Capítulo 6.

Nada era visible en aquella celda oscura y calurosa donde lo habían confinado. La oscuridad era tolerable, pero no lo era la espantosa tortura que sentía circular con libertad en el interior de su cabeza. Por primera vez en mucho tiempo sintió miedo, un miedo tangible, líquido que recorría su cuerpo como una miel pegajosa que se adhería con fuerza a cada una de sus células, cada uno de sus músculos, cada uno de sus huesos. Siempre había dicho y en realidad creía que no le tenía miedo a la muerte, pero allí dentro, sin ninguna compañía, en el más absoluto silencio, la imagen de su cabeza estallando desde adentro empezó a dejar el plano de lo absurdo para convertirse en una posibilidad real.

Kike hubiese querido culpar a “El Socio”, a Karen, a Alex de su suerte maldita, pero hubiese sido injusto no sólo con ellos, sino con él mismo. El había tomado todas las decisiones que lo condujeron hasta aquel hueco del que estaba seguro, no saldría nunca, a menos no con vida. Sabía la clase de gente a la que se había enfrentado y había hecho lo que pensó que era necesario, pero las cosas se habían pasado de todo límite racional. En medio de aquel silencio y aquella oscuridad hubiese sido capaz de cambiar una extremidad por una pastilla para el dolor.

Pensó por un instante en su mamá, quien debía estar a aquella hora, tranquila en la terraza de su casa en El Carmen de Bolívar, quizás preguntándose por qué su hijo único tenía más de dos meses que no le regalaba una llamada telefónica. A eso había llegado toda su lucha, a sacrificar todo lo que era por una causa borrosa y difusa en la mitad del horizonte de las ideas.

Hubiese sido sencillo aprovechar las vacaciones de la universidad para ir a visitar a su mamá y a su abuelo, aquel viejo terco que era la persona que más quería en el mundo, pero la telaraña de compromisos y promesas hechas al vacío lo obligó a asistir a congresos en el exterior, a reuniones en la selva, a tertulias clandestinas en ciudades desconocidas que nada representaban para él. Pero era demasiado tarde para arrepentirse, demasiado tarde para sentirse culpable.

Llegó a tal grado de desesperación que empezó a odiar a Alex, no por haberlo golpeado, ni por Karen (ni mucho menos) sino por no haber logrado su cometido y haberle reventado la cabeza en mil pedazos como evidentemente había sido su intención. Pero incluso ese muchacho que parecía detestarlo tanto, había permanecido a su lado y se había preocupado por su bienestar, a diferencia de todos los que decían llamarse sus amigos. Quizás estaba siendo injusto, quizás sus amigos no tenían ni idea donde encontrarlo, pero quizás sí sabían y habían decidido esconderse, abandonarlo para siempre en aquel océano oscuro de enredos, mortificaciones y dolor, mucho dolor.

Se tomó la cabeza con ambas manos, sin poder controlar las lágrimas que fluían libremente sobre su rostro como un río en una cuenca de arcilla, sin ninguna resistencia, cuando la habitación se llenó de luz. Kike tuvo que cerrar los ojos, para que la reacción de la luz en su retina no multiplicara el dolor insoportable que sentía en su cerebro.

-Señor Narváez- escuchó una voz masculina, pero Kike no quería, ni podía abrir los ojos-Espero que haya disfrutado mucho su estadía en esta confortable habitación.

-Déjeme en paz, necesito llamar a un abogado, tengo derecho a hacerlo.

-Sí, pero esta conversación es extraoficial, Señor Narváez, ¿por qué no abre los ojos y conversamos mejor?

Kike abrió lentamente sus parpados, tratando de acostumbrar sus ojos lentamente al impacto de la luz. Todo estaba borroso, como si de repente hubiese perdido la agudeza de la visión. Se preguntó si el golpe en su cabeza tendría que ver con eso. Pero rápidamente todo en la habitación cobró nitidez, veía perfectamente, incluyendo al hombre que se encontraba frente a él en ese momento. No era un policía como había pensando cuando lo escuchó, era alguien que conocía.

