Capítulo 25.

La habitación estaba totalmente a oscuras cuando despertó. Intentó hablar, gritar, esperando que alguien la escuchara; pero era inútil. Algo muy grueso y pegajoso cubría su boca por completo, impidiéndole emitir cualquier sonido. Intentó mover su mano derecha para tratar de liberarse, pero también fue inútil: tenía las muñecas, los tobillos y hasta la cintura perfectamente asegurados con lo que no podía ser otra cosa que algún tipo de cinta muy gruesa.

Intento luchar, pelear con aquella negrura espesa, moviendo sus brazos, sus piernas, intentando emitir algún sonido con su garganta, así no saliera de sus labios, alguien la tenía que escuchar, alguien tenía que hacerlo. Pero luego que le empezó a arder la garganta y el dolor en los brazos y las piernas se le hizo intolerable, se dio por vencida. Se preguntó que había hecho mal para merecer aquel infierno que estaba viviendo segundo a segundo. Quizás  aquello era lo mejor, rendirse de una vez por todas, y entregarse por completo a las manos inquietas y perturbadoras de la muerte y terminar de vivir su último espejismo antes de cruzar el umbral dónde sólo existía el silencio. No valía la pena seguir viviendo en un mundo extraño y ajeno, donde todo lo que recordaba no existía, donde los que creía villanos, sentían amor por ella y a aquellos que amaba, ahora la detestaban a tal punto de tratarla como un animal rabioso. Sólo Dios sabía lo que aquella versión extraña de Kike Narváez pensaba hacer con ella y teniendo en cuenta todo lo que había vivido, pensó que era mejor no saberlo.

Había iniciado ya una larga y profunda oración al Señor de los Cielos, pidiéndole que la perdonara por sus pecados y que le regresara la vida que había perdido aquella noche en Sector 15, la vida que conocía y en la que a pesar de los triángulos amorosos, las explosiones, las conspiraciones y los vídeos, había sido feliz.

Estaba ya en sus últimos actos de contrición, cuando el cuarto se iluminó con la luz de una bombilla amarilla y sucia. Estaba en una especie de sótano gris, sin ventanas, donde los únicos adornos eran una escalera de madera pegada a una de las paredes y la pesada silla de mueblería antigua donde estaba amarrada. No tardó en escuchar pasos: alguien bajaba por las escaleras.

A Karen no le tomó trabajo identificar al sujeto, era el mismo que hacía un rato le había puesto un pañuelo empapado de, sabrá Dios, que porquerías que la dejaron inconsciente, igual que habían hecho los desgraciados de Pablo Emilio Santís y Sofía Martínez en sus errados recuerdos.

Kike bajó las escaleras lentamente, como si disfrutara a cada paso, mientras la observaba a ella, completamente indefensa y con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Caminó suavemente la distancia hasta su silla, hasta que quedo frente a ella. Karen trató de decirle con la mirada lo que no podía decirle con la boca, pero aquello parecía estar enfureciéndolo más. Fue entonces que sintió el bofetón. “¿Qué estás haciendo, Kike? ¿Por qué me golpeas?” pensó Karen en su interior viendo como aquel hombre al que había amado tanto ahora estaba allí, junto a ella, haciéndole daño.

-¿Te dolió?- dijo él poniéndose de cuclillas y tocando su cabello con su índice derecho-Estás… mucho más hermosa de lo que recuerdo, quizás si te hubiese prestado atención en aquella época, todo, todo hubiese sido tan diferente. Pero no medí las consecuencias. ¿Sabes? He pasado los últimos dos años esperando el momento en que la casualidad, la suerte o el mismísimo diablo me diera la oportunidad de verte de nuevo, Karen Massier, y mira, tú misma viniste a mí, por tu propia voluntad, sin asomo de culpa o de prevención, pensando que yo te podría ayudar en algo. ¿En qué estabas pensando? ¿Te volviste loca o qué?

“Evidentemente eso es lo que parece”- pensó Karen atada de manos y pies sin poder decir una palabra.

-Creíste que el tiempo lo curaría todo, que iba a olvidar todo lo del video, y que seríamos los mejores amigos, mientras me hablabas de los gusanos esos que frecuentas tanto, de tu amante, el ex rector, del asqueroso gordo Palmira y su marioneta número uno, el tal Antonio Cabrero. ¿Qué pasó? ¿Los traicionaste también a ellos? ¿O es que acaso que tu amante de turno empezó a darte lo que te merecías? Eso se nota por esos moretones que tienes en la cara- dijo él tocándole uno de las heridas que tenía ella en su rostro- ¿Por qué tuviste que hacerle eso a Sofía? ¿Por qué tuviste que hacerme eso a mí? ¿Ah? ¿Por qué? ¿Por qué te dedicaste a destruirnos la vida, Karen? ¿Por qué?

Karen estaba más confundida que nunca, si es que eso podía ser posible. Kike la miraba con odio, pero también con dolor, como si ella le hubiese hecho algo terrible, cuando todo lo que ella recordaba era haberlo amado, hasta que él le falló con aquel vídeo en el que se acostaba con Sofía Martínez. ¿Ahora resultaba que era ella quién debía sentirse mal por todo aquello?

