Capítulo 2.

Observando como el frío sol bogotano entraba a chorros a través de las finísimas cortinas color crema que cubrían las ventanas de la habitación, el ex senador Rogelio Palmira se percató que ya era hora del almuerzo. Había permanecido casi toda la mañana recostado en su cama estilo zen, esperando pacientemente las noticias que sus aliados políticos prometieron enviarle desde Sincelejo, la capital de su tierra natal. Hubiese podido esperar un poco más antes de almorzar, pero el hambre le apremiaba. Recordando los tiempos en que cazaba mochuelos en los cerros de los Montes de María donde creció, lanzó un silbido agudo que se pudo escuchar a varios metros de distancia. No tardo en escuchar las pisadas de alguien que se acercaba corriendo.

-Dígame senador- dijo el muchachito que le habían asignado aquella mañana. No lo recordaba, pero por la forma en que lo trataba, debía conocer cómo eran las cosas con él.

-Que me manden el almuerzo- respondió Palmira sin mirar al muchachito.

-Sí, senador- respondió el muchacho, marchándose con diligencia.

“Al menos uno que no es tan idiota como los otros” pensó Palmira, mientras retiraba un mantel de lino del precioso armario de pino donde también guardaba siete diferentes clases de vajillas, una para cada ocasión. A pesar de ser un simplemente un hueco de 4×8 metros, el ex senador lo había transformado en un refugio donde bien podía vivir, a pesar de estar encerrado como los mochuelos que atrapaba de niño.

En un extremo de la habitación, junto a la única ventana de la que disponía, se encontraba la cama zen que le había regalado “La Pantera” antes de que cayera en desgracia y que según ella misma, había sido diseñada para el mismo emperador del Japón, antes de que a ella se le metiera en la cabeza que tenía que ser el regalo para los 60 años de Palmira y pagara cualquier precio por ella. Allí junto a la cama, tenía Palmira una mesa de noche, una lámpara y un armario de cedro rojo legítimo donde guardaba las pocas prendas que necesitaba en aquel rutinario lugar. La mayoría era ropa informal, como la que llevaba en aquel momento, camisetas sencillas, pantalonetas y sudaderas. Solo tenía dos trajes, hechos a la medida por supuesto, para los días en que tenía algún trámite judicial o que recibía la visita de algún familiar.

Del otro lado de la habitación estaba el comedor, el armario de las vajillas y un sofá gigantesco, todos seleccionados personalmente por su hija en su último viaje a Canadá donde, según ella, se producían los mejores muebles del mundo. La habitación era un remanso de paz y armonía en aquel lugar lleno de ratas y cucarachas, como solía pensar a menudo el ex senador. Nunca supo a ciencia cierta cuánto le pagó al decorador de interiores, pero cualquiera que hubiese sido el precio, bien valía la pena. En aquella habitación de 32 metros cuadrados se sentía libre.

Había terminado de poner los platos y los individuales sobre la mesa, cuando llegaron las cocineras con la comida. Una a una fueron colocando, en su orden, un caldero grande de arroz, una olla con carne en bistec, una enorme cacerola de ensalada, un platón enorme repleto de patacones y papas fritas; y por último una enorme jarra de jugo de panela con limón. Por la forma en que lo miraba el muchachito de la guardia, se dio cuenta, que si bien estaba adiestrado, nunca había estado de turno con él. 

Palmira nunca permitía que nadie le sirviera, para él la comida tenía una implicación casi religiosa. No por nada llegó a pesar 300 kilogramos en el clímax de su gordura, aunque después del escándalo que lo refundió en la prisión, había bajado tanto que le costaba trabajo reconocerse en el espejo, a pesar de seguir pesando más de 320 libras.

Con delicadeza se sirvió una cucharada de arroz, una ración de ensalada, cinco patacones y el corte de carne que le pareció más suculento. Ya había cortado con la mayor gracia una sección y estaba a punto de llevárselo a la boca cuando lo interrumpieron.

-Disculpe senador- dijo el muchachito que tenía de guardia. Palmira perdió los estribos.

-¿Qué quieres nojoda? ¿No ves que estoy comiendo, maricón?- le dijo Palmira luego de lanzarle el tenedor con el pedazo de carne engarzado.

-Disculpe senador, pero alguien quiere verlo… es importante- dijo el muchachito sin perder la calma y sin mostrar miedo.

