Capítulo 12.

Acto Probatorio Número 1.

Nombre: Conversación Telefónica.

Formato: Archivo de Audio .mp3

Resumen: Dos conversaciones telefónicas en el mismo archivo de audio entre Antonio Luis Cabrero Parker y un individuo que se denomina a sí mismo “El Piru, interrumpidas por una conversación entre “El Piru” y un individuo sin identificar.

Fecha de consignación de la evidencia: 25 de Septiembre de 2013.

Transcripción:

El Piru: Sí ¿Quién es?

Antonio Cabrero: Buenos días, hablas con Toño.

El Piru: Don Toño ¿Qué se le ofrece? Aquí pa’ las que sea.

Antonio Cabrero: ¿Cómo vas con lo que te encargué?

El Piru: ¿Con el asunto de la Universidad de Sucre? Muy bien, he estado pendiente del asunto. No se preocupe, todo está saliendo a las mil maravillas.

Antonio Cabrero: Eso espero, Piru, eso espero. Si todo sale como yo espero, mañana mismo estoy viajando para Sincelejo. No se te olvide mantenerme al tanto de todo.

El Piru: Claro que sí ¿cómo le voy a fallar a don Toño Cabrero?

Antonio Cabrero: (Risas) No te preocupes tanto por alabarme y más en cumplirme. Recuerda que es urgente que todo salga bien. Santís no se debe posesionar.

(Silencio)

Individuo desconocido: Aló.

El Piru: Que hubo, con el Piru.

Individuo desconocido: Ah ¿Qué cuentas? ¿Llamas por el encargo?

El Piru: Sí, claro. ¿Lo tienes listo? El patrón lo quiere para mañana.

Individuo desconocido: Sí, claro, ya todo está listo. ¿Eran dos verdad?

El Piru: Dos, sí parce, ya sabe que hagan buen daño. El jefe quiere que eso se vuelva un desastre.

Individuo desconocido: No se preocupe, los dos regalitos son de alto poder. Cualquier que este a tres metros de ellos, chao con él.

El Piru: Perfecto, necesito que los traigas a mi casa esta misma tarde. Eso tiene que estar a primera hora en la universidad.

Individuo desconocido: No, eso no se lo llevo yo. ¿Qué tal que la policía me encuentre con eso? El trato no decía nada de andar cargando nada… de eso se me encarga usted.

El Piru: Erda, entonces ¿cómo hacemos?

Individuo desconocido: No sé, aquí está su vaina, usted verá a ver como se la lleva.

El Piru: Está bien… yo voy a mandar a un mototaxi, guarda eso bien en una bolsa negra, que no se vea. Se la das al pela’o y él me la trae hasta acá.

Individuo desconocido: Vale, yo se lo voy a dejar con una de las peladas que venden minutos por aquí cerca, en la esquina, la morenita… ¿sabes cuál es?

El Piru: Sí, si claro… yo mando al mototaxi allí mismo… Ojo, cuidado se va a perder esa vaina.

Individuo desconocido: Tranquilo, que eso no se pierde.

El Piru: Listo, la otra mitad te la consignamos después que probemos que los regalitos explotan, ¿vale?

Individuo desconocido: Vale.

(Silencio)

El Piru: ¿Don Toño?

Antonio Cabrero: Sí, buenas noches.

El Piru: Habla con Piru.

Antonio Cabrero: Piru ¿Qué más? ¿Qué noticias me tiene?

El Piru: Para darle parte de tranquilidad, jefe. Mañana el señor Santís no va a poder posesionarse de nada.

Antonio Cabrero: Perfecto. Excelente trabajo. Mañana vemos a ver como resulta todo y cuadramos lo de los pagos. ¿Estamos?

El Piru: Estamos, jefe, no se preocupe.

(Fin de la grabación)

***********************************************************************

Había dormido plácidamente toda la mañana, luego de una noche de perros en la que el insomnio y el dolor de cabeza lo habían torturado lentamente hasta drenarle toda la energía y el ánimo que aún le quedaban. Kike Narváez hubiese seguido durmiendo apaciblemente de no haber sido por los rayos de sol que insistían en introducirse en la celda a través de los ladrillos calados en la pared.

