera, niña, no te puedes ir así!

Karen sacó la mano en busca de un taxi sólo quería irse de allí de una vez por todas. El vehículo amarillo no tardó en detenerse justo frente a ella.

-Karen, estás mal, déjame ayudarte- dijo la mujer, intentando sujetarla por los brazos.

-¡SUÉLTEME!- dijo ella, liberándose de las manos de la desconocida y entrando en el taxi.

-¿Está bien, señorita?- preguntó el taxista, alarmado.

-Nada, nada, por favor, sólo conduzca.

-¿A dónde va?

-Lléveme al Barrio Boston, voy a visitar a un amigo  que no veo hace tiempo.