Capítulo 23.

-¿Aló? Karen, princesa, eras tú, mi amor, ¿Dónde estás? He estado muy preocupado por ti. Yo sé que hemos estado mal, pero nena, por Dios no me dejes con esta preocupación, contéstame. ¿Karen? ¿Karen?

Karen retiró el teléfono de su oreja con lentitud, mientras escuchaba el sonido de la voz de aquel hombre extinguiéndose a medida que lo alejaba. Repetía su nombre, acompañado de súplicas. ¿En qué mundo tan bizarro y extraño tendría ella algo que ver con ese sujeto, capaz de asesinar personas para deshacerse de sus enemigos y consolidar su poder? El mismo hombre que la noche anterior le había llenado la boca de pastillas para callarle la boca para siempre. Se quería convencer que todo aquella no era más que una trampa, sí, de eso se tenía que tratar, pero el tono de preocupación y desasosiego de aquel individuo era demasiado sincero para pensar que la estaba tratando de engañar.

-¿Karen? Por Dios. ¿Estás ahí?- escuchó a lo lejos, antes de cerrar la llamado tocando el botón rojo sobre la pantalla.

Nuevamente los ojos se le llenaron de lágrimas al ver como su realidad parecía desvanecerse a cada segundo frente a sus ojos, al darse cuenta que no podía confiar en sus recuerdos, que la vida que tenía grabada en la cabeza no correspondía con la que parecía estar reclamándola en aquel momento. Se subió la manga a la altura del codo y se enterró la uña del dedo índice en uno de los raspones que tenía sobre el brazo, quizás, con un poco de suerte terminaría aquella pesadilla y despertaría en su cuarto, en Villa Natalia, al lado de la chaqueta que le había comprado a Kike. Pero sólo logró que un dolor espantoso la sacudiera por completo.

Al ver la sangre roja y brillante sobre su uña, comprendió por fin que no estaba soñando, ni se encontraba en medio de una fantasía inexistente. Aquella era su realidad ahora, y tenía que vivirla, lo quisiera o no. Todas sus opciones se habían agotado. Por ahora, lo primero que tenía que hacer era averiguar que le había sucedido la noche anterior y el único que la podía ayudar en esa misión era Richard Machado.

Se secó las lágrimas que amenazaban con dañarle su maquillaje perfecto y se dispuso a salir de la casa. Abrió la puerta y recorrió con perfecta elegancia el camino hasta el borde de la calle.

-Señorita Karen- dijo el anciano vigilante que estaba sentado sobre un taburete debajo de un árbol, en la acera del frente- ¿Le pido un taxi?

-Sí, este… pero antes de que vayas ¿me recuerdas tu nombre? Es que se me olvidó.

-Marcial, Marcial Atencia para servirle, Señorita Karen- la cara del anciano ya no era de sorpresa, ni de lástima, había pasado a una de vergüenza, como si no se atreviera a verla a la cara.

-Disculpa, Marcial, ayúdame a recordar algo…

-Con gusto, señorita Karen, no más pregunte.

-El doctor Santís ¿Hace cuánto que no viene por aquí?

-Pues, a él, en persona, como tal, la última vez que lo vi fue el día que salió con una maleta… y bueno, yo no soy chismoso ni nada, pero me parece que fue el día que usted lo echó de la casa, señorita Karen.

-¿Hace cuánto fue eso?

-Hace como 15 días, señorita.

-Bueno, ahora sí, te agradezco que me traigas el taxi.

-Como no, señorita, ya se lo traigo.

Marcial corrió cuesta arriba, hasta la Avenida Mariscal a buscar el taxi, mientras Karen cavilaba sobre la información que acaba de adquirir. Sin duda tenía una relación con Pablo Santís, pero por alguna razón él ya no vivía con ella. En la llamada se notaba preocupado, lo que indicaba que cualquier cosa que hubiese habido entre ellos no era pasajera. Sin duda tenía que buscar la manera de…

El teléfono celular empezó a timbrar.

“Pablo Emilio Santís”, ese fue el nombre que apareció en la pantalla, la estaba llamando, pero Karen no estaba en condiciones de contestar, al menos no por ahora. Tenía que entender que le había sucedido la noche anterior, porque si había algo de lo que estaba segura, era que estaba en peligro. Desvió la llamada y apagó el celular, justo a tiempo para subirse en el taxi que le había traído el anciano vigilante.