-¿Y quién se atreve a interrumpir mi almuerzo? Ahora mismo no atiendo ni al presidente… – preguntó el senador con una furia visible en los ojos.

-Pues no soy el presidente, pero creo que te interesa lo que te voy a decir, Rogelio- dijo el individuo que hacía su entrada magistral a la celda del ex senador Palmira.

-¿Toño? Pero… ¿Qué haces aquí?- dijo Palmira sinceramente asombrado.

-Te tengo noticias de Sincelejo ¿Podríamos hablar a solas?

Palmira no tuvo ocasión de hacerle ningún gesto al muchacho, que ya se había marchado por su propio pie. Sin duda un muchacho inteligente al que tendría en cuenta.

-No entiendo que noticias me puedes traer, que sean tan importantes como para que te hayas arriesgado a venir aquí…

-Algo muy grave pasó en Sincelejo, y creo que es hora que tomes cartas en el asunto…

***********************************************************************

“¿Dónde rayos estoy?” fue lo primero que pensó Kike Narvaez al verse en una habitación extraña, con el brazo vendado y completamente desnudo, apenas cubierto por una delgada sabana que no dejaría mucho a la imaginación.

-Que bien que ya despertaste- dijo Karen Massier entrando a la habitación con una bandeja con un plato humeante encima- te traje un poco de sopa para que almuerces.

A Kike le costó trabajo despejarse de la somnolencia y recordar todo lo que había pasado.

-Me quedé dormido…

-Sí, creo que fue por la pastilla.

-¿Qué pastilla me diste acaso?

-Era una pastilla para la gripa, pero fue lo único que encontré con acetaminofen, para el dolor. Más bien tómate la sopa ¿Puedes sostener la cuchara?

-Claro que sí, tampoco me quedé manco.

-Oye, pero que grosero…

-Discúlpame, ya, perdón, sí ¿Ya tu almorzaste?

-Lo iba a hacer ahora que terminaras

-¿Por qué no te sirves y me acompañas?

-Vale, ya regreso.

Mientras veía el vapor aromático de la sopa de Karen subiendo hasta sus fosas nasales, Kike recordó cómo la rubia lo había sacado del campus de la Universidad por entre las murallas del encerramiento. Kike desconocía que se pudiera llegar a Villa Natalia tan rápido por aquel camino. Villa Natalia era un barrio pequeño en realidad, apenas un par de calles conectadas al resto de Sincelejo por una vía, que aunque estaba pavimentada, parecía estarse cayendo a pedazos. Karen lo había llevado hasta la segunda calle, justo frente a un lote con una hierba tan alta y espesa que él no podía entender cómo allí podían dormir tranquilos sabiendo que cualquiera podía salir de semejante monte. Pero no sólo la hierba montaraz lo había sorprendido, también el hecho que siendo la hora del almuerzo, todas las casas estaban cerradas y nadie se dio cuenta que la vecinita había llevado un herido con ella hasta su casa, casi al fondo de la calle.

Para Kike, aquella chiquilla que había visto en un par de ocasiones en las reuniones de “Dóctrinas” había sido toda una revelación. Siempre había pensado que las mujeres demasiado bonitas, sobre todo las rubias, eran a su vez demasiado tontas como para tomarlas en serio. En  las dos o tres ocasiones en que se decidió a echarle los perros a alguna hembra basando solamente en el aspecto físico, terminaba enfrascado en conversaciones sobre ropa, bailes, viajes y maquillaje, más viajes y más ropa, más bailes y más ropa. A Kike le gustaban más bien las mujeres inteligentes, que pudieran ser capaces de hablar de política, de religión, de fútbol y de un buen libro. Pero la forma en que aquella chica lo había cuidado tan desinteresadamente lo dejó pasmado.

Le ofreció su baño para que se limpiara toda la suciedad que traía encima y luego con cuidado le desinfectó y le cubrió la cortada escandalosa que tenía en el brazo izquierdo. Hasta en el asunto de la pastilla demostraba que sabía algo más que de maquillajes, bailes y ropa.

-Listo- dijo ella entrando en la habitación con un plato hondo humeante puesto sobre otro plano, más amplio para evitar quemarse.

-No quiero que pienses que soy un desagradecido- dijo Kike en tono de disculpa- sólo que me cuesta trabajo confiar en la gente.

