Capítulo 24.

Iluminada por los cálidos rayos del ocaso sabanero, la motocicleta que llevaría a Karen hasta la Universidad de Sucre, se abría paso en medio del tráfico infernal de aquella hora ingrata.

Sentada de medio lado en el puesto del parrillero y agarrando al mototaxi por la cintura, Karen se empezaba a preguntar si no hubiese mejor tomar un taxi, sobre todo teniendo puesta aquella ropa tan incómoda, pero en lo único que pensaba cuando accedió a tomar los servicios de un mototaxi era en llegar rápido a la universidad.

El mototaxi la dejó justo en la bahía de entrada al centro educativo.

-¿Cuánto le debo?

-$2.000

-¿$2.000? ¿Del centro hasta aquí?

-Eso es lo que vale señorita.

-Bueno, tampoco voy a pelear contigo- dijo ella pagándole al mototaxi el precio de la carrera.

Karen empezó a pensar en el número de carreras de taxis y mototaxis que había pagado aquel día. A ese paso le tocaría utilizar parte del dinero que tenía en la caja fuerte para comprar un vehículo, un carro o una motocicleta, porque con aquella gastadera de pasajes pronto tendría que vender la casa y la ropa para poder movilizarse. “Que horror”. Ya estaba pensando en dónde podría irlo a comprar cuando se dio cuenta de algo.

La bahía estaba llena de estudiantes, algunos esperando transporte y otros esperando para entrar. Karen abrió con cuidado su cartera y revisó nuevamente el manojo de llaves que la había estado acompañando todo el día. De las cinco llaves ya sabía para que eran dos. La llave dorada sin brillo era la llave de la casa de Villa Natalia, una de las llaves plateadas abría la casa de Bostón, pero de las tres restantes, una no parecía abrir cerraduras. Era la llave de un vehículo, una moto o un carro. Aquello tenía mucho más lógica. La dueña de semejante caserón no andaría por ahí tomando taxis y mototaxis exponiéndose a, sabrá Dios, qué clase de peligros. Lo que tenía que hacer era preguntarle a Marcial si sabía donde guardaba ella el carro, una vez regresara a Boston, porque de lo que estaba segura era que no iba a volver a aquella casa en Villa Natalia con aquel cadáver adentro.

Caminó despacio hasta ingresar al campus de la Universidad. Estaba tal cual lo recordaba. Por primera vez desde que despertó vuelta una miseria en el fondo de aquel abismo al amanecer, se sintió en casa. Tomó la ruta de siempre. Subió la colina empinada que daba hasta la plaza central, pasando por el edificio administrativo donde había visto a Kike Narváez amarrado al portón para evitar la posesión del rector, la fachada reconstruida de la biblioteca con la placa conmemorativa por los cuatros estudiantes muertos en la estampida, y una vez en la plaza, la escultura deforme y chamuscada, a la que a nadie se le había dado por arreglar.

Lo siguiente era encontrar a María Andrea. Recordaba tener clases aquel día hasta las 8 de la noche con ella. Sabía que no podía confiar en sus recuerdos pero tenía el presentimiento, la seguridad, de que aquel recuerdo no estaba tan dañado como los otros. Se dirigió al bloque de salones que llamaban “las cajitas de fósforos”, que por su reducido tamaño sólo podían albergar pocos estudiantes. Generalmente se utilizaban para las clases en semestres superiores, donde el flujo de estudiantes era menor, debido a la deserción y a la pérdida de materias, pero en el caso de Karen y María Andrea, al menos como ella lo recordaba, se trataba de una clase de inglés, en las que los cursos se armaban por inscripción, no por carrera, ni por semestre.

“Salón M-103” recordó Karen bajando por el caminito de piedra caliza que llegaba hasta allí. A esa hora, todos los salones del bloque estaban vacíos, excepto ese, en el que varios muchachos retozaban en la puerta, sin duda esperando al profesor en turno.

-Buenas tardes, muchachos- dijo ella, con la leve intención de que alguno de ellas la reconociera.

-Buenas noches- dijo una muchacha delgada, hermosísima de cabello negro, corto y lacio.

-Sí, buenas noches, disculpen… ¿Alguno de ustedes conoce a María Andrea? Ella está en esta clase.

-¿María Andrea González?- dijo un muchacho alto y musculoso, que se encontraba de pie junto a la puerta.

-Sí, ella ¿la conocen?

