Capítulo 14.

Sabía dónde estaba. Lo sabía muy bien. Podía reconocer aquel olor nauseabundo que se resistía a despegarse de su piel y que se aferraba como un parásito moribundo a su cuerpo estropeado y débil. Reconocía también el color del pasto, marchito por los largos meses de sequía y que se hundían en su carne como el filo de un alambre de púas. Llevaba puesto el mismo vestido, el vestido color violeta, rasgado, sucio y hediondo, el mismo que ocultaba la sangre que pegada a sus piernas, ya había empezado a secarse. El cielo ya estaba claro, podía ver las nubes moldeando formas abstractas que en un momento parecían flores, en otro parecían aves y en el siguiente parecían rostros. Levantó la mano, creyendo que podía tocarlas. Se preguntó cómo se sentirían al tacto. ¿Serían como el algodón? ¿Cómo el agua? ¿O sencillamente serían un vacío enorme y sin sentido como el que empezaba a adueñarse de su cabeza en aquél momento? ¿Se desvanecerían en sus manos como empezaban a desvanecerse todos y cada uno de sus recuerdos?  “Si tan sólo las pudiera tocar” pensó, sin darse cuenta de lo que perdía a cada segundo. Pero aquello no era importante, lo importante era tocar las nubes con la punta de sus dedos, sentirlas, palparlas, percibirlas, pero no podía sentir nada. Sus sentidos estaban embotados. De pronto las nubes se convirtieron en sombras; el sonido del tráfico, en un zumbido silencioso y el intenso olor nauseabundo, en un perfume que había usado hacía muchísimo tiempo, quizás en otra vida, en otro tiempo. Se perdió en la oscuridad hasta que empezó a escuchar su nombre, primero como unos susurros insignificantes, y luego claramente en la voz de una mujer, una voz que ella conocía.

-¡Karen!- escuchó claramente la voz, mientras sentía unos golpes delicados en las mejillas- ¡Karen! No te hagas. ¡Karen, despierta!

El rostro de María Andrea se empezó a hace más y más claro a medida que ella abría los ojos. Le costó reconocerla, tenía el cabello corto y se había maquillado de una manera diferente. Entonces recordó donde estaba. El salón donde había estado recibiendo la última clase del día se encontraba completamente vacío, mientras que afuera el bullicio acompañaba los últimos rayos de sol que se extinguían en el horizonte.

-¿Me quedé dormida?

-Claro, boba, ya todo el mundo se fue para la fogata. ¡Vamos! Nos vamos a perder el espectáculo.

-¿Y Alex?

-No lo he visto.

-¿No llegó a clases?

-¿Mientras estabas dormida? No, no llegó. Ven, Karen, vamos. Nos vamos a perder todo y no vamos a alcanzar a tomar fotos de nada. Dale, mira que se lo prometí a mi mamá, para que me dejara venir. Dale, Karen ven.

-Está bien, está bien, deja que me despeje un poco- dijo Karen levantándose de la silla y frotándose bien los ojos para espantar el sueño.

Apenas habían pasado dos días desde el ataque que había destruido la fachada de cristal de la biblioteca de la universidad y desfigurado la ya de por sí espantosa escultura ubicada en medio de la plaza central del campus. Por orden del nuevo rector, la universidad había retomado la normalidad académica, aunque realmente sólo un tercio de los estudiantes acudió normalmente a sus clases. En las 3 clases que tuvo Karen aquel día, los profesores se dedicaron a lamentar y a condenar lo ocurrido , a replantear el estricto calendario de actividades que habían consignado a inicios del semestre y a repasar a grandes rasgos lo que ya se había visto en las 4 semanas que antecedieron a la protesta de Kike Narváez por la elección del rector.

Ni Alex ni Kike se habían comunicado con ella. Había pasado el día anterior arreglando la casa, para la llegada de su tía, escuchando las noticias en la radio y leyendo a cada rato la prensa vía Internet. Vio en los noticieros como habían capturado a Antonio Cabrero y como el nuevo rector había proporcionado el video que había tomado Freddy para terminar de hundirlo. Le pareció extraño que ese señor se hubiese tomado tantas molestias para obtener ese video, si al fin de cuentas lo iba a entregar a la policía. Según Freddy, que la había llamado en las horas de la noche para preguntar como seguía, Santís había ganado mucho con aquel video, no sólo había terminado de hundir a Cabrero, sino que había quedado como un héroe frente a todo el mundo con aquella prueba. Pero Karen no estaba muy convencida.

