Capítulo 7.

Lentamente el agua empezó a recorrer cada centímetro de su cuerpo. Su cabello, sus ojos, sus labios, su cuellos, sus pechos firmes y voluptuosos, sus brazos finos y delicados, su ombligo claro y redondo, sus muslos, sus rodillas, sus pies y toda su intimidad. Cualquiera que hubiese visto a Karen, en aquel momento, en trance, bajo el efecto del agua, hubiese pensado que estaba completamente paralizada. Ni siquiera parpadeaba. Estaba perdida en las profundidades de su razón, donde la realidad y la fantasía parecían retorcerse hasta el punto en que no podía identificar entre lo cierto y lo imaginario.

Sintió de nuevo aquel vacío extraño en su estomago. Caía, con velocidad. Se golpearía y moriría allí, en aquella soledad inmensa sin que nadie acudiera a brindarle ayuda, sin que nadie la recordara. Moriría sola en medio de la nada, arrepentida de haber destruido todo lo que alguna vez había amado. Todo.

Llevaba puesto el mismo vestido color violeta, suave y ligero, tan ligero que podía sentir el aire circulando por su piel, como si fuera una corriente de agua fresca que tocaba cada uno de los diminutos sensores ubicados en su piel. Quizás morir no era tan horrible después de todo. “Si tan sólo no estuviera sola, todo sería perfecto” reflexionó por lo que creyó era una fracción de segundo, pero el tiempo no parecía tener sentido en aquel lugar. ¿Cuándo había empezado a caer? ¿Unos segundos? ¿Cinco minutos? ¿Un milenio? ¿Cuánto?

Quería dejarse llevar lentamente hasta la oscuridad que le sonreía del otro lado del abismo, hasta que sintió unos brazos cerrándose sobre sus hombros y agitándola con fuerza.

-¡Karen! ¡Karen! ¿Te quedaste dormida? ¡Karen!

Fue entonces que se dio cuenta que nunca había dejado el cuarto de baño. Estaba desnuda, sobre el piso, recostada a la pared. Como si de repente se hubiese desmayado. Estaba tan aturdida, que tardó en darse cuenta que las manos que la habían sacado de su pesadilla eran las de Freddy.

-¡Karen! ¡Despierta, nena, despierta!

-Freddy ¿Qué… qué me pasó?

-Llevabas como media hora en el baño y no me contestabas. Tuve que entrar. Pensé que te había pasado algo.

Sólo entonces Karen se dio cuenta que estaba completamente vulnerable y expuesta ante Freddy.

-¿Qué haces? ¡Sal! ¡Sal de aquí!

-Tranquila, que no eres mi tipo, mi amor. Pero está bien, te espero afuera. ¿Vale?

Karen no respondió tratando de cubrir su desnudez. Sólo cuando Freddy salió se levantó del piso, cerró la llave del agua y tomó la toalla que su amigo le había dejado junto a la puerta.

Se secó con cuidado el cabello y salió hacia la habitación, que evidentemente no era de Freddy. La dueña de aquella habitación definitivamente tenía buen gusto, un tanto anticuado quizás, pero exquisito sin duda. Extendido sobre la cama estaba el cambio de ropa que le había prestado su amigo, un par de jeans y una camiseta blanca. Karen se sorprendió que todo le quedara tan bien y tan ajustado y sólo entonces cayó en cuenta de lo raro que era Freddy en general.

Cuando apareció en la universidad a principios de semestre, pensó que era algo delgado y un poco arrogante, pero nunca se le cruzó otro pensamiento por la cabeza hasta ese momento. La repentina revelación le hizo comprender lo que su amigo le había querido decir hacía un rato con eso de “No eres mi tipo, mi amor”. Definitivamente no lo era.

Salió a un pasillo pequeño, pero bien iluminado, con un par de cuadros pequeños que le daban un toque de elegancia. Bajó por unas escaleras de madera hasta la sala, donde Freddy conversaba con otro sujeto. Karen tuvo que frotarse los ojos para verificar que no estuviera alucinando. Junto a su amigo estaba el hombre más atractivo que había visto en su vida. Parecía una versión mayor de Kike Narváez, quien en aquellos momentos debía estar empezándose a podrir lentamente en su cautiverio.

