Capítulo 5.

El pasillo que conectaba el ala de urgencias con la farmacia, estaba particularmente solitario a aquella hora de la tarde. Sofía, trató de caminar con toda naturalidad, como cualquier estudiante en prácticas, en aquella ala de la Clínica Santa Mónica. Su turno de 24 horas había estado bastante agitado, sobre todo con la llegada de los heridos de la universidad, pero afortunadamente había terminado sin novedad, salvo por un paciente que llegó casi llorando por un cólico renal ocasionado por un cálculo atravesado en su uretra. El procedimiento estándar, tal y como se lo habían indicado en clases, era administrar un antiespasmódico abdominal, seguido por un antiinflamatorio intramuscular, y un analgésico de rango medio; pero tenía tanta prisa que simplemente le ordenó a la enfermera de turno administrarle un narcótico suave para calmarle el dolor. Tal y como lo había previsto, al paciente no sólo se le calmó el dolor por completo sino que la expresión de bienestar en el rostro indicaba que la dosis le había quedado gustando.

De camino a la farmacia vio un par de enfermeras auxiliares conversando algo referente al día del amor y la amistad, al parecer a una de ellas le había tocado uno de los médicos y no tenía ni idea de que regalarle. Sofía recordó que en efecto el día del amor y la amistad sería el próximo sábado y la invadió la ansiedad de conseguir a alguien que la sacara para esa fecha.

La farmacia daba a la calle, junta a la puerta de evacuaciones que a esa hora permanecía cerrada con una enorme reja blanca, que sin embargo permitía el paso de la luz. Acariciándose el cabello con naturalidad, Sofía tocó la puerta. Casi al instante la puerta se entreabrió.

-Ábreme- susurró.

-Rápido- dijo el encargado de la farmacia, alguien a quien ella conocía muy bien.

Para ser la farmacia de la clínica más grande de Sincelejo, las existencias eran muy pocas, apenas las de atención básica para justificar los gastos inflados que pasaba la administración al fondo nacional de salud. Incluso supo de varias ocasiones donde pasaban facturas de drogas que los pacientes jamás habrían reclamado.

-Necesito lo que me conseguiste la otra vez- dijo Sofía.

-¿Cuántas?

-20

-La última vez pediste 5 ¿Por qué 20 ahora?

-Eso no es de tu incumbencia ¿me las puedes conseguir o no?

-Si fueras amable, hasta te las regalaría.

-No, gracias, Julio. Yo puedo pagar lo que valen. ¿Las puedes conseguir o no?

-Sí, pero, digamos que ahora van a subir de precio.

-No te las tires de avispado, Julio. Si se llega a saber que tú estás robando medicamentos, lo mejor será que te robes un par de envases de vaselina, porque la vas a necesitar cuando te metan a la cárcel.

-Créeme, preciosa. Si me llegan a descubrir, tú y muchos otros acá van a tener que tomar sus preciosos diplomas y limpiarse el culo con ellos.

-Yo no tengo diploma, Julio y tú eres el que estás robando. Yo sólo estoy comprando. Además si crees que alguien le va a creer más a un arrastradito como tú, que a un grupo de médicos serios, estás muy equivocado.

-Sólo quería que fueras un poquito cariñosa conmigo.

-No, eso no va a pasar. ¿Me vas a conseguir las pastillas sí o no?

-Sí, tengo un par por aquí. Las otras las puedes venir a buscar mañana.

-Está bien, siempre que sea al mismo precio.

-No hay problema.

Julio sacó de una de las gavetas un recipiente de plástico, de los mismos que usan para las muestras coprológicas, con dos capsulas dentro.

-Son 80- dijo entregándole el paquete a Sofía.

-Vale- dijo ella entregándole el dinero al auxiliar de farmacia.

Al salir de la clínica un grupo de policías estaban apostados en la puerta pidiéndole la identificación a todo el que fuera a entrar o salir del lugar. Por un instante se sintió nerviosa al recordar que llevaba las pastillas en su morral, pero al parecer sólo estaban revisando a los varones. Un hombre de unos 40 años, al que revisaban en el momento se atrevió a preguntarles por qué tanto protocolo para entrar a una clínica.

-Estamos buscando al de las bombas- respondió el policía que lo esculcaba- puede que esté herido y venga por acá.

-Si lo están buscando, no creo que venga para acá.

-Bueno, eso no lo sabemos.

Sofía tomó una moto al salir de la clínica y se dirigió al centro comercial. En realidad no tenía nada que hacer allí, sencillamente necesitaba un lugar donde no llamara la atención, donde pudiera pasar desapercibida. Fue directo hasta los baños, dentro del almacén, verificó que no hubiese nadie y entró en uno de los cubículos que cerró desde dentro con seguro.

