Capítulo 17.

Respiraba, al menos respiraba. “Eso tiene que ser bueno ¿verdad? Al menos estoy respirando”. Muy lentamente cada uno de sus sentidos fue despertando de la espesa narcosis que se había apoderado de ella. Percibía en sus mejillas el toque templado y fresco de la brisa de la madrugada. Escuchaba el ruido caótico de los motores; motocicletas, automóviles, tractocamiones, debía estar cerca de una calle muy transitada. “Eso tiene que ser bueno ¿verdad?”. Volvió a sentir su lengua y con ella un sabor metálico y denso que provenía de alguna parte de su boca, un sabor que se agolpaba en su boca y le impedía respirar. Entonces lo recordó, el vino espumoso entrando en su boca, forzándola a tragar las pastillas que aquella mujer había metido en su boca. “¿Qué me hicieron? Dios Mío ¿Qué me hicieron?” Pero aquello no se quedaría así, estaba viva y eso era lo importante, sólo necesitaba eso, eso era lo importante. De repente todos los sensores de su piel empezaron a activarse, y pudo sentir la textura de la arena y la hierba reseca en su espalda, clavándose como agujas afiladas. Dolía. Pero el dolor era bueno “Tiene que ser bueno ¿verdad?” eso significaba que estaba viva, viva. Pero a medida que su cuerpo despertaba, el dolor de las agujas clavadas en su espalda pasó a segundo plano. Un ardor intenso se apoderó de sus rodillas, de sus piernas, de sus brazos, de sus codos. “Esto no puede ser bueno ¿verdad?”. Y entonces lo sintió. Un dolor inconcebible entre sus nalgas y en su pelvis, tan fuerte que las agujas en su espalda y el ardor en sus extremidades no se comparaban, eran nada. “Dios ¿qué me está pasando?” no podía soportarlo, era como si la estuvieran retorciendo por dentro. Quería levantarse y salir corriendo, dejar el dolor atrás, mientras huía. “Dios mío, por favor ¡Ayúdame!”. Fue entonces que sintió el olor. Hedía a pasto pisado, a humo, a gasolina, a tierra, a sangre y sobre todo, hedía a mierda. Un olor penetrante y agudo que asaltaba sus sentidos tan intensamente como el dolor. “Dios ¿dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Qué hicieron conmigo?”. Quería correr, huir, dejar el dolor y aquel hedor espantoso atrás. Escuchaba el sonido del tráfico. “¿Es que nadie puede verme? ¿Por qué nadie me viene a ayudar? Si tan sólo pudiera ver, si tan sólo pudiera ver.” Todo estaba oscuro, sus ojos no veían más que tinieblas. “¿Por qué? ¿Por qué?”. El embate de sus sentidos había sido tan fuerte, que tardó en darse cuenta que tenía los ojos apretados, en una reacción lógica al dolor. “Cálmate, Karen, sólo tienes que abrir los ojos, quieres ver, necesitas ver, tú lo puedes hacer, vamos.” Relajó los párpados. “Vamos, tú puedes hacerlo, Karen, tu puedes”. Luego empezó a ver la luz, intensa y filosa y como un cuchillo, penetrando sus ojos, mientras estos se acostumbraban a ella. Todo estaba borroso y no podía distinguir nada. “¿Dónde estoy? ¿Por qué nadie me ayuda? ¿Por qué?” Pero pronto empezó a distinguir las formas abstractas e incoherentes de las nubes, como figuras bordadas en una tela azul intachable como era el cielo veraniego de la sabana. Estaba tan fascinada con la visión, que olvidó por un segundo el dolor insoportable al que estaba sometida y el olor nauseabundo que la estaba rodeando. Volvió a cerrar los ojos. Apoyó ambas manos en el suelo y descansó todo su peso en ellas; tenía que levantarse. Sobreponiéndose al dolor, al cansancio y a la somnolencia, logró acomodarse. Respiraba, respiraba agitadamente, le había costado trabajo, pero lo habría logrado. Cuando abrió los ojos se dio cuenta por qué nadie la había venido a ayudar. La carretera que había escuchado en medio de su narcosis, estaba cerca, sí, pero estaba a casi 200 metros en subida del lugar donde ella se encontraba. Conocía muy bien el lugar.

