Capítulo 21.

Atado al espejo retrovisor del taxi que acababa de tomar, un llavero con la cara de Rogelio Palmira se movía como loco con cada movimiento del vehículo.

Karen estaba tan desorientada con todo lo que le había sucedido aquella mañana, que no sabía por dónde empezar a agobiarse. De tan sólo pensar en los moretones en su cuerpo, en el cadáver en la casa de Villa Natalia y ahora en la extraña desaparición de su tía, no tenía cabeza para nada más. Pero al ver el llavero dando vueltas en el aire, supo que quizás aquel taxista tendría algunas respuestas. Después de todo el conductor de un taxi que ella había tomado al azar en la calle no podría hacer parte de la conspiración de Santís. “¿O sí?”

-Señor, disculpe- empezó ella.

-Dígame, señorita.

-Una pregunta ¿Usted va a votar por Rogelio Palmira?

-¿Lo dice por lo del llavero?

-¿Por qué más?

-Pues señorita, yo no quisiera, pero toca. Una sobrina mía se graduó de enfermera hace seis meses y no ha podido conseguir trabajo. Ahora anda con el tal Antonio Cabrero que dijo que le iba a conseguir un puesto en Dassalud.

-Y ¿Hace cuánto lo soltaron?

-¿A quién?

-A Cabrero.

-Pues, que yo sepa ese señor nunca ha estado preso, el que estuvo preso fue el senador, eso sí, hace como dos años, pero él salió libre, lo declararon inocente e incluso demando al estado por un jurgo de plata.

-¿Dos años? ¿Está usted seguro?

-Claro que sí, señorita, eso fue todo un escándalo. Dijeron que tenía vínculos con los parapolíticos, que había incluso financiado a los que pusieron la bomba en la Plaza de Majagual.

-¿Pusieron una bomba en la Plaza de Majagual?

-Usted no es de por aquí ¿Verdad? ¿De dónde viene? ¿De Venezuela?

-Sí, de Venezuela- dijo Karen recostándose de nuevo en el espaldar del asiento trasero del vehículo.

Ahora sí estaba asustada. Había algo errado, algo inexacto en la forma en que estaba percibiendo la realidad, o en la manera en que se habían ordenado sus recuerdos. De alguna manera aquello que estaba viviendo se salía de todo orden, de toda lógica, de toda sensatez.

-¿Se encuentra bien?

-Dígame.

-¿Qué si se encuentra bien? ¿No necesita que la lleve al hospital? Se ve muy pálida y esos golpes… se ven serios.

-Déjeme donde le pedí, por favor, del resto me encargo yo.

-Está bien.

El taxista la dejó justo al frente de la casa de Juancho Pedroza; a diferencia de la confusión que había sentido al entrar a Villa Natalia, en aquel lugar se sentía segura. La fachada de la casa estaba exactamente igual a como la recordaba. El jardín delantero, la tejas color rojo arcilla, las ventanas con marcos blancos y cortinas color pastel, la reja blanca de entrada, todo, todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.

Alex la había tratado mal, lo sabía, pero quizás era él la única persona en la que podía confiar en aquel momento. La única que la podría entender, la única que no la tacharía de loca si le contaba lo que le pasaba.

La reja que cubría la entrada estaba abierta. La calle, como era usual, se encontraba silenciosa y solitaria, a pesar de que pronto sería mediodía y la creciente masa trabajadora de aquel barrio retornaría a sus hogares a almorzar.

Karen tocó temerosa el timbre, pensando en las palabras que le diría a Alex para tratar de explicarle lo que le estaba pasando, pero por más que intentaba buscar la manera correcta de decírselo, más irracional le parecía y más se convencía que lo primero que haría al verlo sería echarse a sus brazos y llorar desconsolada. Pero luego de tres timbrazos, nadie abrió la puerta.

-¿Señorita Karen?- escuchó la voz de un hombre a sus espaldas.

Era un viejito, vestido con un uniforme de vigilante que le quedaba demasiado grande para su tamaño. A Karen no le gustó para nada la mirada de aquél sujeto, como si ella fuera alguna clase de desquiciada o loca, recién salida del manicomio.

-¿Está bien señorita Karen? ¿Qué le pasó? ¿Se le quedaron las llaves?

-¿Las llaves?

-Sí ¿Por qué están tocando ese timbre? ¿Salió sin sus llaves?

“¿Sin MIS llaves?”

-No, yo si tengo las llaves- dijo ella sacando las llaves de su Alexander McQueen- es que tuve un accidente y estoy medio confundida.

-Se nota… debería más bien ir a una clínica. ¿Necesita algo de la tienda? ¿Le puedo traer algo?

Fue entonces que Karen se dio cuenta que llevaba casi 24 horas sin comer, si era que podía confíar en sus recuerdos.

-Sí, por favor- dijo ella, casi suplicando- tráigame un juguito con buñuelos o con lo haya.

Karen le dio un billete de $50.000 al anciano vigilante, quien no había dejarla de verla ni un segundo con aquellos ojos llenos de perplejidad y asombro, como si aquello que estuviera haciendo fuera lo más extraño que hubiese visto en su vida.

Espero a que el sujeto se alejara, para volver a tocar el timbre. Aquel tipo tenía que estar loco. Aquella era la casa de Alex y de su papa, el dueño de “El Manifiesto”, el tal Juancho Pedroza, el mismo que había hecho un trato con Pablo Santís para entregarle pruebas del atentado en la universidad. Seguramente el anciano creía que aquella era su casa porque la había visto el día anterior allí hablando con Alex. Pero tampoco podía estar segura de eso. ¿Y si el viejo tenía razón y aquella era su casa? “No, no puede ser. Todo esto tiene que ser una trampa de Santís… es eso o….”. Era eso o nada de aquello era real y estaba completamente desquiciada.

Miró el manojo de llaves y luego la cerradura en la puerta, con forma de media luna. Probó primero con una de las llaves plateadas. No entró. Luego con la llave dorada brillante, pero esta tampoco entró. Finalmente probó con otra llave plateada, que para su espanto no sólo entró perfectamente, sino que giró y giró hasta que la entrada estuvo abierta por completo.

La última vez que Karen había entrado allí, había sido la noche en que llegó para convencer a Alex de robar la tarjeta de memoria con el video que Freddy había tomado. Todo parecía exactamente igual, todo menos el enorme retrato con su rostro colgado en la pared en medio de la sala.

Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas al ver aquella pintura que reflejaba perfectamente sus rasgos faciales. Un corrientazo de pánico recorrió su cuerpo al ver aquello, igual que al ver los retratos donde no estaban los Pedroza, ni Alex, ni Juancho, sino ella. La que estaba en los retratos en Cartagena era ella. En el Parque Tairona. En el Metrocable. Junto a los gatos en Cali. En la Plaza de Bolívar. En San Andrés, en Bucaramanga y hasta en Barcelona. Era ella.

Con gusto se hubiese dejado embargar por el dolor y dejarse tentar de la facilidad de la muerte, que parecía acecharla a cada minuto, en lugar de intentar entender aquél circo de situaciones que la tenía anhelando la vida que tan solo unas horas había odiado a muerte. Se culpó. Cuando había llegado a su habitación en Villa Natalia, luego de ver el infame video, había deseado morirse o ser otra persona. ¿Qué tan posible era que alguien hubiese escuchado sus súplicas? ¿Qué tan probable era que hubiese amanecido siendo otra mujer? “¡ESTÚPIDA!” se dijo así misma. La vida no era un cuento de hadas, ni una estúpida película gringa, donde la magia existe y te cambia la vida con chasquido de dedos. Pero aquello era el extremo de lo extraño.

-Señorita Karen, aquí le tengo el juguito y los buñuelos.

-Ya voy- dijo ella secándose las lagrimas, para que el anciano vigilante no la viera.

Al abrir la puerta, vio al sujeto, pero esta vez no la veía con lástima, ni con sorpresa, sino con miedo, como si hubiese cometido algún crimen por haber llegado hasta allí.

-¿Se encuentra bien?- preguntó Karen, ahora la extrañada era ella.

-Sí, disculpe si fui muy atrevido- dijo ella entregándole las cosas del mandado, con el respectivo vuelto.

-¿Atrevido? Pero, si usted me acaba de hacer un favor…. A ver más bien quédese con el vuelto, por si más tarde necesito algo más ¿Vale?

-¿Está segura que se encuentra bien, Señorita Karen?

-Claro que sí- mintió- nunca me he sentido mejor.

Luego de cerrar la puerta, Karen se dedicó a explorar la casa. Entró al estudio que estaba exactamente igual que como recordaba. Se sentó en la silla giratoria de Juancho Pedroza y recordó el momento mágico que había compartido con Alex justo allí, aquel beso prohibido que le había sacudido el alma en un espasmo de sentimiento del que aún no se podía recuperar. Incluso después de haber iniciado una relación con Kike, nunca había dejado de pensar en su amigo, el único. María Andrea y Freddy habían compartido algunos momentos con ella, pero nunca como Alex. Se sintió estúpida, Alex había querido estar con ella desde hacía tanto tiempo, pero ella se había resistido a creerlo; cerró los ojos a las intenciones de su amigo y lo dejó en la orilla del olvido hasta aquella noche, en aquel mismo lugar. Pero empezaba a dudar de sus recuerdos. Quizás ese beso no había sido hacía dos meses, sino hacía dos años. Quizás Alex no existía y era sólo producto de su martirizada mente.

Casi jugando empezó a revisar los cajones del escritorio. El primero abrió sin problema. Sólo había una resma de papel en blanco y el cable cargador de algún teléfono celular.

-Pero claro- dijo ella sacando el teléfono de su bolso.

En efecto, una vez Karen conectó el cable al tomacorriente junto al escritorio y al teléfono empezó a iluminarse y a encenderse. “Perfecto”. Quizás allí estaba el número de Alex… o el de Kike, tenía que hablar con alguno de ellos para empezar a aclarar aquel desastre… o quizás con María Andrea o Freddy, con el riesgo de que cualquiera de ellos la mandara al manicomio más cercano, luego que ella les contara lo que le estaba sucediendo.

El segundo cajón tenía una serie de bolsas de regalos de distintos motivos, pero no había ninguna tarjeta, ni ningún regalo dentro. El tercer cajón no abrió. Estaba bajo llave. Karen estaba ya pensando en sacar el manojo de llaves de su bolso cuando su celular empezó a timbrar.

La pantalla del teléfono marcaba un número fijo desconocido. Karen contestó de inmediato.

-Aló.

-Sí, buenas ¿la señorita Karen Massier?

-Sí, con ella habla.

-Habla con Richard Machado, nos conocimos ayer en Sector 15 ¿Recuerda?

-Le confirmo, voy ya mismo para allá.

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Capítulo 20.

Venteaba con fuerza a aquella hora de la mañana, justo en el momento en que Karen Massier llegaba al centro, a la zona comercial de Sincelejo. El mototaxi la dejó justo al lado de las vallas que señalaban la prohibición de las motos en aquella zona de la ciudad: el llamado anillo verde, que de verde, por supuesto, no tenía absolutamente nada.

La miraban, algunos con curiosidad, otros con lástima, otros hasta con alegría, estos últimos seguro pensaban “Seguro se lo merecía, la muy perra”. Apenas se había aplicado un poco de base sobre la cara para cubrir un poco los golpes, pero los raspones sobre sus brazos eran claramente visibles y era una pésima idea exponerlos al solazo que se alzaba a aquella hora sobre la capital de la sabana. Pero no le quedaba otra. Tenía que encontrar a su tía.

No había podido sacarse de la cabeza la imagen espeluznante de aquel cuerpo putrefacto encascado en el colchón. Era más de lo que podía soportar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Había despertado hecha una porquería en un lote en las afueras de la ciudad, había encontrada su casa hecha un desastre de polvo y telarañas y para colmo había encontrado aquella sorpresa ingrata que taladraba su mente a cada segundo.

Se reprendió por no haberse amarrado el cabello apropiadamente, con cada embestida del viento, su cabello se desparramaba en el aire, sedicioso y rebelde. Estaba tratando de amarrarlo en un nudo sobre su cabello cuando escuchó a lejos el clamor de un vendedor anunciando la noticia del día. Karen, preocupada por la posibilidad de haber estado inconsciente varios días no dudo en cambiar de rumbo temporalmente y comprar aquél pedazo de papel impreso.

Lo primero que vio fue la fecha. Noviembre 27 de 2013.  No habían pasado ni siquiera 24 horas desde el momento en que salió desconsolada de la Universidad de Sucre por cuenta del video de Kike Narvaez y la desgraciada de Sofía Martínez. Pero lo más extraño del periódico no era la fecha, sino la noticia principal.

“Los caciques a la reelección.” Rezaba el titular con una fotografía enorme de Rogelio Palmira en una especie de reunión. “En el día de ayer…” continuaba la noticia “… en la ciudad de Sincelejo el senador Rogelio Palmira lanzó oficialmente su campaña para la reelección de su curul dentro del Senado de la República, acompañado de sus aliados más reconocidos, el ex diputado Antonio Cabrero y el ex rector de la Universidad de Sucre, Pablo Emilio Santís. Desarrollo de esta noticia en la Página 3A.”.