Abrió el morral con cuidado y rápidamente sacó el recipiente con las dos pastillas, que compartían el color azul y el color blanco a mitades, con la palabra Narcozep  grabada en letras pequeñitas en la parte azul.

Se sorprendió de no poder abrir el recipiente con facilidad hasta que se dio cuenta que estaba temblando. Guardó las pastillas de nuevo en el morral, mientras los ojos se le llenaran de lágrimas y se pusiera la mano en la boca para que no la escucharan llorar. Volvió a sacar el recipiente con las pastillas y está vez logró abrirlo sin problemas. Tomó una pastilla y estaba a punto de colocarla sobre su lengua, cuando escuchó el timbre de su teléfono celular.

Guardó todo de nuevo, miro hacia arriba tratando de calmarse. Contestó la llamada.

-Aló, buenas tardes.

-Aló ¿Sofi?

-Sí, con ella habla ¿a la orden?

-Sofi, hablas con Alex Pedroza, el del bar ¿te acuerdas de mí?

La memoria traicionó por un segundo a Sofía, hasta que recordó el fin de semana que había salido con un par de compañeras de la universidad, la semana de las matrículas. Allí había tenido la oportunidad de conocer, conversar y hasta bailar con Alex Pedroza, y decir que había quedado impactada no solamente con el físico sino con la madurez del muchacho sería demasiado poco. Intercambiaron números aquella noche, pero ni él la había llamado, ni ella tampoco se había decidido a hacerlo. Ahora que él la llamaba, se sintió tan bien que olvidó por completo la pastilla.

-Sí, sí, claro Alex ¿Por qué tan perdido? ¿Ah?

Pues, en la universidad Sofi, tu sabes…

-Sí, yo también he estado bastante ocupada, con los turnos de práctica.

-Sí, recuerdo que me hablaste de eso… de hecho me estaba preguntando si estabas libre ahora.

-Sí, claro, acabo de salir.

-Es que necesito un favor enorme, Sofi ¿será que me puedes ayudar?

-Dale, con gusto ¿en qué te puedo ayudar?

***********************************************************************

-¿Estás seguro que podemos confiar en esa doctora a la que llamaste?- preguntó Karen mientras comprobaba el pulso de Kike.

-Claro que sí, es de confiar. Yo la conozco.- dijo Alex sentado en la misma cama de espalda hacia ella.

-¿Dé donde la conoces? ¿Hace cuanto?

-¿Es necesario que hagas tantas preguntas? ¿Cuál es el afán por defender a este tipo?

-Esto no es solamente sobre él, Alex, es sobre ti. ¿Y si se muere? ¿Tienes idea de lo que te puede pasar?

-Pues si tú y yo no decimos nada, no veo porque me tenga que pasar algo.

-No puedo creer que pienses así. Alex.

El cuerpo de Kike se movió con violencia y un escalofrío de pánico recorrió el cuerpo de Karen, que pensó que se trataba de una convulsión. En realidad estaba tosiendo. Alex se quedó observándola con un gesto a medio camino entre el dolor y la decepción.

-Mejor voy a llamar a Sofi, a ver si ya está cerca- dijo Alex saliendo de la habitación. No había terminado de marcar cuando escuchó el timbre de la puerta.

Al abrir la puerta, se encontró a la misma chica del bar, un poco ojerosa y despeinada, pero igual de hermosa que aquella noche. Siguiendo un impulso confuso desde lo más profundo de su subconsciente, Alex tomó a Sofia y la abrazó con todas sus fuerzas.

-Alex, Alex, me estás apretando mucho- dijo Sofia con algo de esfuerzo.

-Perdóname, Sofi- dijo ella- me alegra mucho que estés acá. Me da mucho gusto verte.

-A mi también, pero ¿Qué te pasó? ¿Cómo te hiciste esos golpes? ¿Te sientes mal?

-En realidad, no te llamé para que me vieras a mí…

-¿Cómo así?

-Acompáñame.

Sofía siguió a Alex hasta lo que parecía ser la habitación de aquella casa, que con la puerta y las cortinas cerradas cobraba un aspecto lúgubre. No le costó mucho tiempo deducir que estaban escondiendo algo.

En el momento en que Alex abrió la puerta confirmó sus sospechas. Un tipo fornido yacía desnudo sobre una cama, cubierto apenas con una sabana delgada hasta la altura del ombligo. Junto a él, una rubia con cara de estúpida, se mordía la uña del índice derecho. Evidentemente estaba nerviosa.

-Sofía, ella es Karen. Karen ella es Sofía, ella estudia medicina.

-¿Y quién es el que está tirado en la cama?- le preguntó Sofía a Alex ignorando por completo a Karen.

-Se golpeó la cabeza hace un rato y quedó así, no se ha despertado, por eso te llamamos.

