Capítulo 27.

Sólo despertó cuando la luz en el exterior se hizo tan intensa, que empezó a penetrar las gruesas cortinas que rodeaban la habitación. Había dormido mucho y bien, sin ningún sueño extraño que la perturbara. Ya suficiente tenía con la vida que le tocaba vivir de ahora en adelante.

Se dirigió inmediatamente a la ducha, tenía demasiadas cosas que hacer aquel día como para perder más el tiempo.

Al verse nuevamente desnuda, observó que sus raspones estaban sanando bien. Una serie de delgadas costras negras los empezaba a cubrir, y aunque no eran particularmente bonitas, Karen se alegró de que su cuerpo reaccionara bien a lo sucedido. Lo único que lamento fue que las heridas que tenía en el alma no se curaran con aquella rapidez.

Al verse nuevamente en el espejo, se dio cuenta que el color de los golpes había pasado de una tonalidad amoratada y verdosa, a una un tanto amarillenta, mucho más fácil de cubrir con el maquillaje. A diferencia de lo sucedido la mañana anterior, esta vez no se dejó apabullar por la cantidad de opciones en su guardarropa. Optó por vestir una sudadera blanca holgada que no le presionara sus raspones y una camiseta amplia del mismo color, con mangas largas para ocultar sus heridas más obvias. Se puso los zapatos deportivos que le parecieron más cómodos y terminó de arreglarse, amarrando su cabello, luego de peinarlo con cuidado.

No tardó en encontrar lo que buscaba para iniciar el día. Uno de los cajones de la mesa de su tocador estaba repleto de lápices, bolígrafos, micropuntas y marcadores. Luego de verificar que tuvieran tinta, Karen tomó dos de ellos y bajó con ellos hasta el estudio.

La fabulosa cartera Alexander McQueen reposaba sobre el escritorio, tal y como la había dejado ella la noche anterior luego de su conversación con Alex. Karen sabía que tenía una llamada urgente que hacer, pero luego de haber escuchado a Kike y a Alex la noche anterior, esa llamada podía esperar.

Se sentó en la silla giratoria que en algún tiempo perteneció a Juancho Pedroza y abrió el segundo cajón, donde estaba completa una resma de papel. Empezó a escribir.

“Alex Pedroza” empezaba la primera hoja, antes de trazar por todo su centro una línea que la dividía en dos. En la columna de la izquierda escribió todo lo recordaba de él: amigo de la infancia, compañero de estudios en la Universidad de Sucre, enamorado de ella, hijo de Juancho Pedroza, ayudó a conseguir pruebas de la inocencia de Kike Narváez, el beso en el estudio, novio de Sofía Martínez. En la columna de la derecha escribió todo lo que sabía de él: vecino y amigo de la infancia, compañero de estudios en la Universidad de Sucre, enamorado de ella, cosa que ella utilizó para robarle información a Juancho Pedroza y mandarlo a la cárcel, situación que aprovechó ella para quitarle la casa, ningún beso, actualmente en una relación con Kike Narváez.

No se detuvo con Alex. Kike Narváez, Pablo Emilio Santís, su tía, Sofía Martinez, Antonio Cabrero, Rogelio Palmira, Eloísa Sanz, María Andrea, Juancho Pedroza, Camilo Naar y hasta Freddy Gaviria fueron quedando plasmados uno a uno en aquella hojas. Había algunos en las que la columna de la derecha quedaba completamente en blanco, como en el caso de Naar, Freddy y María Andrea, pero ya tendría tiempo de llenar aquellos vacíos.  Estaba tan distraída con aquella actividad que era ya casi mediodía, cuando se dio cuenta que no había comido nada desde los buñuelos del día anterior.

Karen salió de la casa, sólo con su billetera, sus llaves y su teléfono celular, todos en sus bolsillos, definitivamente la cartera AMcQ no quedaba nada bien con aquella pinta deportiva. Afortunadamente no le costó trabajo encontrar donde comer.

