Capítulo 30.

No la vieron, como tampoco la habían visto el día anterior, escondida en los vidrios polarizados de su carro de lujo. Alex y Kike se veían felices, jugando un partido de fútbol nocturno en la cancha del Barrio el Bosque a la que llamaban muy cariñosa y exageradamente “El Maracaná”. Aquella noche, Karen se quedó más tiempo. No había podido resistir las ganas de saber de aquellos hombres a los que había amado tanto en sus recuerdos, que decidió investigarlos, si era que buscarlos en facebook y mirar sus fotos se podía llamar investigación. Fue allí dónde se enteró que ambos estaban en un equipo que jugaba los viernes y sábados por la noche en aquella destartalada cancha de fútbol.

Karen vio como Kike corrió con el balón desde la mitad del terreno de juego y se dirigió en solitario hacia el arco contrario, evadiendo a sus rivales con gracia y estilo. Se había quitado la barba y volvía a tener ese estilo de príncipe Disney que lo hacía tan encantador. Anotó el gol y de inmediato salió corriendo hacia Alex quien lo abrazó suspendiéndolo en el aire por unos segundos, antes que se unieran los demás compañeros. Karen los acompañó en su felicidad desde lejos, sonriendo en solitario, mientras ellos celebraban juntos. Encendió el vehículo, antes de que la incertidumbre del dolor se apoderara de ella y le fuera imposible irse de allí. Aquella seria la última vez que los vería.

Estaba espectacular en su sastre blanco, que a pesar de hacerla ver mayor, la hacía ver mucho más elegante y fina, además de que le cubría los raspones que seguían siendo visibles en sus brazos y sus piernas, casi una semana después de aquel incidente. Regresó a la casa de Boston, la casa que ella le había quitado a Juancho Pedroza y se sorprendió al ver luces en su interior, pero la sorpresa no le duró mucho al ver el Vitara Gris estacionado al lado de la casa. Pablo Emilio Santís había llegado por ella.

Cuando entró, lo divisó de inmediato, llevaba un smoking negro, sumamente elegante, que lo hacía ver mucho más atractivo de lo que era. Hablaba por teléfono.

-Claro que sí, allá nos vemos ¿Vas con Eloísa? Ah que bien… no, no te lo voy a decir, es una sorpresa. Vale allá nos vemos.

-¿Con quién hablabas?- preguntó Karen una vez Pablo cerró la llamada.

-Con Antonio Cabrero, me estaba preguntando con quien iba a ir, pero tal como me lo pediste, no le dicho a nadie-dijo él tocándole las mejillas con los nudillos de su mano derecho- Ya no se te notan los golpes que tenías en la cara.

-Sí, pero los del alma no se curan así de fácil.

-¿Por qué no me dices de una vez quienes fueron los infelices que te hicieron eso, Karen? ¿Por qué?

-Necesito tiempo para superar lo que me pasó ¿me entiendes? No es fácil para mi recordar, ni hablar de eso. Dame tiempo ¿Sí?

-Pero mi amor, si te doy tiempo, esos desgraciados se van a ir…

-No se van a ir, por eso no te preocupes. Ven tengo que mostrarte algo- dijo Karen tomándolo de la mano.

-¿Qué me vas a mostrar o qué? Que no vaya a ser lo que yo pienso… porque para quitarnos todo esto y ponérnoslo todo otra vez…

-No, no es eso, bobo…

Karen condujo a Pablo hasta el estudio en silencio. Tomó el manojo de las cinco llaves que reposaban sobre el escritorio y abrió el tercer cajón, sacando el cofre de madera que había visto por primera vez hacía cuatro días.

-Toma, es tuyo- dijo Karen poniéndoselo en las manos.

-Está cerrado- dijo Pablo notando la ranura dorada que tenía en la parte de arriba.

-Es la llave dorada, la brillante- dijo Karen entregándole el manojo.

Pablo puso el cofre sobre el escritorio y suavemente introdujo la llave dorada en la ranura. La llave dio una vuelta completa y acto seguido la tapa del cofre quedó lo suficientemente suelta para abrirla.

-¿Qué es esto, Karen?

-Es un arma que compré hace unos días- dijo ella- está cargada.

