Capítulo 21.

Atado al espejo retrovisor del taxi que acababa de tomar, un llavero con la cara de Rogelio Palmira se movía como loco con cada movimiento del vehículo.

Karen estaba tan desorientada con todo lo que le había sucedido aquella mañana, que no sabía por dónde empezar a agobiarse. De tan sólo pensar en los moretones en su cuerpo, en el cadáver en la casa de Villa Natalia y ahora en la extraña desaparición de su tía, no tenía cabeza para nada más. Pero al ver el llavero dando vueltas en el aire, supo que quizás aquel taxista tendría algunas respuestas. Después de todo el conductor de un taxi que ella había tomado al azar en la calle no podría hacer parte de la conspiración de Santís. “¿O sí?”

-Señor, disculpe- empezó ella.

-Dígame, señorita.

-Una pregunta ¿Usted va a votar por Rogelio Palmira?

-¿Lo dice por lo del llavero?

-¿Por qué más?

-Pues señorita, yo no quisiera, pero toca. Una sobrina mía se graduó de enfermera hace seis meses y no ha podido conseguir trabajo. Ahora anda con el tal Antonio Cabrero que dijo que le iba a conseguir un puesto en Dassalud.

-Y ¿Hace cuánto lo soltaron?

-¿A quién?

-A Cabrero.

-Pues, que yo sepa ese señor nunca ha estado preso, el que estuvo preso fue el senador, eso sí, hace como dos años, pero él salió libre, lo declararon inocente e incluso demando al estado por un jurgo de plata.

-¿Dos años? ¿Está usted seguro?

-Claro que sí, señorita, eso fue todo un escándalo. Dijeron que tenía vínculos con los parapolíticos, que había incluso financiado a los que pusieron la bomba en la Plaza de Majagual.

-¿Pusieron una bomba en la Plaza de Majagual?

-Usted no es de por aquí ¿Verdad? ¿De dónde viene? ¿De Venezuela?

-Sí, de Venezuela- dijo Karen recostándose de nuevo en el espaldar del asiento trasero del vehículo.

Ahora sí estaba asustada. Había algo errado, algo inexacto en la forma en que estaba percibiendo la realidad, o en la manera en que se habían ordenado sus recuerdos. De alguna manera aquello que estaba viviendo se salía de todo orden, de toda lógica, de toda sensatez.

-¿Se encuentra bien?

-Dígame.

-¿Qué si se encuentra bien? ¿No necesita que la lleve al hospital? Se ve muy pálida y esos golpes… se ven serios.

-Déjeme donde le pedí, por favor, del resto me encargo yo.

-Está bien.

El taxista la dejó justo al frente de la casa de Juancho Pedroza; a diferencia de la confusión que había sentido al entrar a Villa Natalia, en aquel lugar se sentía segura. La fachada de la casa estaba exactamente igual a como la recordaba. El jardín delantero, la tejas color rojo arcilla, las ventanas con marcos blancos y cortinas color pastel, la reja blanca de entrada, todo, todo estaba exactamente igual a como lo recordaba.

Alex la había tratado mal, lo sabía, pero quizás era él la única persona en la que podía confiar en aquel momento. La única que la podría entender, la única que no la tacharía de loca si le contaba lo que le pasaba.

La reja que cubría la entrada estaba abierta. La calle, como era usual, se encontraba silenciosa y solitaria, a pesar de que pronto sería mediodía y la creciente masa trabajadora de aquel barrio retornaría a sus hogares a almorzar.

Karen tocó temerosa el timbre, pensando en las palabras que le diría a Alex para tratar de explicarle lo que le estaba pasando, pero por más que intentaba buscar la manera correcta de decírselo, más irracional le parecía y más se convencía que lo primero que haría al verlo sería echarse a sus brazos y llorar desconsolada. Pero luego de tres timbrazos, nadie abrió la puerta.

-¿Señorita Karen?- escuchó la voz de un hombre a sus espaldas.

Era un viejito, vestido con un uniforme de vigilante que le quedaba demasiado grande para su tamaño. A Karen no le gustó para nada la mirada de aquél sujeto, como si ella fuera alguna clase de desquiciada o loca, recién salida del manicomio.

-¿Está bien señorita Karen? ¿Qué le pasó? ¿Se le quedaron las llaves?

-¿Las llaves?

-Sí ¿Por qué están tocando ese timbre? ¿Salió sin sus llaves?

“¿Sin MIS llaves?”

-No, yo si tengo las llaves- dijo ella sacando las llaves de su Alexander McQueen- es que tuve un accidente y estoy medio confundida.

-Se nota… debería más bien ir a una clínica. ¿Necesita algo de la tienda? ¿Le puedo traer algo?

Fue entonces que Karen se dio cuenta que llevaba casi 24 horas sin comer, si era que podía confíar en sus recuerdos.

-Sí, por favor- dijo ella, casi suplicando- tráigame un juguito con buñuelos o con lo haya.

Karen le dio un billete de $50.000 al anciano vigilante, quien no había dejarla de verla ni un segundo con aquellos ojos llenos de perplejidad y asombro, como si aquello que estuviera haciendo fuera lo más extraño que hubiese visto en su vida.