El Hotel Manchester, ubicado sobre la Avenida Mariscal, a unos 200 metros de la casa, tenía un servicio de restaurante abierto a todo público y que aquella hora se disponía a servir el almuerzo. Karen tomó asiento, un segundo antes de que un mesero extraordinariamente atractivo le pasara la carta.

Eligió de entrada unas empanaditas de pollo, seguida de una sopa de tallarines y de plato fuerte un churrasco, con arroz blanco y ensalada, como guarnición. Un jugo de mora bien frío para el calor y de postre un helado con fresas cortadas sería suficiente.

Karen consumió todo aquello lentamente pero con buen apetito, dejando absolutamente nada en los platos. Parecía que había pasado siglos desde que la última vez que había comido tan bien. Mientras le daba gusto al paladar con el postre, le fue imposible no escuchar una conversación en la mesa contigua.

Dos mujeres demasiado emperifolladas para aquella hora del día, complementaban sus ensaladas con una buena ración de chismes.

-¿Y te invitaron a las bodas de plata de Kathy Robledo?

-Sí, ayer me llegó la invitación, pero no creo que Rodri quiera ir.

-¿Y eso? ¿Por qué no?

-Pues escuché que el invitado de honor va a ser el bandido gordo ese de Rogelio Palmira y pues tu sabes que Rodri no se lleva muy bien con esa gente.

-Son todos unos levantados. A mí, que me ha tocado verlos todos estos días por la campaña, te digo que ese gordo no tiene ni modales… a mi me da es asco verlo.

-¿Y Orla por qué está con él?

-Es que queremos el puesto de Secretaria de Salud para la hija mía, que se graduó de la maestría en España y pues, no quiero que se ponga a trabajar en esos hospitales asquerosos de aquí de Sincelejo. El mejor puesto para ella es la Secretaría y eso es lo que Orla quiere, estará aquí con nosotros, con el puesto que ella se merece.

Hubiese seguido prestándole atención a la conversación, pero el impertinente sonido de su teléfono celular sonando en uno de sus bolsillos no se lo permitió. Tuvo que sobreponerse a la turbación al ver el nombre escrito sobre la pantalla: Pablo Emilio Santís. Pero era hora de empezar a llenar los vacíos y tomar de una vez por todas las riendas de aquella vida extraña que le había tocado vivir.

-Aló.

-¿Aló? ¿Karen?

-Pablo.

-Karen, mi amor, me tienes preocupado. Creí que algo malo te había pasado ¿Por qué no me contestabas?

-Tenemos que hablar, Pablo.

-Pero, claro que sí, mi vida. ¿Cuándo podemos hablar?

-Ahora voy a hacer unas vueltas, quizás por la noche ¿te parece?

-¿Voy a tu casa o vienes a la mía?

-Voy a la tuya, es importante lo que te tengo de decir.

-Está bien mi amor. Te llamo más tarde.

-No, no es necesario. Yo te llamo cuando me desocupe.

-Está bien, princesa, como tú digas.

Al terminar la llamada, y mientras el mesero sexy retiraba los platos sucios y le traía la cuenta, Karen marcó otro número, otro que tenía desde la tarde anterior, antes de cruzarse en el camino de Kike Narváez. Timbró.

-Aló, buenas tardes– contestó la mujer del otro lado de la línea.

-Aló ¿María Andrea?

-No, habla con la mamá ¿Karen?

-Sí, con ella habla. ¿Puedo hablar con María Andrea?

-Bendito sea Dios que estás bien, Karen. Mary me dijo lo que les hicieron y… pensé que te había pasado algo terrible.

-Señora, me disculpa… es que su nombre se me va en este momento…

-Yudis, Yudis Paternina ¿No te acuerdas de mí, Karen?

-Sí, Señora Yudis, discúlpeme, no sé donde tengo la cabeza en estos días. ¿Dónde se encuentra usted en este momento? ¿Dónde está María Andrea? ¿Puedo hablar con ella?

-Karen, mira, lo mejor es que vengas a la Clínica Santa Mónica, acá te explico todo. Te espero en la entrada.

