Capítulo 11.

Despertó sobresaltada por el chillido mortificante de la alarma de su teléfono celular. 5:30 de la mañana y Sofía Martínez se dispuso a empezar el día, a pesar de que el sol ni siquiera se había asomado en el horizonte. Un segundo después empezó la ansiedad, fría, espesa y demandante, contaminando cada célula de su cuerpo, cada gota de su sangre, hasta dejarla completamente sometida a sus deseos. Quería creer que podía ignorarla, minimizarla, dejarla perderse para siempre en las tinieblas del olvido, pero era inútil porque mientras más deseaba rebelarse, más se esparcía la ansiedad por su cuerpo, haciéndola su esclava, exigiendo, demandando, requiriendo su dosis, su medicina, para volver a sentir algo más que miedo y debilidad. Miró fijamente a un punto fijo en la pared, quizás eso la ayudaría a relajarse y a pensar en otra cosa, pero la ansiedad no se iría sin dar batalla. De repente el punto en la pared en el que había concentrado su vista, empezó a tornarse oscuro, primero con un punto a penas visible y luego ramificándose como una telaraña de sombras que se diseminaba hasta oscurecer por completo la habitación. Pero aún no había terminado. La pared, ahora contaminada de oscuridad empezó a caerse a pedazos, grano a grano, luego piedra a piedra y luego ladrillo a ladrillo, hasta dejar paso a la ansiedad con su rostro real y tangible y con sus dientes filosos y repugnantes que amenazaban con tragársela para siempre.

Sofía cerró los ojos con fuerza, no quería ver los ojos de la bestia, no quería enfrentarse a ella, no quería sufrir, sólo quería estar bien, feliz y satisfecha, sin pensar en nada más. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba en perfecto orden, no había oscuridad ni monstruos en la pared, pero había algo que definitivamente no estaba bien. Cuando levantó sus manos a la altura de sus ojos se dio cuenta que estaba temblando. Era la bestia, la ansiedad, que reclamaba lo suyo y no descansaría hasta que lo consiguiera. Sofía se sacudió las sabanas y corrió hasta la mesa del tocador donde tenía las pastillas que le había comprado a Julio el día anterior, sin darse cuenta que había hecho caer el teléfono celular, que había cesado su alarma chillona con un golpe seco y limpio contra el piso, frío por el aire gélido de la madrugada.

Buscó como una loca las pastillas que le había entregado Julio el día anterior. Había una sola, había pasado por alto que había tomado una antes de dormir. En los primeros días de su adicción, una pastilla los fines de semana había sido suficiente para relajarse por completo del estrés de la Universidad y de las prácticas, pero paulatinamente empezó a subir la dosis, hasta el punto en que ahora llegaba a tomar hasta 3 al día. “Y el estúpido de Julio solo me dio dos” pensó ella. No podía arriesgarse a que la ansiedad, la bestia, la sorprendiera en blanco. Tenía que tener al menos una de respaldo. Volvió a meter la pastilla en el bolso, antes de tener la oportunidad de arrepentirse, se desnudo a las carreras y abrió la llave de la ducha. Aún temblaba, pero el tacto del agua sobre su piel la distraía lo suficiente como para mantener a la bestia controlada, al menos por el momento.

Sin darse cuenta empezó a pensar en Alex, en su cabello color miel, en su mirada cruel e intensa. En su cuerpo delgado y fuerte, en sus manos, en su boca, e intentó imaginar el sabor de su lengua en medio del agua y en todo lo que ocultaban sus camisetas estampadas y sus jeans holgados. Cuando abrió los ojos ya había aplastado a la bestia con el peso del orgasmo que se había procurado ella misma.

Salió del baño con normalidad, secando su cabello con delicadeza y recogiendo su teléfono celular del piso. Tenía un mensaje en el buzón de su correo electrónico. Tenía como asunto “¿Quién es el verdadero culpable de lo sucedido ayer en la Universidad de Sucre?” y el remitente era un tal 24092013@airmail.com  y sólo contenía un archivo de audio como contenido. Impulsada por la curiosidad, Sofía tocó el botón de reproducir. Se escuchó una voz modificada, como cuando alguien habla luego de tragar el helio de los globos flotantes.

“En el día de ayer, 24 de Septiembre de 2013, dos bombas fueron plantadas en la Universidad de Sucre, ocasionando el caos que dejó cuatro estudiantes muertos y muchos más heridos. Te han hecho creer que un estudiante ha sido el responsable. No te equivoques. Hay mucho más en juego, mucho que no se conoce, hay gente que quiere meter la mano en los millones de pesos que recibe la Universidad cada año. Escucha la siguiente conversación y saca tus propias conclusiones.”

Sofía escuchó la grabación, una conversación telefónica, sin dar crédito a lo que oía. Tenía que estar preparada, aquello era el inicio del fin.