-¿Por qué no lo han llevado a una clínica?- dijo Sofía acercándose a Kike, tomándole la cuenta de sus latidos mientras veía su reloj de pulso.

-Es, es complicado- dijo Alex.

-Alex, yo vine aquí necesitabas mi ayuda y estoy dispuesta a dártela, pero me tienes que decir que es lo que está pasando.

-Está bien…

-¡Alex, no!- dijo Karen casi gritando.

-Ella tiene razón, Karen, si nos está ayudando tiene derecho a saber.

-Le voy a tomar la presión, Alex pásame mi morral porfa… gracias. Ahora sí, cuéntame.

-Es Kike Narvaez- dijo Alex.

-¿El de “Doctrinas”?- preguntó Sofía sorprendida, volteando para ver a Alex.

-Sí, le echaron la culpa de lo que pasó esta mañana en la universidad.- dijo Karen aún más nerviosa que antes.

-¿Las bombas?

-El no puso esas bombas, estoy segura- dijo la rubia.

-¿Cómo estás tan segura?- preguntó Sofía mirando a Karen a los ojos por primera vez.

-El me lo dijo.

Sofía compartió una mirada de compasión con Alex, justo antes de tomar una linterna minúscula que pasó por las pupilas del paciente.

-Estaba tosiendo hace un rato- dijo Karen sin que nadie le preguntara nada.

-Bueno, eso confirma mis sospechas- dijo Sofía.

-¿Qué? ¿Qué tiene?

-Está dormido.

-Pero si se golpeó la cabeza y después no despertaba…

-Sí, me imagino que algún momento paso a conciliar el sueño… tenemos que esperar que despierte.

-¿Estás segura?

-Claro que sí, no soy ninguna estúpida- dijo Sofía, volteándole los ojos a Karen.

Sofía metió en su morral todos sus objetos, excepto su celular. Alex se acercó a ella, mientras Karen seguía al lado de Kike.

-Perdóname, no quería meterte en todo esto- le dijo Alex suavemente.

-No te preocupes- dijo Karen mirando algo en su celular- pero sabes, me duele que me hayas llamado ahora, sólo para esto, después de esa noche, pensé que quizás nos podríamos conocer y no se qué otro montón de basura…

-No, no Sofi, yo la verdad sí quería conocerte, pero…

-Pero nada, Alex, me imagino que Kike no se cayó solo, ustedes estaban peleando ¿verdad? Tú lo encontraste aquí, desnudo, con ella y te enfureciste.

-Sofi, yo…

-Alex, no trates de engañarme, más bien deberías preguntarte si alguien valora lo que estás sintiendo.

-Sofi, yo, la verdad…

-¡Está despertando!- dijo Karen.

En efecto Kike Narvaez empezaba a abrir los ojos lentamente, mientras Sofía y Alex se acercaban a él.

-¡Kike! ¡Kike! ¿Estás bien?

-Apártate, por favor- le dijo Sofía a Karen haciéndola a un lado y sentándose junto a Kike- Hola, te voy a hacer unas preguntas ¿vale? ¿Me las puedes contestar?

Kike asintió con la cabeza.

-¿Cómo te llamas?

-Kike, Manuel Enrique Narvaez Agudelo. ¿Quién eres tú?

-Sofía, te estoy atendiendo. ¿Sabes qué fecha es hoy?

-Septiembre, 16 de Septiembre, lunes.

-Muy bien Kike ¿Recuerdas cuántos años tienes?

-26

-Te duele algo.

-Me duele la cabeza un poco ¿qué me pasó?

-Quedaste inconsciente, por un golpe que te diste.

-No, yo no me di ningún golpe, me empujaron.

Sofía observó a Alex, mientras Karen permanecía inquieta a un lado de la habitación.

-Lo mejor es que me vaya de aquí- dijo Kike levantándose de la cama.

-No, Kike, todavía no estás bien- dijo Karen alarmada, acercándose a él.

-No quiero ocasionarte más problemas con tu amiguito…- dijo Kike- dime donde está mi ropa y me voy de inmediato.

-Kike, no, espera- dijo Karen intentando detenerlo, justo antes de que un ruido monstruoso sacudiera la casa, seguido de gritos y pasos.

Karen creyó por un instante que había explotado otra bomba en la puerta de su casa, hasta que a la habitación entraron cinco tipos vestidos completamente de negro, con unos extraños cascos en la cabeza, cargando armas enormes, apuntándoles directamente.

-Todos quietos, manos arriba- decían todos al tiempo.

Karen, Sofía, Alex y Kike no entendieron bien que era lo que sucedía, hasta que un sujeto vestido de negro, pero sin casco entró a la habitación.

-Buenas tardes, señores y señoritas, están todos bajo arresto.

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