La carretera que conducía de Sincelejo a los puertos de Tolú y Coveñas avanzaba en sus primeros 10 kilómetros sobre las estribaciones de la Sierra Flor, un grupo de cerros de mediana altura que eran el único obstáculo visible en medio de la sabana del departamento de Sucre. Avanzar por ese tramo de la carretera permitía ver la sabana en todo su esplendor, desde aquella vista privilegiada. No por nada, aquel pedazo de la carretera se conocía como “El Mirador”. Pero así como aquella zona era perfecta para ver los atardeceres, también era sumamente peligrosa. Los abismos que se abrían a un lado de la carretera, si bien no eran tan profundos como los que se veían cuando se subía a Los Andes, eran lo suficientemente peligrosos como para cobrar la vida de cualquiera que cayera por ellos. Y allí estaba ella, Karen, en el fondo de uno de aquellos abismos, preguntándose cómo había terminado allí, por qué le dolía tanto el cuerpo y sobre todo de dónde provenía aquel olor a mierda que empezaba a producirle arcadas.

Antes de intentar levantarse, Karen miró su cuerpo. Tenía raspones en las manos, los brazos, los codos, las rodillas, las piernas y las pantorrillas. Al menos ya sabía de dónde venía el ardor. Pero todos sus huesos parecían estar en su lugar. Lo que no parecía estar en su lugar era la ropa que tenía puesta. La noche anterior (si había sido la noche anterior) había salido de su casa con un par de jeans, una camiseta y unos zapatos deportivos. Ahora llevaba puesto un vestido enterizo color violeta con algunos vivos rojos de una tela fresca y fina que parecía tocar su piel como el beso de un amante enamorado. Únicamente el pie izquierdo estaba calzado con una hermosa sandalia color plata, pero por más que miró en los alrededores no vio la sandalia compañera. Aquél vestido le parecía familiar, estaba segura de haberlo visto antes, pero no estaba segura en dónde. Tampoco lo pensó mucho. Lo único que le importaba era salir de aquel hueco y pedir ayuda. Su tía debía estar muy preocupada. Intentó ponerse de pie, pero el dolor en su pelvis era demasiado intenso. Cada movimiento que hacía era una tortura. No quería pensar en las causas de aquel dolor siniestro, al menos no en ese momento, sólo quería salir, escapar de aquel olor inmundo que parecía estar adherido a ella.

Fue entonces que vio la sangre. Era un chorro seco que recorría su pierna derecha casi hasta el pie que tenía descalzo. Lo recorrió con su mirada hasta el inicio del vestido. Karen empezó a subirlo lentamente, el chorro continuaba, seco, hasta arriba, hasta su intimidad. Se bajó el vestido rápidamente. “¿Qué me pasó? Dios Mío ¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy sangrando? Volvió a subirse el vestido hasta la cintura, tenía el sexo enrojecido y amoratado, pero como si eso no fuera suficiente, la parte posterior del vestido también estaba ensangrentada. El color del vestido allí no era un violeta intenso, sino un color rojo muerte. Karen se atrevió a tocarlo. La sangre aún estaba fresca y tenía ese hedor característico que había sentido desde que había despertado. La adrenalina del miedo recorrió todo su cuerpo y enviando todas sus energías a sus piernas se levantó. Intentó correr, pero el cuerpo no le dio para tanto. Se quitó la sandalia que no hacía más que estorbarle y caminó como un zombi hasta el inicio de la pendiente del abismo donde había caído (¿O la habían arrojado?). Sólo tenía que subir.

Al principio fue sencillo, la pendiente no era tan inclinada y podía seguir caminando sin problema. Pero pronto el terreno empezó a tornarse vertical. Karen, intentando ignorar el dolor y el olor que se apelmazaban en su cuerpo, empezó a subir, agarrándose de las ramas de los arbustos resecos, apoyando sus pies en las rocas que sobresalían del terreno. “Tengo que llegar, tengo que llegar”. Había muchas piedras, podía apoyarse hasta llegar allá arriba. Había llegado casi a la mitad cuando miró abajo. Todavía faltaba mucho, pero estaba segura que podía hacerlo. Siguió subiendo, hasta un punto en que pensó que si gritaba podían escucharla. Pero los gritos que salieron de su garganta se convirtieron en un lamento silencioso que nadie escuchó. Estaba completamente difónica.

-Por favor, alguien que me ayude-dijo pero incluso a ella misma le costaba trabajo escucharse. La única opción era subir.

Trepó un par de metros más, hasta que le fue posible distinguir la baranda de protección a un lado de la carretera. Fue tal la emoción que sintió, que no se dio cuenta que la rama en la que se había sostenido estaba a punto de romperse. Karen sólo sintió el vació en sus manos, justo antes de perder de vista la baranda y caer de nuevo al abismo, antes de perder por completo la consciencia.

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