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Sentado en el asiento del copiloto de su nuevo Suzuki Grand Vitara, Pablo Emilio Santis observaba con detenimiento la tarjeta de memoria que su conductor le había traído la noche anterior. Le parecía fascinante que algo tan pequeño pudiera tener tanto poder.

-¿Qué tanto le mira a eso, Patrón?- preguntó Nacho, mientras conducía el vehículo.

-Estaba pensando en cómo algo tan pequeño, puede ser tan poderoso.

-¿Y qué es lo que tiene esa tarjetica?

-Una llave, Nacho, una llave para el éxito.

-No me diga que se va a meter de ladrón de almacenes, Patrón.

Pablo no pudo contener la risa.

-Claro que no, mi Nacho, es otro tipo de éxito del que estoy hablando.

-Me alegra mucho, Patrón ¿Por dónde me dijo que tenía que doblar?

-Por allí, por el campano- dijo Santís señalando con el dedo el camino a tomar.

El Conjunto Residencial “Villa Campania” consistía en 3 torres rectangulares en forma de U, alrededor de una zona verde con piscina justo en el centro, las muralla frontal del conjunto, construida para mantener a raya a los ladrones de la zona sur, recibía la sombra reconfortante de un campano enorme, último vestigio del bosque seco que alguna vez existió en aquel lugar. Fue al lado de ese campano que Nacho estacionó el vehículo y donde Pablo Emilio Santís se dispuso a cumplirle la cita que Antonio Cabrero le había puesto la noche anterior.

Había sido el mismo Pablo el que se había puesto en comunicación con “Toño”, luego de tener en su poder la tarjeta de memoria y comprobar que contuviera el video con las imágenes prometidas. Toño lo había invitado a desayunar a su casa en Villa Campania, con el único objetivo de tratar ciertas instrucciones que el Senador Rogelio Palmira le había dado el día anterior. Pablo sabía que Toño no había querido decirle nada para asustarlo, pero en definitiva, estaba seguro que no lo iban a felicitar por todo lo ocurrido en la Universidad de Sucre, especialmente en su posesión.

-Me esperas aquí, Nacho, no creo que me vaya a demorar- dijo Pablo Emilio bajándose del vehículo.

Se había vestido casual para la ocasión. Llevaba puestos un par de tenis color blanco y azul, unos jeans gastados, una camiseta polo sin encajar y por último unos lentes oscuros de diseñador que le habían costado un ojo de la cara. Caminó los pocos pasos que los separaban de la caseta de vigilancia a la entrada del conjunto.

-Buenos días, doctor- dijo el conserje sin conocerlo.

-Buenos días, el apartamento del señor Antonio Cabrero.

-¿De parte de quién, doctor?

-Pablo Emilio Santís.

-Ah sí, claro, doctor, por favor siga, lo están esperando. Siga, siga. Es en la Torre 1, el apartamento 4, pero siga doctor, no se me asolee.

Santís nunca había entrado a Villa Campania, pero le pareció que todos los que le había hablado de aquel conjunto residencial habían exagerado al decir  que “era como vivir en Miami”. Era un lugar muy bonito y lujoso, pero hasta donde él tenía conocimiento, en Miami la gente prestante no vivía apelotonada como ganado, compartiendo su espacio vital con arribistas y trepadores.

No le fue difícil encontrar el apartamento, un enorme 4 tallado en madera indicaba la puerta del primer piso de la Torre 1, donde lo esperaban sus anfitriones. La empleada del servicio no tardó en abrir la puerta, luego que él tocara el timbre con suavidad.

-Doctor Santís, por favor, pase, pase- dijo la empleada.

-¿El portero le avisó que venía en camino?

-Sí, doctor, pase, los señores lo están esperando.

Pablo Emilio siguió la dirección señalada por la empleada. El apartamento estaba pintado de un blanco inmaculado con una sala de visitas con muebles y un par de cuadros vanguardistas. El comedor estaba en la siguiente división, junto a las enormes puertas corredizas que daban acceso a la piscina. Sin duda la vista era exquisita.

Toño Cabrero leía el periódico, vestido con un traje de color negro y una corbata roja. Eloisa estaba justo a su lado, hermosa como siempre, con un traje enterizo de color rojo, ajustado al cuerpo, sin mangas, con la falda a la altura de la rodilla. Tenía el cabello amarrado en una cola de caballo, igual que Mariana Montegarza, la tarde mortal en que Pablo la había visto por primera vez.

A Santís no le gustó para nada que Eloisa se viera tan nerviosa.

-Buenos días, si me hubiesen dicho que era un desayuno tan formal, me hubiese vestido para la ocasión.

-¡Pablo Emilio!- dijo Toño Cabrero levantándose para darle la mano- ¿Cómo estás? Por favor siéntate. ¡Niña, por favor un tinto para el doctor Santís! Pero siéntate, no, nada formal, sólo que tengo muchísimas cosas que hacer y pues es mejor estar listo de una vez.

