Capítulo 3.

Desde la soledad de aquella habitación extraña y desconocida, tendido en aquella cama ajena y mirando fijamente al emperifollado ventilador de techo suspendido encima de él, Kike Narvaez intentó comprender la cadena de eventos que lo había arrastrado hasta aquella absurda situación.

Había nacido en el Carmen de Bolivar, en el mismo año, en el mismo mes y en la misma semana, en que un brazo del Huracán Joan tocara las costas colombianas causando la peor inundación vista jamás en aquel pueblo perdido entre los cerros de los Montes de María. Se acostumbró a que sus cumpleaños fueran más una ocasión de conmemoración histórica de aquella tragedia aislada, en lugar de una celebración por su nacimiento, escuchando siempre los comentarios anarquistas de su abuelo, refiriéndose a lo que hubiese pasado, no lo permita Dios, si no hubiese sido un brazo del huracán lo que hubiese tocado aquella tierra, sino el mismísimo ojo de la tormenta. “Nos hubiese borrado del mapa y con estos gobiernos de mierda, lo mismo les hubiese dado” solía decir.

Pero para su cumpleaños número 7, las memorias históricas de Joan pasaron a segundo plano con las incursiones terroríficas del ejército insurgente que se escondía en los enormes cerros que rodeaban a la población. Kike recordaba como en los primeros días de las incursiones, todos los habitantes estaban con los pelos de punta y más de uno agarró sus motetes y se largo por el camino más rápido que encontrara. Incluso, su mamá ya tenía palabreada una casa por los lados de Santa Marta, donde esperaba emplearse como cocinera en un hotel de lujo en El Rodadero. Pero más temprano que tarde, los mismos pobladores se acostumbraron al ritmo de vida impuesto por la insurgencia, donde todos los días pasaban aquellos tipos sucios, con la cara cubierta y un megáfono en la mano hablando pestes de la élite colombiana y animando a los más jóvenes a unirse a la rebelión.

En más de una ocasión, los guerrilleros entraron como Pedro por su casa, en el salón de clases donde los profesores les permitían la entrada, aterrorizados o complacientes. Pero justo en el año en que se iba a graduar de bachiller, en un giro inesperado de la situación, no se volvió a ver a aquellos zarrapastrosos caminando como si nada por la calle, ni se les volvió a ver jugando billar en los negocios del pueblo, ni tomando cerveza, ni mucho menos haciendo proselitismo en los colegios. Casi de la noche a la mañana, el pueblo se llenó de tanques militares, soldados cuya talla nada tenía que envidiarle a la de Goliath y otros más pequeños, pero armados hasta los dientes.

La madre de Kike se arrodillo en el patio de la casa, después del almuerzo, para darle gracias a Dios que la autoridad había vuelto a aquel pueblo donde no llegaba ni la señal de la televisión. Pero su abuelo, que siempre fue simpatizante con los insurgentes, estaba mucho menos emocionado.

– No le des tantas gracias a Dios, esto no va a ser para bien, sino para mal- fue lo único que dijo ante el gesto extravagante de su hija.

Y casi como una premonición funesta, una semana después de la llegada del ejército, empezaron aparecer los muertos. La primera fue Katy. Tenía apenas 16 años e iba en el mismo curso que Kike y según las malas lenguas, entre ellas la de su mismísima madre, se dedicaba a la prostitución. Luego que la hallaran en pleno parque central con el cuello dislocado y la boca llena de hormigas, se rumoró que había estado encerrándose con uno de los soldados nuevos en el comando que el ejército había improvisado en el centro de la población. Dos días después amaneció muerto en el mismo lugar, “El Chinche”, el comandante guerrillero que había sido marido de Katy desde que tenía 13 años y que se sospechaba tenía que ver con la muerte de la muchacha. Luego vinieron los enfrentamientos, las requisas en plena calle y dentro de las casa, las amenazas y los heridos.