Karen buscó rápidamente la página indicada. En efecto, Rogelio Palmira, a quien ella creía preso, pagando condena por tanto delitos que no los podía recordar, estaba allí, libre, posando en las fotos con Pablo Emilio Santís, el mismo desgraciado que la había drogado la noche anterior y con Antonio Cabrero, quien también debería estar preso, luego de la trampa que Santís le había puesto en complicidad con su mujer. ¿Cómo era que ahora estaban los tres sonrientes y felices posando para las fotos? ¿Por qué se referían a Santís como “Ex Rector”? ¿Acaso había renunciado y ella no lo sabía? ¿Acaso habían liberado a Antonio Cabrero y a Rogelio Palmira en los meses que estuvo de novia con Kike Narváez. No parecía completamente fuera de lógica, mientras duró la relación de ambos, Karen vivía y respiraba por aquél hombre que al final de cuentas terminó traicionándola. ¿Había estado tan enceguecida que había estado completamente ausente de lo que pasaba en el mundo? Aquél periódico demostraba que probablemente había sido así.

Guardó su periódico en su Alexander McQueen y siguió derecho las dos cuadras que le faltaban para llegar hasta el negocio de variedades donde su tía vendía su mercancía. Estaba abierto, eso era una buena señal, pero cuando entró se llevó una sorpresa.

No sólo no estaba su tía allí, sino que una mujer que no conocía se encontraba atendiendo a la clientela.

-Buenas, a la orden- dijo la desconocida del otro lado del mostrador cuando se terminó de atender a las personas que estaban comprando.

-Disculpe, ¿usted trabaja aquí?

-¿Karen? Jesús santísimo ¿Qué te pasó muchacha?- dijo la desconocida saliendo del mostrador.

-Disculpe ¿La conozco?

-Claro que sí, tu tía…

-¿Dónde está mi tía, necesito hablar con ella? Necesito hablar con ella ahora mismo.

-Karen ¿pero qué te pasa niña?

-No me pasa nada, necesito hablar con mi tía ¡ya mismo!

-Pero si tú misma me dijiste que ella se había ido. Karen estás muy golpeada y… dices cosas muy raras ¿Te accidentaste?

-Yo a usted ni siquiera la conozco ¿Dónde está mi tía?

-Niña, pero si tú misma me dijiste que se había ido con el chileno ese que había conocido por Internet.

-¿Qué? ¿Cuándo pasó eso?

-Hace cómo un mes, Karen, tú misma viniste aquí y negociamos el local y la mercancía. ¿No recuerdas?

La cabeza le daba vueltas a Karen. Nada de lo que decía aquella mujer tenía sentido. Trató de recordar la fecha en que había visto a su tía por última vez, pero por más que intento visualizar el momento, no pudo encontrarlo en su memoria.

-¿Cuánto le están pagando?

-¿Pagando? ¿De qué estás hablando, niña?

-¿Cuánto le está pagando Santís para que diga todas esas mentiras?

-¿Mentiras? ¿Acaso estás desequilibrada? A mí nadie me está pagando.

-¿Qué hicieron con mi tía? ¿Qué hicieron con ella?- preguntó Karen nadando en llanto.

-Niña, pero ¿de qué estás hablando?

-Esto no se va a quedar así- dijo Karen saliendo del almacén con la cabeza hecha un infierno de confusión y dudas.

-¡Karen, espera, niña, no te puedes ir así!

Karen sacó la mano en busca de un taxi sólo quería irse de allí de una vez por todas. El vehículo amarillo no tardó en detenerse justo frente a ella.

-Karen, estás mal, déjame ayudarte- dijo la mujer, intentando sujetarla por los brazos.

-¡SUÉLTEME!- dijo ella, liberándose de las manos de la desconocida y entrando en el taxi.

-¿Está bien, señorita?- preguntó el taxista, alarmado.

-Nada, nada, por favor, sólo conduzca.

-¿A dónde va?

-Lléveme al Barrio Boston, voy a visitar a un amigo  que no veo hace tiempo.

Capítulo 19.

Yerma y marchita. Así se veía la capa vegetal que cubría la sabana y todos los lotes baldíos que pudo divisar Karen desde la parte de atrás de aquel vehículo. Jaider y su tía la habían acompañado a tomar un taxi, pero luego de esperar casi 15 minutos y con el apremio de la mujer de irse a trabajar, le pidieron el favor a un vecino que la llevara en el viejo carro en que solía hacer vueltas al Mercado Municipal.

A Karen le pareció inconcebible, al menos por una fracción de segundo, la resistencia de la mujer a esperar con ella un taxi, luego que le regalara casi $400.000. Pero se reprochó aquel pensamiento casi de inmediato. Aquella mujer le había salvado la vida, la había bañado y le había prestado ropa. Incluso le había dado una pastilla para el dolor y le había conseguido un transporte en que irse a Villa Natalia.

En la parte de atrás de aquel carro destartalado, que olía a cebollas y cilantro, se empezó a preguntar qué le diría a su tía cuando la viera en ese estado. Intentó ver la hora en el teléfono celular que estaba en aquella cartera extraña y ajena, pero estaba apagado. Le preguntó la hora al conductor. 7:16 a.m. Su tía salía a trabajar 10 minutos antes de las 8, así que seguramente tendría que verla y darle una explicación. ¿Qué le iba a decir? ¿Que había estado hasta altas horas de la noche en un bar de la zona rosa, completamente sola? ¿Que el rector de la Universidad de Sucre y la novia de su mejor amigo le habían llenado la boca de, sabrá Dios, píldoras? ¿Que había amanecido adolorida y golpeada en un abismo en la vía para Tolú? No, no le podía decir todo aquello. Le diría que había tenido un accidente “Eso”, que la habían tenido en la clínica toda la noche y que no había podido comunicarse con ella. Eso pondría las cosas a su favor. “Sí” Su tía tendría que compadecerse de ella. Lo otro era explicarle de donde había sacado las sandalias y la cartera Alexander McQueen que tenía ahora en su poder. “Son de una compañera que se quedó en la clínica, y me pidió que se lo guardara” se imaginó a su misma diciéndole a su tía. No tendría por qué no creerle.

-Disculpe lo sapo, señorita, pero, usted se ve muy mal ¿está seguro que quiere que la lleve a Villa Natalia y no a una clínica?

-Estoy bien señor, no se preocupe, es menos grave de lo que se ve.

-¿Eso se lo hizo su novio?

-No, no tengo novio- dijo Karen recordando el video donde Kike llegaba al orgasmo con la zorra de Sofía Martinez- fue un accidente, me emborraché anoche y me caí por el abismo donde vive la señora Noris.

-¿Y qué hacía a esa hora sola por allí?

-No lo recuerdo- dijo Karen, aguantando las ganas de llorar.

-Bueno, ya llegamos, le pregunto de nuevo ¿está segura que no quiere que la lleve a una clínica o al hospital?

-Segura, tome, quédese con el vuelto- dijo Karen entregándole un billete de $50.000 al hombre.

-Niña, pero esto es mucho.

-No se preocupe- dijo ella bajándose del taxi- el día que vaya donde la señora Noris me da el vuelto ¿vale?

-Pero, ojo que vaya.

-Lo haré- dijo ella sonriendo.

El ruido del viejo motor del carro de carga se había apagado completamente en  el aire, cuando Karen decidió entrar a la calle donde quedaba su vivienda. No le tomó mucho tiempo darse cuenta que algo andaba fuera de lugar.

La última vez que había visto la maleza en el lote baldío frente a la hilera de casas de su calle, estaba lo suficientemente verde y alta como para cubrir un ejército de ladrones al acecho. Pero ahora no sólo no había maleza, ni hierba, ni nada, sino que el terreno se veía seco y agrietado. Nada se podría esconder allí. Caminó en dirección a su casa, cuando vio a la anciana entremetida que días antes había estado en su casa.

-Señora Luz Dary, buenos días.

Pero Luz Dary se metió en su casa y cerró la puerta con violencia. “¿Qué le pasa a esta vieja loca?” se preguntó Karen cuando finalmente llegó a su casa. Subió las escaleras que daban hasta la puerta y tocó con el puño varias veces.

-¿Tía? ¡Tía abre por favor! ¿Tía?

Pero no hubo respuesta. Intentó ver por la ventana, pero una cortina gris y gruesa la cubría por completo y no le permitía divisar el interior.

-¡Tía!

La ansiedad empezó a apoderarse de ella. ¿Qué iba a hacer ahora, sino tenía a donde ir? Si al menos tuviera las llaves… Una idea loca se le pasó entonces por la cabeza. Abrió la cartera Alexander McQueen y sacó de allí el manojo de llaves. El manojo tenía 5 piezas. Karen las examinó una por una. Había tres llaves color plateado, una de ellas con la forma de una llave de automóvil. Las otras dos eran doradas, una reluciente y la otra sin brillo. Reconoció aquella última.

Sin dar crédito a lo que hacía, Karen tomó la llave, la introdujo en la cerradura y empezó a dar vueltas. La puerta se abrió en un instante. ¿Cómo era posible que la llave de la casa de su tía estuviera en aquel manojo extraño? ¿Cómo había llegado hasta allí? “Todo esto tiene que ser una trampa, una trampa del rector y de la zorra de Sofía Martinez”.

Karen se quedó boquiabierta cuando entró en la casa. Estaba exactamente igual a como la había dejado, sólo que ahora estaba impregnada de una espesa capa de polvorín y telarañas que se extendían por todos lados. Un olor a cucarachas se dejaba sentir en todo el lugar tan espeso que Karen se tuvo que cubrir la nariz con la camiseta del oso beige.

-¡Tía!- volvió a llamar- ¿Qué pasó aquí?

Entró a su habitación y vio la chaqueta que le había comprado a Kike Narváez sobre su cama, tal y como la había dejado. A menos que hubiese habido una tormenta de polvo, era imposible que la casa se hubiese ensuciado así en menos de una noche. ¿Cuánto tiempo había pasado desde el día que había salido a casa de Alex en busca de consuelo?

Entró al cuarto de su tía, para encender el televisor. Tenía que saber en qué fecha estaba, pero pronto se dio cuenta que no había electricidad en la casa. Karen estaba más confundida que nunca, más cuando se dirigió a la cocina para abrir la nevera. Un olor inmundo se apoderó de la casa, a huevos podridos, carne manida y pan mohoso. Karen no pudo evitar las arcadas al percibir aquel olor, casi tan espantoso como el que había estado pegado a su cuerpo aquella mañana, antes que Noris hiciera la caridad de ayudarla a bañarse.

Caminó por la sala y vio la mesa de centro en la que Kike se había golpeado la cabeza. Tenía tanto polvo encima que su color negro había dado paso a un blanco fantasmal, igual al que cubría toda la casa. Unos golpes violentos sacaron a Karen de la confusión. Alguien tocaba la puerta. “Tía” pensó . Pero no era ella.

-A la orden- le dijo Karen a la joven mujer que estaba de pie en su puerta.

-¿Cómo te atreves a regresar a este barrio, zorra?

-¿De qué está hablando, señora? A mí me hace el favor y me respeta.

-¿Cómo te atreves a venir a este barrio y a saludar a mi mamá como si nada?

-¿A la señora Luz Dary?

-NO… te atrevas a decir su nombre, te queda muy grande en esa boca sucia que tienes, ¡puta de mierda!

Karen no supo de dónde sacó fuerzas, pero le lanzó una golpe con la mano cerrada a la mujer. Tan fuerte fue el golpe que la arrojó al suelo.

-No sabía que la señora Luz Dary tenía hijos, y menos hijos tan vulgares como usted, pero a mí, a mi me respeta ¿me oyó? Ahora, lárguese de aquí, antes que la saque yo a la fuerza.

-Te aprovechas porque el barrio está solo a esta hora, pero te juro que cuando lleguen mis hermanos… y los otros hombres, te vamos a sacar de aquí como sea.- dijo la mujer levantándose del piso y alejándose de Karen, atemorizada.

-Yo a usted ni siquiera la conozco, señora. Más bien lárguese a un manicomio que es lo que mejor le queda.

-Aquí la única loca eres tú- dijo la mujer bajando la escalera y mirándola con odio.

Karen cerró la puerta. ¿Qué rayos había sido eso? Se dirigió rápidamente a su habitación, iría de una vez al negocio donde su tía vendía su mercancía, pero tenía que ponerse algo adecuado. Su ropa estaba intacta en el armario, pero tenían un olor a cosas guardadas que se pasaba los límites de lo soportable. Tomó uno de los perfumes que tenía guardados en una de las gavetas y se lo aplicó casi en su totalidad a un par de jeans y una camiseta sin mangas que encontró sin tanta suciedad encima. Dejó las sandalias color plata allí y se puso un par de zapatos de pana beige, sin tacones. Tomó la cartera Alexander McQueen y se dispuso a salir.