Había intentado comunicarse con Alex, pero su teléfono sonaba apagado, lo cual era lógico luego que Kike se lo arrojara al piso y se hiciera pedazos. Le envió un mensaje por facebook, un correo electrónico, todo lo que se le ocurrió, pero su amigo no contestó. Tenía tantas ganas de hablar con él, de conversar sobre lo que había ocurrido en el estudio de su papá, de aclarar todo, pero al parecer él no opinaba lo mismo.

Tampoco recibió noticias de Kike Narváez, salvo que había sido liberado en las horas de la mañana, según lo que le había dicho Freddy, y que Camilo Naar lo entrevistaría en un lugar secreto, donde sus compañeros de “Doctrinas” lo habían refugiado a espera de confirmar que no estuviera en peligro. Por supuesto Karen confirmó que no se trataba de ningún lugar secreto, sino de una clínica, donde le estaban haciendo chequeos, pero por más promesas que le hizo a Freddy, el muchacho se resistió a entregarle más información.

Siguiendo a María Andrea en dirección a la cancha de fútbol de la universidad, Karen se sintió más sola que nunca. No estaba Freddy, ni Alex, y hasta María Andrea se veía extraña. Cuando la vio entrando a la primera clase de día, con el cabello corto, sin lentes de contacto y con un maquillaje clásico y suave, pensó que se trataba de otra persona. María Andrea le había dicho que había sido un cambio que tenía pensado hacía ratos, pero Karen sabía que no era así. No le costó trabajo imaginarse a su amiga, tratando de cortarse el cabello para tratar de lidiar con la confusión y la culpa que sentía por dentro. Habían estado en una situación espantosa y según lo que había dicho Freddy, habían pasado a los muertos del atentado justo frente a ella. No sería nada fácil para alguien cuyo principal objetivo en la vida había sido tratar de parecerse a su mejor amiga.

El sol se había terminado de ocultar cuando llegaron hasta la cancha de fútbol. Una fogata enorme se levantaba en medio del lugar con un montón de flores y coronas fúnebres a su alrededor, pero evidentemente la ocasión no era solamente para lamentar la muerte sino también para celebrar la vida.

Un grupo juvenil tocaba gaitas, maracas, acompañados de la voz de una muchacha bajita, rubia, de ojos verdes. Algunos incluso bailaban al ritmo de la música. María Andrea parecía fascinada tomando fotografías tanto así que se olvidó por completo de Karen, quien terminó en la cancha sola y sin saber a dónde ir. Se aseguró el bolso que había sobrevivido a la explosión del martes y empezó a deambular, como sonámbula. Por más que aguzó la mirada, intentando localizar a algún conocido, no lo encontró, ni siquiera a María Andrea que había desaparecido por completo.

Miró a todos los presentes y se sintió como la perfecta mosca en leche, tanto así que no dudo en sacudirse los pies para largarse de allí de una vez por todas. Ya había dado un par de pasos cuando sintió que una manaza la había sujetado del antebrazo izquierdo y le impedía la salida.

-¿A dónde crees que vas tan temprano?

-¿Kike? ¡Kike!

Karen no sólo se detuvo sino que se echó a los brazos del representante estudiantil, abrazándolo con todas su fuerzas.

-Wow, wow, si me van a recibir así cada vez que salga de la cárcel, creo que voy a tener que ir más seguido.

-Me alegra mucho que estés bien. No sabes el gusto que me da.

-A mi también- le dijo él al oído, abrazándola con cariño- me da mucho gusto volver a verte, niñita.

El prolongado abrazo duró un tiempo más completamente en silencio, era como si no hubiese necesidad de decir nada porque todo lo que sentían y quería expresar lo decían sus cuerpos pegados el uno con el otro.

-Gracias por todo- le dijo Kike, cuando al fin se soltaron y se pudieron ver a los ojos.

-No tienes por qué agradecerme nada, sólo hice lo que tenía que hacer.

