Capítulo 8.

Aceleró casi sin darse cuenta. Juancho Pedroza estaba tan distraído pensando en las pocas opciones que le había dado Pablo Emilio Santís, que apenas tuvo tiempo de frenar antes de chocar con una motocicleta que se había detenido justo delante de él.

-¿Qué? ¿Es qué no ves?- preguntó el muchacho de la motocicleta cuando Juancho lo rebasó.

No, no lo había visto porque tenía la cabeza puesta en otro lado tan distante que estaba desconectado de su vista, de su tacto y de todos sus sentidos.

Pablo Emilio Santís lo había invitado a almorzar aquella tarde en el exclusivo restaurante del Hotel Milán, casi en las afueras de Sincelejo. Lo encontró sentado en una mesa sencilla de dos puestos, justo al lado de una ventana enorme con vista a la llanura del Morrosquillo. Desde aquel lugar en los días más despejados era posible ver una línea plateada que señalaba el horizonte donde terminaba la tierra firme y empezaba el Mar Caribe.

Tenía un par de rasguños y moretones en el rostro, pero para haber estado en medio de un atentado que incluyó no una, sino dos explosiones se veía muy bien, perfectamente puesto, como en todas las ocasiones en que Juancho Pedroza llegó a toparse con él en las álgidas y renegridas reuniones de la política sucreña.

Pablo Emilio Santís había salido de la nada. Se rumoraba que era de algún pueblo perdido de la Depresión Momposina, que había escapado de allí luego de haber sido sorprendido por un esposo celoso en la cama de su mujer, que se había radicado en Sincelejo donde trabajó por mucho tiempo como scort, acostándose con las mujeres más ricas y feas de Sincelejo, hasta que conoció a Eloisa Saenz, aprendiz número uno del Senador Rogelio Palmira, el político más corrupto de Sucre y toda la región Caribe, preso por sus vínculos demasiado evidentes con los grupos de autodefensa.

Por supuesto, todo aquél pasado oscuro que le achacaban a Santís estaba en la fina línea entre lo real y lo imaginario y lo único que Pedroza podía confirmar con toda seguridad era que su ascenso había sido meteórico. En menos de 5 años había terminado su carrera de abogado, de la mano de los asesores más oscuros de Rogelio Palmira y cuando murió el rector de la Universidad de Sucre en sospechosas circunstancias, Santís había saltado como uno de los candidatos fuertes. El reglamento de la universidad exigía un grado de magíster para los candidatos a rector, pero evidentemente Santís sabía lo que hacía. En el alegato que presentó ante el concejo directivo con opción de copia al tribunal departamental, manifestaba que el reglamento no especificaba en que etapa de la maestría debía estar. Así que con apenas la inscripción en una universidad privada de Barranquilla, logró colarse dentro del grupo de candidatos y tal como se esperaba, le ganó a todos los demás con 4 votos a 1. El único voto que perdió fue el del representante de los estudiantes, Kike Narvaez.

Juancho se había sentado en la silla disponible en la mesa donde Pablo Emilio Santís degustaba un vaso de whisky en las rocas.

-Gracias por venir tan rápido.

-Pues, ¿qué te digo? Hablar con el nuevo rector de la Universidad de Sucre, luego de presenciar un atentado terrorista en su centro educativo… no es algo que yo dejaría pasar así como así.

-Precisamente de eso quería hablar contigo…

-¿En qué te puedo ayudar, señor Rector?

-Más bien, soy yo el que te puedo ayudar, Juancho. Tengo conocimiento que tu hijo es estudiante de la Universidad y que estuvo presente en el momento del atentado.

-Así es, Alex quiso quedarse aquí en Sincelejo y estudiar en una universidad exigente, afortunadamente está perfectamente. Hace un rato hable con él. Son buenas noticias.