-¿Dónde?

-Edificio del Banco Agropecuario, me hace el favor.

-Con gusto.

Desde la seguridad del asiento trasero del taxi, Karen observó las calles de su ciudad, todo se veía igual a como lo recordaba. Los negocios de la zona rosa, incluyendo a Sector 15 que estaba cerrado a aquella hora, la calle de la Gobernación, la Avenida las peñitas, el caos ordenado del centro de la ciudad, los vendedores ambulantes, todo parecía exactamente igual, salvo por los carteles anunciando la candidatura de Rogelio Palmira al Senado de la República. Quizás no estaba tan loca como ya estaba empezando a creer.

Llegó al edificio 15 minutos antes de la hora de la cita, entró al vestíbulo y tomó el ascensor junto con un par de muchachos con morrales en la espalda.

-Ojalá tengan esos planos listos- dijo uno de ellos, de cabello negro ondulado.

-Sí, marica, porque no he estudiado nada del parcial de Aguas- dijo el otro con pinta de emo trasnochado.

-Yo anoche repasé, pero no se me quedó nada ¿Cuándo repasamos?

-Pues, vamos a ver si nos tienen los planos y será cuando terminemos.

-Disculpen- intervino Karen en la conversación- ¿Ustedes estudian en la Universidad de Sucre?

-Sí, claro- respondió el muchacho emo- ¿Usted trabaja allá?

-Estudiaba- respondió Karen- ¿Les puedo preguntar algo? Si no es mucha molestia.

-Claro que no- dijo el muchacho de cabello ondulado.

-¿Todavía estudia allá Kike Narváez?

-¿El de “Dóctrinas”?

-Sí, ese mismo.

-Ufff- dijo el emo- Ahora es cuando, ese tipo tiene como diez años estudiando en la Universidad.

Los dos muchachos rieron en conjunto.

-¿Usted estudió con él?

-No, no, sólo quería saber si seguía en la universidad.

-Sí, de hecho anda ahora en campaña otra vez para el representante estudiantil.

La puerta del ascensor se abrió. Estaba en tercer piso.

-Bueno, muchachos, muchas gracias por la información.

-De nada, señorita, a sus órdenes.

De camino a la oficina señalada por Richard, Karen empezó a reflexionar sobre Kike. Si todo lo que recordaba era falso, entonces el video en que aparecía teniendo sexo con la zorra de Sofía Martinez, tampoco lo era. Se ilusionó. Las personas de sus recuerdos parecían existir y estar relacionadas con ella de un modo u otro. No sería mala idea hablar con aquel hombre por el que aún en medio de aquella confusión bizarra, sentía una pasión ardiente que la quemaba por dentro.

Estaba pensando en la forma de acercarse a él, cuando llegó a su destino. La Oficina 6.

Al entrar había una mujer de lentes con cara de bibliotecaria al frente de un escritorio y dos sofás vacíos. Sin duda aquello era una sala de espera.

-Buenos días- dijo Karen.

-Buenos días ¿en qué le puedo colaborar?

-Tengo una cita con Richard.

-El DOCTOR Machado… ¿A qué hora tiene la cita?

-A las 4 de la tarde.

-¿Ya la canceló?

-¿Cómo así que si la cancelé?

-Sí, que sí ya la pagó, niña ¿no entiende?

-A ver, SEÑORA, ¿cuánto es el pago por la cita?

-Son $80.000, sino ha pagado, es mejor que se retire, que estoy muy ocupada.

Karen sacó de su bolso dos billetes de $50.000 y se los ofreció a la mujer. Pero justo cuando ella los iba a tomar, ella los retiró.

-Primero entrégueme el vuelto, SEÑORA.

-Pero ¿Cómo se…?

-A ver, no confío en que las sucias manos de una recepcionista inútil no se vayan a quedar con lo que es mío, así que deme el vuelto primero, o de lo contrario le voy a contar a Richard que la estúpida y horrible caricatura de mujer que tiene atendiendo su consultorio trata como mierda a sus pacientes. Veamos a ver quién pierde más.

La mujer quedó de una pieza y temblando de la rabia mientras sacaba los dos billetes de $20.000 para darle las vueltas.

-Su vuelto.

