Capítulo 9.

Vislumbraba el fulgor de la noche sincelejana a través de sus cortinas entreabiertas. Pablo Emilio Santís había dejado las ventanas descubiertas para poder fumar a gusto sin que el olor del cigarrillo barato se quedara pegado en todo el apartamento. De todos los vicios de pobre que aún le quedaban, el de aquel cigarrillo de cajetilla roja, era el único que no se había podido quitar. Había empezado a los 11 años, en Palmarito, el pueblo perdido de La Mojana en el que había nacido y crecido. Recordaba con resentimiento sus años en aquel lugar olvidado de Dios y de la suerte, donde los días eran tan parecidos unos a otros que costaba diferenciarlos entre sí. Su padre tenía una pequeña parcela donde cultivaba arroz en la temporada y su madre se dedicaba a cocinar lo poco que él conseguía.

Hasta el día de su graduación, Pablo había aceptado su vida aburrida y sin sobresaltos, hasta el día funesto en quela chalupa que conducía a Mariana Montegarza se quedó varada en la orilla del pueblo. Como era costumbre los domingos por aquella época, había pasado toda la mañana jugando fútbol con sus ahora ex compañeros de colegio para después calmar el calor con unas cervezas en la cantina del Viejo Jaime en la orilla.

La tertulia con sus amigos había girado en torno a los planes que tenían para el futuro. Pablo estaba platicando sobre la posibilidad de meterle el hombro a la parcela de su papá, para ponerla a producir todo el año, cuando vio a unos cuantos metros la chalupa avanzando a remadas hasta alcanzar la orilla. La primera que bajó fue ella, Mariana.

En medio de la sala del apartamento y fumando el cigarrillo de cajetilla roja, la vio en medio de sus recuerdos tal y como se veía aquella tarde. Llevaba un sastre blanco, impoluto, ceñido al cuerpo que dejaban ver sus piernas perfectas, pálidas y exquisitas. Llevaba el cabello negro carbón, recogido en una cola de caballo, justo debajo de un enorme sombrero que la protegía de las inclemencias del sol mojanero.

Sin prestarle atención a sus amigos, a pie descalzo y con una camiseta y una bermuda más viejas que él mismo, salió corriendo a ayudarle a aquella extraña a bajar de la chalupa. La mujer, aprovechando la voluntad del joven, le pidió que bajara también su equipaje, mientras el conductor intentaba darle una solución al problema. Pablo se preguntaba que hubiese sido de él, si el conductor en realidad hubiese resuelto el problema y a Mariana Montegarza no le hubiese tocado pasar la noche allí.

Los demás pasajeros, todos de Majagual, el destino de la chalupa, habían encontrado un amigo o un pariente donde quedarse. Mariana, guardando siempre su compostura, le pidió información a Pablo, quien sin dudarlo le ofreció su casa y su hamaca para que pasara la noche. Ella aceptó de inmediato. La Mariana que entró a la casa de Emil Santis, el padre de Emilio era completamente diferente al ángel inalcanzable que había descendido de la chalupa aquella tarde. Era capaz de reír, de compartir con sus anfitriones, que la recibieron como a una hija y hasta de comer con los dedos. Iba en una misión humanitaria a Majagual, según le contó a Pablo y a sus padres, y tenía la obligación de reportar los daños en aquel municipio luego de la última inundación.

A Mariana la pusieron a dormir en la cama que ocupaban los padres de Pablo, mientras ellos durmieron en la misma habitación, en la hamaca del muchacho, apretujados como serpientes. Pablo durmió afuera, expuesto a la intemperie y a los mosquitos, pero sin arrepentirse ni por un segundo de haberlo hecho.

Había logrado conciliar el sueño cuando sintió una exhalación ansiosa tocando su rostro. Por un momento creyó que las brujas de las que tanto hablaban las señoras mayores del pueblo habían llegado hasta su hamaca, volando sin piernas, reclamándolo. Pero al abrir los ojos, estaba ella, Mariana, desnuda y con el cabello cubriendo apenas sus senos erectos.