-¿Usted que hace aquí?- dijo Kike, que estaba vestido con una sudadera y una camiseta demasiado femenina, que los policías habían encontrado en la casa de Karen para que no saliera desnudo de aquél lugar.

-Vengo a proponerle un trato, Señor Narváez- dijo Pablo Emilio Santis tomando una silla para sentarse frente a Kike que estaba tirado en el piso, recostado a uno de los muros.

-Yo no necesito ningún trato, yo necesito un abogado y ya… ¿Quién lo dejó entrar aquí? ¿Por qué no me han venido a interrogar?

-Tengo mis influencias.

-Usted no tiene ninguna influencia, el que las tiene es su jefe, el gordo asqueroso ese de Rogelio Palmira, usted es un pobre idiota que cree que tiene poder. Pero todo esto lo va a saber la prensa, cuando salga de aquí…

-Señor Narváez, ya sabemos que fue alguien del grupito que usted lidera el que puso las dos bombas, no hay que ser muy inteligente para saber que usted será el que va a asumir toda la responsabilidad. 3 muertos, varios heridos de gravedad… creo que se te va a ir hondo.

-Eso no es problema suyo, eso es entre las autoridades y yo.

-Claro, claro, yo sé que usted no tuvo nada que ver.

-¿Qué?

-Sí, tengo una prueba, usted podrá salir de aquí, libre, al igual que sus amiguitos que tanto esfuerzo hicieron por protegerlo. Sería una lástima que terminaran presos mientras un juzgado determina si los condena o no.

-¿Qué es lo que quiere?

-Nombres, ubicaciones, contactos, TODO, yo sé perfectamente quien es usted, esa pinta de estudiante pudo haber engañado a la monita que tenemos en la otra celda, pero…

-¿Karen? ¿Qué le hicieron?- dijo Kike levantándose del piso y empuñando la mano en un gesto amenazante.

-Nada, y no les va a pasar nada si nos ayudas.

-Yo no soy ningún sapo.

-Entonces atente a las consecuencias- dijo Santís, volteando para salir de la habitación- que pase bien, Señor Narváez.

-Igual para usted, Señor Rector, me hace un favor, me llama al que esté encargado de este lugar y le dice que ya estoy listo. Voy a confesar.

***********************************************************************

Hacía demasiado frío en aquella habitación. Karen se levantó del sillón donde había permanecido la última hora, durmiendo a ratos, y se dirigió a la puerta e igual que en las últimas siete ocasiones, estaba asegurada con llave.

-¡No nos pueden retener aquí! ¡Esto es un secuestro!- gritó Karen con la esperanza que alguien la escuchara.

Alex leía una revista viejísima que había encontrado en la mesa de centro, perfectamente cómodo en el sofá ubicado frente al sillón. Sofía tenía un espejo en la mano izquierda, mientras se aplicaba pestañina con cuidado.

-Oigan ¿No vamos a hacer nada? ¿Nos vamos a quedar aquí encerrados sin hacer nada?- preguntó Karen indignada.

-Pues, a mi no me pueden acusar de nada- dijo Sofía sin quitar la mirada del espejo- aquí la única que estás metida en problemas eres tú, querida.

-¿Yo? Por si no te has dado cuenta TODOS estamos aquí encerrados.

-En lugar de estarte quejando tanto, da gracias a Dios que nos metieron en este cuarto, con aire acondicionado y baño, y no en una celda llena de ratas y rateros.

-Yo no puedo creer esto ¿Alex? ¿Tú también estás feliz de la vida aquí porque hay baño?- preguntó Karen.

-No estoy feliz- dijo Alex cerrando la revista y colocándola en la mesa- pero tampoco gano nada preocupándome, estos procedimientos son demorados, tiene que venir alguien de la fiscalía y todo eso.

-Pero Alex, es que ni siquiera nos han dejado hacer una llamada, nos quitaron los celulares. ¿Por qué nos ha tenido aquí tanto tiempo?

-¿Qué es lo que te preocupa Karen?- preguntó Alex poniéndose de pie- ¿Te preocupa que nos tengan encerrados o que nos tengan encerrados SIN Kike Narváez?