Estaba casi en la puerta, cuando sintió un olor más definido que el de cucarachas y cosas guardadas que se había tomado la casa.  Karen caminó hasta la habitación de su tía. El olor provenía de allí.

Abrió el closet y vio toda la ropa de su tía, intacta. No había nada más. Estaba segura que era de allí de donde provenía aquella peste, pero ¿de dónde?

Fue entonces que observó detenidamente la cama perfectamente tendida. Quitó el cubrelecho, las almohadas y las sabanas. Una figura abstracta y deforme estaba dibujada sobre el colchón. Karen, casi instintivamente agarró un extremo de la tela del colchón, alguien la había cortado con algo filoso y la había vuelto a colocar sin coserla. Tomó el extremo de la tela y la retiró del colchón.

El terror que había sentido Karen durante todo aquel día no se comparaba con el que sintió en el momento en que descubrió, embebido en el colchón, el cadáver putrefacto de una persona, baboso y oscuro y con la carne que le quedaba cayéndose a pedazos.

Capítulo 18.

Alguien le sostenía los brazos, mientras la arrastraba en medio de aquél terreno lleno de maleza, piedras y arena. Esta vez no le costó abrir los ojos. Podía ver el sol alzándose en plenitud en el oriente, cubriendo con su brillo todo lo que encontraba a su paso. Volvió a sentir el ardor en sus extremidades y aquél olor nauseabundo que emanaba de su cuerpo, pero el dolor punzante y atroz en sus partes íntimas parecía estarse extinguiendo lentamente, como una llama que se queda lentamente sin combustible. Se sintió aliviada. El ardor y el olor eran soportables. Aquél dolor infernal, no. Trató de hablar, pero tenía la voz atrapada en su garganta, como si su cuerpo no estuviera acostumbrado a la simple y cotidiana tarea de hablar. De repente, soltaron sus brazos. No los dejaron caer al piso, como carga inerte, y como ella hubiese podido esperar sino que los colocaron con gentileza sobre el suelo.

-Tía, Tía Noris, abre. ¡Tía!

-Pero ¿Qué carajos te pasa, Jaider? ¿Por qué te saliste de la casa? ¿No ves que estoy atrasada?

-Sí, tía, pero mira…

-Jesús, María y José ¿Quién es esa muchacha?

-No sé, tía, estaba tirada en la entrada de la loma… como si la hubiesen tirado de la carretera.

-Jesús Santísimo, hay que hacer algo con ella. Ven. Vamos a tratar de meterla a la casa.

-Tía, pero…

-¿Pero qué?

-Es que huele…

-¿Qué huele?

-Ella, huele como a… es mejor que te tapes la nariz.

-Sólo Dios sabe lo que le harían a esta niña.

Karen sintió que la halaban nuevamente por los brazos, pero esta vez no la arrastraron. Estaba suspendida en el aire con los ojos entreabiertos.

-Jaider, tráeme las tijeras que están en el mueble ¡Pero ya! -dijo la voz de la mujer.

-Ya va, tía.- Karen escuchó los pasos del muchacho, el sonido típico de una gaveta abriéndose y cerrándose y luego los pasos nuevamente- Aquí están.

-Salte de aquí, Jaider-

-Tía, pero yo…

-Pero yo nada. Salte de aquí de una vez…

Karen estaba sentada en el piso, con la espalda apoyada a la pared. Sintió el sonido de las tijeras cortando el hermoso vestido color violeta, que era lo único que cubría su desnudez.

-Ayúdeme- dijo Karen, quejándose, con los ojos medio cerrados. Su voz era débil y exigua, pero al menos se podía escuchar.

-Eso intento, mi amor. ¿Quién te hizo esto?- dijo la mujer con la voz quebrada, como si estuviera a punto de llorar.

Karen sabía la respuesta. Recordaba muy bien sus caras, Pablo Emilio Santís y la zorra desgraciada de Sofía Martinez, ellos la atraparon y la obligaron a tomar esas pastillas. Quizás habían intentado matarla arrojándola por aquél abismo, pero cometieron un error. La dejaron viva.

Vio como la mujer terminaba de arrancarle el vestido y pudo ver su cuerpo desnudo. Tenía moretones y golpes en sus senos, en sus costillas y en su abdomen, además de los raspones de espanto que ya se había visto en las extremidades. Le pareció que estaba mucho más delgada de lo que recordaba, pero quizás era efecto del dolor y de los golpes. Estaba segura que sus sentidos no estaban bien al cien por ciento. Sintió el sonido del agua y un segundo después la sensación templada de ella sobre su piel. Todos sus golpes y raspones se resintieron al acto.

-Dios Mío- dijo Karen al sentir cada el dolor en cada una de sus heridas.

-Tienes que ser fuerte- dijo la mujer mientras le frotaba una barra de jabón azul por el cabello, la cara y el cuerpo- ¿puedes sostener el jabón?

Karen asintió. Tomó la barra azul con la mano y la asió firmemente, como si su vida dependiera de ello.

-Tienes que frotarte allá abajo, parece que hubieses estado sangrando.

Karen se pasó el jabón por su intimidad. Los rescoldos del horrible dolor que había sentido la primera vez que despertó, volvieron a encenderse.

-Me duele- dijo Karen.

-Yo sé, mi amor, pero tienes que hacerlo. Tienes que limpiarte.

-Me duele mucho- esta vez, no resistió las ganas de llorar.

-No llores, que me vas a hacer llorar a mi- dijo la mujer- frótate con fuerza, mientras yo busco una pastilla para el dolor ¿vale?

La mujer salió de la habitación, que al parecer era un baño de paredes y piso rústico. Karen se frotó el jabón por su intimidad tratando de no lastimarse, pero quería arrancarse hasta el recuerdo del olor nauseabundo que despedía. Apoyándose en el tanque donde se almacenaba el agua se levantó. Le dolió, sí, le dolió mucho, pero tenía que ponerse de pie. Agarró el recipiente de recoger el agua y con fuerza lo llenó y arrojó su contenido sobre su cabeza. Repitió la operación tres veces. Era como despertar de nuevo con cada golpe de agua sobre su cuerpo. Pudo pasarse el jabón por todo el cuerpo, hasta que no sintió más el olor, hasta que se sintió limpia, al menos por fuera.

-Ven- dijo la mujer, entrando al baño y cubriéndola con una toalla de color indefinible. Salieron a lo que parecía ser una habitación.- Siéntate, ven, te voy a prestar algo de ropa, ese vestido que trajiste me tocó echarlo a la basura, pero siéntate.

Karen se sentó en la única cama de aquella recamara.

-¿Te sientes mejor?

Karen asintió con la cabeza.

-¿Qué te pasó? ¿Por qué estabas allí, tan golpeada y tan… sucia?

-No lo sé- dijo Karen, dejándose llevar por el llanto otra vez.

-Ven tomate esto- dijo la mujer entregándole una pastilla y un vaso con agua.

La imagen de Santís y Sofía forzándola a tragarse esas píldoras azules y blancas surcó su imagen, pero no podía dejarse dominar de los traumas. Tenía que ponerse mejor y aquella pastilla la iba ayudar.

-Eso, tómatela, eso te va a calmar el dolor-  dijo la mujer retirando el vaso.

-Vístete, no te preocupes por la ropa, me la devuelves cuando puedas, lo importante es que te vayas para tu casa o para la clínica, no sé.

-Gracias- dijo Karen con su voz casi extinta.

Se puso los jeans holgados y la camiseta estampada con un enorme oso beige, tenía el cabello suelto y mojado. Tenía que verse ridícula, pero al menos estaba bien, estaba limpia y libre de olor a mierda que parecía que nunca se iba a despegar de su piel.

Cuando terminó salió a lo que parecía ser una mezcla de sala, cocina y comedor. Entonces pudo ver el rostro de Jaider por primera vez. Era un muchacho de unos 15 años, delgado y trigueño, con el bozo prominente.

-¿Cómo te sientes?- preguntó el sonriendo con una inocencia pura de la gente del campo.

-Mejor.

-Jaider, acompaña a la muchacha a conseguir un taxi, me imagino que te lo pagarán en tu casa ¿verdad? tienes que decirles todolo que te pasó- dijo la mujer a la que Jaider llamaba “Tía”.

-Hey, pero ¿no te vas a llevar esto?- Jadider le señaló un par de sandalias color plata a la entrada de la puerta y una cartera negra extendida sobre la mesa- encontré una sandalia cerca de donde tú estabas y la otra junto a la cartera, más arribita. Seguro se te cayó…

Tal como le había pasado con las sandalias, Karen no reconoció la cartera. La tomó de la mesa. Era sin duda de cuero legítimo, finísima, por lo que dejaba ver la marca. Abrió con cuidado la cremallera. Dentro había un teléfono celular, un espejo roto, un manojo de llaves y una billetera. Ninguno de los objetos le era familiar. Definitivamente nada de aquello era suyo. Para comprobarlo abrió la billetera. No solamente estaban allí todos sus documentos, su cédula, su carnet de la universidad, su carnet de salud, sino que había aproximadamente $700.000 en billetes de $50.000. Tomó la mitad de ellos y se lo entregó a la mujer que la había ayudado.

-Gracias por haberme ayudado- le dijo Karen extendiéndole el dinero.

-No, como se le ocurre- dijo la mujer- más bien la acompaño a que tome el taxi.

-Por favor, hágalo por su sobrino, por la ropa, por lo que quiera, pero tómelo ¿sí? Yo sé que lo va a necesitar.

La mujer miró a Jaider que sonreía, un tanto divertido por la situación.

-Está bien, muchas gracias.

-Muchas gracias a usted y a Jaider por salvarme la vida.

-¿Ya se siente mejor?

-Sí, mucho mejor.

-Espero no se olvide de nosotros- dijo Jaider sonriendo- usted es una mujer muy linda.

-¡Jaider!

-¿Qué tía? Sólo estaba diciendo la verdad…

-Ya me tengo que ir a trabajar, a propósito, no me ha dicho su nombre.

-Karen, Karen Massier.

Capítulo 17.

Respiraba, al menos respiraba. “Eso tiene que ser bueno ¿verdad? Al menos estoy respirando”. Muy lentamente cada uno de sus sentidos fue despertando de la espesa narcosis que se había apoderado de ella. Percibía en sus mejillas el toque templado y fresco de la brisa de la madrugada. Escuchaba el ruido caótico de los motores; motocicletas, automóviles, tractocamiones, debía estar cerca de una calle muy transitada. “Eso tiene que ser bueno ¿verdad?”. Volvió a sentir su lengua y con ella un sabor metálico y denso que provenía de alguna parte de su boca, un sabor que se agolpaba en su boca y le impedía respirar. Entonces lo recordó, el vino espumoso entrando en su boca, forzándola a tragar las pastillas que aquella mujer había metido en su boca. “¿Qué me hicieron? Dios Mío ¿Qué me hicieron?” Pero aquello no se quedaría así, estaba viva y eso era lo importante, sólo necesitaba eso, eso era lo importante. De repente todos los sensores de su piel empezaron a activarse, y pudo sentir la textura de la arena y la hierba reseca en su espalda, clavándose como agujas afiladas. Dolía. Pero el dolor era bueno “Tiene que ser bueno ¿verdad?” eso significaba que estaba viva, viva. Pero a medida que su cuerpo despertaba, el dolor de las agujas clavadas en su espalda pasó a segundo plano. Un ardor intenso se apoderó de sus rodillas, de sus piernas, de sus brazos, de sus codos. “Esto no puede ser bueno ¿verdad?”. Y entonces lo sintió. Un dolor inconcebible entre sus nalgas y en su pelvis, tan fuerte que las agujas en su espalda y el ardor en sus extremidades no se comparaban, eran nada. “Dios ¿qué me está pasando?” no podía soportarlo, era como si la estuvieran retorciendo por dentro. Quería levantarse y salir corriendo, dejar el dolor atrás, mientras huía. “Dios mío, por favor ¡Ayúdame!”. Fue entonces que sintió el olor. Hedía a pasto pisado, a humo, a gasolina, a tierra, a sangre y sobre todo, hedía a mierda. Un olor penetrante y agudo que asaltaba sus sentidos tan intensamente como el dolor. “Dios ¿dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Qué hicieron conmigo?”. Quería correr, huir, dejar el dolor y aquel hedor espantoso atrás. Escuchaba el sonido del tráfico. “¿Es que nadie puede verme? ¿Por qué nadie me viene a ayudar? Si tan sólo pudiera ver, si tan sólo pudiera ver.” Todo estaba oscuro, sus ojos no veían más que tinieblas. “¿Por qué? ¿Por qué?”. El embate de sus sentidos había sido tan fuerte, que tardó en darse cuenta que tenía los ojos apretados, en una reacción lógica al dolor. “Cálmate, Karen, sólo tienes que abrir los ojos, quieres ver, necesitas ver, tú lo puedes hacer, vamos.” Relajó los párpados. “Vamos, tú puedes hacerlo, Karen, tu puedes”. Luego empezó a ver la luz, intensa y filosa y como un cuchillo, penetrando sus ojos, mientras estos se acostumbraban a ella. Todo estaba borroso y no podía distinguir nada. “¿Dónde estoy? ¿Por qué nadie me ayuda? ¿Por qué?” Pero pronto empezó a distinguir las formas abstractas e incoherentes de las nubes, como figuras bordadas en una tela azul intachable como era el cielo veraniego de la sabana. Estaba tan fascinada con la visión, que olvidó por un segundo el dolor insoportable al que estaba sometida y el olor nauseabundo que la estaba rodeando. Volvió a cerrar los ojos. Apoyó ambas manos en el suelo y descansó todo su peso en ellas; tenía que levantarse. Sobreponiéndose al dolor, al cansancio y a la somnolencia, logró acomodarse. Respiraba, respiraba agitadamente, le había costado trabajo, pero lo habría logrado. Cuando abrió los ojos se dio cuenta por qué nadie la había venido a ayudar. La carretera que había escuchado en medio de su narcosis, estaba cerca, sí, pero estaba a casi 200 metros en subida del lugar donde ella se encontraba. Conocía muy bien el lugar.