Se sentía tan bien, tan descansado y tan ligero que tardo un par de segundos en recordar que estaba confinado en una celda del comando de policía de Sincelejo, a espera de la orden que lo trasladaría definitivamente a la Cárcel Municipal de Montería. Según le había comentado el inútil que le habían asignado como abogado de oficio, no podían trasladarlo a la cárcel local, porque ya estaba atestada de criminales condenados y otros que esperaban pacientemente la culminación de sus juicios.

Le preocupaba el cambio que pronto tendría en su vida, pero le preocupaba más el olor que despedía del cuerpo. Desde el día anterior que había tomado una ducha en casa de Karen no había probado el jabón. Se sentía sucio y pegajoso, sin contar el hecho que tampoco había podido cepillarse los dientes. Tenía puesta una pantaloneta verde que le había prestado uno de los policías que le hizo guardia toda la noche y la camiseta blanca que le había prestado Karen, cuando los policías habían entrado a capturarlos en la casa de Villa Natalia.

Aquella muchachita que a primera vista le había parecido tan superficial, y a quien no tenía más de 24 horas de haber conocido en serio, no se salía de sus pensamientos. Se preguntó que había sido de ella. Según el abogado inútil, ella, su amigo el psicópata y la doctorcita sexy habían salido libres luego de su declaración preliminar, en la que él se había echado la culpa de todo lo que había sucedido.

Se asomó a los barrotes de la celda, intentando llamar la atención a punta de silbidos, pero no había nadie en la cercanía. Se preguntó si lo mejor no hubiese sido mandar al infierno a todo y darle a Pablo Emilio Santís todo lo que le había pedido. Después de todo, “El Socio” y todos sus secuaces lo hubiesen mandado con gusto a la peor tortura china de haber estado en su situación, pero había notado algo en la actitud del Rector que lo hizo desconfiar. Conocía a los de su clase, a la arandela de corruptos de medio pelo que giran alrededor de un político grande, un pez gordo.

Si Pablo Santís sabía que él militaba en el grupo de “El Socio”, no le habría quedado difícil averiguar donde vivía su familia en el Carmen de Bolivar, que hubiese servido como una mejor manera de presionarlo. También le parecía que le había pedido algo que ya conocía de antemano. Si sabía que pertenecía al grupo de “El Socio”, era porque ya por lo menos tenía una idea de quienes lo conformaban, aún así le solicitó esa información como si hubiese sido muy importante. Además ¿Qué interés podría tener él, o cualquiera de los lacayos de Rogelio Palmira en un grupo que se dedicaba principalmente a escribir artículos en un blog, blog en el que casi nunca habían hablado de Palmira? Era un blog de apoyo a la subversión, eso sí, lo cual era completamente ilegal, pero no lo suficiente como para que Santís se interesara especialmente en ellos. Pero en fin. Quizás estaba viendo las cosas desde el ángulo incorrecto.

Volvió a silbar tratando de sacar la cara por los barrotes.

-¿Hay alguien por allí? ¿Guardia? ¿Policía?

Nadie respondió. Acomodó la colchoneta nuevamente, de tal manera que el sol no le cayera de frente. Si tenía que perder el tiempo hasta la hora del almuerzo, lo haría durmiendo. Ya estaba a punto de recostarse de nuevo, cuando un policía de unos 20 años golpeó los barrotes con su bolillo de dotación.

-Narváez.

-Sí, dígame. Los estuve llamando.

El policía le arrojo una toalla de color verde, unos jeans anchos y viejos y una camiseta de color negro, justo antes de abrir la celda.

-Me acompaña.

Kike no dijo ni mu y se limitó a caminar delante del policía que parecía estar demasiado relajado escoltando sin compañía a un delincuente acusado de poner dos bombas en una Universidad  y de haber causado la muerte de 4 de sus compañeros.

