Capítulo 20.

Venteaba con fuerza a aquella hora de la mañana, justo en el momento en que Karen Massier llegaba al centro, a la zona comercial de Sincelejo. El mototaxi la dejó justo al lado de las vallas que señalaban la prohibición de las motos en aquella zona de la ciudad: el llamado anillo verde, que de verde, por supuesto, no tenía absolutamente nada.

La miraban, algunos con curiosidad, otros con lástima, otros hasta con alegría, estos últimos seguro pensaban “Seguro se lo merecía, la muy perra”. Apenas se había aplicado un poco de base sobre la cara para cubrir un poco los golpes, pero los raspones sobre sus brazos eran claramente visibles y era una pésima idea exponerlos al solazo que se alzaba a aquella hora sobre la capital de la sabana. Pero no le quedaba otra. Tenía que encontrar a su tía.

No había podido sacarse de la cabeza la imagen espeluznante de aquel cuerpo putrefacto encascado en el colchón. Era más de lo que podía soportar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Había despertado hecha una porquería en un lote en las afueras de la ciudad, había encontrada su casa hecha un desastre de polvo y telarañas y para colmo había encontrado aquella sorpresa ingrata que taladraba su mente a cada segundo.

Se reprendió por no haberse amarrado el cabello apropiadamente, con cada embestida del viento, su cabello se desparramaba en el aire, sedicioso y rebelde. Estaba tratando de amarrarlo en un nudo sobre su cabello cuando escuchó a lejos el clamor de un vendedor anunciando la noticia del día. Karen, preocupada por la posibilidad de haber estado inconsciente varios días no dudo en cambiar de rumbo temporalmente y comprar aquél pedazo de papel impreso.

Lo primero que vio fue la fecha. Noviembre 27 de 2013.  No habían pasado ni siquiera 24 horas desde el momento en que salió desconsolada de la Universidad de Sucre por cuenta del video de Kike Narvaez y la desgraciada de Sofía Martínez. Pero lo más extraño del periódico no era la fecha, sino la noticia principal.

“Los caciques a la reelección.” Rezaba el titular con una fotografía enorme de Rogelio Palmira en una especie de reunión. “En el día de ayer…” continuaba la noticia “… en la ciudad de Sincelejo el senador Rogelio Palmira lanzó oficialmente su campaña para la reelección de su curul dentro del Senado de la República, acompañado de sus aliados más reconocidos, el ex diputado Antonio Cabrero y el ex rector de la Universidad de Sucre, Pablo Emilio Santís. Desarrollo de esta noticia en la Página 3A.”.

Karen buscó rápidamente la página indicada. En efecto, Rogelio Palmira, a quien ella creía preso, pagando condena por tanto delitos que no los podía recordar, estaba allí, libre, posando en las fotos con Pablo Emilio Santís, el mismo desgraciado que la había drogado la noche anterior y con Antonio Cabrero, quien también debería estar preso, luego de la trampa que Santís le había puesto en complicidad con su mujer. ¿Cómo era que ahora estaban los tres sonrientes y felices posando para las fotos? ¿Por qué se referían a Santís como “Ex Rector”? ¿Acaso había renunciado y ella no lo sabía? ¿Acaso habían liberado a Antonio Cabrero y a Rogelio Palmira en los meses que estuvo de novia con Kike Narváez. No parecía completamente fuera de lógica, mientras duró la relación de ambos, Karen vivía y respiraba por aquél hombre que al final de cuentas terminó traicionándola. ¿Había estado tan enceguecida que había estado completamente ausente de lo que pasaba en el mundo? Aquél periódico demostraba que probablemente había sido así.

Guardó su periódico en su Alexander McQueen y siguió derecho las dos cuadras que le faltaban para llegar hasta el negocio de variedades donde su tía vendía su mercancía. Estaba abierto, eso era una buena señal, pero cuando entró se llevó una sorpresa.

No sólo no estaba su tía allí, sino que una mujer que no conocía se encontraba atendiendo a la clientela.

-Buenas, a la orden- dijo la desconocida del otro lado del mostrador cuando se terminó de atender a las personas que estaban comprando.

-Disculpe, ¿usted trabaja aquí?

-¿Karen? Jesús santísimo ¿Qué te pasó muchacha?- dijo la desconocida saliendo del mostrador.

-Disculpe ¿La conozco?

-Claro que sí, tu tía…

-¿Dónde está mi tía, necesito hablar con ella? Necesito hablar con ella ahora mismo.

-Karen ¿pero qué te pasa niña?

-No me pasa nada, necesito hablar con mi tía ¡ya mismo!

-Pero si tú misma me dijiste que ella se había ido. Karen estás muy golpeada y… dices cosas muy raras ¿Te accidentaste?

-Yo a usted ni siquiera la conozco ¿Dónde está mi tía?

-Niña, pero si tú misma me dijiste que se había ido con el chileno ese que había conocido por Internet.

-¿Qué? ¿Cuándo pasó eso?

-Hace cómo un mes, Karen, tú misma viniste aquí y negociamos el local y la mercancía. ¿No recuerdas?

La cabeza le daba vueltas a Karen. Nada de lo que decía aquella mujer tenía sentido. Trató de recordar la fecha en que había visto a su tía por última vez, pero por más que intento visualizar el momento, no pudo encontrarlo en su memoria.

-¿Cuánto le están pagando?

-¿Pagando? ¿De qué estás hablando, niña?

-¿Cuánto le está pagando Santís para que diga todas esas mentiras?

-¿Mentiras? ¿Acaso estás desequilibrada? A mí nadie me está pagando.

-¿Qué hicieron con mi tía? ¿Qué hicieron con ella?- preguntó Karen nadando en llanto.

-Niña, pero ¿de qué estás hablando?

-Esto no se va a quedar así- dijo Karen saliendo del almacén con la cabeza hecha un infierno de confusión y dudas.

-¡Karen, espera, niña, no te puedes ir así!

Karen sacó la mano en busca de un taxi sólo quería irse de allí de una vez por todas. El vehículo amarillo no tardó en detenerse justo frente a ella.

-Karen, estás mal, déjame ayudarte- dijo la mujer, intentando sujetarla por los brazos.

-¡SUÉLTEME!- dijo ella, liberándose de las manos de la desconocida y entrando en el taxi.

-¿Está bien, señorita?- preguntó el taxista, alarmado.

-Nada, nada, por favor, sólo conduzca.

-¿A dónde va?

-Lléveme al Barrio Boston, voy a visitar a un amigo  que no veo hace tiempo.

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