-Sí, me imagino. Eloisa, Buenos días, que hermosa te ves esta mañana.

-Buenos días, Pablo- dijo ella sin mirarlo a los ojos.

-¿Qué quieres de desayunar?- preguntó Toño como el buen anfitrión que era.

-El tinto está bien.

-¿No quieres unos huevitos revueltos? ¿Unos patacones? ¿Una arepita?

-No, gracias Toño, la verdad quisiera que tratáramos nuestro asunto de una vez por todas.

-Aquí tiene, doctor- dijo la empleada colocando el tinto justo frente a Santís.

-Tania, tráeme el bolso por favor- dijo Eloisa inexpresiva- Necesito que vayas a la tienda y traigas las cosas para el almuerzo, ¿tienes la lista que hicimos esta mañana?

-Sí, señora.

-Toma, esto será suficiente- dijo Eloisa entregando dos billetes de $50.000 a la empleada.

Santís escuchó los pasos de la empleada seguidos del sonido de la puerta cerrándose.

-Gracias, mi amor- dijo Toño- esto no se puede hablar en frente de los perros.

-Bueno, estoy escuchando Toño- dijo Santís.

-Para mí no es fácil decirte esto, Pablo, pero el Senador Palmira no está contento con todo lo que ha ocurrido en la Universidad, esto tendría que haber sido una transición pacífica y se convirtió en un caos.

-No podía ser una transición pacífica, había un estúpido amarrado a la puerta de mi sitio de trabajo. Tenía que hacer algo.

-¿Y lo mejor que se te ocurrió fue meterle dos bombas a la Universidad? Tú sabes lo delicada que es la situación allí y no podemos darnos el gusto de perderla.

-Yo no hice volar nada.

-¿Crees que por haber enviado a alguien tienes las manos limpias? Teniendo en cuenta tu… indolencia, no creo que hayas tomado las precauciones para que todo esto no te estalle en la cara. El Senador Palmira por supuesto no quiere verse salpicado por TU desastre.

-Yo no hice volar nada, y no hay ningún desastre. Kike Narváez está en la cárcel por lo sucedido en la universidad y no hay ninguna prueba que me acuse.

-Eso es lo que tú crees, en esas universidades hay muchos muchachitos tontos tomando fotografías y videos ¿quién nos garantiza que no van a publicar una prueba hoy, mañana o dentro de un mes?

-Eso no va a ser posible.

-No puedes garantizar nada, Pablo Emilio, el senador Palmira quiere que renuncies de inmediato a la rectoría de la Universidad y te largues de Sincelejo de una vez. Está dispuesto a pasarte una mensualidad por un año, hasta que te instales en donde tú quieras… España, Estados Unidos, Japón… donde tú quieras.

-O sea que me quieren exiliar.

-Tómalo como una oportunidad de empezar una nueva vida. Tú sabes, de olvidarte de tu pasado… tan poco apropiado.

La tensión de la conversación se interrumpió por el sonido del timbre, seguida de unos golpes en la puerta.

-¿Ya regresó la empleada?- preguntó Toño.

-No puede ser ella, tiene llaves- dijo Eloisa levantándose de la silla.

Santís quedó observando a Toño Cabrero unos minutos y se preguntó si de verdad creía que era tan inteligente como creía. Eloisa no tardó en regresar.

-Buenos días- dijo la voz fuerte de un hombre.

Dos hombres monumentales con uniformes de policía entraron delante de la señora de Cabrera.

-Te lo dije, Santís, ya te vinieron a buscar- dijo Toño sonriendo.

-Estamos buscando al señor Antonio Cabrero- dijo el policía más grande.

-¿Qué?

-¿Es usted el señor Cabrero?

-Sí, soy yo ¿por qué? ¿Qué vienen a buscar en mi casa?

-Señor, tenemos una orden de captura en contra suya, por terrorismo, intento de homicidio y concierto para delinquir.

-Esto tiene que ser un hijueputa chiste- dijo Cabrero- ¿En qué momento hice yo todo eso?

-Usted está sindicado de la activación de dos artefactos explosivos en la Universidad de Sucre en el día de ayer. Por favor acompáñenos.

-¡NO! ¡Suéltenme, no se atrevan a ponerme las manos encima! ¡Yo no hice nada!

-Por favor, Toño, deja el escándalo, todo el mundo se va a enterar- dijo Eloisa pegada a la pared.

-¡Yo no hice nada! ¡Fue él, fue Pablo, él puso las bombas, yo lo sé, yo lo sé!

-Si tiene algo que declarar lo hará frente al fiscal, señor Cabrero- dijo el policía terminando de sacar a Antonio Cabrero de su casa para siempre.

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