-Aquí, se asea y se viste. Aquí tiene jabón, cepillo, desodorante y crema de dientes. Dijo sacando una bolsita de uno de sus bolsillos. Era un cepillo minúsculo, acompañado de un jabón de esos que había visto en sus escapadas furtivas a los moteles locales y un sobrecito con una dosis de desodorante que seguramente no cabía en su dedo índice. Pero bueno, era eso o nada.

El policía lo dejo solo en el área de las duchas, lo cual le pareció aún más raro, que el haber sido escoltado por un solo individuo. Aunque quizás el muchacho no conocía el procedimiento, lo cual le valdría un regaño descomunal cuando sus jefes se enteraran.

Se desnudo por completo y al abrir la llave de la ducha se sintió en la puerta del cielo. Se pasó el jabón por todo el cuerpo, inclusive por su cabello que hacía años sólo tocaban los champuses importados en una muestra de vanidad que ahora le parecía ridícula.  Pero se sintió mucho mejor luego de cepillarse. Las cerdas se cayeron por completo ante la presión, pero sentía la boca fresca y limpia. Se puso la muda de ropa que le habían asignado y que curiosamente le quedaba mucho mejor de lo que había anticipado. Lo único que era realmente suyo eran los zapatos sucios, que tenía puestos en el momento de las explosiones.

Cuando salió de la sección de las duchas encontró al policía novato chateando en su celular.

-Hey, ya.

-Ah sí, echa la toalla en ese balde y acompáñame. Alguien te quiere ver.

“¿Y este man por qué me tutea?” se preguntó Kike, observando al policía que prestaba mucha más atención a su teléfono que a él, el supuesto terrorista.

-Por aquí- dijo el policía abriendo una puerta.

Dentro estaban Julio Paternina, Juan Carlos Curiel y un señor calvo al que nunca había visto. Julio y Juan Carlos eran dos de sus compañeros más firmes de “Doctrinas”, el grupo estudiantil que lideraba en la universidad. Kike los abrazó con alegría.

-Homb’e Kike… que gusto verte hermanazo- dijo Julio.

-Alegría me da verlos a ustedes, pela’os- dijo Kike tratando de tragarse las lágrimas que se apretujaban en el borde de sus ojos.

-Mira, Kike, él es Daniel Ojeda, el abogado que contratamos en el grupo para que trabaje en tu caso- dijo Juan Carlos haciendo la introducción formal.

-Mucho Gusto, Enrique Narváez.

-Daniel Ojeda, que gusto poder verte al fin. Es raro defender a alguien a quien no has visto.

-¿Qué noticias me tienen?

-Vamos a sentarnos todos, vamos a ponernos cómdos- sugirió Daniel Ojeda tomando asiento-  A ver Kike ¿Por qué en tu declaración preliminar te echaste la culpa de lo ocurrido?

-Tres personas inocentes estaban siendo retenidas por intentar ayudarme, era lo menos que podía hacer.

-Bueno, gracias a esa declaración no he podido sacarte. Ahora mismo vamos a llamar a la fiscalía para que hagas una declaración donde confieses que estabas bajo mucha presión  y que tu intención no era obstaculizar la justicia, sino ayudar a tus amigos, Alexander Pedroza, Carmen Martinez y Karen Massier ¿estamos?

-¿Obstaculizar la justicia? Creo que no le estoy entendiendo abogado.

-Kike, es que no sabes lo que está pasando allá afuera- dijo Juan Carlos emocionado- salió una grabación, el bandido ese de Antonio Cabrero fue el que mando a poner las bombas en la Universidad.

-¿Qué?- preguntó Kike sorprendido- Ese es de la misma corriente de Santís, ahora todo tiene sentido.

-No, lo que parece es que Cabrero quería asesinar a Santís, vainas de corruptos, ve tu a saber… esta mañana todo el mundo amaneció con el video, si vieras en facebook como está eso.

-Es la prueba reina de que tú no estás implicado, Kike- dijo Ojeda- si todo sale bien y haces la declaración como te dije. Esta misma tarde podrás salir en libertad.

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