Para el día que Kike abordó el bus que lo llevaría a Barranquilla, la situación, tal como lo había señalado su abuelo había empeorado. Con apenas 15 años empezó su carrera de Ingeniero Mecánico en aquella ciudad extraña donde no tenía a nadie y a punta de sacrificios y estudio logró terminar su carrera en cuatro años. Pero no regresó al Carmen, en lugar de eso decidió probar suerte. Consiguió un trabajo en el puerto con muy buena paga. Le iba tan bien que le quedaba tiempo hasta de ejercitarse dos horas todos los días en el gimnasio de empleados. Fue allí que conoció a Gerardo Marrugo, al que conocía simplemente como “El Socio”.

“El Socio” era un tipo de lo más normal, enemigo de nadie, y amigo de todos. Fue él el que adiestró a Kike en su semana de inducción, donde su trabajo consistía en supervisar los mantenimientos de las enormes grúas que soportaban los contenedores que llegaban al puerto. Se les hizo costumbre almorzar juntos y luego de meses de camaradería lo invitó a una reunión por los lados de la Universidad del Caribe. Kike, pensando que se trataba de una reunión religiosa, acepto sin más ni más.

La sorpresa fue enorme al ver que en lugar de Cristos y Biblias, lo que abundaba en aquel lugar eran arengas y panfletos. Se sorprendió de escuchar las mismas palabras que solían decir los andrajosos en su pueblo en aquellos días ya casi olvidados. Fue allí donde empezó la odisea que lo enviaría a la Universidad de Sucre, como estudiante nuevamente y que lo tenía dependiendo de aquella rubia, que no era tan tonta como él creía y que había salido de la habitación con la excusa de lavar los platos.

Había estado tan absorto en sus pensamientos que tardó en percatarse que Karen se había tardado demasiado. Se levantó de la cama con cuidado, envolviendo la sábana blanca en torno a su cintura para no sentirse desnudo y justo cuando se disponía a abrir la puerta escuchó voces. Abrió la puerta con cuidado y vio a Karen junto a la puerta que daba a la calle, abrazando a alguien. Era un tipo joven, rubio de tez clara, que por algún motivo se le hacía familiar. Ambos se veían tan felices y a la vez tan emocionados. Se preguntó hacía cuanto tiempo no lo abrazaban a él de aquella manera tan intensa y vehemente.

¿Karen? Dios Mío… estás bien… creí que te había pasado algo ¿Por qué no contestabas el teléfono? ¿Por qué?- dijo el muchacho – ¿A dónde te fuiste? ¿Cómo saliste de ese lugar? ¿Cómo llegaste hasta acá?

Salí corriendo, me vine por el atajo, pero… ¿a qué horas los soltó la policía?– le preguntó ella.

Fue entonces que Kike comprendió que el castillo de naipes que lo mantenía resguardado estaba a punto de caerse.

-¿La policía? ¿De qué estás hablando?– preguntó el muchacho, evidentemente sin tener ni idea de lo que ella le quería decir.

-Pues, la policía que los tenía retenidos… a todos los que estaban en la universidad en la explosión ¿no?- respondió Karen. Kike tenía que hacer algo y tenía que hacerlo de inmediato, de lo contrario la cortada que tenía en el brazo sería el menor de sus problemas.

-¿De dónde sacaste eso?– preguntó el amigo de Karen.

-Una… una vecina me lo comentó cuando llegué– dijo Karen, mintiéndole a su amigo. Lo estaba protegiendo. Eso era bueno, tenía que ser bueno.

-No, sí nos revisaron y nos pidieron los datos, pero no se llevaron a nadie para la cárcel ni nada. Al único que estaban buscando era al hijueputa ese que puso las bombas.

-¿Ya saben quien puso las bombas?

-Claro que sí, fue el tipo ese, el líder de “Doctrinas”, el tal Kike Narvaez.

-Te equivocas- dijo Kike saliendo de su escondite y apenas con la sábana cubriendo por completo su desnudez- yo no puse esas bombas.

-¿Qué hace este tipo aquí Karen? ¿Y por qué está desnudo ¿ ¿Acaso tú…?- preguntó aquel individuo con los ojos inyectados de rabia.