Sin duda era un arma perfecta para una mujer, un revolver liviano con un cañón lo suficiente largo como para tener una buena puntería.

-Vaya, este es un regalo bastante sorprendente…

-¿Tú me amas, Pablo?

-Claro que sí, Karen ¿es que no te lo he demostrado?

-Prométeme que vas a usar esta arma cuando te diga quienes fueron los miserables que abusaron de mi.

Pablo tomó el revolver y lo introdujo en el saco de su smoking, teniendo cuidado de dejar el seguro puesto.

-Te lo prometo, Karen y no sólo lo voy a matar con esta arma sino que lo voy a hacer en frente de ti, para que sea tu rostro de satisfacción lo último que vea antes de largarse de este mundo, incluso ya tengo un sitio que sería perfecto para eso, por los lados de San Antonio… allá vamos a ir con esos hijueputas.

-Confío en ti, Pablo- dijo Karen.

-Confía en mi, princesa- dijo él acercando sus labios a los de ella. Se sentía tan bien, sentir a aquel hombre tan cerca de ella, tan gentil, pero al mismo tiempo tan apasionado.

-Tenemos que irnos- dijo Karen, interrumpiendo el beso y tomando la cartera color blanco que había elegido para aquella ocasión.- Kathy Robledo ya debe estar que sirve la cena.

-Está bien, vamos.

Salieron de la casa, felices, dejando ambos autos frente a la casa. El salón de eventos del Hotel Manchester estaba en aquella misma cuadra y desde la casa de Karen era perfectamente posible llegar a pie.

El salón estaba completamente repleto, cuando ambos cruzaron el umbral de la puerta. Tal y como Karen lo había insinuado, ya los platos estaban sobre la mesa. No pasó mucho tiempo antes que uno de los meseros se apresurara a pedirles la invitación, dirigida “muy cariñosamente a Pablo Emilio Santís y a un acompañante”.

-Por aquí, señores- dijo el mesero señalando el camino hasta la mesa que la mismísima Kathy Robledo le había asignado.

-Buenas Noches- dijo Pablo al llegar a la mesa de seis puestos, que ya tenía dos ocupantes.

-Buenas Noches- dijo Eloísa Sanz, saludandolos con total normalidad y sin darse cuenta de la cara de horror que tenía Antonio Cabrero al ver a Karen allí.

-Buenas Noches, Antonio ¿Te sientes bien?- preguntó Karen sonriendo.

-Buenas Noches… – dijo Toño que de un momento a otro se había puesto palido.

Karen y Pablo se sentaron, dejando apenas dos sillas libres en la mesa.

-Parece que Kathy y Enrique Carlos botaron la casa por la ventana-dijo Pablo observando los centros de mesa y los platos que un ejército de meseros empezaban a traer desde la cocina.

-Eso parece- dijo Antonio, tratando de esquivar la mirada de Karen.- Elo, mi amor, no me estoy sintiendo bien, tengo como calor ¿por qué no nos vamos?.

-Toño, pero ni siquiera han hecho el brindis. Vamos a esperar un rato y luego nos vamos… no seas así.- dijo ella un tanto molesta.

Karen veía con satisfacción como Toño Cabrero se retorcía en su puesto, esquivándole la mirada y la llegada de Kathy Robledo a la mesa, no hizo sino agravar su preocupación.

-Buenas Noches ¿Cómo la están pasando?- dijo la mujer de unos 50 años, con demasiado botox en la cara como para que no se le notara.

-Ay, Kathy- dijo Eloísa Saenz, levantándose de su silla- !Felicitaciones! Esta fiesta es todo en un éxito.

Pablo y Toño también se levantaron a saludarla, pero la mujer enloqueció cuando vio a Karen.

-Karen, mi vida entera, que alegría que viniste. – dijo Kathy acercándose a Karen para darle un beso en la mejilla- Quiero agradecerte por ese regalo tan maravilloso y de buen gusto que nos hiciste a mi y a Enrique Carlos, hacía años que buscábamos la edición original de “Cien Años de Soledad”. ¡Es un tesoro!

-De nada, Kathy, gracias a ti por darnos esta mesa.

-Espero que te sientas cómoda con la mesa, está tal y como me sugeriste…bueno muchachos, en un momento hacemos el brindis.- dijo la mujer pasando a saludar a otra mesa.