-Eres el hombre más lindo que he visto en mi vida- fue lo único que dijo.

Pablo todavía no entendía como había hecho aquella noche para quitarse la ropa e ignorar los mosquitos, para descargar la lujuria acumulada en toda su adolescencia con aquella desconocida que parecía estarlo disfrutando mucho más que él. Aunque habían pasado años desde aquel suceso, Pablo aún se excitaba al recordar cada suspiro, cada jadeo, cada gota de sudor, cada golpe, cada segundo que pasó en aquella hamaca con Mariana y donde por un segundo imaginó que quizás el amor sí era posible.

Al día siguiente, cuando despertó, Mariana Montegarza se había marchado no sólo de su casa y de Palmarito, sino de su vida, para siempre.

Por más que preguntó por ella en Majagual, a donde llegó con plata prestada de sus amigos, nunca le dieron razón alguna de aquella mujer. Desesperado por no poder continuar la búsqueda por falta de dinero, decidió cruzar todos los límites. Sin el conocimiento de sus padres, puso en venta la pequeña parcela donde el señor Emil cultivaba arroz y rápidamente halló comprador. Las escrituras que su padre conservaba en un viejo baúl sin candado en el único cuarto de la casa y que habían sido una donación del Presidente de la República, pasaron a manos de alguien apellido Carriazo que le dio a cambio $4.000.000. Ni siquiera se detuvo a preguntarse qué sería de sus padres, sino que tomó el dinero y se largó para siempre de Palmarito.

Pablo se levantó del sillón que adornaba el salón comedor y se dirigió con su cigarrillo encendido hasta el mirador de su apartamento, en el piso 14 de la Torre F, en pleno centro de Sincelejo. Se quedó allí observando desde su posición privilegiada todas las luces de la ciudad, allí a sus pies, la misma a la que había llegado hacía tantos años y donde tuvo que hacer de todo para sobrevivir. Lo había logrado, con éxito, ahora tenía poder, posición y hasta dinero, pero aquel poder era transitorio y efímero, sabía con quien se había metido y que un error lo sacaría de la jugada para siempre.

Había arrojado el filtro del cigarro al vacío, cuando escuchó el sonido de la cerradura en su puerta. Ni siquiera se movió, sólo había una persona que tenía llaves de su apartamento y era precisamente la persona que estaba esperando.

-¿Qué haces acá afuera?- preguntó Eloisa Saenz, ubicándose a su lado, en el mirador.

-Pensando.

-Toño quiere verte.

-Yo no lo quiero ver a él.

-Pablo, esto no es opcional. Tiene instrucciones claras de Palmira.

-¿Con que excusa te escapaste de su casa?

-Fui a hacer mercado. Enciende el teléfono.

-No, no quiero escuchar a tu marido, el cachón, diciéndome lo que tengo que hacer. Estoy manejando bien la situación.

-Lo sé, pero tienes que responder ante Palmira y Toño es el conducto regular.

-Ya me entenderé directamente con Pamira- dijo Pablo Emilio sin mirar a Eloisa.

-Pablo, es por tu bien- dijo ella tocando su rostro con cariño.

-¿Me amas?- preguntó él.

-¿Qué?

-Que si me amas… ¿No estás escuchando?

-Sí te estoy escuchando y no, no entiendo por qué me estás haciendo estas preguntas precisamente ahora.

-Quiero saber que estás dispuesta a hacer por mí.

-Pablo, yo…

-O sea, nada… ¿todo fue sexo y ya?

-No, claro que no, yo…

-¡Entonces! ¿Qué estás dispuesta a hacer por mí, Eloisa?

-Estoy contigo Pablo, pero dime que al menos tienes un plan.

Pablo Emilio no alcanzó a responder. Un ruido chillón se había apoderado del apartamento. Un recado de Mensajería Instantánea había llegado a su tablet.

“Me dispongo a recoger el paquete en diez minutos.”

“Perfecto” respondió Pablo de inmediato “Aquí lo espero.”