-Sí, claro, yo estudio con ella ¿por qué sería?- dijo la muchacha de cabello corto, que estaba sentada en el piso, en una posición extraña de pereza y comodidad.

-Es que necesito hablar con ella urgente… pero por lo que veo no ha venido.

-No- dijo el muchacho musculoso- de hecho hoy no vino a clases, yo tenía Matemática Financiera con ella y no asistió.

-Yo tenía Micro con ella, en la mañana, y tampoco la vi- dijo la muchacha de cabello corto.

-¿Alguno de ustedes tendrá el número de ella? Es que es muy urgente lo que le tengo que decir…

-Yo lo tengo- dijo la muchacha de cabello corto, sacando su celular- espere un momento…eme, eme… María Andrea… anote.

Karen sacó su celular para anotar el número que pese a lo que hubiese esperado le sonaba bastante familiar.

-Bueno, muchas gracias muchachos…

-Hey, pero espere ¿Quién le decimos que la estuvo buscando?- dijo el muchacho.

-Díganle que de parte de Karen Massier.

-¿Karen Massier?- dijo la muchacha levantándose del piso con asombro- ¿Karen Massier la escritora?

“¿La escritora?”

-Disculpa, ¿La escritora?- preguntó Karen estupefacta.

-La del libro de la bomba en la Biblioteca… claro, pero pensé que usted era mucho más vieja.- dijo la muchacha de cabello corto con una sonrisa en la cara.

-¿Hablas del día de las explosiones en la Biblioteca y la escultura?

-Sí, de esas mismas, ya eso tuvo 2 años ahora en Septiembre, no he podido leer el libro, pero un amigo me dijo que es sensacional… ¿Me da su autógrafo?

“¿Autógrafo?”

-Está bien- dijo Karen tratando de parecer como si aquello no le estuviera pareciendo completamente fuera de lugar- pero uno sólo que ya me tengo que ir.

-Y yo que pensaba que María Andrea estaba loca cuando decía que era amiga suya- dijo la muchacha recibiendo el cuaderno con la firma y dedicatoria de Karen- espero que venga pronto por aquí.

-Eso intentaré- dijo Karen caminando de vuelta a la calle.

Karen estaba cruzando la plaza principal, cuando decidió abrir su cartera nuevamente. Tenía que comprobar algo. Sacó a la ya casi inexistente luz de la tarde el carnet que había visto en su billetera aquella mañana. En efecto era un carnet a su nombre, como estudiante de Administración de Empresas, pero al voltearlo y ver la fecha de vencimiento, se dio cuenta que quizás sus recuerdos no estaban errados como ella creía, sino que sencillamente no habían sucedido tan recientemente como pensaba.

La fecha de vencimiento estaba para Diciembre de 2011 y según la información que había recopilado aquel día, Rogelio Palmira había salido de la cárcel más o menos por aquél tiempo, el mismo que habían cumplido los atentados en la universidad. No sería ilógico pensar que en aquel lapso de tiempo, ella hubiese decidido escribir un libro sobre el asunto, teniendo en cuenta todo lo que sabía, y si el libro había sido tan exitoso, como parecía indicarle la actitud de la muchacha de cabello corto, no sería raro que tuviera casa, carro y ropa por montones.

Siguió pensando en el asunto, mientras llegaba a la puerta de salida. Dos años también era el tiempo que le había dicho a Machado que llevaba su adicción a esas pastillas, lo cual tendría sentido, luego que Sofía y Santís la hubieran forzado a tomarlas. Pero así como todas aquellas piezas parecían encajar en su teoría, había otras que no, como por ejemplo ¿Por qué Santís estaba libre, feliz de la vida, y al parecer enamorado de ella? ¿Por qué tenía un recuerdo de Richard Machado si lo había conocido la noche anterior y no dos años antes?

Sin embargo, pese a todos sus puntos débiles, aquella conjetura era la única que parecía tener sentido. Si había algo que no cuadraba en su cabeza tendría que ser por los golpes que había sufrido por la caída en el abismo, a un lado de la carretera. Pero, en cualquier caso, lo que tenía que hacer ahora era averiguar quién le había hecho todas aquellas porquerías, porque quien fuera el responsable se lo iba a pagar con sangre.

