Capítulo 29.

Oscura y silenciosa. Así se sentía aquella enorme casa, vacía y solitaria en medio de los lujos y la ostentación. Karen se preguntaba en que momento se había extraviado de aquella manera por un camino en que el dinero y las apariencias eran más importantes que la conciencia y la amistad. Ni los cuadros, ni los muebles, ni los libros, ni todo aquel espacio se podían comparar con la calidez y la felicidad de tener a Alex o a María Andrea a su lado. Pero ahora ninguno de los dos estaba a su lado y no lo estarían nunca más, así como tampoco lo estaría Kike, ni su tía.

Se internó en medio del estudio, sin encender las luces, en medio de la penumbra, apenas atenuada por el fulgor de las lamparas que iluminaban la calle. Fue entonces que pensó en el cadáver, en aquel cuerpo putrefacto que había encontrado en el colchón en el cuarto de su tía. No tuvo necesidad de analizar demasiado la situación, en ese momento fue claro como el agua, que la persona que en aquel momento debía estarse pudriendo en aquel cuarto no era otra que ella, la mujer que la había criado. La Karen que Kike y Alex le habían descrito era capaz de eso y mucho más. No entendía aún la razón, seguramente la había estado presionando o chantajeando con algo, hasta que Karen, hacía un mes aproximadamente acabó con su vida. Los tiempos coincidían perfectamente, era el mismo tiempo en que había aumentado sus dosis diarias de Narcozep y con la crisis en su relación con Pablo Emilio Santís, a quien debía ver aquella noche.

Estaba perdida, el alma y el corazón no le daban para soportar la culpa por haber asesinado a su tía, por haber arruinado la vida de Alex y de Kike y por haber ocasionado la muerte de Sofía Martínez. Pero quizás no todo había dejado de tener sentido.

Karen se secó las lágrimas que ya habían empezado a recorrer su rostro y encendió la luz del estudio. Abrió su fabulosa cartera importada y sacó de allí la carta que María Andrea le había dictado a Yudis palabra por palabra antes de caer en un coma del cuál nunca despertaría. Aquello le dio fuerzas, al menos había algo que ella podía ser, antes de decidirse a irse para siempre de aquel mundo, a quitarse la vida y a olvidar ese mundo extraño en el que ahora vivía y ese penúltimo espejismo en el que se habían convertido todos sus recuerdos.

Introdujo nuevamente la carta en su cartera, sacando casi sin proponérselo, el manojo de llaves que habían aparecido con ella en el fondo de aquel abismo. Seguía sin saber para que eran dos de aquellas llaves, una de las tres plateadas y la hermosa llave dorada que la acompañaba. Fue entonces que recordó que el tercer cajón del escritorio era el único que no había abierto porque era el único asegurado con una cerradura.

Karen introdujo la llave plateada en la ranura de la gaveta. Se abrió. Dentro había una especie de libro de forro negro asegurado con unos preciosos cordones dorados, un pequeño cofre de madera muy fina, tan pesado que Karen tuvo que tomarlo con las dos manos para ponerlo sobre el escritorio y finalmente una pequeña tarjeta de memoria.

Lo primero que hizo fue soltar los nudos de los cordones dorados y abrir aquel extraño libro de cubierta negra, que parecía estar pidiendo a gritos que lo leyeran. Parecía ser una especie de agenda de teléfonos. Tenía anotados, de su puño y letra, todos los números telefónicos que no aparecían en su teléfono celular, incluyendo a Alex, María Andrea, Kike, Camilo Naar, Rogelio Palmira, Eloísa Sanz y hasta de Freddy Gaviria.

Pero no era solo eso, siguiendo el mismo estilo de las anotaciones que le había mostrado aquella mañana a Richard Machado, las siguientes hojas tenían escritos los nombres de esas mismas personas, seguidas de datos precisos, con la fuente apuntada justo al lado.

Pero a diferencia del orden de sus hojas, donde Alex Pedroza había sido el primero, el que encabezaba la lista era nada más y nada menos que Rogelio Palmira.