-Karen ¿Cómo te sientes?- preguntó Freddy levantándose. Llevaba puesta otra camiseta.

-Lamento que te hayas mojado hace rato, no sé en qué momento me quedé dormida. Ha sido un día muy largo, creo que estoy muy cansada.- respondió Karen.

-Karen, si te sientes mal, te llevo a tu casa…

-No, Freddy, estoy bien, necesito un tinto bien fuerte y ya. Más bien, dime ¿Qué pruebas tienes de que Kike Narváez es inocente?- dijo ella sentándose en el sillón, a 90 grados del sofá donde Camilo y Freddy ya estaban cómodamente ubicados.

-Bueno, primero te quiero presentar a mi primo, Camilo Naar. Camilo, ella es Karen Massier, la chica de que te hablé.

-Mucho gusto, Karen, Andrés Camilo Naar. – dijo el extendiendo la mano, que Karen tomó con rapidez.

-Igual, mucho gusto, Karen Massier.

-No sé si Freddy te ha contado, yo soy el editor jefe de “El Manifiesto”, soy su jefe.

-¿Cómo así? ¿Tú trabajas en “El Manifiesto”, Freddy?- preguntó Karen extrañada.

-Karen- dijo Camilo Naar mirándola fijamente a los ojos- Freddy estaba en la universidad haciendo un trabajo que yo le asigné, hace unas semanas mi jefe, Juancho Pedroza recibió información de que había un grupo terrorista en la Universidad de Sucre y que iba a haber un atentado, el principal sospechoso era Kike Narváez, así que le pedí a Freddy que lo investigara a fondo. Por eso se hizo pasar por estudiante.

-O sea que nos mentiste- dijo Karen, volteando a mirar a Freddy decepcionada.

-No, Karen, las cosas no son así, yo… – empezó a decir Freddy, pero ella lo interrumpió.

-Ya, por favor, no es necesario que te expliques, entiendo por qué lo hiciste, Freddy, ahora sí ¿qué pruebas tienes que Kike es inocente?

-Bueno, esta mañana, cuando Kike estaba amarrado al portón del edificio administrativo, yo empecé a grabar lo que estaba pasando. Y pues alcancé a grabar todo: el discurso de Kike, la llegada del rector, la explosión de la biblioteca y bueno todo lo que pasó después.

-¿Y?- preguntó Karen.

-Freddy fue hasta “El Manifiesto” con el video- dijo Camilo- me iba a dar el video a mí, pero yo había salido a almorzar. Así que lo atendió mi jefe, el dueño del periódico y bueno… cuéntale tú Freddy.

-Vimos el video, y bueno cuando lo vimos con cuidado había algo bastante interesante…

-¿Qué había o qué?- Karen empezaba a sentirse ansiosa.

-En el video se ve a alguien dejando una bolsa en la escultura de la plaza.

-¿Y quién era o qué?

-No lo sabemos, no lo pude identificar- dijo Freddy- pero si te puedo decir que no es ninguno de los miembros de “Doctrinas”, este sujeto es todo desgarbado, se veía fuera de lugar allí. Tampoco creo que sea estudiante, te digo, en la U hay gente de todo tipo, pero nunca he visto a alguien tan mal vestido allí.

-Sería fácil que alguien así pasara desapercibido con semejante desorden – aclaró Camilo.

-¿Pero no le han mandado el video a la policía, para que busquen a este tipo?- preguntó Karen casi gritando.

-El asunto es que Pedroza me quitó el celular apenas vio el video y no pude copiarlo en ninguna parte, salió como loco y no volvió más al periódico- dijo Freddy.

-Entonces hay que encontrar a Pedroza y pedirle que le mande el video a la policía- dijo Karen.

-No lo va a hacer- dijo Camilo- después que Freddy me contó lo que pasó, entré a su cuenta de correo…

-Oye, pero ¿cómo entraste a su cuenta de correo?- preguntó Freddy- ¿Cómo le hiciste?

-Tenía una contraseña muy obvia, pero eso no es lo importante. El asunto es que esta mañana alguien le envió un correo pidiéndole que si llegaba cualquier prueba sobre el atentado a “El Manifiesto”, se la hiciera llegar de inmediato. Lo que no entiendo es por qué Juancho accedió tan rápido… él no es de los que se vende.