Había llegado a la salida y estaba a punto de tomar los servicios de un mototaxi, cuando a lo lejos, en la acera del frente, vio a un grupo de estudiantes conversando alrededor de un sujeto alto, de cabello lacio y con barba. Karen lo recordaba más musculoso e irresistible, pero no tenía dudas, era él. Era Kike Narváez.

Se aproximó con determinación al lugar donde se encontraba aquel hombre, sin hacer caso a la lógica, sino a los latidos impetuosos que provenían de su corazón. Había 3 estudiantes, mucho más jóvenes que él, rodeándolo, parecía estarles hablando de su campaña con unos folletos en fotocopias.

-¿Kike?- dijo ella intentando que el corazón no se le fuera a salir del pecho en cualquier momento.

Él suspendió la charla que tenía con los muchachos y la quedó mirando con asombro.

-¿Karen? ¿Qué… qué haces aquí?

-¿Puedo hablar contigo un minuto?

-Sí, claro, bueno chicos, ya saben el 5 todos  a votar por el 003 ¿vale?

Los muchachos se despidieron luego que Kike les dedicara una sonrisa de compromiso y antes de que se acercara a ella. Definitivamente algo era diferente en él, Karen lo recordaba más guapo, más musculoso, con la piel perfecta y sobre todo sin barba. Pero a pesar de todo, y siendo menos perfecto que en sus reminiscencias, seguía siendo muy atractivo.

-No pensé que te volvería a ver, Karen- dijo él- no después de lo del video.

“Entonces lo del video es cierto, no es un recuerdo falso.”

-Sobre lo del vídeo, no, no importa, eso está en el pasado…

-¿Realmente crees que está en el pasado?

-Sí, no es necesario volver a pensar en eso ¿o sí?

-Creo que tenía mucho tiempo que no pensaba en eso.

-Tengo que hablar contigo, Kike, es urgente, están pasando cosas muy extrañas…

-¿Y vienes a mí para que te ayude?

-Estaba buscando a María Andrea, pero no la encontré… necesito hablar contigo.

-¿Sobre qué quieres hablar conmigo, Karen?

-Es sobre Rogelio Palmira, Antonio Cabrero y Pablo Santís, necesito saber si hay algo que tú sepas sobre ellos, algo…

-¿Algo para tu próximo libro?

-No, no me estás entendiendo…

-Hagamos algo… ya yo me voy para mi casa, yo tengo la moto aquí, si quieres te vas conmigo y hablamos allá más tranquilos ¿te parece?- dijo él tratando de escrutar la mirada de Karen al hablar.

-Sí, claro, vamos donde me digas.

-¿Estás segura?- dijo él cuando trajo la motocicleta encendida y la colocó justo a su lado.

-Sí, dale… no te preocupes, ya te dije que el pasado está en el pasado.

-Sí, claro- dijo él, mientras Karen se subía en la moto.

Karen recordaba que Kike vivía en La Palma, pensionado, pero él  tomó otro camino, entrando por la Ciudadela Universitaria.

-¿Vives por aquí?

-Sí, por aquí vivo.

Kike dobló por una calle sumamente fea, hasta llegar a la última casa, antes del terreno baldío que le seguía. Luego de bajarse de la moto, Karen vio como aquel hombre de barba al que había conocido en otra vida, apagó su vehículo y abrió la puerta de la casa, encendiendo el bombillo amarillo que tenía en la puerta.

-Pasa.

Karen siguió a Kike dentro de la vivienda, donde él cruzó una cortina fucsia que conducía hasta el fondo de la casa. Pronto escuchó el ruido de vasos y cucharas cayendo al piso.

-¿Te puedo ayudar en algo?- preguntó ella observando el único adorno de aquella sala: una mesa repleta de cuadernos, papeles y algunos libros de administración.

-No, ya salgo, voy a servir un juguito para hablar más a gusto…

-Vale.

Karen estaba buscando por lo menos algo en que sentarse cuando vio de reojo a Kike cruzando nuevamente la cortina, pero sin ningún vaso en la mano, sólo un pañuelo que él puso rápidamente sobre su boca y su nariz, pañuelo que olía a los mil demonios. Aquel sujeto en el que había confiado, la tenía agarrada con su brazo izquierdo y mientras con el derecho presionaba el pañuelo húmedo e irritante sobre su rostro. Pronto empezó a sentir los parpados pesados y la visión borrosa, hasta que todo fue oscuridad. Quizás sus recuerdos sí estaban errados después de todo.

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