Capítulo 19.

Yerma y marchita. Así se veía la capa vegetal que cubría la sabana y todos los lotes baldíos que pudo divisar Karen desde la parte de atrás de aquel vehículo. Jaider y su tía la habían acompañado a tomar un taxi, pero luego de esperar casi 15 minutos y con el apremio de la mujer de irse a trabajar, le pidieron el favor a un vecino que la llevara en el viejo carro en que solía hacer vueltas al Mercado Municipal.

A Karen le pareció inconcebible, al menos por una fracción de segundo, la resistencia de la mujer a esperar con ella un taxi, luego que le regalara casi $400.000. Pero se reprochó aquel pensamiento casi de inmediato. Aquella mujer le había salvado la vida, la había bañado y le había prestado ropa. Incluso le había dado una pastilla para el dolor y le había conseguido un transporte en que irse a Villa Natalia.

En la parte de atrás de aquel carro destartalado, que olía a cebollas y cilantro, se empezó a preguntar qué le diría a su tía cuando la viera en ese estado. Intentó ver la hora en el teléfono celular que estaba en aquella cartera extraña y ajena, pero estaba apagado. Le preguntó la hora al conductor. 7:16 a.m. Su tía salía a trabajar 10 minutos antes de las 8, así que seguramente tendría que verla y darle una explicación. ¿Qué le iba a decir? ¿Que había estado hasta altas horas de la noche en un bar de la zona rosa, completamente sola? ¿Que el rector de la Universidad de Sucre y la novia de su mejor amigo le habían llenado la boca de, sabrá Dios, píldoras? ¿Que había amanecido adolorida y golpeada en un abismo en la vía para Tolú? No, no le podía decir todo aquello. Le diría que había tenido un accidente “Eso”, que la habían tenido en la clínica toda la noche y que no había podido comunicarse con ella. Eso pondría las cosas a su favor. “Sí” Su tía tendría que compadecerse de ella. Lo otro era explicarle de donde había sacado las sandalias y la cartera Alexander McQueen que tenía ahora en su poder. “Son de una compañera que se quedó en la clínica, y me pidió que se lo guardara” se imaginó a su misma diciéndole a su tía. No tendría por qué no creerle.

-Disculpe lo sapo, señorita, pero, usted se ve muy mal ¿está seguro que quiere que la lleve a Villa Natalia y no a una clínica?

-Estoy bien señor, no se preocupe, es menos grave de lo que se ve.

-¿Eso se lo hizo su novio?

-No, no tengo novio- dijo Karen recordando el video donde Kike llegaba al orgasmo con la zorra de Sofía Martinez- fue un accidente, me emborraché anoche y me caí por el abismo donde vive la señora Noris.

-¿Y qué hacía a esa hora sola por allí?

-No lo recuerdo- dijo Karen, aguantando las ganas de llorar.

-Bueno, ya llegamos, le pregunto de nuevo ¿está segura que no quiere que la lleve a una clínica o al hospital?

-Segura, tome, quédese con el vuelto- dijo Karen entregándole un billete de $50.000 al hombre.

-Niña, pero esto es mucho.

-No se preocupe- dijo ella bajándose del taxi- el día que vaya donde la señora Noris me da el vuelto ¿vale?

-Pero, ojo que vaya.

-Lo haré- dijo ella sonriendo.

El ruido del viejo motor del carro de carga se había apagado completamente en  el aire, cuando Karen decidió entrar a la calle donde quedaba su vivienda. No le tomó mucho tiempo darse cuenta que algo andaba fuera de lugar.

La última vez que había visto la maleza en el lote baldío frente a la hilera de casas de su calle, estaba lo suficientemente verde y alta como para cubrir un ejército de ladrones al acecho. Pero ahora no sólo no había maleza, ni hierba, ni nada, sino que el terreno se veía seco y agrietado. Nada se podría esconder allí. Caminó en dirección a su casa, cuando vio a la anciana entremetida que días antes había estado en su casa.

-Señora Luz Dary, buenos días.

Pero Luz Dary se metió en su casa y cerró la puerta con violencia. “¿Qué le pasa a esta vieja loca?” se preguntó Karen cuando finalmente llegó a su casa. Subió las escaleras que daban hasta la puerta y tocó con el puño varias veces.

-¿Tía? ¡Tía abre por favor! ¿Tía?

Pero no hubo respuesta. Intentó ver por la ventana, pero una cortina gris y gruesa la cubría por completo y no le permitía divisar el interior.

-¡Tía!

La ansiedad empezó a apoderarse de ella. ¿Qué iba a hacer ahora, sino tenía a donde ir? Si al menos tuviera las llaves… Una idea loca se le pasó entonces por la cabeza. Abrió la cartera Alexander McQueen y sacó de allí el manojo de llaves. El manojo tenía 5 piezas. Karen las examinó una por una. Había tres llaves color plateado, una de ellas con la forma de una llave de automóvil. Las otras dos eran doradas, una reluciente y la otra sin brillo. Reconoció aquella última.