-¿Qué fue exactamente lo que le sugeriste a Kathy, princesa?- preguntó Pablo.

-Le sugerí que nos sentara al lado de tus mejores amigos, mi amor.

Toño miró horrorizado a Karen, justo en el momento en que Rogelio Palmira hacía su entrada triunfal en el salón, moviendo su gordo cuerpo en medio de las mesas, acompañado de su hermana, quien le había guardado sus espaldas políticas en el tiempo que estuvo en la cárcel . Todos lo querían saludar, incluso más que a la misma Kathy Robledo que de una vez se aproximó a él para indicarle la mesa, que era justamente la misma donde Karen estaba sentada.

-Por aquí, Rogelio, por aquí- venía diciendo Kathy señalando las dos sillas vacias en la mesa.

Tal, como lo esperaba, Toño y Pablo se levantaron de inmediato para rendirle pleitesía a su jefe, quien abrió los ojos en espanto al ver a Karen ofreciéndole la mano para saludarlo.

-Buenas Noches, señor Palmira ¿Que tal la campaña?- dijo ella sonriente.

-Bi.. bien, gracias- dijo él sentándose al lado de su hermana.

Karen se dio cuenta que Palmira habìa entrado con un solo guardaespalda, mismo que en aquel momento parecía estar mas entretenido con su teléfono inteligente que preocupado por la seguridad de su jefe.

Palmira, que parecía una especie de gusano extraterrestre a punto de reventarse de la gordura, sacó un pañuelo y empezó a secarse el sudor frío que empezaba a surcar su rostro en aquel momento. Toño Cabrero también se veía incomodo y estaba a punto de levantarse de la mesa, cuando se escuchó el tintineo producido por el golpe de una cuchara con una copa de cristal. Kathy Robledo se disponía a hacer el brindis.

-Primero que todo quiero agradecerle a Dios por estos 25 años al lado de una persona maravillosa como lo es Enrique Carlos Gardeazabal, que ha sido la bendición más grande de mi vida, el padre de mis hijos y el abuelo de mis nietos- Enrique Gardeazabal se levantó de su silla y abrazó a su esposa con tanto amor como era posible para una pareja con 25 años de casados.

-Gracias, Kathy, y a todos los invitados sólo les tengo que decir ¡Salud!

“¡Salud!” dijeron todos los convidados con las copas en la mano. Aquél era el momento que Karen estaba esperando.

-Yo también tengo un brindis que hacer- dijo, mientras Toño, Eloísa, Pablo, Palmira y su hermano aún no bajaban las copas repletas de vino espumoso.

-Brindo por todos ustedes los presentes en esta mesa, en especial por el señor Antonio Cabrero, aquí presente, que el domingo pasado, convenció a mi mejor amiga de echarme burundaga en la bebida, aprovechándose que estaba sola, para que luego él me llevara hasta un burdel en la vía a Tolú donde él y este gordo asqueroso abusaron de mi, donde me penetraron por donde quisieron, donde esperaban asesinarme, de no ser porque María Andrea, mi amiga, se apiadó de mi y me ayudó a escapar de ese lugar de mala muerte.

-¿Pero qué estás diciendo, niña?- dijo la hermana de Palmira aterrorizada.

-La verdad, señora, o pregúntele a su hermano sino se acuerda de este vestido- dijo Karen sacando furiosa el vestido violeta con vivos rojos que había ido a buscar a casa de Jaider y su tía el día que fue a los miradores con Richard Machado.

El vestido hedía a vómito, a sangre y a mierda seca, un olor inmundo que se esparció por todas las mesas cercanas.

-Pero ¿¡Qué es esto?¡- gritò Eloísa, poniéndose las manos en la boca.

-Yo me escapé y me caí por un abismo en la vía a Tolú, quedé hecha una mierda, pero quedé viva, no como María Andrea a quienes estos … hijueputas golpearon y patearon hasta que se aburrieron. María Andrea murió esta mañana… ¡porque ellos la mataron, porque no me pudieron matar a mi!

El gritó se escuchó en toda la sala, alertando primero que todo a Kathy Robledo y su marido.

-Esta zorra, está loca- dijo Rogelio Palmira, levantandose de la silla con dificultad.