Espero a que el sujeto se alejara, para volver a tocar el timbre. Aquel tipo tenía que estar loco. Aquella era la casa de Alex y de su papa, el dueño de “El Manifiesto”, el tal Juancho Pedroza, el mismo que había hecho un trato con Pablo Santís para entregarle pruebas del atentado en la universidad. Seguramente el anciano creía que aquella era su casa porque la había visto el día anterior allí hablando con Alex. Pero tampoco podía estar segura de eso. ¿Y si el viejo tenía razón y aquella era su casa? “No, no puede ser. Todo esto tiene que ser una trampa de Santís… es eso o….”. Era eso o nada de aquello era real y estaba completamente desquiciada.

Miró el manojo de llaves y luego la cerradura en la puerta, con forma de media luna. Probó primero con una de las llaves plateadas. No entró. Luego con la llave dorada brillante, pero esta tampoco entró. Finalmente probó con otra llave plateada, que para su espanto no sólo entró perfectamente, sino que giró y giró hasta que la entrada estuvo abierta por completo.

La última vez que Karen había entrado allí, había sido la noche en que llegó para convencer a Alex de robar la tarjeta de memoria con el video que Freddy había tomado. Todo parecía exactamente igual, todo menos el enorme retrato con su rostro colgado en la pared en medio de la sala.

Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas al ver aquella pintura que reflejaba perfectamente sus rasgos faciales. Un corrientazo de pánico recorrió su cuerpo al ver aquello, igual que al ver los retratos donde no estaban los Pedroza, ni Alex, ni Juancho, sino ella. La que estaba en los retratos en Cartagena era ella. En el Parque Tairona. En el Metrocable. Junto a los gatos en Cali. En la Plaza de Bolívar. En San Andrés, en Bucaramanga y hasta en Barcelona. Era ella.

Con gusto se hubiese dejado embargar por el dolor y dejarse tentar de la facilidad de la muerte, que parecía acecharla a cada minuto, en lugar de intentar entender aquél circo de situaciones que la tenía anhelando la vida que tan solo unas horas había odiado a muerte. Se culpó. Cuando había llegado a su habitación en Villa Natalia, luego de ver el infame video, había deseado morirse o ser otra persona. ¿Qué tan posible era que alguien hubiese escuchado sus súplicas? ¿Qué tan probable era que hubiese amanecido siendo otra mujer? “¡ESTÚPIDA!” se dijo así misma. La vida no era un cuento de hadas, ni una estúpida película gringa, donde la magia existe y te cambia la vida con chasquido de dedos. Pero aquello era el extremo de lo extraño.

-Señorita Karen, aquí le tengo el juguito y los buñuelos.

-Ya voy- dijo ella secándose las lagrimas, para que el anciano vigilante no la viera.

Al abrir la puerta, vio al sujeto, pero esta vez no la veía con lástima, ni con sorpresa, sino con miedo, como si hubiese cometido algún crimen por haber llegado hasta allí.

-¿Se encuentra bien?- preguntó Karen, ahora la extrañada era ella.

-Sí, disculpe si fui muy atrevido- dijo ella entregándole las cosas del mandado, con el respectivo vuelto.

-¿Atrevido? Pero, si usted me acaba de hacer un favor…. A ver más bien quédese con el vuelto, por si más tarde necesito algo más ¿Vale?

-¿Está segura que se encuentra bien, Señorita Karen?

-Claro que sí- mintió- nunca me he sentido mejor.

Luego de cerrar la puerta, Karen se dedicó a explorar la casa. Entró al estudio que estaba exactamente igual que como recordaba. Se sentó en la silla giratoria de Juancho Pedroza y recordó el momento mágico que había compartido con Alex justo allí, aquel beso prohibido que le había sacudido el alma en un espasmo de sentimiento del que aún no se podía recuperar. Incluso después de haber iniciado una relación con Kike, nunca había dejado de pensar en su amigo, el único. María Andrea y Freddy habían compartido algunos momentos con ella, pero nunca como Alex. Se sintió estúpida, Alex había querido estar con ella desde hacía tanto tiempo, pero ella se había resistido a creerlo; cerró los ojos a las intenciones de su amigo y lo dejó en la orilla del olvido hasta aquella noche, en aquel mismo lugar. Pero empezaba a dudar de sus recuerdos. Quizás ese beso no había sido hacía dos meses, sino hacía dos años. Quizás Alex no existía y era sólo producto de su martirizada mente.

Casi jugando empezó a revisar los cajones del escritorio. El primero abrió sin problema. Sólo había una resma de papel en blanco y el cable cargador de algún teléfono celular.

-Pero claro- dijo ella sacando el teléfono de su bolso.

En efecto, una vez Karen conectó el cable al tomacorriente junto al escritorio y al teléfono empezó a iluminarse y a encenderse. “Perfecto”. Quizás allí estaba el número de Alex… o el de Kike, tenía que hablar con alguno de ellos para empezar a aclarar aquel desastre… o quizás con María Andrea o Freddy, con el riesgo de que cualquiera de ellos la mandara al manicomio más cercano, luego que ella les contara lo que le estaba sucediendo.

El segundo cajón tenía una serie de bolsas de regalos de distintos motivos, pero no había ninguna tarjeta, ni ningún regalo dentro. El tercer cajón no abrió. Estaba bajo llave. Karen estaba ya pensando en sacar el manojo de llaves de su bolso cuando su celular empezó a timbrar.

La pantalla del teléfono marcaba un número fijo desconocido. Karen contestó de inmediato.

-Aló.

-Sí, buenas ¿la señorita Karen Massier?

-Sí, con ella habla.

-Habla con Richard Machado, nos conocimos ayer en Sector 15 ¿Recuerda?

-Le confirmo, voy ya mismo para allá.

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