-Pues yo te tengo noticias aún mejores. Alex acaba de ganar una beca completa para una maestría, patrocinada por la Universidad de Sucre, en la mejor universidad de los Estados Unidos. 3 años, todos los gastos cubiertos y sin ningún compromiso de su parte.

-Supongo que esa beca está condicionada ¿no es verdad?

-Digamos que es un pequeño intercambio de favores.

-¿Y cuál sería el “favor” que tendría que hacerte?

-Conociendo al montón de gente arribista que vive en Sincelejo, no tardarán en aparecer pruebas, videos, fotos, de lo sucedido esta mañana en la Universidad. Lo que necesito es que pongas un precio muy alto para esas pruebas y que todas me las hagas llegar a mí.

-¿Tú tuviste algo que ver en lo que pasó?

-Todo lo contrario, mi estimado Juancho, lo que quiero es encargarme yo mismo de los desgraciados que me hicieron esto.

-Ya tienen a Kike Narvaez en custodia.

-No estoy seguro que haya sido él, y en todo caso si lo fue, estoy seguro que no actuó sólo. Pero como te digo, esto ahora es mi problema. ¿Tenemos un acuerdo, Juancho?

Juancho había asentido con la cabeza, sellando el trato. De allí en adelante se comunicarían por correo electrónico. Pedroza pensó que sería directamente con Santís, pero el que se comunicó toda la tarde con él, se firmaba sencillamente como “JD”. Cuando vio que el novato amanerado de Freddy Gaviria tenía en sus manos la prueba más importante de lo sucedido en el atentado vio su oportunidad.

“Entrégame el video en “El Sol”, frente a la gobernación, 11 de la noche.”

Había asegurado muy bien la tarjeta de memoria en la caja fuerte de su casa. Vio el reloj en el tablero del automóvil. 9:30 de la noche, tenía tiempo de ir a comer algo primero antes de empezar a ejecutar su plan.

***********************************************************************

-Es por aquí- dijo Alex señalando el camino hasta la habitación que su padre utilizaba como estudio en el primer piso de la casa.

Karen lo siguió casi a tientas. Alex había apagado todas las luces y la oscuridad en aquel pasillo casi se podía tocar con las manos. En caso de que alguien llegara a la casa, el primer instinto que tendría sería encender alguna de las luces y ambos tendrían tiempo de reaccionar.

-Mi papá siempre deja una copia por aquí- dijo Alex, sin que Karen supiera a ciencia cierta dónde quedaba ese “por aquí”, al que su amigo hacía referencia- Aquí están.

El sonido tintineante de las llaves fue un alivio, no tanto porque fuera un paso necesario para el éxito de su descabellada misión, sino porque le permitía precisar la ubicación de Alex en la penumbra.

-Ahora sí, enciende tu celular- le dijo él en voz baja.

Karen rápidamente tomó su celular y presionó el botón que activaba la pantalla. Estaban frente a una puerta doble, con picaportes en forma de cabeza de león, que brillaban con una especie de fulgor plateado. Alex tomó una de las llaves y la encajó en una de las cerraduras. La puerta se abrió lentamente, como en una película de terror.

-Ven, entra- le dijo él.

Karen cerró la puerta con cuidado y con el celular en la mano empezó a iluminar el lugar. Los dos muros laterales estaban cubiertos por anaqueles que se extendía desde el piso hasta el techo, repletos de libros. En la pared opuesta a la puerta, una ventana decorada por una cortina y en medio un escritorio en forma de ele con un silla giratoria justo detrás.

-Parece de novela- dijo Karen, pero Alex no le prestó atención.

El muchacho se había dirigido hasta uno de los anaqueles.

-Ven, Karen, alumbra aquí, que no veo nada- dijo él.

Alex tomó uno de los compartimentos del anaquel con las dos manos. El compartimento se inclinó hacia adelante y luego Alex lo corrió a un lado, dejando ver una pequeña caja metálica con un teclado numérico sobre su puerta.