-Vamonos Eloísa, no tenemos que oir estas calumnias- dijo Toño Cabrero tomando a su mujer de la mano, dispuesto a irse.

-Pues de aquí ninguno se va- dijo Pablo, levantándose y sacando el arma que Karen le había entregado hacía unos minutos.

Los invitados a la fiesta, empezando por Kathy Robledo se quedaron inmóviles ante la escena, al igual que el guardaespaldas de Palmira.

-Ahora mismo me van a explicar que fue lo que le hicieron a mi mujer, y por qué lo hicieron, maricones de mierda- dijo Pablo con voz suave, apuntando con firmeza el arma en dirección hacia ellos.

-¿Por qué te pones del lado de esta puta de mierda, Santís?- dijo Toño- ¿Sabías que nos estaba investigando y que pretendía traicionarnos?

-¡Cállate Cabrero!- gritó Palmira quien creía poder dominar la situación.

-Entonces es verdad, malparidos, ustedes le hicieron daño a Karen…

-Sólo queríamos darle una lección- dijo Palmira aterrorizado- no es para tanto, baja esa arma y hablemos, hombre.

-Ustedes- dijo Pablo con los ojos llenos de lágrimas- se atrevieron a hacerle daño a Kare,  a mi princesa… ustedes no van salir vivos de aquí.

Pablo disparó el arma tres veces justo en la cabeza de Rogelio Palmira que cayó al suelo ensangrentado en un estruendo monumental, mientras los gritos se apoderaban del lugar en una estampida de espanto.

-¡Corre, Toño, Corre!- gritó Eloísa al ver que Pablo había sido capaz de disparar. Pablo le apuntó, pero un disparo procedente de una de las paredes le dio en la pierna, desviando al hombro el tiro que iba justo a la cabeza de Toño Cabrero.

El lugar se volvió una caos. Karen vio como Kathy Cabrero se había caido en el piso mientras el resto de los invitados la pisaban tratando de huir del lugar.

-Karen ¡Sal de aquí!- gritó Pablo, herido al darse cuenta que no tenía más balas en el revolver y que el guardaespaldas de Palmira se acercaba a él. Pero Karen no se fue.

Tomó un cuchillo errante que había caído sobre el piso en la estampida y se lo clavó en a espalda al guardaespaldas, quien de inmediato soltó el revolver de largo alcance que tenía en la mano. El salón aún estaba lleno de gente tratando de salir, habían pasado segundos desde el primer disparo, pero a Karen le habían parecido horas.

Tomó el arma y se dirigió hasta el lugar donde había visto esconderse a Toño Cabrero.

-No, ¡No me mates! Perdóname… todo fue idea de Palmira, el me obligó, el fue el que te … el que te…

Karen estaba a punto de cobrar venganza por ella y por María Andrea, cuando sintió la mano de Pablo tomando el arma.

-Vete, Karen, los guardaespaldas de Palmira deben estar a punto de entrar. Yo me encargo de este miserable.

Obedeció. Karen corrió, pero no a la puerta principal como todos, sino a la puerta de la cocina, por donde habían salido los meseros toda la noche, tal y como lo había planificado. Desde allí vio como Santís le ponía el pie derecho a Cabrero sobre el cuello antes de descargar toda la carga del arma robada sobre su cabeza, un segundo antes que los gorilas de Palmira se abrieran paso entre la multitud y lo abatieran a punta de bala.

Karen corrió por la cocina que en ese momento estaba vacía y sin darse cuenta salió al restaurante del hotel, donde los meseros asustados trataban de ver por las ventanas la estampida de gente que circulaba en las calles, tratando de huir. Salió a la calle y por fin pudo respirar libre y satisfecha.

Se quitó los incómodos zapatos de tacón que llevaba puestos, y así, descalza corrió hasta el Lincoln MKZ parqueado frente a aquella casa que en realidad nunca había sido suya. Puso la cartera blanca en la guantera, donde también estaban los paquetes de billetes que había sacado de la caja fuerte envueltos en una bolsa para la basura.

Con el cabello atado con siete mariposas plateadas, Karen encendió el automóvil y se perdió para siempre en la oscuridad de la noche, donde, a partir de entonces, ningún espejismo podría alcanzarla jamás.

***

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