“Rogelio Palmira, ex senador de la República:

1) Habitación llena de lujos, incluyendo una cama zen, armario de pino , muebles importados, gusto por la cocina, pero sobre todo por comer. Su mano derecha es el ex diputado Antonio Cabrero, quien lo fue a visitar en al menos siete ocasiones (Fuente: Maykol González, encargado de la seguridad de Palmira durante su estancia en la Cárcel Modelo en Bogotá)

2) El senador salió del centro penitenciario y se reunió con Pablo Santís en su apartamento de la Torre F (Fuente: Maykol Gonzáles y Jessica García, vecina de Santís en el conjunto residencial.)

Eran hojas y hojas repletas de información, misma que coincidía con muchos de los recuerdos que tenía sobre aquellas personas, como la relación extramarital que sostenían Pablo Santís y Eloisa Sanz, los orígenes del ex rector de la Universidad de Sucre, los vínculos de Kike Narváez con un jefe guerrillero apodado “El Socio”, y hasta la orientación sexual de Camilo Naar, todo estaba allí con un grado de detalle espeluznante. No había que ser un genio para deducir que toda aquella información hacía parte de una investigación, la misma que se amalgamó en su cerebro hasta convertirse en recuerdos tan reales como el aire que respiraba en aquel momento. Lo que no alcanzaba a entender era el propósito de la misma. Sin duda se había beneficiado de su relación con Pablo Emilio Santís y de su cercanía con Rogelio Palmiro ¿Por qué los estaría investigando? ¿Qué ganaba ella exponiéndolos?

Karen guardó el cofre y la tarjeta de memoria nuevamente en la gaveta. Sólo había una manera de terminar de resolver aquél rompecabezas de una vez por todas y era precisamente hablando con uno de los protagonistas de aquella historia, precisamente con quién había quedado de verse aquella noche. En vez de llamarlo, le envió un mensaje de texto. “Tu apartamento en media hora”. Karen apenas alcanzó a darse una ducha y a cambiarse, pero a diferencia de lo que había hecho en los dos días anteriores no intentó ocultar los raspones con mangas y pantalones largos, ni tampoco se maquilló.

Salió a la calle con una falda juvenil, suelta a la altura del muslo y una blusa sin mangas, el cabello recogido en un moño sencillo y unos zapatos de pana,sin tacones que había encontrado en el último de los cajones destinados a los zapatos viejos.

Tomó las llaves de su carro y una vez adentro puso rumbo al apartamento de Pablo Emilio Santís.

La Torre F era sin duda una construcción excepcional y eso se notaba, porque era prácticamente visible desde todo Sincelejo. Karen llegó sin problemas a la entrada del parqueadero, a bordo de su Lincoln MKZ, justo a tiempo para que el vigilante se acercara a hablar con ella.

-¡A la orden, señorita!

-Voy al apartamento de Pablo Emilio Santís- dijo Karen- Piso 14.

-¿Su nombre cómo es? Me disculpa…

-Karen Massier.

-Adelante, el señor Santís la está esperando.

Karen no tuvo problemas para estacionar su vehículo y en encontrar el ascensor que la llevaría hasta sus respuestas. El piso 14 tenía cuatro apartamentos, Karen tocó el timbre del número 4. No tardó en escuchar los pasos y en ver el rostro del hombre, que en sus recuerdos, la había condenado a aquella vida confusa y bizarra.

-Karen, mi amor- dijo Pablo abrazándola como si no la hubiese visto en años. Karen instintivamente respondió al abrazo, se sentía bien, natural envuelta en el aroma de aquel hombre mayor, a quien sus recuerdos le decían que era indigno de su amor. No supo por qué pero empezó a llorar, como si aquel momento era el que hubiese estado esperando desde que despertó en aquel abismo hacía casi tres días.