La carretera que conducía de Sincelejo a los puertos de Tolú y Coveñas avanzaba en sus primeros 10 kilómetros sobre las estribaciones de la Sierra Flor, un grupo de cerros de mediana altura que eran el único obstáculo visible en medio de la sabana del departamento de Sucre. Avanzar por ese tramo de la carretera permitía ver la sabana en todo su esplendor, desde aquella vista privilegiada. No por nada, aquel pedazo de la carretera se conocía como “El Mirador”. Pero así como aquella zona era perfecta para ver los atardeceres, también era sumamente peligrosa. Los abismos que se abrían a un lado de la carretera, si bien no eran tan profundos como los que se veían cuando se subía a Los Andes, eran lo suficientemente peligrosos como para cobrar la vida de cualquiera que cayera por ellos. Y allí estaba ella, Karen, en el fondo de uno de aquellos abismos, preguntándose cómo había terminado allí, por qué le dolía tanto el cuerpo y sobre todo de dónde provenía aquel olor a mierda que empezaba a producirle arcadas.

Antes de intentar levantarse, Karen miró su cuerpo. Tenía raspones en las manos, los brazos, los codos, las rodillas, las piernas y las pantorrillas. Al menos ya sabía de dónde venía el ardor. Pero todos sus huesos parecían estar en su lugar. Lo que no parecía estar en su lugar era la ropa que tenía puesta. La noche anterior (si había sido la noche anterior) había salido de su casa con un par de jeans, una camiseta y unos zapatos deportivos. Ahora llevaba puesto un vestido enterizo color violeta con algunos vivos rojos de una tela fresca y fina que parecía tocar su piel como el beso de un amante enamorado. Únicamente el pie izquierdo estaba calzado con una hermosa sandalia color plata, pero por más que miró en los alrededores no vio la sandalia compañera. Aquél vestido le parecía familiar, estaba segura de haberlo visto antes, pero no estaba segura en dónde. Tampoco lo pensó mucho. Lo único que le importaba era salir de aquel hueco y pedir ayuda. Su tía debía estar muy preocupada. Intentó ponerse de pie, pero el dolor en su pelvis era demasiado intenso. Cada movimiento que hacía era una tortura. No quería pensar en las causas de aquel dolor siniestro, al menos no en ese momento, sólo quería salir, escapar de aquel olor inmundo que parecía estar adherido a ella.

Fue entonces que vio la sangre. Era un chorro seco que recorría su pierna derecha casi hasta el pie que tenía descalzo. Lo recorrió con su mirada hasta el inicio del vestido. Karen empezó a subirlo lentamente, el chorro continuaba, seco, hasta arriba, hasta su intimidad. Se bajó el vestido rápidamente. “¿Qué me pasó? Dios Mío ¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy sangrando? Volvió a subirse el vestido hasta la cintura, tenía el sexo enrojecido y amoratado, pero como si eso no fuera suficiente, la parte posterior del vestido también estaba ensangrentada. El color del vestido allí no era un violeta intenso, sino un color rojo muerte. Karen se atrevió a tocarlo. La sangre aún estaba fresca y tenía ese hedor característico que había sentido desde que había despertado. La adrenalina del miedo recorrió todo su cuerpo y enviando todas sus energías a sus piernas se levantó. Intentó correr, pero el cuerpo no le dio para tanto. Se quitó la sandalia que no hacía más que estorbarle y caminó como un zombi hasta el inicio de la pendiente del abismo donde había caído (¿O la habían arrojado?). Sólo tenía que subir.

Al principio fue sencillo, la pendiente no era tan inclinada y podía seguir caminando sin problema. Pero pronto el terreno empezó a tornarse vertical. Karen, intentando ignorar el dolor y el olor que se apelmazaban en su cuerpo, empezó a subir, agarrándose de las ramas de los arbustos resecos, apoyando sus pies en las rocas que sobresalían del terreno. “Tengo que llegar, tengo que llegar”. Había muchas piedras, podía apoyarse hasta llegar allá arriba. Había llegado casi a la mitad cuando miró abajo. Todavía faltaba mucho, pero estaba segura que podía hacerlo. Siguió subiendo, hasta un punto en que pensó que si gritaba podían escucharla. Pero los gritos que salieron de su garganta se convirtieron en un lamento silencioso que nadie escuchó. Estaba completamente difónica.

-Por favor, alguien que me ayude-dijo pero incluso a ella misma le costaba trabajo escucharse. La única opción era subir.

Trepó un par de metros más, hasta que le fue posible distinguir la baranda de protección a un lado de la carretera. Fue tal la emoción que sintió, que no se dio cuenta que la rama en la que se había sostenido estaba a punto de romperse. Karen sólo sintió el vació en sus manos, justo antes de perder de vista la baranda y caer de nuevo al abismo, antes de perder por completo la consciencia.

Capítulo 16.

Un sol cálido y suave se empezaba a poner lentamente sobre el horizonte de la sabana sucreña. Karen había extendido sobre su cama la chaqueta que tanto sacrificio le había costado comprar, la acariciaba lentamente, mientras sus ojos se cansaban de tanto llorar. “¿Por qué, Kike, por qué?” Había dejado su teléfono a un lado de la chaqueta y había esperado toda la tarde su llamada. Era él el que tenía que darle explicaciones y si en algo valoraba su relación, tendría que llamarla tarde o temprano. Pero las horas pasaron y aquel hombre que tanto amor y tanta pasión le inspiraban no aparecía por ninguna parte.

Eran las seis de la tarde cuando decidió levantarse. No se preocupó por los platos que se apilonaban en el fregadero, ni por lo que habría de comer su tía cuando llegara de trabajar. Se puso los zapatos deportivos más cómodos que tenía, se recogió el cabello en una cola de caballo y luego de colocarse sus gafas de sol favoritas, se dispuso a salir a la calle.

Crash me to the ground.

El sol se veía hermoso en el horizonte, calentando un poco la tristeza profunda que se agolpaba en su interior.

Silent and way sound.

Bajó las escaleras que daban hasta la angosta calle donde se ubicaba su casa. El forraje del lote del frente empezaba a crecer nuevamente, pero Karen no vio el peligro, sino la belleza del verde inmaculado contrastado con el dorado intenso del sol filtrándose a través de él.

Under my own fear.

Caminó hasta la salida del barrio, hubiese sido sencillo tomar una moto, y llegar hasta su destino, pero quería seguir caminando. Eso le hacía bien.

And I. I didn’t see the signs that were around and why?

Tomó la calle de La Libertad, donde su extraña y divertida estatua, que nada tenía que ver con la dama apostada en la entrada de Nueva York, parecía darle ánimos, mientras cargaba una enorme vasija de barro en su cabeza.

My time was borrowed time

Subió la calle empinada hasta Las Margaritas, con sus antejardines y sus árboles que emanaban frescura a cada paso y con cada toque del viento.

Where were the signs?

Vio los niños jugando en los parques, anhelando para sí, aquella inocencia y aquella alegría que ahora parecía tan distante y remota.

Descending life. Torn to the skies.

Siguió caminando por las casas cuyas fachadas tardaban más en cambiar para ajustarse al estilo de moda, que en ser vueltas a picar y demoler, para que sus dueños no pasaran la vergüenza de tener una casa pasada de moda.

Passing by the memories and you and I pretending.

Llegó hasta la iglesia del Socorro, donde un conjunto de ancianas emperifolladas conversaba a gusto con un sacerdote que parecía a punto de echarlas a patadas.

Descending now,

Atravesó la Avenida Mariscal hasta llegar a aquel barrio, en el que una noche había cruzado los límites de la amistad, habiendo pagado un precio muy alto. La canción que tenía en la cabeza se hizo más intensa cuando presionó el botón del timbre. Segundos antes que la puerta se abriera.

Lights fading down…

¿Karen?

-Alex, que alegría me da verte- dijo Karen echándose a los brazos de su amigo, que no correspondió al gesto.

-Karen ¿Qué haces aquí?- dijo él tomándola de los brazos y separándola de su cuerpo.

-Necesito alguien con quien hablar, Alex, por favor.

-Yo no tengo nada que hablar contigo, Karen- dijo Alex con una tranquilidad pasmosa, apostado en el marco de la puerta, descalzo y con un pijama, hermoso como siempre.

-Alex, de verdad, necesito un amigo, por favor, no me dejes aquí- dijo ella tratando de controlar el llanto que parecía una inundación incontrolable detrás de sus ojos.

-Karen, lo que pasa es que tu y yo dejamos de ser amigos hace mucho tiempo.

-¿Es por lo del beso?

-Es porque tú decidiste echar a la basura todo lo que yo sentía por ti, para irte detrás de un tipo que ni siquiera conocías. Y ahora que por fin estás pagando las consecuencias ¿pretendes venir aquí, a mi casa, a que te preste mi hombro para llorar?

-Ya entendí- dijo Karen sin quitarse los lentes- Lo que estás es ardido porque no quise tener nada contigo.

-Piensa lo que te dé la gana, a mi no me importa nada, nada que tenga que ver contigo ¿Me escuchas? ¿Captas? Ahora si me disculpas, estoy esperando a mi novia, una mujer, una hembra que si vale la pena…no como tú. – dijo Alex cerrándole la puerta en la cara.

Esta vez no sintió deseos de llorar. El cielo ya había oscurecido y las luces de la Zona Rosa de Sincelejo se encendieron casi al unísono. A Karen no le costó trabajo llegar hasta allí, la casa de Alex estaba a menos de 3 cuadras de la Avenida Mariscal, justo donde se esparcían como maleza los negocios más solicitados de la ciudad.

Karen se soltó el cabello, sin quitarse los lentes de sol y dio una mirada rápida a la calle. No le fue difícil localizar un lugar donde vendieran alcohol y a esa hora.

Sector 15 se encontraba justo en el local donde en algún tiempo existió una sala de cine, pero sus nuevos dueños lo habían remodelado de tal forma que parecía un viejo pub inglés. Para sorpresa de Karen, el lugar ya contaba con varios clientes. Se acercó a la barra y haciendo uso de los restos de sus ahorros pidió un coctel. Quería olvidarse de Kike, de Alex, de la Universidad de Sucre, de su tía, de todo, sólo quería embriagarse y ser libre por unos minutos, aunque al día siguiente tuviera que sostener el peso del mundo en sus hombros.

Se dio cuenta que varios de los presentes la observaban. Definitivamente una chica con lentes de sol y zapatos deportivos en un bar de la Zona Rosa a esa hora de la noche, tendría que llamar la atención. Pero le daba igual si la estaba viendo Justin Bieber sólo quería perderse entre el sabor y la sensación del licor invadiendo su cuerpo.

No le puso atención al reloj, el lugar se llenaba a cada segundo, hasta que fue evidente que pronto no habría lugar para nadie más. Iba por su tercer cóctel, cuando sintió que alguien la empujaba para tratar de llagar hasta el barman.

-Oye ¿Estás ciego?

-Discúlpame, discúlpame- dijo el sujeto imprudente, con su cabello castaño oscuro, cabello lacio y rasgos demasiado infantiles para alguien de su edad- Oye, bonitas gafas.

-Te las vendo.

-Te las compro.

-¿Es en serio?

-Completamente. ¿Cuánto quieres por ellas?

-Pues aún no he pagado este coctel.

-Trato. Hey, amigo, una cerveza y el coctel de la dama. Listo. Mis gafas.

-Tus gafas.

-Un placer hacer negocios contigo- dijo el muchacho- poniéndose los lentes de inmediato. A propósito mucho gusto, Richard.

-Karen.

-Que gusto ¿quieres bailar?

-¿Por qué no?

