Capítulo 4.

Obligado por la ridiculez de las circunstancias, Pablo Emilio Santis permanecía de pie junto a la única ventana de su habitación, vistiendo apenas la humillante bata que le habían asignado las enfermeras, mientras el personal de la Clínica El Prado verificaba su estado de salud.

Permaneció un rato junto a la ventana de la habitación y desde donde era posible ver todo el esplendor de aquél centro médico que hasta hacía unos 20 años no era más que un insignificante consultorio médico frente a la avenida Las Peñitas. Todo eso cambio, por supuesto, con la Ley 100, misma que desvió al sector privado los cuantiosos recursos de la salud pública, en su mayoría provenientes del optimismo negligente de los colombianos, capaces de quitarse la comida de la boca, para comprar la lotería.

La Clínica El Prado había empezado con 3 consultorios y el espacio de la recepción, y era la manera en que los médicos sincelejanos de aquella época completaban el salario que les pagaban en el Hospital Departamental, para que con la entrada extra, alcanzara para la cuota del carro, o para la del apartamento en Barranquilla, o simplemente para los pases de coca de sus hijos adolescentes. 20 años después, la Clínica había crecido como un monstruo que amenazaba con tragarse entera toda la cuadra. Además de haber comprado la pequeña edificación donde había tenido sus inicios, El Prado se extendió hacia atrás hasta encontrar su salida al otro lado, a la calle opuesta a Las Peñitas, dejando atrás un rastro de despilfarro que muchos confundían con progreso.

Santís se encontraba en uno de los 3 edificios nuevos con que contaba la clínica, en el área de hospitalización, que tenía más parecido con un hotel de lujo que con un hospital y que estaba destinado para los pacientes más selectos. Se preguntó si acaso no se había equivocado de sector y hubiese sido preferible meterse en las cuestiones de salud y no en el remolino de mierda que era la educación.

Se sentía incomodo con aquella bata que dejaba su espalda y sus nalgas al descubierto, mucho más cuando uno de los enfermeros que entró para tomarle la presión y la temperatura lo quedara mirando como si él fuera algún tipo de estrella de la pornografía o algo parecido.

La onda expansiva de la primera explosión en la Universidad de Sucre lo había arrojado a los matorrales junto al edificio administrativo y de ahí se dirigió casi a rastras hasta la bahía de entrada, donde Jairo, el guardaespaldas que le habían asignado, lo estaba esperando. Era tal el susto que tenía, que ni siquiera se acordó del carro que había dejado parqueado dentro de la universidad. Apenas pudo recobrar el aire y el sentido de la realidad, Santís le pidió a su guardaespaldas que lo llevara a la clínica, y aunque se sentía bien, sabía que aquello era lo correcto en ese momento.

A diferencia de los pobres desaliñados que tenían horas esperando que los atendieran por urgencias, a él lo trataron como rey desde que hizo su no tan magistral entrada. El médico de turno, un muchachito que tendría la edad de su hijo menor, lo valoró de inmediato y le ordenó cuanto examen se le ocurrió, por supuesto mientras se los hacían le asignaron el cuarto donde se encontraba en aquel momento.

No tenía ni idea cuantas resonancias, ni cuantas radiografías le habían hecho, pero no le quedaba otra opción. Cuando se aburrió de ver el caos en el que se convertía la Avenida Las Peñitas, justo antes de las 2 de la tarde decidió recostarse y tomar una siesta.

Estaba a punto de quedarse dormido, cuando sintió que alguien lo estaba mirando. En efecto, una mujer alta, trigueña, de cabello negro lacio y con un impecable sastre de color rojo carmín estaba de pie junto a la puerta.

-Buenas tardes, dormilón- dijo Eloisa Saenz de Cabrero caminando hasta la cama donde él se encontraba y plantándole un beso suave e intenso en su mejilla derecha.

-No pensé que ibas a venir- dijo Santís un tanto ofendido.

– Tú sabes que sí, pero no es conveniente que nos vean juntos tanto tiempo y tú sabes por qué. Además me estaban dando instrucciones precisas.

– ¿Instrucciones de quién?

– Me llamó Toño, está en el aeropuerto, se viene esta misma tarde por Montería.

La idea de que el marido de Eloisa estuviera en camino para Sincelejo, no le agradaba para nada.

– ¿Qué viene a hacer para acá?

– Viene a encargarse de todo.

Nosotros, nos estamos encargando de todo. No le voy a permitir que se entrometa en mis asuntos.

– A ver, Pablo, esto no es opcional, el mismo Palmira lo envió. No le está gustando para nada como estás manejando todo.

– Dirás, como estamos manejando todo, querida.

– Como sea, el asunto es que Toño viene para acá con instrucciones precisas de Palmira y tenemos que acatarlas.

– Lo único que se te decir, Eloisa, es que tu marido va a venir a perder el tiempo aquí, yo tengo todo bajo control y nadie se va a ganar aplausos con el trabajo que he hecho y eso te lo voy a demostrar en este momento.