Sin dar crédito a lo que hacía, Karen tomó la llave, la introdujo en la cerradura y empezó a dar vueltas. La puerta se abrió en un instante. ¿Cómo era posible que la llave de la casa de su tía estuviera en aquel manojo extraño? ¿Cómo había llegado hasta allí? “Todo esto tiene que ser una trampa, una trampa del rector y de la zorra de Sofía Martinez”.

Karen se quedó boquiabierta cuando entró en la casa. Estaba exactamente igual a como la había dejado, sólo que ahora estaba impregnada de una espesa capa de polvorín y telarañas que se extendían por todos lados. Un olor a cucarachas se dejaba sentir en todo el lugar tan espeso que Karen se tuvo que cubrir la nariz con la camiseta del oso beige.

-¡Tía!- volvió a llamar- ¿Qué pasó aquí?

Entró a su habitación y vio la chaqueta que le había comprado a Kike Narváez sobre su cama, tal y como la había dejado. A menos que hubiese habido una tormenta de polvo, era imposible que la casa se hubiese ensuciado así en menos de una noche. ¿Cuánto tiempo había pasado desde el día que había salido a casa de Alex en busca de consuelo?

Entró al cuarto de su tía, para encender el televisor. Tenía que saber en qué fecha estaba, pero pronto se dio cuenta que no había electricidad en la casa. Karen estaba más confundida que nunca, más cuando se dirigió a la cocina para abrir la nevera. Un olor inmundo se apoderó de la casa, a huevos podridos, carne manida y pan mohoso. Karen no pudo evitar las arcadas al percibir aquel olor, casi tan espantoso como el que había estado pegado a su cuerpo aquella mañana, antes que Noris hiciera la caridad de ayudarla a bañarse.

Caminó por la sala y vio la mesa de centro en la que Kike se había golpeado la cabeza. Tenía tanto polvo encima que su color negro había dado paso a un blanco fantasmal, igual al que cubría toda la casa. Unos golpes violentos sacaron a Karen de la confusión. Alguien tocaba la puerta. “Tía” pensó . Pero no era ella.

-A la orden- le dijo Karen a la joven mujer que estaba de pie en su puerta.

-¿Cómo te atreves a regresar a este barrio, zorra?

-¿De qué está hablando, señora? A mí me hace el favor y me respeta.

-¿Cómo te atreves a venir a este barrio y a saludar a mi mamá como si nada?

-¿A la señora Luz Dary?

-NO… te atrevas a decir su nombre, te queda muy grande en esa boca sucia que tienes, ¡puta de mierda!

Karen no supo de dónde sacó fuerzas, pero le lanzó una golpe con la mano cerrada a la mujer. Tan fuerte fue el golpe que la arrojó al suelo.

-No sabía que la señora Luz Dary tenía hijos, y menos hijos tan vulgares como usted, pero a mí, a mi me respeta ¿me oyó? Ahora, lárguese de aquí, antes que la saque yo a la fuerza.

-Te aprovechas porque el barrio está solo a esta hora, pero te juro que cuando lleguen mis hermanos… y los otros hombres, te vamos a sacar de aquí como sea.- dijo la mujer levantándose del piso y alejándose de Karen, atemorizada.

-Yo a usted ni siquiera la conozco, señora. Más bien lárguese a un manicomio que es lo que mejor le queda.

-Aquí la única loca eres tú- dijo la mujer bajando la escalera y mirándola con odio.

Karen cerró la puerta. ¿Qué rayos había sido eso? Se dirigió rápidamente a su habitación, iría de una vez al negocio donde su tía vendía su mercancía, pero tenía que ponerse algo adecuado. Su ropa estaba intacta en el armario, pero tenían un olor a cosas guardadas que se pasaba los límites de lo soportable. Tomó uno de los perfumes que tenía guardados en una de las gavetas y se lo aplicó casi en su totalidad a un par de jeans y una camiseta sin mangas que encontró sin tanta suciedad encima. Dejó las sandalias color plata allí y se puso un par de zapatos de pana beige, sin tacones. Tomó la cartera Alexander McQueen y se dispuso a salir.

Estaba casi en la puerta, cuando sintió un olor más definido que el de cucarachas y cosas guardadas que se había tomado la casa.  Karen caminó hasta la habitación de su tía. El olor provenía de allí.

Abrió el closet y vio toda la ropa de su tía, intacta. No había nada más. Estaba segura que era de allí de donde provenía aquella peste, pero ¿de dónde?

Fue entonces que observó detenidamente la cama perfectamente tendida. Quitó el cubrelecho, las almohadas y las sabanas. Una figura abstracta y deforme estaba dibujada sobre el colchón. Karen, casi instintivamente agarró un extremo de la tela del colchón, alguien la había cortado con algo filoso y la había vuelto a colocar sin coserla. Tomó el extremo de la tela y la retiró del colchón.

El terror que había sentido Karen durante todo aquel día no se comparaba con el que sintió en el momento en que descubrió, embebido en el colchón, el cadáver putrefacto de una persona, baboso y oscuro y con la carne que le quedaba cayéndose a pedazos.

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