-Wow, esa sí que es una confesión seria.

-Te lo digo en serio, y te pido mil disculpas por haberme portado como lo hice.

-Pierde, cuidado, más bien tómate la sopa antes que se vaya a enfriar.

La sopa estaba un tanto salada, pero hubiese sido el colmo de la grosería hacérselo saber a Karen, así que se la tomó como si hubiese sido el mismísimo Maná del desierto. Pero había algo más que le rondaba la cabeza y tenía que decírselo a Karen antes de que fuera tarde.

-Karen, tengo que decirte algo importante- dijo Kike, no sin cierta ansiedad.

-Ya va, deja lavo estos platos y regreso.

Karen llevó los platos a la cocina, ansiosa de seguir la conversación con Kike, pero mientras frotaba la loza contra la esponja repleta de jabón, se percató que se había olvidado por completo de sus amigos.

-¡Mierda!

La imagen de Alex, Freddy y María Andrea con los rostros cubiertos de sangre empezó a asaltar su mente con violencia. “¿Y si le pasó algo a Alex? ¿Y si le pasó algo a Alex?” era la pregunta que se repetía en su cabeza como el mensaje de Danielle Rousseau en Lost, aquella serie que solía ver de niña.

Buscó la mochila gris con impaciencia, tenía que saber de Alex, bueno también de María Andrea y de Freddy. Pero sobre todo de Alex. Una ansiedad extraña se apoderó de su cuerpo cuando vio que el teléfono celular se había apagado.

-Maldita sea- dijo casi escupiendo, mientras buscaba el cargador por toda la sala. La imagen de Alex en el asfalto de la universidad siendo aplastado por cientos de zapatos, botas y tacones circulaba con tanta intensidad en su mente que por un momento estuvo a punto de creer que se trataba de un recuerdo y no de su imaginación.

-Dios, protege a Alex, por favor.

Se sentó en el viejo Sofá de su tía, tratando de aplacar el nudo enorme que crecía en su garganta, preguntándose por qué le afectaba tanto lo que hubiese podido pasar con su mejor amigo.

Estaba intentando no llorar cuando escuchó el timbre. Alguien llamaba a la puerta. Karen se arregló un poco el cabello y se pasó el dorso de la mano por los ojos, no podía permitir que alguien la viera así, mucho menos si era su tía, que solía hacerle interrogatorios hasta por el color del labial que usaba. Ya estaba pensando en cómo haría para explicarle la presencia de Kike Narvaez, desnudo, en su cama, cuando abrió la puerta y se dio cuenta que no era su tía quien tocaba.

Del otro lado de la reja, estaba el mismo muchacho con el que solía pasar los fines de semana viendo televisión, viendo películas, haciendo trabajos o cualquier cosa que se les ocurriera. Del otro lado de la reja, con su cabello entre rubio y castaño y sus ojos color café claro, estaba Alex.

-¿Alex?- dijo ella sin poder reprimir las lágrimas y abriendo la reja que la separaba de su amigo.

-¿Karen? Dios Mío… estás bien- dijo el abrazándola con fuerza- creí que te había pasado algo ¿Por qué no contestabas el teléfono? ¿Por qué?

Karen estaba tan concentrada abrazando a su amigo que ni siquiera escuchó la pregunta. En su mente parecía estar sonando una canción de rock independiente, igual que en las series que tanto le gustaban. Alex se separó de ella y la tomó de los hombros, sonriendo, también con los ojos llenos de lágrimas.

-¿A dónde te fuiste? ¿Cómo saliste de ese lugar? ¿Cómo llegaste hasta acá?

-Salí corriendo, me vine por el atajo, por la muralla, pero… ¿a qué horas los soltó la policía?

-¿La policía? ¿De qué estás hablando?

-Pues, la policía que los tenía retenidos… a todos los que estaban en la universidad en la explosión ¿no?

-¿De dónde sacaste eso?

-Una… una vecina me lo comentó cuando llegué- mintió Karen pensando en Kike Narvaez en su habitación.

-No, si nos revisaron y nos pidieron los datos, pero no se llevaron a nadie para la cárcel ni nada. Al único que estaban buscando era al hijueputa ese que puso las bombas.

-¿Ya saben quien puso las bombas?

-Claro que sí, fue el tipo ese, el líder de “Doctrinas”, el tal Kike Narvaez.

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