Karen tomó un sorbo largo de su bebida y siguió a Richard hasta la pista de baile que ya estaba atestada. El muchacho era muy buen bailarín, bailando salsa, vallenato, reggaetón, merengue y todos los ritmos y lo mejor fue que no trató de sobrepasarse con ella. De hecho estaba disfrutando su momento con el muchacho y sus lentes de sol, cuando vio a una pareja muy extraña subiendo hasta el segundo piso del lugar.

-¿Qué hay en el segundo piso?- preguntó Karen.

-Los privados VIP- respondió Richard.

-Discúlpame un momento, vi a alguien que conozco ¿me esperas aquí?

-Claro, no te tardes.

Subió las escaleras con cuidado, estaba un poco mareada por el licor, pero había visto algo muy extraño. Quizás era el efecto de los cócteles, o quizás no era nada, pero tenía que comprobarlo.

La zona de VIP era en realidad un pasillo con muchas puertas numeradas. La pareja que había visto subir, debía estar tras alguna de ellas. No le fue difícil saber en cual, porque sus propias voces los delataron.

-Me da mucho gusto tenerte aquí, a solas, conmigo- dijo la voz del sujeto.

– Tenemos toda la noche- dijo ella, una voz que a Karen le parecía familiar.

De repente se escucharon pasos subiendo la escalera. A Karen no le quedó más remedio que meterse en uno de los privados. Un mesero traía una enorme botella de lo que parecía ser vino espumoso, dos copas y una jarra repleta de hielo. Afortunadamente no tardó y lo mejor, había dejado la puerta del privado entreabierta.

Karen se asomó por el espacio dejado por la puerta y confirmó la sospecha inicial que tenía. Allí, dentro de aquel privado, estaba nada menos que Pablo Emilio Santís, el rector de la Universidad de Sucre.

-¿Qué le dijiste a tu novio?- preguntó él a su acompañante a quien Karen no podía distinguir bien.

-Que voy a estudiar ¿te imaginas?- dijo ella riendo a carcajadas. Karen definitivamente había escuchado aquella voz. Si tan solo pudiera ver el rostro de aquella mujer.

-Brindemos- dijo Santís entregándole una copa a la mujer y quedándose él con una- por un plan perfecto ¡Salud!

-¡Salud! ¿Y qué sigue ahora? – dijo la mujer a la que Karen seguía sin poder ver.

-Dejaré que pase el fin de semana y el lunes, saldré ante los medios de comunicación informando de las actividades extracurriculares de Kike Narváez en esa revista de guerrilleros, que sumado con lo del video, lo destruirá por completo. Perderá toda la credibilidad que tenía, el muy miserable.

-Es un tonto, sólo así se explica que estuviera con la estúpida esa de Karen Massier- dijo la mujer.

-¿Por qué la odias tanto?

-Me cayó mal desde la primera vez que la vi- dijo la mujer, que ahora se movió y quedó en el ángulo de visión de Karen.

La reconoció, era la misma mujer que aparecía en las fotos con Alex en facebook, la misma que había ido a su casa el día de las explosiones en la Universidad de Sucre. Era Sofía Martinez.

-A propósito, te agradezco la intención que tuviste delatando al miserable ese, sin tu información la policía nunca hubiese sabido que estaba en esa casa en Villa Natalia- dijo Santís, mientras Karen cubría su boca aterrada, fuera de la habitación.

-De nada, lo hice con mucho gusto, de hecho siempre que me des lo que quiero estoy dispuesta a darte lo que tú quieras- dijo Sofía mientras besaba apasionadamente a Santís.

-¿Cómo hiciste para convencer a Kike de que se acostara contigo?- preguntó Santís- es decir, yo se que tienes lo tuyo, pero igual él estaba con esa tal Karen.

-Nada, el tipo es un perro, ni siquiera tuve que conquistarlo, fui con la excusa de una queja al consejo directivo y se me vino encima. Me sorprendería si esa hubiese sido la primera vez que engañaba a la tonta esa.

-Bueno, al menos ahora tenemos ese video.

-Me preocupa que llegue a tomar represalias contra mí.

-Despreocúpate.  Después de esto, Kike Narváez se va a largar de la Universidad y de Sincelejo para siempre, terminará de hundirse como el desgraciado de Antonio Cabrero y ni siquiera tuve que ponerle bombas a la Universidad de Sucre.

Karen se movió detrás horrorizada, perdiendo el equilibrio y apoyándose en la pared para no caerse.

-¿Qué fue eso?- preguntó Sofía.

-Hay alguien en la puerta. ¡Nos están oyendo!.

Karen se puso de pie y se disponía a correr y a gritar cuando sintió la presión de una manaza en la boca. La arrastraron hasta el privado que esta vez si fue cerrado completamente.

-¿Te gusta escuchar las conversaciones ajenas, niña tonta?- preguntó Santís.

-Pablo, es Karen Massier ¡y escuchó todo!

-¿Qué? Así que tu eres la noviecita de Kike Narváez, pues no tiene mal gusto el muchacho.

-¿Qué crees que estás haciendo? Nos acaba de escuchar.

-Tampoco podemos sacarla gritando de aquí.

-Tengo una idea.

Karen vio horrorizada como Sofía sacaba de su bolso un frasco de pastillas blancas y azules.

-Le vamos a dar esto y la sacaremos de aquí como si se hubiese quedado dormida.

-¿Qué diablos es eso?

-No te preocupes, sólo vamos a darle muchas… igual si se muere, mejor.

Sofía cubrió la nariz de Karen mientras Pablo dejó el espacio suficiente para meterle todas las pastillas en la boca. Karen intentó no tragarlas, pero luego la tumbaron boca arriba, con la nariz cubierta y le abrieron la boca lo suficiente para echar un chorro del vino espumoso en su boca. Era todo, era tragar las pastillas y respirar, o ahogarse con el vino . Su instinto de supervivencia se impuso. Tragó todas las pastillas.

Santís le quitó las manos de encima. Era libre de gritar, pero tenía todo el cuerpo adormecido. Vio a Sofía y a Santís observándola sin hablar, mientras sentía los parpados cada vez más pesados.

Se dejó arrastrar por completo, sin resistencia,  por aquellos hilos de hielo ardiente que la arrastraban hacía la luz, aquella luz inexpugnable que se encontraba al otro lado de la realidad, donde todos sus demonios ya la estaban esperando.

Capítulo 15.

-¡Perfecto! – dijo Karen al ver la hermosa chaqueta de colección que la vendedora había puesto sobre el mostrador. Era una hermosa prenda de cuero legítimo, con apliques metálicos en acero inoxidable y con un modelo sobrio y elegante.

-¿Está segura de la talla?- dijo la vendedora, tan tiesa y estirada, que en lugar de vendedora de ropa, parecía la empleada de una funeraria.

-Sí, estoy segura- respondió Karen- ¿Cuál es el precio?

-La chaqueta tiene un precio de $780.000, pero como estamos en promoción, tiene un 25% por ciento de descuento, por lo que le queda en $585.000, con IVA incluido.

-¡¿Qué?!- dijo María Andrea, casi gritando- Casi $600.000 por una chaqueta… ni que estuviera bañada en oro.

-¡La llevo!- dijo Karen haciendo caso omiso a su amiga.

-¿Cancela con tarjeta o en efectivo?- preguntó la vendedora funeraria.

-Efectivo.

-Sígame por acá.

Mientras la vendedora se dirigía a la caja, llevando la chaqueta con toda la elegancia y distinción que podía, María Andrea aprovechó para hablar con Karen sin que la oyeran.

-¿Estás loca?- dijo casi en susurros- ¿Vas a pagar $600.000 por una chaqueta que ni siquiera se va a poner? Por si no te has dado cuenta, vivimos en Sincelejo, no en Alaska.

-Sí, lo sé, pero hoy hace dos meses que estoy con Kike y quiero regalarle algo espectacular. Además, sí la va a utilizar, ahora en vacaciones vamos para un congreso estudiantil en Bogotá y allí la va a poder lucir.

-Sí, va a lucir una chaqueta carísima con ese montón de arrastrados que van a esos congresos estudiantiles…

-¿Mary?

-Ay sí, no me digas que Kike vive rodeado de la más exquisita élite nacional…

-No, pero sus compañeros no son ningunos arrastrados como dices, además yo los conozco a todos y son excelentes personas.

-Sí, claro, desde que te cuadraste con él, ya eres una de ellos, ya ni siquiera te acuerdas de tus amigas…

-Ay Mary ¿cómo se te ocurre decir que…?

-Por acá me cancela- dijo la vendedora.

Karen sacó de su bolso el paquete de billetes que con tanto esfuerzo había ahorrado en el último año, para procurarse, según ella una pinta decente para diciembre, sin imaginar que terminarían en aquel costoso regalo para su novio.

-No preguntaste si lo podías devolver- dijo María Andrea cuando ya habían escapado de la vista de la Morticia Adams que las había atendido.

-No la voy a devolver, es un regalo para Kike y pienso dárselo mañana mismo.

-¿Estás muy enamorada verdad?

-Muchísimo.

-Me alegra mucho, Karen. Bueno, te dejo, mira la hora que es y no hay nadie quien cocine en mi casa- dijo María Andrea despidiéndose de su amiga con un abrazo- Me llamas más lueguito.

-Gracias por acompañarme- dijo Karen viendo como María se subía con un mototaxi y le decía adiós con la mano.

Karen estaba tan emocionada de darle a Kike su regalo, que no escatimo en esfuerzos para entregarle su regalo intacto, tanto así que tomó un taxi para que la chaqueta no fuera a doblarse o a maltratarse. Al llegar a su casa en Villa Natalia, se dio cuenta que su tía aún no volvía de su trabajo, lo que significaba que a ella le tocaría hacer la cena, pero estaba tan cansada luego de caminar toda la tarde con María Andrea, buscando el regalo perfecto, que lo único que se le ocurrió fue hacer unos espaguetis sencillos.

Había terminado de rayar el queso que esparciría sobre la pasta, cuando cayó en cuenta que desde el día anterior no hablaba con Kike. Tomó su teléfono celular y le marcó de inmediato. La primera vez timbró y timbró hasta irse a correo de voz. La segunda vez pasó lo mismo. La tercera vez luego de dos timbrazos, finalmente se abrió la llamada.

-¿Karen?

-Hola, mi amor ¿cómo estás?

-Bien, bien, Karen ¿Qué necesitas?

-Pues, necesitaba escucharte, mi amor. Decirte que te quiero mucho.

-Eso me lo dices todo el tiempo ¿no?

-Sí, pero no me canso de hacerlo.

-Ay, Karen.

-¿Y qué estás haciendo, mi amor?

-Estaba estudiando para un parcial, Karen, la verdad, tú discúlpame pero no tengo tiempo para hablar contigo ahora.

-Kike ¿Te pasa algo?

-¿Algo de qué o qué?

-Tú nunca me habías hablado así.

-¿Tiene que pasar algo para decirte que no tengo tiempo para hablar contigo ahora?

-No, sólo que me extraña que me trates de esta forma.

-Bueno, pues si no te gusta, no me llames y ya– dijo Kike antes de que le colgara la llamada.

1:02 marcó el tiempo en la pantalla de su teléfono celular, que casi de inmediato lanzó una notificación de facebook. “Alex Pedroza ha subido 7 fotos”  Karen tocó el anuncio que un segundo después le mostró las 7 fotografías.

Desde el día de la fogata, Alex se había distanciado tanto de ella, que Karen se preguntaba si de verdad seguían siendo amigos. Aunque compartían la mayoría de sus clases, apenas sí la saludaba. No volvió a hacer trabajos con ella, ni con María Andrea, prefiriendo trabajar solo, que hacerlo con ellas. No volvió a llamarla, ni a saludarla por el chat, ni a invitarla a cine, pero lo más cruel fue que no volvió a mirarla a los ojos.

Poco tiempo después, supo que el que alguna vez fue si mejor amigo, tenía una relación con Sofía Martínez, la misma que estuvo en su casa, el día que la policía se llevó preso a Kike. Todos los días subía fotografías con ella, donde se veían felices. Comiendo helado, en playa, en alguna discoteca, en el parque ambulante de diversiones y hasta comiendo con sus respectivas familias. Sin duda lo que tenían aquellos dos no era nada pasajero.

La decepción de la llamada de Kike no hizo más que confundirla. Se preguntó si aquella noche, al quedarse en los brazos de Kike y no salir corriendo tras Alex, había tomado la decisión correcta. Pero quizás estaba exagerando. Kike había sido amoroso, compresivo y sobre todo un buen amante. No tenía razones para quejarse de él, excepto aquella llamada. Se tranquilizó pensando que Kike estaba preparando algún tipo de sorpresa y por eso estaba actuando así. Quizás.

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Era casi la hora del almuerzo cuando Karen salió de la última clase que tenía aquel día. Era el día en que cumplía dos meses con Kike Narváez contando desde aquella noche mágica en la fogata. Había pasado toda la mañana intentando comunicarse con Kike, pero su teléfono sonaba ocupado cada vez que lo intentaba.

