Capítulo 22.

No lo podía creer. Por fin algo de lo que recordaba resultaba ser cierto.

-¿Richard?

-Sí, Richard, el de los lentes ¿Recuerda?

-Sí, sí, claro que recuerdo- dijo Karen con la voz quebrada por la emoción.

-Era para confirmar la cita que teníamos hoy- dijo el hombre del otro lado de la línea.

-¿Cita?- Eso si no lo recordaba.

-Sí, claro, quedamos de vernos hoy a las 4 de la tarde ¿Recuerda?

Aquella pregunta fastidiosa le empezaba a fastidiar. “¿Recuerda? ¿Recuerda?” porque era precisamente aquello lo que le estaba resultando imposible en aquel momento: recordar; porque por alguna extraña razón nada de lo que recordaba parecía coincidir con la realidad que estaba viviendo en aquel momento, excepto por aquel sujeto al que había visto por un par de horas en un sitio de tragos la noche anterior.

-En realidad no, pero le voy a cumplir la cita.

-Me imagino entonces que no recuerda la dirección de mi oficina. ¿Tiene dónde anotar?

-Tranquilo, yo me aprendo la dirección.

-Perfecto, es en el Edificio del Banco Agropecuario, Tercer Piso, Oficina 6.

-¿A las 4 de la tarde?

-A las 4 de la tarde.

-Ok, perfecto y… Richard.

-Dígame.

-Muchas Gracias.

-De nada, a sus órdenes.

La llamada se terminó de inmediato. Karen miró la hora en su teléfono celular. Eran apenas las 12:45, así que mientras despachaba los tres buñuelos y el jugo de caja que le había traído el extraño vigilante se dedico a recorrer la que ahora parecía ser su casa. Contando la noche del beso en el estudio, Karen había entrado en aquella casa en un par de oportunidades, una en que acompañó a Alex a buscar un cuaderno para un trabajo de la universidad y la segunda para ver una película juntos en su cuarto, lo cual le pareció inconcebible a la madre de Alex. Que cómo era posible, que dos niños de bien, tan simpáticos y buen puestecitos, se tuvieran que encerrar en un cuarto, que qué tal una barriga, ni lo quiera Dios. La cantaleta había sido de tal magnitud que Karen no volvió a esa casa, por lo que nunca tuvo la oportunidad de conocer al padre de Alex, hasta la noche en que los sorprendió en su estudio, besándose, mientras trataban de robarle una tarjeta de memoria. Lo recordaba todo perfectamente, pero a diferencia de antes, no estaba segura si podía confiar en sus recuerdos.

Salió del estudio y entró a la impresionante cocina de la casa, se veía tan limpia y pulcra, que Karen dudaba que alguna vez hubiese sido utilizada, al igual que la habitación contigua. Echó a una caneca plateada, la bolsa y la caja vacía que aún tenía en la mano, mientras observaba el patio trasero. Estaba todo cubierto de baldosas rojas con dos enormes sombrillas cubriendo dos mesas con cuatro sillas cada una, el lugar perfecto para relajarse un buen rato.

Regresó a la sala, pero esta vez en lugar de quedarse paralizada con el enorme retrato suyo colgado allí, decidió subir las escaleras. La primera puerta a la izquierda era la habitación de Alex. La recordaba en aquel color púrpura con líneas color violeta, con afiches de equipos de fútbol y de animes japoneses, con sus sabanas de niño, pero al abrir la puerta constató que aquel también era un recuerdo falso. La habitación estaba vacía. La pared estaba pintada de un blanco pulcrísimo y no había ni siquiera un clavo que alterara la visión perfecta de la habitación, a excepción del verde intenso de los árboles que cubrían el frente de la casa.

En el segundo piso había 3 puertas más. Karen las abrió, pero a excepción de la última, todas estaban completamente vacías. Al entrar a la última habitación, comprendió que aquél era su cuarto. Estaba decorado exactamente como ella lo hubiese soñado de haber tenido el dinero suficiente. El enorme cuadro post-impresionista dominando la cama estilo Rey, con dos mesas de noche a los lados, cada una con una lámpara de diseño en espiral.

Aquella habitación era hermosa, sin duda alguna, pero aún no había visto lo mejor. En un costado había una puerta, Karen inicialmente creyó que se trataba del baño, pero al abrirla se dio cuenta que estaba en un enorme compartimento dedicado a su ropa y sus zapatos. No lo podía creer. Por primera vez en aquel día una sonrisa se escapaba de sus labios, al tocar cada una de las blusas, las faldas, los pantalones, los jeans y cada una de las sandalias, tacones, zapatos, botas y chancletas que tenía a su disposición. Cruzó aquel compartimento hasta encontrar finalmente el baño.