Pero Karen hizo algo más. Tomó los dos billetes de $50.000 y escupió sobre ellos y así, babosos se los extendió a la mujer.

-Recójalos- dijo Karen- ¿No es eso lo que le preocupaba? ¿La plata?

De repente se escuchó la voz de un hombre del otro lado de la puerta interna.

-¡Raquel! ¿Hay más pacientes?

-Sí, doctor- dijo la mujer con la voz quebrada, mientras recogía los billetes del escritorio empapándose las manos con la saliva de Karen.

La puerta se abrió y Richard Machado, con su cabello castaño lacio y su cara de niño abrió la puerta.

-¿Karen? Qué alegría verla.

-Richard, lo mismo digo- dijo ella acercándose a él para darle un beso en la mejilla mientras miraba a la ridícula secretaria- estaba conociendo a tu secretaria, muy… encantadora.

-¿En serio?

-¿Cierto que estábamos hablando de lo más de bien, SEÑORA Raquel?

-Sí, señorita- dijo la mujer sin mirarla a la cara.

-Pasa Karen, por favor.

El consultorio de Richard Machado era bastante sobrio, con un escritorio y una silla bastante modestos. Una silla y un diván para los pacientes y los diplomas donde se consignaban sus títulos: “Psicólogo”, “Especialista” y un conjunto extenso de certificaciones de asistencia a congresos, encuentros y diplomados en tantas cosas que Karen se sintió apabullada.

-Bueno, Karen, de acuerdo a lo que me contó usted ayer…

-Antes que nada, Richard… tengo algo que preguntarle y es muy serio.

-Dígame, Karen.

-¿Qué fue exactamente lo que sucedió anoche?

-¿Tampoco recuerda eso?

-Tengo la impresión de que las cosas no sucedieron exactamente como las recuerdo.

-Bueno, eso es previsible de acuerdo a lo que me contó. Bueno, usted me contactó por las horas de la tarde y me puso una cita para hablar sobre su caso en particular. Yo la vi allí a eso de las 8:30 de la noche y me mostró esto- dijo Richard sacando una especie de recipiente plástico de una de sus gavetas, había un par de pastillas de color blanco y azul dentro de ellas.

-¿Qué? ¿Qué es eso?

-¿No las reconoce?

Karen negó con la cabeza, asustada, recordando las imágenes de Santís y Sofía forzándola a tomarlas.

-Karen, pero entonces la condición de la que sufres es más grave de lo que pensé, yo…

-Por favor, dígame que son esas pastillas y qué pasó anoche, por favor.

-Estas son píldoras de Flunitrazepam, también conocidas como Narcozep…

-Lo que tomaba Sofía…

-¿Disculpe?

-No me preste atención, continúe.

-Bueno, usted me dijo que tomaba este medicamento regularmente y que tenía miedo que se estuviera volviendo adicta a ellos, me dijo que los tomaba ha estado tomando diariamente por casi dos años, pero que en el último mes ha estado tomando hasta cinco dosis diarias, lo cual es realmente perjudicial. ¿Las ha tomado hoy?

-No, no de hecho tuve un accidente anoche y no he tenido tiempo para otra cosa.

-¿Accidente?

-Sí, por eso necesito su ayuda. Después que le dije sobre … mi problema con ese Narcozep ¿Qué más pasó?

-Pues, nos pusimos a hablar de tontería, me dijiste que me querías comprar los lentes y pues bailamos un rato, pero luego desapareciste.

-¿Desaparecí?

-Dijiste que viste a una amiga, María Adelaida.. María…

-¿María Andrea?

-Sí, ella… luego saliste con ella y con otro tipo… te vi como borracha.

Karen sacó de su Alexander McQueen el periódico que había comprado aquella mañana.

-¿Era este el sujeto con el que salí?- le preguntó Karen mostrándole la foto donde aparecía Pablo Santís.

-Con ese que señalas, no, pero con este sí.

“¿Con Antonio Cabrero?”

-Bueno, Richard, muchas gracias por todo, pero me tengo que ir.

-Karen, espera, pero si no hemos hablado de tu problema con el Narcozep.

-No, de verdad no tengo tiempo.

-Karen, espera tengo que explicarte muchas cosas, es peligroso que estés…

Pero Karen no lo escuchó, tenía que salir de allí de inmediato y sabía dónde tenía que ir a continuación: la Universidad de Sucre.

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