Salió sola del salón de clases, puesto que María Andrea no veía aquella asignatura en ese horario, sino por las horas de la tarde, por cuestiones de cupo. Sin duda se la encontraría en la cafetería, como siempre ocurría aquel día de la semana. Transitaba por el camino de acceso hasta la plaza central, cuando vio un grupo de estudiantes sentados bajo la sombra de una ceiba, prestando demasiada atención a un teléfono celular. Se reían a carcajadas. Aquello no sería extraño de no ser porque a escena se repitió  tres veces más de camino a la cafetería. Karen pensó que seguramente sería una estúpida broma, un meme, o un video tonto de esos que publicaban a cada rato en internet.

Había entrada ya al bullicio de la cafetería, cuando se percató que había varios grupos que la señalaban y la observaban entre susurros. “¿Qué rayos está pasando?” se preguntó Karen, tratando de disimular que no se daba cuenta de nada. Se dirigió hacía la barra, donde esperaba terminar de disimular comprando un jugo, para luego largarse de allí, pero alguien la interceptó.

-Karen, ven conmigo rápido- dijo María Andrea tomándola del brazo, dirigiéndola hasta la plaza central, contigua a la cafetería.

-¿Qué pasa Mary? ¿Por qué me traes hasta acá? ¿Qué pasa?

-Karen ¿Has hablado con Kike hoy?

-No ¿Por qué? ¿Qué pasa María Andrea? ¿Por qué tanto rodeo?

-Mira nena, mejor sentémonos en la sombra y hablemos.

-¡NO! Dime ahora mismo que es lo que está pasando, María Andrea ¿Por qué todo el mundo se estaba burlando de mi en la cafetería?

-Es mejor que lo veas por ti misma, amiga- dijo María Andrea entregándole su teléfono celular a Karen- Dale play.

Era un video. Una habitación demasiado genérica para ser real, como esas de los hoteles o de los moteles de paso. Había dos personas allí. Una mujer de cabello negro, suelto, de espaldas a la que no se le veía el rostro, con un reloj de diseño extraño; y un hombre debajo de ella. Karen no tuvo que hacer ningún esfuerzo para reconocer al dueño de aquel tatuaje en forma de hacha en el centro del pecho.

En el video Kike estaba teniendo sexo de manera apasionada y sucia con aquella mujer, frotándose los dedos en la lengua para luego pasárselos a ella por los senos y la boca. La mujer de cabellos negros gemía como loca, mientras saltaba sobre él.

-Dale, mami, dale, dale…- decía Kike en el video.

A los 3 minutos y 20 segundos, la mujer alcanzó el orgasmo, con unos gritos fenomenales y 10 segundos después lo hacía Kike retorciéndose como una serpiente debajo de la mujer. Karen le entregó el teléfono celular a María Andrea, luego de ver el final.

-Estaban diciendo que eres tú, pero tú no tienes el cabello negro, ni liso.

-¿Y eso que importa ahora, Mary?- preguntó Karen al borde de las lágrimas- Ese que estaba allí era MI novio, el hombre que yo amo ¿Por qué me hizo esto?

Karen no lo pudo soportar más y empezó a llorar profusamente, mientras María Andrea trataba de consolarla.

-Nena, no llores, ¿quién quita que lo hayan tomado antes que tú estuvieras con él? Por eso te pregunté si habías hablado con él hoy.

-No, Mary- dijo Karen entre lágrimas – ese tatuaje, en el pecho, él se lo hizo hace un mes, cuando se supone que estaba conmigo, conmigo ¿me entiendes?

-Karen por favor, no te pongas así. Mira que el que quedó mal fue él, tú no, tu eres una princesa, una dama, nena, no te puedes mortificar así.

-Ay, Mary, me siento tan mal, me quiero morir, Kike me engañó y lo peor es que ahora todo el mundo lo sabe ¿con qué cara voy a venir mañana a la universidad?

-No pienses en eso, Karen, tú nunca has comido del “qué dirán”.

-No, Mary, ¿tú sabes cómo me llamaba todo el mundo cuando estuve con Kike? ¿Ah? ¡Se burlaban de MÍ por el solo hecho de estar con él, ahora imagínate con esto, Mary!

-Lo mejor es que te lleve para tu casa, no estás bien.

-No, Mary, tú tienes clases ahora- dijo Karen intentando recuperar la compostura. Yo voy a estar bien ¿ok? Yo me voy para mi casa.

-¿Vas a estar bien?

-Sí, no te preocupes.

-¿Segura?

-Segurísima, voy a salir por el atajo.

-Te llamo cuando salga de clases ¿vale?

-Vale.

Karen caminó lentamente, secándose con fuerza las lágrimas de los ojos. Vio a los chicos sentados bajo la ceiba que seguían viendo el video en un teléfono celular. Vio a un par de muchachas que se burlaban entre cuchicheos y susurros y que la veían como un animal de feria.

-Hey, primera dama ¿Te la hicieron, qué?- escuchó a alguien decir a sus espaldas.

Caminó sin escuchar, ni mirar a nadie, sólo quería salir de allí y encerrarse a llorar para siempre en la soledad de su habitación.

Capítulo 14.

Sabía dónde estaba. Lo sabía muy bien. Podía reconocer aquel olor nauseabundo que se resistía a despegarse de su piel y que se aferraba como un parásito moribundo a su cuerpo estropeado y débil. Reconocía también el color del pasto, marchito por los largos meses de sequía y que se hundían en su carne como el filo de un alambre de púas. Llevaba puesto el mismo vestido, el vestido color violeta, rasgado, sucio y hediondo, el mismo que ocultaba la sangre que pegada a sus piernas, ya había empezado a secarse. El cielo ya estaba claro, podía ver las nubes moldeando formas abstractas que en un momento parecían flores, en otro parecían aves y en el siguiente parecían rostros. Levantó la mano, creyendo que podía tocarlas. Se preguntó cómo se sentirían al tacto. ¿Serían como el algodón? ¿Cómo el agua? ¿O sencillamente serían un vacío enorme y sin sentido como el que empezaba a adueñarse de su cabeza en aquél momento? ¿Se desvanecerían en sus manos como empezaban a desvanecerse todos y cada uno de sus recuerdos?  “Si tan sólo las pudiera tocar” pensó, sin darse cuenta de lo que perdía a cada segundo. Pero aquello no era importante, lo importante era tocar las nubes con la punta de sus dedos, sentirlas, palparlas, percibirlas, pero no podía sentir nada. Sus sentidos estaban embotados. De pronto las nubes se convirtieron en sombras; el sonido del tráfico, en un zumbido silencioso y el intenso olor nauseabundo, en un perfume que había usado hacía muchísimo tiempo, quizás en otra vida, en otro tiempo. Se perdió en la oscuridad hasta que empezó a escuchar su nombre, primero como unos susurros insignificantes, y luego claramente en la voz de una mujer, una voz que ella conocía.

-¡Karen!- escuchó claramente la voz, mientras sentía unos golpes delicados en las mejillas- ¡Karen! No te hagas. ¡Karen, despierta!

El rostro de María Andrea se empezó a hace más y más claro a medida que ella abría los ojos. Le costó reconocerla, tenía el cabello corto y se había maquillado de una manera diferente. Entonces recordó donde estaba. El salón donde había estado recibiendo la última clase del día se encontraba completamente vacío, mientras que afuera el bullicio acompañaba los últimos rayos de sol que se extinguían en el horizonte.

-¿Me quedé dormida?

-Claro, boba, ya todo el mundo se fue para la fogata. ¡Vamos! Nos vamos a perder el espectáculo.

-¿Y Alex?

-No lo he visto.

-¿No llegó a clases?

-¿Mientras estabas dormida? No, no llegó. Ven, Karen, vamos. Nos vamos a perder todo y no vamos a alcanzar a tomar fotos de nada. Dale, mira que se lo prometí a mi mamá, para que me dejara venir. Dale, Karen ven.

-Está bien, está bien, deja que me despeje un poco- dijo Karen levantándose de la silla y frotándose bien los ojos para espantar el sueño.

Apenas habían pasado dos días desde el ataque que había destruido la fachada de cristal de la biblioteca de la universidad y desfigurado la ya de por sí espantosa escultura ubicada en medio de la plaza central del campus. Por orden del nuevo rector, la universidad había retomado la normalidad académica, aunque realmente sólo un tercio de los estudiantes acudió normalmente a sus clases. En las 3 clases que tuvo Karen aquel día, los profesores se dedicaron a lamentar y a condenar lo ocurrido , a replantear el estricto calendario de actividades que habían consignado a inicios del semestre y a repasar a grandes rasgos lo que ya se había visto en las 4 semanas que antecedieron a la protesta de Kike Narváez por la elección del rector.

Ni Alex ni Kike se habían comunicado con ella. Había pasado el día anterior arreglando la casa, para la llegada de su tía, escuchando las noticias en la radio y leyendo a cada rato la prensa vía Internet. Vio en los noticieros como habían capturado a Antonio Cabrero y como el nuevo rector había proporcionado el video que había tomado Freddy para terminar de hundirlo. Le pareció extraño que ese señor se hubiese tomado tantas molestias para obtener ese video, si al fin de cuentas lo iba a entregar a la policía. Según Freddy, que la había llamado en las horas de la noche para preguntar como seguía, Santís había ganado mucho con aquel video, no sólo había terminado de hundir a Cabrero, sino que había quedado como un héroe frente a todo el mundo con aquella prueba. Pero Karen no estaba muy convencida.

Había intentado comunicarse con Alex, pero su teléfono sonaba apagado, lo cual era lógico luego que Kike se lo arrojara al piso y se hiciera pedazos. Le envió un mensaje por facebook, un correo electrónico, todo lo que se le ocurrió, pero su amigo no contestó. Tenía tantas ganas de hablar con él, de conversar sobre lo que había ocurrido en el estudio de su papá, de aclarar todo, pero al parecer él no opinaba lo mismo.

Tampoco recibió noticias de Kike Narváez, salvo que había sido liberado en las horas de la mañana, según lo que le había dicho Freddy, y que Camilo Naar lo entrevistaría en un lugar secreto, donde sus compañeros de “Doctrinas” lo habían refugiado a espera de confirmar que no estuviera en peligro. Por supuesto Karen confirmó que no se trataba de ningún lugar secreto, sino de una clínica, donde le estaban haciendo chequeos, pero por más promesas que le hizo a Freddy, el muchacho se resistió a entregarle más información.

Siguiendo a María Andrea en dirección a la cancha de fútbol de la universidad, Karen se sintió más sola que nunca. No estaba Freddy, ni Alex, y hasta María Andrea se veía extraña. Cuando la vio entrando a la primera clase de día, con el cabello corto, sin lentes de contacto y con un maquillaje clásico y suave, pensó que se trataba de otra persona. María Andrea le había dicho que había sido un cambio que tenía pensado hacía ratos, pero Karen sabía que no era así. No le costó trabajo imaginarse a su amiga, tratando de cortarse el cabello para tratar de lidiar con la confusión y la culpa que sentía por dentro. Habían estado en una situación espantosa y según lo que había dicho Freddy, habían pasado a los muertos del atentado justo frente a ella. No sería nada fácil para alguien cuyo principal objetivo en la vida había sido tratar de parecerse a su mejor amiga.

El sol se había terminado de ocultar cuando llegaron hasta la cancha de fútbol. Una fogata enorme se levantaba en medio del lugar con un montón de flores y coronas fúnebres a su alrededor, pero evidentemente la ocasión no era solamente para lamentar la muerte sino también para celebrar la vida.

Un grupo juvenil tocaba gaitas, maracas, acompañados de la voz de una muchacha bajita, rubia, de ojos verdes. Algunos incluso bailaban al ritmo de la música. María Andrea parecía fascinada tomando fotografías tanto así que se olvidó por completo de Karen, quien terminó en la cancha sola y sin saber a dónde ir. Se aseguró el bolso que había sobrevivido a la explosión del martes y empezó a deambular, como sonámbula. Por más que aguzó la mirada, intentando localizar a algún conocido, no lo encontró, ni siquiera a María Andrea que había desaparecido por completo.

Miró a todos los presentes y se sintió como la perfecta mosca en leche, tanto así que no dudo en sacudirse los pies para largarse de allí de una vez por todas. Ya había dado un par de pasos cuando sintió que una manaza la había sujetado del antebrazo izquierdo y le impedía la salida.

-¿A dónde crees que vas tan temprano?

-¿Kike? ¡Kike!

Karen no sólo se detuvo sino que se echó a los brazos del representante estudiantil, abrazándolo con todas su fuerzas.

-Wow, wow, si me van a recibir así cada vez que salga de la cárcel, creo que voy a tener que ir más seguido.

-Me alegra mucho que estés bien. No sabes el gusto que me da.

-A mi también- le dijo él al oído, abrazándola con cariño- me da mucho gusto volver a verte, niñita.

El prolongado abrazo duró un tiempo más completamente en silencio, era como si no hubiese necesidad de decir nada porque todo lo que sentían y quería expresar lo decían sus cuerpos pegados el uno con el otro.