-Freddy y Camilo me contaron lo del video, creo que también le tengo que agradecer a tu amigo, el psicópata.

-Alex no es ningún psicópata.

-Bueno, el chichón que tengo en la cabeza lamenta tener que diferir contigo- dijo el riéndose- ¿Por qué crees que me estaba ayudando?

-¿Alex? No sé. Quizás se sintió culpable por dejarte inconsciente.

-O quizás porque tú se lo pediste. ¿Tú tienes algo con él?

-No, Alex, es sólo mi amigo- dijo Karen mientras las imágenes del beso apasionado que se había dado con su amigo cruzaban su cabeza a la velocidad de un rayo.

-¿Y estás segura que él sabe que es así?

-Claro que sí ¿por qué me preguntas todo eso?

-Es que no sé si me estoy precipitando- dijo Kike con los ojos fijamente clavados en los de Karen, mientras le acariciaba el rostro- pero no quiero que salgas de mi vida.

-¿De qué estás hablando?

-¿No te das cuenta? ¿Mis ojos no te dicen nada, niñita?

-Me dicen que estás muy cerca de mí- dijo ella viendo el fulgor de las llamas reflejados en los ojos negros de Kike Narváez.

-Quiero que tengamos algo, Karen, que nos conozcamos, que salgamos por ahí a tomar algo, a ver películas, a comer…

-Un momento- dijo ella, separándose de los enormes brazos Kike que la tenían presionada contra él- Mira, si me estás diciendo todo esto por agradecimiento o por lástima, créeme que no lo necesito. Lo que hice por ti, lo hice sin esperar nada a cambio, mucho menos que vinieras con esos cuentos chinos.

-¿Lástima? No sé de qué estás hablando, Karen. Sí, estoy agradecido contigo, pero créeme que esto no tiene nada que ver con eso que tú me dices. Tú… tú me gustas muchísimo, desde que te vi en esa reunión me llamaste la atención, como me mirabas- dijo él acercándose de nuevo a ella- sólo que pensé que eras otra niña tonta más, pero me equivoqué y te pido perdón por eso. Además de ser increíblemente hermosa, eres ingeniosa, atrevida. Sería un tonto si no intentara tener algo contigo.

-¿Estás seguro de lo que dices?

-Claro que sí ¿o es qué yo no te despierto nada?

-No, claro que no es eso.

-¿Entonces?- preguntó Kike mientras la música de las gaitas, las tamboras y las maracas se escuchaba cada vez más alta- ¿Por qué no nos damos esta oportunidad de conocernos, de tratarnos?

Kike acercó sus labios a los suyos, y ella pudo sentir su olor, masculino y varonil y no pudo resistirse. Aquellos labios no sabían a coco, como los de Alex, sino a mango, a mango biche con sal y pimienta, de esos que tanto había degustado de niña. Un sabor fuerte y agridulce, pero delicioso, que ahora sentía recorrer su lengua sedienta y vehemente. No supo cuanto tiempo estuvo allí con él, pero cuando al fin se separaron y se vieron a los ojos, ambos sonrieron.

-Mucho mejor de lo que pensé- dijo él, con las flamas danzando en sus ojos.

-Yo también quiero estar contigo, conocerte, hacer cosas juntos…

-Lo haremos, no te preocupes- dijo él abrazándola nuevamente.

Allí, recostada en el hombro de Kike, vio que del otro lado de la fogata, unos ojos crueles la observaban con intensidad. No tuvo que esforzarse mucho para reconocer a su dueño. Karen se dio cuenta como Alex la observó fijamente por unos segundos, con aquella mirada que parecía ser capaz de asesinar, pero aquella vez había algo más en ellos: una tristeza densa y profunda. Alex dio media vuelta y empezó a alejarse de la fogata. Karen sintió el impulso de correr tras él, de explicarle lo que estaba pasando, de abrazarlo, de besarlo, pero los brazos de Kike Narváez se lo impidieron.

Cuando ya la figura de Alex se había perdido en medio de la multitud, Karen se aferró con todas sus fuerzas a Kike, quizás así poco a poco dejaría de sentirse culpable por la decisión que sin querer había tomado a la luz del fuego, en medio de la noche estrellada.

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