-Pues sí, me preocupa que no lo hayan puesto junto con nosotros ¿Y si le hicieron algo?

-¿Por qué te preocupa tanto lo que le pase a ese man? ¿Ah? ¿Es que acaso tenías algo con él? Es eso ¿verdad?, por eso estaba sin ropa cuando yo llegué ¿verdad? Ustedes estaban…

Alex no pudo terminar la frase porque Karen le había mandado un manotón que le dejó ardiendo la mejilla y que obligo a Sofía a quitar los ojos del espejo.

-A mi me respetas, Alex- dijo Karen furiosa- Yo no tengo nada con Kike, lo encontré hoy y lo quise ayudar porque estaba herido y porque creo en lo que me dijo. Y en el caso en que sí lo tuviera, eso es algo que a tu no tiene por qué importarte ¿me entendiste?

-Sí, claro, a mi no tiene por qué importarme nada de tu vida- dijo Alex- si tú apenas si recuerdas que yo existo.

-¿De qué estás hablando?

Alex no tuvo oportunidad de contestar porque justo en ese momento la puerta que los mantenía cautivos, se abrió con un chillido agudo.

-Karen Massier, Alexander Pedroza, Carmen Sofía Aguirre- dijo un policía muy joven leyendo un papel- se puede ir, en este momento.

Karen escuchó los “Por fin” y los “Bendito sea Dios” de Alex y Sofía, que se quedaron en la habitación, mientras ella salía detrás del policía. Estaba realmente cerca de la recepción del Comando de Policía Departamental y fue justo allí donde le dio alcance al mensajero.

-Oye, oye, espera… ¿tengo que hacerte una pregunta?

-Puede reclamar su celular con la encargada de recepción- respondió el policía con una sonrisa medio fingida.

-No, no es eso ¿Por qué nos dejaron salir?

-Pues su amigo confesó todo.

-¿Kike?

-Sí, en realidad no debería decirle esto porque me pueden regañar… pero – dijo él en susurros- confesó que él había puesto las bombas en la universidad y que ustedes no tenían nada que ver con el asunto. El man es guerrillero.

Karen quedó en medio de aquel salón tratando de asimilar aquella información. No podía creer que se hubiese equivocado tanto con Kike, y que él la hubiese utilizado de aquella manera para ocultarse. “Estúpida, estúpida, estúpida” eran las únicas palabras que escuchaba en su cabeza en ese momento. Había sido una estúpida por confiar en Kike Narváez, un guerrillero, un asesino, al que ella había metido en su casa, al que había cuidado, al que le había cocinado, el mismo que le había visto la cara de idiota.

-¡Sofi!- escuchó decir a una mujer que corrió hasta el pasillo de donde salía ella junto con Alex. A él también lo estaba esperando su tío, Juancho Pedroza, el dueño de “El Manifiesto”.

Alex le regaló una mirada inexpresiva mientras, de camino a la salida, presentó a Sofía y a su tío. El grupo salió del lugar mientras ella se quedaba allí, sola, sin nadie que la fuera a buscar, sin nadie que la fuera a recoger y con el peso de la culpa y la equivocación sobre sus hombros.

Luego de reclamar su teléfono en la recepción, caminó lentamente a la salida, dispuesta a olvidar todo aquel asunto de una vez y para siempre. Pero justo cuando iba a tomar un taxi, escuchó que alguien la llamaba por su nombre.

-¡Karen! ¡Karen!

-¿Freddy? ¿Qué haces aquí?

-Supe que estabas aquí y te vine a ver.

Karen abrazó a Freddy, como tratando de aferrarse a la última esperanza de sentir algo más que dolor y culpa.

-Karen, mi amor ¿Qué te pasa linda?

-Me siento muy mal. Encubrí a ese tipo, a ese Kike Narváez, sin saber que era un… un delincuente.

-No, Karen, Kike no es ningún delincuente y puedo demostrarlo, pero nena, necesito de tu ayuda y necesito de tu ayuda ya mismo. 

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