-Sabes, cuando te vi en aquella reunión de “Doctrinas”, bueno cuando el grupo en realidad valía la pena, pensé que eras hermosa y ¿sabes otra cosa? Si no te hubieses empecinado en acosarme y en ofrecerte tanto como hiciste después de la explosión de la bomba, hasta me hubiese atrevido a conocerte a pensar en otra cosa contigo… pero claro, esa no eras tú, tenías que creer que porque me ayudaste en el momento de la explosión y estuviste pendiente de mi, ese día, tenías derecho a disponer de mi voluntad, de mis deseos. Nunca entendí como una mujer como tú, se podía rebajar tanto a suplicarle amor a alguien como yo que… ¿cómo fue que me describiste en tu libro? ¡Ah! ¡Ya me acordé!: “un pobre pelagatos con ansías de rebelarse”… pero dime, Karen, si yo era sólo eso para ti ¡¿por qué te obsesionaste conmigo?!  ¡¿Por qué?!  ¡¿Por qué le hiciste eso a Sofía?!  ¡¿Por qué le hiciste eso a Alex, si se supone que era como tus hermano?! ¿O era por eso que lo odiabas tanto? ¿Porque te recordaba de dónde venías, ah?

Kike empezó a llorar justo frente a ella, se levantó del piso y le dio la espalda. Se descargó en llanto, un llanto denso y lleno de sentimiento, tan profundo, que incluso Karen llegó a sentir el pesar por el que aquel hombre cruzaba en aquel momento. Estaba tan concentrado en su dolor, que no escuchó los ruidos que provenían de la parte de arriba de la casa.

-¿Kike?– se escuchó la voz de un hombre, una voz que a Karen le sonaba extrañamente familiar, pero Kike no escuchó, estremeciéndose en medio del dolor insoportable que parecía estar recorriendo todo su cuerpo.

Karen se dio cuenta que alguien empezaba a bajar las escaleras. No podía creer quien era la persona que descendía, con su ropa casual, su cabello rubio, su mirada cruel, con una bandeja desechable en la mano.

-¡Kike! Te traje algo de…- dijo Alex, justo antes de dejar caer la bandeja con la comida que traía dentro- ¿Karen? Kike ¿Qué rayos está pasando aquí?

Kike no respondía, era como si viviera sólo para el dolor que sentía, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor. Alex olvidó la comida que se había caído y corrió hasta Kike, mientras la miraba a ella con horror.

-Kike, Kike ¿Qué hiciste? ¿Por qué Karen está amarrada aquí? ¿Por qué tiene esos golpes en la cara?

-No, pude Alex, no pude- dijo Kike con sus manos cubriéndole los ojos- no pude, quería matarla, pero no pude, no pude.

-Kike, ya, por fa, ven, tienes que tomarte algo, estás muy nervioso…

-Alex, dime que tú no me vas a dejar sólo- dijo Kike, esta vez abrazando a Alex, mientras lloraba sobre su hombro- no podría soportarlo, Alex, no me dejes sólo…

-Ya, Kike, tú sabes todo lo que siento por ti- dijo Alex- tú sabes cómo te quiero, que lo daría todo por ti.

-Ay, Alex ¿Por qué tuvo que aparecer otra vez esa malparida? ¿Por qué?

-Kike, ya, tienes que calmarte- dijo Alex tomando el rostro de Kike con sus manos, mirándolo fijamente a los ojos- yo te amo y estoy contigo, para las que sea ¿recuerdas?

Fue entonces que Kike rozó sus labios con los de Alex y allí justo frente a Karen, empezaron a darse un beso apasionado, un beso lleno de amor y de dolor, sazonado con el sabor de las lágrimas.

-Ya, Kike- dijo Alex, mientras observaba a Karen con cuidado- ven vamos, tienes que tomarte algo para los nervios, ven acompáñame.

Fue así como Karen vio a los dos hombres que más amaba en el mundo, subir las escaleras del sótano, luego de protagonizar aquella expresión de amor loable y sincera. No le que deba ninguna duda que todo lo que recordaba no era más que un montón de mierda. Si algo le quedó claro luego de ver aquella escena era que aquellos dos hombres se amaban, en una relación que evidentemente no estaba basada solamente en la atracción y el deseo, sino en la compresión y el entendimiento del dolor mutuo. Lo que le había dicho Kike había sido revelador, la Karen que existía en aquella bizarra realidad era capaz de dañar a los demás, más allá del límite de lo reparable tan sólo para satisfacer sus deseos. Fue entonces que recordó el momento con la secretaria de Richard Machado y se dio cuenta que en efecto, algo de aquella crueldad seguía con ella.

El oscuro rompecabezas de su vida antes de caer a aquel abismo en la vía para Tolú, empezaba a tomar forma y era una forma monstruosa. Pero necesitaba más información. Necesitaba saber que era aquello tan espantoso que le había hecho a Kike, a Sofía y a Alex. Pero al ver la figura de Alex bajando la escalera nuevamente el corazón se le heló de pavor.

Venía con su mirada cruel y penetrante, observándola fijamente, como si estuviera viendo a través de su alma. Pero la mirada era lo de menos, lo que realmente aterraba a Karen era el objeto filoso que el muchacho llevaba en su mano.

-Bueno, Karen, esto ha sido todo. No voy a permitir que nos sigas haciendo daño.

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