-Gracias por todo- le dijo Kike, cuando al fin se soltaron y se pudieron ver a los ojos.

-No tienes por qué agradecerme nada, sólo hice lo que tenía que hacer.

-Freddy y Camilo me contaron lo del video, creo que también le tengo que agradecer a tu amigo, el psicópata.

-Alex no es ningún psicópata.

-Bueno, el chichón que tengo en la cabeza lamenta tener que diferir contigo- dijo el riéndose- ¿Por qué crees que me estaba ayudando?

-¿Alex? No sé. Quizás se sintió culpable por dejarte inconsciente.

-O quizás porque tú se lo pediste. ¿Tú tienes algo con él?

-No, Alex, es sólo mi amigo- dijo Karen mientras las imágenes del beso apasionado que se había dado con su amigo cruzaban su cabeza a la velocidad de un rayo.

-¿Y estás segura que él sabe que es así?

-Claro que sí ¿por qué me preguntas todo eso?

-Es que no sé si me estoy precipitando- dijo Kike con los ojos fijamente clavados en los de Karen, mientras le acariciaba el rostro- pero no quiero que salgas de mi vida.

-¿De qué estás hablando?

-¿No te das cuenta? ¿Mis ojos no te dicen nada, niñita?

-Me dicen que estás muy cerca de mí- dijo ella viendo el fulgor de las llamas reflejados en los ojos negros de Kike Narváez.

-Quiero que tengamos algo, Karen, que nos conozcamos, que salgamos por ahí a tomar algo, a ver películas, a comer…

-Un momento- dijo ella, separándose de los enormes brazos Kike que la tenían presionada contra él- Mira, si me estás diciendo todo esto por agradecimiento o por lástima, créeme que no lo necesito. Lo que hice por ti, lo hice sin esperar nada a cambio, mucho menos que vinieras con esos cuentos chinos.

-¿Lástima? No sé de qué estás hablando, Karen. Sí, estoy agradecido contigo, pero créeme que esto no tiene nada que ver con eso que tú me dices. Tú… tú me gustas muchísimo, desde que te vi en esa reunión me llamaste la atención, como me mirabas- dijo él acercándose de nuevo a ella- sólo que pensé que eras otra niña tonta más, pero me equivoqué y te pido perdón por eso. Además de ser increíblemente hermosa, eres ingeniosa, atrevida. Sería un tonto si no intentara tener algo contigo.

-¿Estás seguro de lo que dices?

-Claro que sí ¿o es qué yo no te despierto nada?

-No, claro que no es eso.

-¿Entonces?- preguntó Kike mientras la música de las gaitas, las tamboras y las maracas se escuchaba cada vez más alta- ¿Por qué no nos damos esta oportunidad de conocernos, de tratarnos?

Kike acercó sus labios a los suyos, y ella pudo sentir su olor, masculino y varonil y no pudo resistirse. Aquellos labios no sabían a coco, como los de Alex, sino a mango, a mango biche con sal y pimienta, de esos que tanto había degustado de niña. Un sabor fuerte y agridulce, pero delicioso, que ahora sentía recorrer su lengua sedienta y vehemente. No supo cuanto tiempo estuvo allí con él, pero cuando al fin se separaron y se vieron a los ojos, ambos sonrieron.

-Mucho mejor de lo que pensé- dijo él, con las flamas danzando en sus ojos.

-Yo también quiero estar contigo, conocerte, hacer cosas juntos…

-Lo haremos, no te preocupes- dijo él abrazándola nuevamente.

Allí, recostada en el hombro de Kike, vio que del otro lado de la fogata, unos ojos crueles la observaban con intensidad. No tuvo que esforzarse mucho para reconocer a su dueño. Karen se dio cuenta como Alex la observó fijamente por unos segundos, con aquella mirada que parecía ser capaz de asesinar, pero aquella vez había algo más en ellos: una tristeza densa y profunda. Alex dio media vuelta y empezó a alejarse de la fogata. Karen sintió el impulso de correr tras él, de explicarle lo que estaba pasando, de abrazarlo, de besarlo, pero los brazos de Kike Narváez se lo impidieron.

Cuando ya la figura de Alex se había perdido en medio de la multitud, Karen se aferró con todas sus fuerzas a Kike, quizás así poco a poco dejaría de sentirse culpable por la decisión que sin querer había tomado a la luz del fuego, en medio de la noche estrellada.

Capítulo 13.

El noticiero empezó a las 6:58. Pablo Emilio Santís observaba desde la vista privilegiada de su mirador, como los últimos rayos del sol sabanero se extinguían en el horizonte, al tiempo que las luces de la ciudad empezaban a encenderse en una sincronía casi musical. Desde allí escuchó los titulares, procesos de paz, tragedias naturales del otro lado del mundo y lo que él estaba esperando.

“Y en Sincelejo, se capturó a Antonio Cabrero Parker, ex representante a la cámara por el Departamento de Sucre y que se presume responsable de la explosión de dos artefactos explosivos en la Universidad de Sucre, que dejó 4 muertos y 26 heridos.”

Escuchó el resto de los titulares: sólo tonterías de fútbol y farándula que nada tenían que ver con su felicidad. Sonreía, estaba tan contento que no necesitó acompañarse ni de sus cigarrillos de cajetilla roja, ni de ninguna clase de licor para sentirse completamente extasiado. Espero con calma, mientras veía el espectáculo de las luces en la ciudad, hasta que finalmente a las 7:17 llegó el momento que esperaba.

“Y tenemos noticias desde Sincelejo, en el departamento de Sucre donde se presentó la primer captura luego de la explosión de dos artefactos explosivos en el campus de la Universidad de Sucre, donde murieron 4 personas y otras 26 más resultaron heridas. Vamos de inmediato a Sincelejo, con Audrey Arizábal que nos tiene la información de primera mano… Audrey. ¿A quién capturaron? ¿Y qué pruebas tienen en su contra?”

“Así es Jorge Carlos, se trata nada más y nada menos que del ex representante a la cámara por el departamento de Sucre, Antonio Cabrero Parker, que se desempeñó en ese cargo en la pasada legislatura y de quien se dice tiene fuertes vínculos con el ex Senador Rogelio Palmira, actualmente paga condena por los delitos de secuestro, concierto para delinquir, narcotráfico, corrupción y tráfico de influencias  en la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá. Precisamente esta mañana se conocieron una serie de grabaciones que fueron filtradas a la red social facebook, donde se escucha claramente a Cabrero planificando el ataque en la Universidad con el propósito de entorpecer la posesión del señor Pablo Emilio Santís como rector en la Universidad de Sucre. El recién elegido rector entregó declaraciones a la prensa en las horas de la tarde, revelando aún más detalles de este crimen atroz que sacudió a la ciudad de Sincelejo, aquí lo tenemos en su conversación con los medios”

“Y no son sólo las grabaciones”  decía Santís, viéndose a sí mismo en la pantalla del televisor, rodeado de micrófonos “Ya mismo le voy entregar a la fiscalía y a la prensa un video donde se puede ver claramente que el responsable de poner las bombas en la Universidad, es nada más  y nada menos que un hombre nefasto llamado John Jairo Vides, que trabajo 8 años para el señor Cabrero como su chofer y guardaespaldas”

“Así es, Jorge Luis, nosotros tuvimos acceso al video entregado por el señor Rector, en el que se puede ver la imagen de un hombre colocando una bolsa negra, justo en uno de los puntos donde estallaron los artefactos y pudimos comprobar que en efecto el sujeto que allí se ve, había trabajado para el ex representante Cabrero como su hombre de confianza, al parecer se habría disfrazado para entrar a los terrenos de la universidad. El rector también nos comentó que las clases se reanudarían mañana mismo y que para conmemorar la memoria de las víctimas se llevaría a cabo una fogata por las horas de la noche en la cancha de fútbol de la universidad. No siendo más por el momento, regresamos a estudio en Bogotá… muy buenas noches…”

“Gracias Audrey y…”

Pablo apagó de inmediato el televisor y se sentó en el sofá de la sala con sus brazos abierto, riendo a carcajadas por su éxito. Estaba disfrutando de triunfa a plenitud cuando escucho que alguien aplaudía a sus espaldas.

-Creo que te subestimé, Pablo- dijo Eloisa Sanz mientras golpeaba sus palmas en un gesto de desdén.

Pablo no se sorprendió, desde que eran amantes, él le había asignado una llave para que entrara y saliera de su apartamento cuando gustara.

-¿Por qué no me avisaste que venías?

-Quería darte la sorpresa… es lo justo ¿no? Después de la sorpresa que me diste esta mañana.

-Sabías lo que iba a pasar, yo te lo dije.

-Me dijiste que te respaldara y lo hice, no me imaginé que ibas a meter preso a MI marido- dijo ella inclinándose con suficiente rabia en los ojos como para hundir un portaaviones.

-Sólo hice lo que tenía que hacer.

-Claro, mataste dos pájaros de un solo tiro… quedaste como un héroe con los estudiantes que no van a dudar un solo segundo en recibirte con los brazos abiertos en la universidad y te deshiciste de Toño, hundiéndolo para siempre.

-¿Te molesta lo que sucedió con Toño?

-Claro que sí, yo lo…

-¿Lo qué? ¿Lo amabas? ¿Lo querías? ¿Lo soportabas? Entonces todo lo que me decías a mí que ¡¿Ah?!- dijo Pablo levantándose del sofá y contagiándose del resentimiento de la mujer.

-Al menos me hubieses dicho lo que planeabas hacer.

-¿Para qué? ¿Para qué fueras con él y se lo dijeras todo? Sabes, parte de esto lo hice por ti, para que estuviéramos juntos, bien, solos. Sin ningún peligro. Pero evidentemente yo sólo era un juguetico para ti ¿verdad?

-Eso no es verdad.

-¿Entonces? – Preguntó Pablo tomando a Eloisa de las manos- Vamos a disfrutar este momento, los dos.

-No puedo- dijo ella dejándose llevar por las lágrimas- no puedo ser feliz basándome en la desgracia de otros.

-Que estúpida eres- Pablo soltó a Eloisa con desprecio- ¿Sabes de dónde viene todo el dinero que tu flamante esposo te da todos los meses? Pues de la desgracia de otros, de carreteras que no se hacen, de casas que no se construyen, de comida que se roban… ¿Y me vienes con el cuento que no puedes ser feliz con la desgracia de otros? ¡Hipócrita de mierda!

-¿Eso no es lo que piensas hacer tu también? Robar…

-Puede ser, pero al menos a mi no me van a dar remordimientos como a ti. ¿Sabías que Toño había estado tratando de sabotearme hace tiempos?

-¿De qué hablas?

-Más bien ¿por qué no me dices tú de que hablas? ¿por qué te empezaste a acostar conmigo Eloisa?

-No sé de qué estás hablando… yo mejor me voy.

Pablo agarró a la mujer del brazo y la obligó a quedarse.

-¿Crees que no sé que estabas aquí espiándome, llevándole toda la información que podías a Toño? Mi error fue creer que te habías enamorado de mi… pero a lo mejor fue idea tuya meter a un inflitrado en el grupo de Kike Narváez para convencerlo de amarrarse en el edificio administrativo y dañarme mis aspiraciones ¿no?

-Yo no tuve nada que ver en eso ¡suéltame!

-Yo te quería Eloisa, de verdad, hubiese dado todo por ti, pero… me doy cuenta que sólo eres una basura, una prostituta que no se merece mi cariño. Ahora lárgate de aquí y ni si te ocurra hacer algo en mi contra porque tengo muchas cosas que te pueden afectar querida… ¿crees que no me protegí contra ti?

-Me voy, no tengo nada que hacer aquí- dijo ella saliendo a toda velocidad del apartamento. Lo único que lamento Pablo fue que no le dejara las llaves, para así no tener que cambiar las cerraduras de su apartamento.

Había ido hasta la cocina para servirse un trago cuando sintió que la puerta nuevamente se abrió.

-Te dije que te largaras, que nunca más quería verte por aquí. ¡Largate!

Pero cuando volteó sólo había un negro monumental esperando para propinarle un golpe que lo dejó inconsciente.

Cuando despertó estaba en el mirador, amarrado con cinta a una de las sillas su costosísimo comedor, estaba a punto de gritar cuando vio un arma apuntándole justo en medio de los ojos.

-Grita y date por muerto de una vez, Santís- dijo el senador Rogelio Palmira con sosteniendo con firmeza el arma.

-¿Senador? ¿Usted aquí? ¿Creí que…?

-¿Qué no podía salir de la cárcel? No seas imbécil, yo salgo de esa cárcel cuando a mi me dé la gana. Negro, vamos a darle una lección aquí a mi amiguito Santís.

El negro monumental que lo había golpeado tenía un balde lleno de agua que arrojó entero sobre la cabeza de Santís, hasta dejarlo completamente empapado.

-Pero ¿Qué está haciendo?- preguntó Santís.

