Capítulo 18.

Alguien le sostenía los brazos, mientras la arrastraba en medio de aquél terreno lleno de maleza, piedras y arena. Esta vez no le costó abrir los ojos. Podía ver el sol alzándose en plenitud en el oriente, cubriendo con su brillo todo lo que encontraba a su paso. Volvió a sentir el ardor en sus extremidades y aquél olor nauseabundo que emanaba de su cuerpo, pero el dolor punzante y atroz en sus partes íntimas parecía estarse extinguiendo lentamente, como una llama que se queda lentamente sin combustible. Se sintió aliviada. El ardor y el olor eran soportables. Aquél dolor infernal, no. Trató de hablar, pero tenía la voz atrapada en su garganta, como si su cuerpo no estuviera acostumbrado a la simple y cotidiana tarea de hablar. De repente, soltaron sus brazos. No los dejaron caer al piso, como carga inerte, y como ella hubiese podido esperar sino que los colocaron con gentileza sobre el suelo.

-Tía, Tía Noris, abre. ¡Tía!

-Pero ¿Qué carajos te pasa, Jaider? ¿Por qué te saliste de la casa? ¿No ves que estoy atrasada?

-Sí, tía, pero mira…

-Jesús, María y José ¿Quién es esa muchacha?

-No sé, tía, estaba tirada en la entrada de la loma… como si la hubiesen tirado de la carretera.

-Jesús Santísimo, hay que hacer algo con ella. Ven. Vamos a tratar de meterla a la casa.

-Tía, pero…

-¿Pero qué?

-Es que huele…

-¿Qué huele?

-Ella, huele como a… es mejor que te tapes la nariz.

-Sólo Dios sabe lo que le harían a esta niña.

Karen sintió que la halaban nuevamente por los brazos, pero esta vez no la arrastraron. Estaba suspendida en el aire con los ojos entreabiertos.

-Jaider, tráeme las tijeras que están en el mueble ¡Pero ya! -dijo la voz de la mujer.

-Ya va, tía.- Karen escuchó los pasos del muchacho, el sonido típico de una gaveta abriéndose y cerrándose y luego los pasos nuevamente- Aquí están.

-Salte de aquí, Jaider-

-Tía, pero yo…

-Pero yo nada. Salte de aquí de una vez…

Karen estaba sentada en el piso, con la espalda apoyada a la pared. Sintió el sonido de las tijeras cortando el hermoso vestido color violeta, que era lo único que cubría su desnudez.

-Ayúdeme- dijo Karen, quejándose, con los ojos medio cerrados. Su voz era débil y exigua, pero al menos se podía escuchar.

-Eso intento, mi amor. ¿Quién te hizo esto?- dijo la mujer con la voz quebrada, como si estuviera a punto de llorar.

Karen sabía la respuesta. Recordaba muy bien sus caras, Pablo Emilio Santís y la zorra desgraciada de Sofía Martinez, ellos la atraparon y la obligaron a tomar esas pastillas. Quizás habían intentado matarla arrojándola por aquél abismo, pero cometieron un error. La dejaron viva.

Vio como la mujer terminaba de arrancarle el vestido y pudo ver su cuerpo desnudo. Tenía moretones y golpes en sus senos, en sus costillas y en su abdomen, además de los raspones de espanto que ya se había visto en las extremidades. Le pareció que estaba mucho más delgada de lo que recordaba, pero quizás era efecto del dolor y de los golpes. Estaba segura que sus sentidos no estaban bien al cien por ciento. Sintió el sonido del agua y un segundo después la sensación templada de ella sobre su piel. Todos sus golpes y raspones se resintieron al acto.

-Dios Mío- dijo Karen al sentir cada el dolor en cada una de sus heridas.

-Tienes que ser fuerte- dijo la mujer mientras le frotaba una barra de jabón azul por el cabello, la cara y el cuerpo- ¿puedes sostener el jabón?

Karen asintió. Tomó la barra azul con la mano y la asió firmemente, como si su vida dependiera de ello.

-Tienes que frotarte allá abajo, parece que hubieses estado sangrando.

Karen se pasó el jabón por su intimidad. Los rescoldos del horrible dolor que había sentido la primera vez que despertó, volvieron a encenderse.

-Me duele- dijo Karen.

-Yo sé, mi amor, pero tienes que hacerlo. Tienes que limpiarte.

-Me duele mucho- esta vez, no resistió las ganas de llorar.

-No llores, que me vas a hacer llorar a mi- dijo la mujer- frótate con fuerza, mientras yo busco una pastilla para el dolor ¿vale?