Karen no esperó ni un segundo y luego de pagar la cuenta del restaurante tomó un taxi rumbo a la clínica. Ya iba por los lados de la Gobernación cuando recordó que tenía que buscar el recibo del taller donde estaba su automóvil, pero ya tendría tiempo para eso más tarde. Lo importante era hablar con María Andrea, ella era la única, junto con Antonio Cabrero, que sabía lo que había pasado esa noche y por qué ella había terminado en el fondo de un abismo con todos los recuerdos trastocados.

El taxi apenas había doblado por la Avenida Las Peñitas, cuando Karen se dio cuenta que sobre la guantera había un ejemplar de “El Manifiesto”, el periódico local.

-Señor ¿me puede prestar ese periódico? Me hace el favor.

El taxista no le respondió sino que simplemente le extendió el periódico. Karen buscó de inmediato la sección de Sociales. Tal y como lo sospechaba había una nota sobre las bodas de plata de Kathy Robledo.

Era una foto en la que la pareja posaba frente a una casa campestre que Karen no pudo identificar, pero era el pie de página lo que le interesaba.

“En la foto, Kathy Robledo y el empresario sincelejano Enrique Carlos Gardeazabal, quienes este fin de semana celebrarán 25 años de casados en una reunión en el Hotel Manchester, en compañía de familiares y allegados.”

Había terminado de leer, cuando el taxista le indicó que había llegado a su destino. Luego de devolverle el periódico y pagarle la carrera, Karen se dispuso a bajar del vehículo. Ya se estaba preguntando como haría para reconocer a la mamá de María Andrea, a la que no recordaba haber visto nunca, cuando escuchó una voz que se aproximaba a ella.

-¿Karen?

-¿Señora Yudis?

-No me digas que no te acuerdas de mí- dijo la mujer abrazándola con cariño.

-Es que no me he sentido bien en estos días.

-Créeme que se por qué… vamos a entrar, tengo mucho que contarte.

Luego de dar el nombre de la paciente, Yudis y Karen se dirigieron al Ala Oriental de la Clínica Santa Mónica. En el primer piso estaba el montón de pacientes que usualmente se apelotonaban en las Urgencias de los hospitales para tratarse hasta una rasquiña. Pero no era allí que se dirigían. Yudis tomó el ascensor y marcó el número 7, el último piso de aquel bloque.

Un pasillo oscuro y lúgubre se abrió paso ante ellas, cuando el ascensor se detuvo.

-María Andrea está por acá- dijo Yudis, a quien Karen siguió sin cuestionar.

La mujer se había detenido en frente de una ventana, tocándola suavemente. Fue entonces que Karen vio a su mejor amiga. Estaba dentro de aquella habitación, herméticamente cerrada, tirada sobre una cama blanca, con una cánula metida en la garganta y con un montón de cables pegados por todo el cuerpo, mandando información al cúmulo de aparatos que la rodeaban.

-Dios Mío ¿Qué le pasó?- preguntó Karen horrorizada.

-Está en coma- dijo Yudis intentando no llorar.

-La encontraron ayer, en la madrugada en un negocio de viejas de la mala vida, por los lados de la vía a Tolú.

-¿Qué?

-La encontraron así, golpeada y sucia, pero estaba consciente, Karen… se sentía tan mal. Pero me pidió que te buscara, que hablara contigo… sabía que tú ibas a estar bien, que tú eras fuerte.

Karen no se sobreponía a la imagen de María Andrea, de su mejor amiga, que siempre había querido imitarla y que la había apoyado en sus peores momentos, allí tirada, a punto de morir.

-Me pidió que te escribiera esto- dijo Yudis entregándole una hoja de papel que había sacado de uno de sus bolsillos- Karen, yo sé que lo que ella te hizo es imperdonable, pero mira que lo ha pagado con creces. No le guardes rencor.

Karen abrió la hoja de papel y empezó a leer lo que su amiga le había querido decir. Cuando terminó de leer, no pudo contener las lágrimas. Al fin entendía lo que le había sucedido, pero en lugar de sentir alivio, sólo experimentó una rabia visceral que se extendía a cada segundo por todo su cuerpo. Por fin, desde que despertó en aquel abismo llena de golpes y confusión, sabía perfectamente que era lo que debía hacer.

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