Pablo tomó otro cigarrillo y lo encendió. Si todo salía como lo tenía planeado, no tendría de que preocuparse.

***********************************************************************

-Buenas noches tortolitos… ¡miren lo que me acabo de encontrar!- dijo Juancho Pedroza encendiendo las luces de su estudio, donde su hijo estaba dándose un apasionado beso con una de sus amigas- ¿Era esto lo que estaban buscando?

-Papi…- fue lo único que salió de la boca de Alex sin saber por dónde empezar a explicar, si por la caja fuerte abierta, o por estar besándose con Karen en el piso, en medio de la oscuridad.

-¡Sabemos lo que está haciendo!- dijo Karen dando un paso adelante, y poniendo el balón en el campo de juego de Juancho- ¡Usted sabe quien puso las bombas en la universidad y lo está ocultando!

-¿De verdad? ¿Y cómo sabes eso muchachita? ¿No deberías estar en tu casa, en lugar de estar en la calle a esta hora, besuqueándote con mi hijo?

-No cambie la conversación ¿cómo sabe que estábamos buscando esa tarjeta?

-Bueno, he estado aquí desde hace un rato,

-¿¡Qué!?- preguntó Alex agitando- ¿Nos estabas espiando?

-No, ustedes me están espiando a mí, abriendo mi caja fuerte y husmeando en mis cosas. Yo entré aquí, donde se supone sólo yo tengo acceso y pues, escuché todo. Al parecer estaban muy distraídos.

-Las luces, yo… – empezó a decir Alex, pero su padre lo interrumpió.

-Me pareció demasiado raro encontrar la casa a oscuras, como si alguien estuviera ocultado algo- dijo Juancho con una sonrisa burlona en su cara.

-¿Por qué quiere ocultar lo que pasó en la Universidad?- preguntó Karen indignada.

-¿A ti quien te dijo que yo quiero ocultar nada, muchachita? ¿Quiénes están detrás de todo esto? ¿Quién les dijo que yo tenía la tarjeta de memoria en mi poder?

-Eso no es importante ahora- respondió Karen- lo importante es que un inocente está pagando por algo que no hizo.

-Le tienes mucha fe a ese muchacho tan inocente como dices. ¿Cómo sabes que Kike Narváez no es el responsable de lo que ocurrió en la universidad? Te sorprendería saber lo que yo sé de él.

-Yo confío en Kike- dijo ella.

Juancho alcanzó a notar el gesto de rabia en los ojos de su hijo por una fracción de segundo.

-¿Acaso tienes algo con él?- preguntó Juancho.

-Claro que no, sólo quiero hacer justicia.

-¿Y tu Alex? ¿También quieres hacer justicia?

-Quiero saber por qué tú, que tanto hablas de corrupción y justicia estás haciendo esto, papi.

-No tengo por qué justificarme con dos muchachitos inmaduros que tienen que refugiarse en la oscuridad para poder expresar lo que sienten- dijo Juancho intentando dejar la habitación. Karen corrió hacia él y lo sujeto del brazo.

-Por favor, ayúdenos. Sólo queremos hacer las cosas bien.

-Papi, por favor. No me digas que vas a dejar que te compren.

-No es lo que tú píensas, Alex.

-¿Entonces qué es?

-No lo entenderías.

-¿Por qué crees que soy tan estúpido de no entender nada, papi? ¿Ah? ¿Por qué me tratas así?

Solo cuando Alex se enfrentó a su padre, Karen comprendió lo que su amigo le había querido decir hacía un rato con aquello de “lo hago por mi padre”. Juancho Pedroza se había quedado en silencio, inmóvil tras escuchar las palabras de su hijo.

-Por lo menos di algo, papi.

-Está bien. Les voy a explicar, pero quiero que queden dos cosas en claro, uno, yo no me estoy vendiendo y dos, este video lo tengo que entregar en menos de quince minutos.

-Pero…- iba a decir Karen, justo en el momento en que las luces de un automóvil las cortinas del estudio.

-Sólo confíen en mi ¿está bien?- dijo Juancho Pedroza- ¡Ya están aquí!

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