La mujer salió de la habitación, que al parecer era un baño de paredes y piso rústico. Karen se frotó el jabón por su intimidad tratando de no lastimarse, pero quería arrancarse hasta el recuerdo del olor nauseabundo que despedía. Apoyándose en el tanque donde se almacenaba el agua se levantó. Le dolió, sí, le dolió mucho, pero tenía que ponerse de pie. Agarró el recipiente de recoger el agua y con fuerza lo llenó y arrojó su contenido sobre su cabeza. Repitió la operación tres veces. Era como despertar de nuevo con cada golpe de agua sobre su cuerpo. Pudo pasarse el jabón por todo el cuerpo, hasta que no sintió más el olor, hasta que se sintió limpia, al menos por fuera.

-Ven- dijo la mujer, entrando al baño y cubriéndola con una toalla de color indefinible. Salieron a lo que parecía ser una habitación.- Siéntate, ven, te voy a prestar algo de ropa, ese vestido que trajiste me tocó echarlo a la basura, pero siéntate.

Karen se sentó en la única cama de aquella recamara.

-¿Te sientes mejor?

Karen asintió con la cabeza.

-¿Qué te pasó? ¿Por qué estabas allí, tan golpeada y tan… sucia?

-No lo sé- dijo Karen, dejándose llevar por el llanto otra vez.

-Ven tomate esto- dijo la mujer entregándole una pastilla y un vaso con agua.

La imagen de Santís y Sofía forzándola a tragarse esas píldoras azules y blancas surcó su imagen, pero no podía dejarse dominar de los traumas. Tenía que ponerse mejor y aquella pastilla la iba ayudar.

-Eso, tómatela, eso te va a calmar el dolor-  dijo la mujer retirando el vaso.

-Vístete, no te preocupes por la ropa, me la devuelves cuando puedas, lo importante es que te vayas para tu casa o para la clínica, no sé.

-Gracias- dijo Karen con su voz casi extinta.

Se puso los jeans holgados y la camiseta estampada con un enorme oso beige, tenía el cabello suelto y mojado. Tenía que verse ridícula, pero al menos estaba bien, estaba limpia y libre de olor a mierda que parecía que nunca se iba a despegar de su piel.

Cuando terminó salió a lo que parecía ser una mezcla de sala, cocina y comedor. Entonces pudo ver el rostro de Jaider por primera vez. Era un muchacho de unos 15 años, delgado y trigueño, con el bozo prominente.

-¿Cómo te sientes?- preguntó el sonriendo con una inocencia pura de la gente del campo.

-Mejor.

-Jaider, acompaña a la muchacha a conseguir un taxi, me imagino que te lo pagarán en tu casa ¿verdad? tienes que decirles todolo que te pasó- dijo la mujer a la que Jaider llamaba “Tía”.

-Hey, pero ¿no te vas a llevar esto?- Jadider le señaló un par de sandalias color plata a la entrada de la puerta y una cartera negra extendida sobre la mesa- encontré una sandalia cerca de donde tú estabas y la otra junto a la cartera, más arribita. Seguro se te cayó…

Tal como le había pasado con las sandalias, Karen no reconoció la cartera. La tomó de la mesa. Era sin duda de cuero legítimo, finísima, por lo que dejaba ver la marca. Abrió con cuidado la cremallera. Dentro había un teléfono celular, un espejo roto, un manojo de llaves y una billetera. Ninguno de los objetos le era familiar. Definitivamente nada de aquello era suyo. Para comprobarlo abrió la billetera. No solamente estaban allí todos sus documentos, su cédula, su carnet de la universidad, su carnet de salud, sino que había aproximadamente $700.000 en billetes de $50.000. Tomó la mitad de ellos y se lo entregó a la mujer que la había ayudado.

-Gracias por haberme ayudado- le dijo Karen extendiéndole el dinero.

-No, como se le ocurre- dijo la mujer- más bien la acompaño a que tome el taxi.

-Por favor, hágalo por su sobrino, por la ropa, por lo que quiera, pero tómelo ¿sí? Yo sé que lo va a necesitar.

La mujer miró a Jaider que sonreía, un tanto divertido por la situación.

-Está bien, muchas gracias.

-Muchas gracias a usted y a Jaider por salvarme la vida.

-¿Ya se siente mejor?

-Sí, mucho mejor.

-Espero no se olvide de nosotros- dijo Jaider sonriendo- usted es una mujer muy linda.

-¡Jaider!

-¿Qué tía? Sólo estaba diciendo la verdad…

-Ya me tengo que ir a trabajar, a propósito, no me ha dicho su nombre.

-Karen, Karen Massier.

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