-Caras vemos…- expresó Freddy con desidia.

-No, aquí hay algo más. Juancho no haría algo así, al menos no por plata.

-Bueno, bueno, bueno- dijo Karen llamando la atención de los dos- ¿Qué tengo que ver yo con todo esto? Freddy ¿Por qué me dijiste que necesitabas mi ayuda?

-Ese es el asunto, Karen, tenemos una oportunidad de salvar a Kike de esta injusticia, pero necesitamos que hagas algo.

-¿Qué puedo hacer yo o qué?

-Necesitamos que convenzas a tu amigo Alex que robe la caja fuerte de Juancho en su casa en Boston, pero tiene que ser hoy antes de las 11 de la noche.

-¿Pero cómo así? ¿Por qué Alex, Freddy?

-¿Cómo así, Karen? ¿Es que tú no sabes?

-¿No sé qué?

-Alex es hijo de Juancho Pedroza.

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Por enésima vez, Alex trató de armar el celular que Kike Narváez le había destrozado y por enésima vez no funcionó.

-Hijueputa- dijo en voz baja, tirándose boca arriba en la cama, derrotado.

A pesar de haber cumplido la mayoría de edad, la habitación de Alex, seguía teniendo cierto aire infantil que a cualquier otro le hubiese parecido extraño. Las paredes estaban pintadas con líneas verticales con dos tonos de morado, interrumpidas por afiches de animes japoneses y de clubes de fútbol europeo y sus sabanas estaban estampadas con motivos de colores. El viejo computador de mesa en el que había pasado horas y días enteros concentrado en su videojuegos, había dado paso a un computador portátil que le había regalado su papá para su grado de bachiller y que en aquél momento era lo más caro y moderno que se podía conseguir, pero que en la actualidad había quedado relegado al olvido, por la funcionalidad descomunal de los smartphones.

Frustrado por los intentos fallidos de reparar su teléfono celular, se levantó de la cama y se sentó frente a su computador portátil, por primera vez en meses.

Igual que hacía en su teléfono, lo primero que hizo en su computador fue abrir su perfil de facebook; estaba repleto de posts de sus compañeros lamentando lo sucedido en la universidad, los muertos los heridos y hasta mensajes para Kike Narváez, algunos de apoyo y otros, muchos más, de odio. Le pareció natural, la gente tenía una tendencia a masificarse ante las tragedias y las amenazas bastante predecible. Pero había algo que no era tan predecible en su perfil: tenía una solicitud de amistad: Sofía Martínez. Aceptó de inmediato. No tardó en ir hasta su perfil y ver cada una de sus fotografías, sin duda era hermosa y lo mejor era que había demostrado interés en él. Quizás era hora de olvidar el pasado y darse una oportunidad con ella.

“Gracias por la invitación, te acepto de inmediato” – le escribió, quizás esperando una respuesta, a pesar de no aparecer conectada. Alex seguía mirando las fotografías de aquella desconocida con cierta fascinación, cuando apareció un mensaje nuevo.

Karen: Hola Alex ¿Estás ahí?

Alex estuvo a punto de contestarle pero se arrepintió. No quería seguir en contacto con aquella mujer que tanto le dolía en el alma.

Karen: Alex, te estaba llamando, pero me acordé que tu teléfono se había roto. ¿Dónde estás?

Aquél mensaje tenía un efecto misterioso en él, de esperanza, de ilusión, de anhelo, pero todo aquello pasaba unicamente en su cabeza. Era sólo un espejismo, una quimera de la que debía salir antes que lo terminara de hundir para siempre en las sombras.

Karen: Alex si estás en tu cuarto, mira por la ventana.

Esta vez Alex no titubeó, se olvidó de los espejismos y las sombras y se levantó de la silla . Corrió las cortinas para hacer exactamente lo que aquella sombra detrás de la pantalla de su computador portátil le había ordenado. En la acera del frente, con una camiseta blanca y el cabello rubio mate recogido en una cola de caballo, con un celular en una mano y saludándolo con la otra estaba ella, la mujer que había amado en secreto por tanto tiempo que ya no lo podía precisar. Era Karen.

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