-¿Por qué lloras mi amor?- dijo Pablo realmente conmovido, terminando el abrazo para poder observarla bien- ¿Por qué estás así? Toda golpeada y raspada. ¿Qué te pasó?

-Lo mejor será que hablemos adentro- dijo Karen.

Pablo cerró la puerta y de inmediato le ofreció un sillón para que se sentara. La vista desde allí era hermosa, tal y como la recordaba Karen, a pesar de supuestamente no haber estado nunca allí.

-¿Quieres tomar algo?

-Un vaso de agua, por favor.

-¿Agua? Vaya, esta va a ser la primera vez que te vea tomando el precioso líquido. Había comprado vino y vodka, pensando que venías…

-Sólo agua, necesito estar sobria para todo lo que tenemos que hablar.

Pablo, servil y dispuesto se acercó a ella sentándose en una otomana junto a ella, entregándole el vaso de agua con hielo. Karen no recordaba a nadie que la hubiese visto con tanto amor y tanto cariño como aquel hombre en aquel momento.

-Quiero que sepas que me encargué de todo… – dijo él.

-¿Te encargaste de qué, perdón?

-Del cadáver, de tu tía, tal como me lo pediste… ayer mismo envié un grupo de muchachos por la noche, sacaron el colchón donde la escondiste y ya se deshicieron de él.

-¿Te refieres al cadáver de mi tía?-dijo Karen ocultando el estremecimiento que sentía en sus adentros.

-Es la primera vez que te escucho decirle tía, Karen yo se que te has estado sintiendo mal, culpable, por lo que pasó, pero esa mujer es de lo peor, tú misma me contaste como te maltrataba y como te humillaba antes de que salieras de esa casa… y no tenía derecho a chantajearte como lo estaba haciendo. Ella te presionó y tu reaccionaste, es lo normal.

-¿A qué chantaje te refieres, Pablo?

-¿Cómo así que qué chantaje, Karen? ¿Estás bien?

-No, no estoy bien. ¿No se nota?

-Karen, pero no me has dicho que te pasó…

-Explícame bien a que chantaje te estás refiriendo y luego te digo que me pasó. ¿Estamos?- dijo Karen dejando salir esa actitud de fiera que por momentos parecía querer salir de ella.

-Es sobre lo que pasó con Juancho Pedroza ¿Te acuerdas? Tu tía encontró entre tus cosas la tarjeta de memoria con la grabación original, en la que Pedroza hablaba con sus fuentes y que luego alteramos para que pareciera que hablara con el guerrillero ese que puso la bomba en la Universidad de Sucre ¿no te acuerdas?

-Sí, sí, claro que me acuerdo… – mintió Karen, teniendo la certeza que la tarjeta de memoria de la que hablaba Santís era la que había encontrado en el cajón hacía unos minutos.

-A propósito ¿Qué hiciste con esa memoria? Me dijsite que la habías encontrado.

-La tiré en el inodoro.

-Bien, Karen, pero eso no tiene por qué causarte tanto malestar, lo que hiciste estuvo bien, tenías que sobrevivir, tu y yo somos sobrevivientes Karen… mira donde empezamos y mira donde estamos ahora, por eso es que te amo, por eso es que estamos juntos. Tenemos que empezar de cero, apoyarnos el uno al otro y vivir, Karen, vivir.

Karen escuchaba a Pablo y analizaba sus palabras. Tenía la oportunidad de vivir una vida de comodidades junto a aquel hombre por el que indudablemente sentía más que cariño, dejando atrás todo lo que había pasado, olvidándolo todo.

-¿Quieres saber qué me pasó Pablo? ¿Quieres saber por qué estoy así?

-Claro, mi amor ¿Qué te pasó?

-Me violaron, Pablo- dijo Karen estallando en llanto- me violaron de la manera más cruel y ruin y me tiraron en un abismo.

Pablo miró horrorizado a Karen, se arrodillo frente a ella y la tomó de los hombros.

-¿Quién fue capaz de hacerte semejante porquería, Karen? ¿¡Quién!?

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