-¿Te sabes la clave?- preguntó Karen.

-No – dijo Alex- pero mi papá es muy predecible.

Alex marcó 6 números y tiró de la pequeña palanca que abría la caja. Nada.

-No puede ser

-¿Qué pasó?

-Juraba que la clave sería su fecha de cumpleaños.

-Tal vez la fecha de cumpleaños de tus hermanas o la tuya.

-No, vamos a probar con esta.

Alex marcó nuevamente seis números y tiró de la palanca. Abrió sin ningún problema.

Voilá.

-¿Cuál? ¿Cuál era la clave?

-La fecha de inauguración de “El Manifiesto”.

Alex abrió por completo la caja fuerte. Dentro había una pila de documentos, varios paquetes de dólares y otros más con pesos. Karen acercó la pantalla de su celular para poder ver bien. Alex empezó a remover con cuidado los papeles, y los mazos de billetes, pero al parecer su padre no los había organizado con cuidado, sino que los había apretujado. Tuvo que contener con una mano el contenido de la caja mientras buscaba con la otra, pero cuando vio la pequeña tarjeta SD, perdió la coordinación y los papeles y los mazos de billetes cayeron al piso.

-¡Alex!- chilló Karen, al escuchar semejante ruido.

-Ven ayúdame a levantar esto, tenemos que encontrar la tarjeta.

Karen, con la delicadez natural de las mujeres, tomo los papeles y los organizó con cuidado dentro de la caja, luego ubicó los mazos, primero los dólares y luego los pesos. Sobró espacio.

-¿La encontraste?- preguntó Alex.

-¿La tarjeta? No, no la he visto.

-Maldita sea, ayúdame a encontrarla. Alumbra por acá.

Karen se arrodilló sobre la alfombra del estudio y empezó a iluminar el espacio donde Alex buscaba impaciente.

-¿Estás segura que no la volviste a meter a la caja?

-Segurísima, todo lo revisé antes de meterlo.

-Debe estar por aquí.

Alex palpaba la alfombra con cierto desespero. Definitivamente no era el mejor momento para hablar de aquello, pero era el momento en que ella había encontrado el coraje suficiente.

-Alex.

-¿Qué pasó?- dijo él concentrado en el piso, sin prestarle atención a Karen.

-¿Por qué estás haciendo esto?

-¿Por qué estoy haciendo qué?

-¿Por qué me estás ayudando? Me imaginé que no tendrías intención de ayudar a Kike Narvaez.

Alex detuvo la búsqueda. Se sentó  sobre la alfombra, meditabundo.

-No hago esto por Kike Narvaez, Karen, lo hago por ti, por mi papá y por qué es lo justo. ¿Tú por qué lo haces?

-Quiero ayudar a Kike, pero no quiero perderte a ti Alex.

-Tú nunca podrías perderme, Karen- dijo Alex tomándola de la mano- ¿Cómo es que no te das cuenta?

Karen se acercó peligrosamente a Alex, dejando caer su teléfono celular, para acariciar su rostro.

-Sólo me doy cuenta que no te imagino fuera de mi vida, Alex. Eres tan importante para mí.

La luz del celular se extinguió y Karen sintió los labios de Alex presionando los suyos. Y de pronto fue como si escuchara una canción en su cabeza, una canción que había escuchado en algún lugar, sin poder precisar en donde. Una balada.

Crash me to the ground,

Silent and way sound,

Under my own fear.

And I

I didn’t see the signs that were around

and why?

My time was borrowed time

Where were the signs?

Descending life,

Torn to the skies,

Passing by the memories and you and I pretending.

Descending now,

Lights fading down…

Pero la canción se interrumpió de pronto. Alguien había encendido la luz del estudio. Ambos se levantaron del piso para ver a Juancho Pedroza con una pequeña tarjeta de color negro en la mano.

-Buenas noches tortolitos… ¡miren lo que me acabo de encontrar!

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