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Lo primero que se le ocurrió a Alex fue cerrar la puerta de la calle y pasarle el cerrojo. Karen estaba junto a Kike Narvaez, llorando con su cabeza en el regazo.

-¿Por qué no despierta, Alex? ¿Por qué te pusiste así?

A Alex le parecía increíble que Karen le hiciera esa pregunta. Se preguntó si era posible que en tanto tiempo de andar juntos para arriba y para abajo ella aún no se diera cuenta.

-Alex, tenemos que llevarlo a un hospital, a una clínica.

-¡NO!- dijo Alex previendo por primera vez las consecuencias de sus actos.

-¿Por qué no?- dijo ella entre lágrimas- Si no lo llevamos, se va a morir.

-¿Está vivo?

-No- dijo Karen- No sé, no siento que esté respirando. Alex por favor tenemos que llevarlo a un hospital.

-No, si lo llevamos a un hospital, la policía lo va a agarrar- dijo Alex, ocultando la verdadera intención de sus palabras.

Karen no tuvo ocasión de responder a semejante contradicción, porque justo en ese momento alguien tocó la puerta.

-¡Señora Dania! ¡Karen! ¿Hay alguno en casa?- se escuchó la voz de una mujer del otro lado de la puerta.

Karen y Alex se miraron a los ojos en una señal de complicidad sin límites.

-Abre – le dijo Alex a Karen sin voz- Yo me lo llevo al cuarto.

Karen vio como Alex tomaba a Kike de los hombros y lo arrastraba con cuidado al cuarto donde hasta hacía unos momentos el líder estudiantil tomaba tranquilamente un plato de sopa junto con ella. Se arregló un poco el cabello, se pasó la mano por la ropa, todavía sucia y se dispuso a abrir la puerta.

-Buenas, Señora Luz Dary ¿Qué se le ofrece?

-¿No está Dania?

-No, está Barranquilla, se fue en la madrugada ¿Por qué sería? – dijo Karen tratando de disimular los nervios atroces que le tenían el corazón acelerado.

-Es que me pareció escuchar unos ruidos muy raros de acá- dijo la señora Luz Dary, que a sus 84 años no se le escapaba una.

-Ah, era la televisión, la tuve prendida un rato mientras hacía el almuerzo.

-No parecía la televisión, mija linda- dijo la señora Luz Dary prestando atención a la sala.

-Pues ahí sí no sé, señora Luz Dary ¿Se le ofrece algo más?

-¿Qué hiciste de almuerzo?

-Sopa, nada más.

-¿Te quedó un poquito? Es que la hija mía mando a comprar arroz chino y yo no como esa porquería. ¿Me podrías regalar lo que te haya quedado?

-Es que no me quedó nada, señora Luz Dary- mintió Karen, sabiendo que había quedado más de la mitad.

-Ay, mija linda, revisa para ver- dijo la señora Luz Dary entrando sin permiso a la casa, como tratando de descubrir algo fuera de lugar.

A Karen no le quedó más remedio que ir hasta la cocina y verter en una olla pequeña, los restos de sopa que le habían quedado luego que ella y Kike almorzaran. Karen observó muy bien el lugar. A pesar de la pelea de Alex y Kike, nada parecía mal puesto. La puerta del cuarto permanecía cerrada.

-Listo, Señora Luz Dary, aquí tiene- dijo Karen entregándole la ollita llena de sopa.

-Ay mi amor, que Dios te bendiga- dijo la anciana tomando la comida y caminando con dificultad hasta la puerta.

Karen ya se sentía aliviada, cuando justo antes de llegar a la puerta, la señora Luz Dary dio la vuelta y le dijo en voz baja.

-Deberías limpiar esa sangre que está en la mesa de centro, no vaya a ser que venga tu tía y se dé cuenta.

Karen trató de disimular una sonrisa como si lo dicho por la anciana, hubiese sido solamente una broma, pero cuando cerró la puerta lo primero que hizo fue buscar la misma esponja de lavar los platos y pasarla por la mesita, que además estaba fuera de lugar.

Tuvo que sacar fuerzas de donde no las tenía para abrir la puerta de su habitación. Alex tenía la cabeza recostada sobre el pecho de Kike, quien estaba completamente desnudo e inconsciente sobre la cama de su tía.

-Sí está respirando- le dijo Alex cuando la vio entrar- pero me preocupa que no despierte.

-Había sangre en la mesa, la vecina se dio cuenta.

-¿Qué? ¿Y si llama a la policía?

-No, no, no creo, a ella nadie le para bolas. Ya está muy viejita… ¿De dónde le está saliendo la sangre?

-Yo lo revisé, y sólo tiene abierta la herida del brazo.

-No podemos esperar aquí a que despierte, ese golpe que se dio en la cabeza fue muy duro ¡tiene que verlo un médico!

-No creo que haya sido más duro que el que yo me di. Pero en fin.  ¿Tienes minutos en tu celular? Usaría el mío, pero tu amigo me lo reventó contra el piso…

-Sí, si tengo minutos ¿Por qué? ¿A quién vas a llamar?

-A alguien que nos puede ayudar.

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