-Claro que no, Alex, yo sólo lo estoy ayudando- respondió Karen en medio de los dos, como evitando que la situación se complicara aún más.

-¿Ayudándolo? ¿Es que acaso eres cómplice de este… asesino?- dijo Alex mirando a Kike de arriba a abajo con una expresión que mezclaba asco y odio.

– A mi me respetas, que yo no soy ningún asesino, oíste- dijo Kike con el dedo índice de su mano derecha apuntando hacia Alex.

-A mi no me señales, hijueputa- dijo Alex apartando a Karen y golpeándole la mano a Kike.

-¿Qué te pasa oye? Yo no quiero problemas- dijo Kike levantando las manos en un gesto de conciliación.

-Vas a tener problemas, pero con la policía, para que te refunda en el hoyo donde te mereces por asesino- dijo Alex sacando su celular de uno de sus bolsillos, ya estaba a punto de marcar, cuando Kike intervino.

-No, por favor, no lo hagas- dijo el líder estudiantil tomando con fuerza la mano de Alex.

– A mi no me toques, hijueputa- dijo el muchacho liberándose de la mano de Kike. El teléfono cayó del otro lado de la sala, haciéndose añicos.

Alex corrió hacía Kike y le propinó un puñetazo en el rostro, tan fuerte que el sonido se escuchó en las casas vecinas, donde ya sus ocupantes estaban reposando el almuerzo. Kike cayó en el piso y Alex se subió encima de él y empezó a golpearlo con ambas manos, cerradas como una roca.

-Ya por favor muchachos, cálmense, por favor- dijo Karen recostada a la pared, temerosa de intervenir en la discusión.

Kike se defendía con ingenio de los golpes de Alex, evitando que le dieran en la cara, hasta que encontró la oportunidad de golpearle el estomago con la rodilla y quitárselo de encima.

-Ya cálmate, déjame explicarte- suplicó Kike, antes que Alex le pateara la cara y se situara detrás de él y le cerrara el cuello con brazos, con toda la fuerza de la que fue capaz.

Kike no podía creer que aquel muchacho, evidentemente más joven y definitivamente menos entrenado le estuviera ganando.

-¡Alex, no! Por favor, ya basta, por favor- dijo ella suplicando desde la distancia, a punto de llorar.

Karen también estaba petrificada del asombro, nunca había visto a Alex tan furioso, su rostro pálido y tranquilo, se había vuelto una masa roja, cubierta de sudor y rabia.

El aire luchaba por entrar en los pulmones de Kike, si Alex seguía apretándolo, no viviría para echar el cuento. Tenía que hacer algo. Vio que Alex estaba justo delante de una columna, así que puso todas las fuerzas que le quedaban en los pies y se echó hacia atrás. El golpe fue tan contundente, que Alex soltó a Kike de inmediato.

Kike se levantó, sin darse cuenta que en el enfrentamiento había quedado completamente desnudo. Alex se levantó, frotándose la parte de atrás de la cabeza.

-Ya, Alex, déjame explicarte, yo no soy lo que tú crees, tienes que calmarte, pareces loco, marica- dijo Kike.

-Marica serás tu hijuputa- dijo Alex antes de abalanzarse contra su contrincante, pero esta vez tenía un plan.

Kike se preparó para contener la embestida de Alex, pero su adversario no le apuntó a la cara, sino a su brazo, justo donde tenía la cortada. El dolor que sintió en ese momento lo llevó a descuidar su defensa para tomarse el brazo. Alex aprovechó la distracción y empujó a Kike con todas sus fuerzas.

Karen vio como el líder estudiantil caía sobre la parte de atrás del sofá y con el mismo impulso giró en el mueble, golpeando su cabeza con el filo de la mesa de centro. Alex no comprendió la magnitud de lo que sucedía, hasta que mas calmado, vio a Karen llorando, junto a Kike, tratando de reanimarlo.

-Kike, despierta ¡Kike!

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