-¿Sabes lo que hiciste hoy, Santís? En tu pequeño juego de poderes, hundiste a mi mejor hombre en Sucre, a uno de mi entera confianza ¿para qué? ¿Sabes que va a pasar ahora, Santís? El muchachito ese que estuvo preso, va a salir libre ¿y adivina qué? Todo el mundo lo va a adorar, los estudiantes, sus padres y pronto tendremos a un grupo incontrolable tratando de quitarme MIS VOTOS. Negro.

El negro le arrojó otro baldado de agua a Santís, esta vez la corriente de agua casi lo asfixia.

-Pero por otro lado- dijo Palmira- me gustó lo que hiciste, fue un plan… digamos, perfecto. Te aseguraste la rectoría de la universidad y te deshiciste de tu principal obstáculo para llegar hasta mí. Lástima que no hayas pensado en todo.

-Sí, lo hice, si me deja explicarle, sin que este negro me esté echando agua… le juro por Dios que Kike Narváez no se va a convertir en ningún peligro para usted, créame, Senador, tengo un plan.

Palmira con su monumental gordura se quedó pensativo un momento.

-Negro- dijo el Senador- suéltalo, tengo muchas cosas que hablar con este tipo y ¡Ay de él sino me convence!

Capítulo 12.

Acto Probatorio Número 1.

Nombre: Conversación Telefónica.

Formato: Archivo de Audio .mp3

Resumen: Dos conversaciones telefónicas en el mismo archivo de audio entre Antonio Luis Cabrero Parker y un individuo que se denomina a sí mismo “El Piru, interrumpidas por una conversación entre “El Piru” y un individuo sin identificar.

Fecha de consignación de la evidencia: 25 de Septiembre de 2013.

Transcripción:

El Piru: Sí ¿Quién es?

Antonio Cabrero: Buenos días, hablas con Toño.

El Piru: Don Toño ¿Qué se le ofrece? Aquí pa’ las que sea.

Antonio Cabrero: ¿Cómo vas con lo que te encargué?

El Piru: ¿Con el asunto de la Universidad de Sucre? Muy bien, he estado pendiente del asunto. No se preocupe, todo está saliendo a las mil maravillas.

Antonio Cabrero: Eso espero, Piru, eso espero. Si todo sale como yo espero, mañana mismo estoy viajando para Sincelejo. No se te olvide mantenerme al tanto de todo.

El Piru: Claro que sí ¿cómo le voy a fallar a don Toño Cabrero?

Antonio Cabrero: (Risas) No te preocupes tanto por alabarme y más en cumplirme. Recuerda que es urgente que todo salga bien. Santís no se debe posesionar.

(Silencio)

Individuo desconocido: Aló.

El Piru: Que hubo, con el Piru.

Individuo desconocido: Ah ¿Qué cuentas? ¿Llamas por el encargo?

El Piru: Sí, claro. ¿Lo tienes listo? El patrón lo quiere para mañana.

Individuo desconocido: Sí, claro, ya todo está listo. ¿Eran dos verdad?

El Piru: Dos, sí parce, ya sabe que hagan buen daño. El jefe quiere que eso se vuelva un desastre.

Individuo desconocido: No se preocupe, los dos regalitos son de alto poder. Cualquier que este a tres metros de ellos, chao con él.

El Piru: Perfecto, necesito que los traigas a mi casa esta misma tarde. Eso tiene que estar a primera hora en la universidad.

Individuo desconocido: No, eso no se lo llevo yo. ¿Qué tal que la policía me encuentre con eso? El trato no decía nada de andar cargando nada… de eso se me encarga usted.

El Piru: Erda, entonces ¿cómo hacemos?

Individuo desconocido: No sé, aquí está su vaina, usted verá a ver como se la lleva.

El Piru: Está bien… yo voy a mandar a un mototaxi, guarda eso bien en una bolsa negra, que no se vea. Se la das al pela’o y él me la trae hasta acá.

Individuo desconocido: Vale, yo se lo voy a dejar con una de las peladas que venden minutos por aquí cerca, en la esquina, la morenita… ¿sabes cuál es?

El Piru: Sí, si claro… yo mando al mototaxi allí mismo… Ojo, cuidado se va a perder esa vaina.

Individuo desconocido: Tranquilo, que eso no se pierde.

El Piru: Listo, la otra mitad te la consignamos después que probemos que los regalitos explotan, ¿vale?

Individuo desconocido: Vale.

(Silencio)

El Piru: ¿Don Toño?

Antonio Cabrero: Sí, buenas noches.

El Piru: Habla con Piru.

Antonio Cabrero: Piru ¿Qué más? ¿Qué noticias me tiene?

El Piru: Para darle parte de tranquilidad, jefe. Mañana el señor Santís no va a poder posesionarse de nada.

Antonio Cabrero: Perfecto. Excelente trabajo. Mañana vemos a ver como resulta todo y cuadramos lo de los pagos. ¿Estamos?

El Piru: Estamos, jefe, no se preocupe.

(Fin de la grabación)

***********************************************************************

Había dormido plácidamente toda la mañana, luego de una noche de perros en la que el insomnio y el dolor de cabeza lo habían torturado lentamente hasta drenarle toda la energía y el ánimo que aún le quedaban. Kike Narváez hubiese seguido durmiendo apaciblemente de no haber sido por los rayos de sol que insistían en introducirse en la celda a través de los ladrillos calados en la pared.

Se sentía tan bien, tan descansado y tan ligero que tardo un par de segundos en recordar que estaba confinado en una celda del comando de policía de Sincelejo, a espera de la orden que lo trasladaría definitivamente a la Cárcel Municipal de Montería. Según le había comentado el inútil que le habían asignado como abogado de oficio, no podían trasladarlo a la cárcel local, porque ya estaba atestada de criminales condenados y otros que esperaban pacientemente la culminación de sus juicios.

Le preocupaba el cambio que pronto tendría en su vida, pero le preocupaba más el olor que despedía del cuerpo. Desde el día anterior que había tomado una ducha en casa de Karen no había probado el jabón. Se sentía sucio y pegajoso, sin contar el hecho que tampoco había podido cepillarse los dientes. Tenía puesta una pantaloneta verde que le había prestado uno de los policías que le hizo guardia toda la noche y la camiseta blanca que le había prestado Karen, cuando los policías habían entrado a capturarlos en la casa de Villa Natalia.

Aquella muchachita que a primera vista le había parecido tan superficial, y a quien no tenía más de 24 horas de haber conocido en serio, no se salía de sus pensamientos. Se preguntó que había sido de ella. Según el abogado inútil, ella, su amigo el psicópata y la doctorcita sexy habían salido libres luego de su declaración preliminar, en la que él se había echado la culpa de todo lo que había sucedido.

Se asomó a los barrotes de la celda, intentando llamar la atención a punta de silbidos, pero no había nadie en la cercanía. Se preguntó si lo mejor no hubiese sido mandar al infierno a todo y darle a Pablo Emilio Santís todo lo que le había pedido. Después de todo, “El Socio” y todos sus secuaces lo hubiesen mandado con gusto a la peor tortura china de haber estado en su situación, pero había notado algo en la actitud del Rector que lo hizo desconfiar. Conocía a los de su clase, a la arandela de corruptos de medio pelo que giran alrededor de un político grande, un pez gordo.

Si Pablo Santís sabía que él militaba en el grupo de “El Socio”, no le habría quedado difícil averiguar donde vivía su familia en el Carmen de Bolivar, que hubiese servido como una mejor manera de presionarlo. También le parecía que le había pedido algo que ya conocía de antemano. Si sabía que pertenecía al grupo de “El Socio”, era porque ya por lo menos tenía una idea de quienes lo conformaban, aún así le solicitó esa información como si hubiese sido muy importante. Además ¿Qué interés podría tener él, o cualquiera de los lacayos de Rogelio Palmira en un grupo que se dedicaba principalmente a escribir artículos en un blog, blog en el que casi nunca habían hablado de Palmira? Era un blog de apoyo a la subversión, eso sí, lo cual era completamente ilegal, pero no lo suficiente como para que Santís se interesara especialmente en ellos. Pero en fin. Quizás estaba viendo las cosas desde el ángulo incorrecto.

Volvió a silbar tratando de sacar la cara por los barrotes.

-¿Hay alguien por allí? ¿Guardia? ¿Policía?

Nadie respondió. Acomodó la colchoneta nuevamente, de tal manera que el sol no le cayera de frente. Si tenía que perder el tiempo hasta la hora del almuerzo, lo haría durmiendo. Ya estaba a punto de recostarse de nuevo, cuando un policía de unos 20 años golpeó los barrotes con su bolillo de dotación.

-Narváez.

-Sí, dígame. Los estuve llamando.

El policía le arrojo una toalla de color verde, unos jeans anchos y viejos y una camiseta de color negro, justo antes de abrir la celda.

-Me acompaña.

Kike no dijo ni mu y se limitó a caminar delante del policía que parecía estar demasiado relajado escoltando sin compañía a un delincuente acusado de poner dos bombas en una Universidad  y de haber causado la muerte de 4 de sus compañeros.

-Aquí, se asea y se viste. Aquí tiene jabón, cepillo, desodorante y crema de dientes. Dijo sacando una bolsita de uno de sus bolsillos. Era un cepillo minúsculo, acompañado de un jabón de esos que había visto en sus escapadas furtivas a los moteles locales y un sobrecito con una dosis de desodorante que seguramente no cabía en su dedo índice. Pero bueno, era eso o nada.

El policía lo dejo solo en el área de las duchas, lo cual le pareció aún más raro, que el haber sido escoltado por un solo individuo. Aunque quizás el muchacho no conocía el procedimiento, lo cual le valdría un regaño descomunal cuando sus jefes se enteraran.

Se desnudo por completo y al abrir la llave de la ducha se sintió en la puerta del cielo. Se pasó el jabón por todo el cuerpo, inclusive por su cabello que hacía años sólo tocaban los champuses importados en una muestra de vanidad que ahora le parecía ridícula.  Pero se sintió mucho mejor luego de cepillarse. Las cerdas se cayeron por completo ante la presión, pero sentía la boca fresca y limpia. Se puso la muda de ropa que le habían asignado y que curiosamente le quedaba mucho mejor de lo que había anticipado. Lo único que era realmente suyo eran los zapatos sucios, que tenía puestos en el momento de las explosiones.

Cuando salió de la sección de las duchas encontró al policía novato chateando en su celular.

-Hey, ya.

-Ah sí, echa la toalla en ese balde y acompáñame. Alguien te quiere ver.

“¿Y este man por qué me tutea?” se preguntó Kike, observando al policía que prestaba mucha más atención a su teléfono que a él, el supuesto terrorista.

-Por aquí- dijo el policía abriendo una puerta.

Dentro estaban Julio Paternina, Juan Carlos Curiel y un señor calvo al que nunca había visto. Julio y Juan Carlos eran dos de sus compañeros más firmes de “Doctrinas”, el grupo estudiantil que lideraba en la universidad. Kike los abrazó con alegría.

-Homb’e Kike… que gusto verte hermanazo- dijo Julio.

-Alegría me da verlos a ustedes, pela’os- dijo Kike tratando de tragarse las lágrimas que se apretujaban en el borde de sus ojos.

-Mira, Kike, él es Daniel Ojeda, el abogado que contratamos en el grupo para que trabaje en tu caso- dijo Juan Carlos haciendo la introducción formal.

-Mucho Gusto, Enrique Narváez.

-Daniel Ojeda, que gusto poder verte al fin. Es raro defender a alguien a quien no has visto.

-¿Qué noticias me tienen?

-Vamos a sentarnos todos, vamos a ponernos cómdos- sugirió Daniel Ojeda tomando asiento-  A ver Kike ¿Por qué en tu declaración preliminar te echaste la culpa de lo ocurrido?

-Tres personas inocentes estaban siendo retenidas por intentar ayudarme, era lo menos que podía hacer.

-Bueno, gracias a esa declaración no he podido sacarte. Ahora mismo vamos a llamar a la fiscalía para que hagas una declaración donde confieses que estabas bajo mucha presión  y que tu intención no era obstaculizar la justicia, sino ayudar a tus amigos, Alexander Pedroza, Carmen Martinez y Karen Massier ¿estamos?

-¿Obstaculizar la justicia? Creo que no le estoy entendiendo abogado.

-Kike, es que no sabes lo que está pasando allá afuera- dijo Juan Carlos emocionado- salió una grabación, el bandido ese de Antonio Cabrero fue el que mando a poner las bombas en la Universidad.

-¿Qué?- preguntó Kike sorprendido- Ese es de la misma corriente de Santís, ahora todo tiene sentido.

-No, lo que parece es que Cabrero quería asesinar a Santís, vainas de corruptos, ve tu a saber… esta mañana todo el mundo amaneció con el video, si vieras en facebook como está eso.

-Es la prueba reina de que tú no estás implicado, Kike- dijo Ojeda- si todo sale bien y haces la declaración como te dije. Esta misma tarde podrás salir en libertad.