Entre la ducha, el excusado y la tina enorme, aquella parte de la casa era incluso más grande que el cuarto que tenía en Villa Natalia. Karen no dudó en desnudarse por completo y abrir la ducha para dejarse tocar por el agua nuevamente. Esta vez sus heridas no se resintieron; estaba sanando, quizás todo aquello no era tan malo después de todo. Sólo en sus sueños podía ser ella dueña de una casa como aquella, con una colección de ropa y zapatos como la que había visto y con tantos lujos a su disposición.

Pero la imagen del cadáver oculto en el colchón la sacó de su encantamiento. El dolor en sus partes íntimas había cedido muchísimo, pero evidentemente alguien había abusado de ella. La sola idea de que algún asqueroso la hubiese penetrado sin su consentimiento la llenó de asco y vergüenza, más aún porque era evidente que también la había asaltado por detrás. La sola imagen le aguó los ojos. Se preguntó si todo lo que ahora parecía ser suyo valía una agresión como aquella. Pero prefirió no contestar esas preguntas por el momento.

Al salir de la ducha y secarse el cabello con una toalla. Se puso las piezas de lencería más finas que pudo encontrar, y encima un par de medias veladas para ocultar los raspones y golpes en sus piernas. Se colocó un vestido en dos piezas. La primera una especie de tubo color blanco que la envolvía desde los senos hasta los muslos, con la ventaja que el cierre se encontraba en el costado y no en la parte de atrás. La segunda pieza del mismo color, hacía las veces de chaqueta, con mangas largas y amplias, así como la caída que asemejaba a una falda. Completó aquel conjunto con un cinturón ancho color negro, mismo color que eligió para sus sandalias.

Al salir a la habitación, se sentó en el tocador y se peinó el cabello con cuidado, para finalmente recogerlo en una cola de caballo asegurada con pequeños ganchos en forma de mariposa. Pero a lo que le dedicó más tiempo fue al maquillaje. Tenía que cubrir perfectamente los moretones que tenía en la cara, que si bien no eran tan escandalosos como los raspones en sus extremidades, no se veían muy bien que digamos. Al finalizar estaba perfecta.

Karen se contempló en el espejo por un largo rato. Se veía mucho más delgada de lo que recordaba, pero sin duda muchísimo más hermosa y aquella ropa le daba un aire de elegancia y distinción que exacerbaba aún más su belleza. Tomó la cartera que había dejado sobre la cama y se dispuso a salir.

Al regresar al estudio, vio que su teléfono celular había recargado por completo toda la batería. Marcaba las 2:30 de la tarde. Tenía el tiempo suficiente para observar los contactos de su celular. Esperaba encontrar el teléfono de Alex, de Kike, de María Andrea, de Freddy o de su tía, alguien conocido con quien hablar, pero no reconoció ningún nombre entre sus contactos. Excepto uno. Pablo Emilio Santís.

Al ver aquel nombre y recordar a aquel sujeto abriéndole la boca para que Sofía Martinez le introdujera esas pastillas en la boca, tuvo que soltar el teléfono sobre la mesa. Karen empezó a dar vueltas en la silla giratoria como manera de perder el tiempo hasta las cuatro de la tarde, hora en que Richard Machado la recibiría. Entonces recordó algo.

Se levantó y se acercó al estante central de libros. Karen recordaba haber visto en ese lugar libros de leyes y enciclopedias, pero lo que veía ahora eran solamente obras de ficción: Virginia Wolf, Julio Verne, Kathy Reichs, Mario Puzo, Edgar Allan Poe, Stephen King y Agatha Christie estaba entre los autores que podía reconocer, pero le llamaba la atención algo más.

Tomó un compartimento de los libros y lo empezó a correr. No todo lo que recordaba estaba errado. Allí, justo detrás, estaba la caja fuerte. Karen recordaba perfectamente la clave que Alex había marcado aquella noche, sólo era cuestión de marcarla nuevamente a ver si funcionaba. Pulsó los números con delicadeza e incredulidad, pero a diferencia de lo que esperaba, la caja abrió.

Se quedó boquiabierta. En lugar de tarjeta de memoria y papeles, aquella caja estaba llena de fajos de billetes, algunos en dólares, otros en pesos. Alcanzó a contar $2’000.000 por fajo, y había unos 30, eso sin contar lo que había en moneda extranjera.

Karen tomó uno de los fajos y lo metió en su cartera. “Nunca se sabe cuando se vaya a necesitar”. Cerró nuevamente la caja y la cubrió con el compartimento corredizo.  Miró nuevamente la pantalla de su teléfono celular para verificar la hora, pero vio el nombre de Pablo Emilio Santís. En ese momento la curiosidad fue más poderosa que el terror y decidió marcar el número.

Timbró.

-Aló, buenas tardes- contestó la voz de un hombre del otro lado.

-Buenas- dijo Karen muerta del miedo.

-¿Aló? Karen, mi amor, eres tú ¿Karen?

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