Prólogo.

El sonido de un teléfono fijo repicando al fondo del enorme salón de redacción sacó a Freddy de su ensimismamiento. Miró el enorme reloj digital apostado en la pared del fondo y que parecía hacer las veces de “Gran Hermano”, supervisando escrupulosamente la labor de todos los que trabajaban allí a esa hora. Habían pasado más de dos  horas y el editor jefe del periódico no se había dignado a recibirlo. Su madre le había hablado de él. Camilo Naar había sido escogido por el mismo Juancho Pedroza, el dueño del periódico, para servir como jefe editorial de los dos periódicos locales que circulaban sin ninguna competencia en el área de Sincelejo. Hasta ese día, Freddy no recordaba la cara de Camilo, pero era tal el alboroto que formaba su madre cuando hablaba de él, que ya le parecía que lo conocía desde hacía tiempos.

Freddy lo vio a través de la pared transparente que separaba su oficina del salón de redacción. Para ser primo lejano de su madre, no se parecían en nada. Mientras que la madre de Freddy era de tez palida, cabello castaña y una nariz demasiado larga para el ancho de su cara, Camilo Naar parecía el prototipo perfecto del hombre mestizo de aquellas tierras. Tenía el cabello rapado, las facciones varoniles y armoniosas, y al menos hasta donde Freddy pudo ver, tenía muy buen gusto para vestirse. Tuvo que darle la razón a su madre cuando en sus odiosas comparaciones decía que Camilo era el orgullo de la familia.

No bien había Freddy terminado de recibir el diploma y el acta de grado, cuando su madre le pasaba insistiendo en que arreglara una cita con su exitoso primo lejano, pero en aquellos tiempos, el muchacho, lleno de vitalidad y orgullo había clamado a los cuatro vientos que iba a abrirse camino él solito, sin ninguna ayuda de ningún primo desconocido. Pero cuando pasaron 18 meses y Freddy seguía en Sincelejo sin conseguir trabajo, las cosas se salieron de toda proporción. Las cantaletas de su mamá, que hasta entonces había sido más bien charlas de motivación y buenos deseos, se transformaron en oprobiosos reclamos donde las palabras “inútil” y “mantenido” solían aparecer con fastidiosa regularidad. Cansado de soportar el martirio diario de la lengua de Verónica, decidió, por fin, aceptar que ella le cuadrara una entrevista de trabajo con Camilo.

Freddy se quitó los lentes un momento y enfocó su imagen sobre la misma pared a través de la cuál podía ver a Camilo Naar. Tenía veinticuatro años recién cumplidos, aunque por su delgadez y baja estatura parecía de mucha menos edad, el cabello liso levantado a punta de cera y crema de peinar no mejoraban mucho el asunto y su tendencia a usar ropa ceñida al cuerpo terminaba por convencer hasta a los más incrédulos que el muchacho no pasaba de los 16 años. Esa apariencia juvenil siempre era objeto de las pesadas críticas de su madre que insistía en que ningún editor de ningún periódico le daría trabajo a un periodista con pinta de estudiante de bachillerato. Pero Freddy no estaba dispuesto a renunciar a su personalidad ni por todo el oro del mundo, mucho menos desde que conoció a Oscar, el abogado de 43 años con el que llevaba casi un año de relación clandestina y para quien su mayor atractivo era precisamente su aspecto juvenil.

Oscar, una de tantas noches en que lo había llevado en su auto a los moteles de las afueras de Sincelejo, le había propuesto entregarle una suma mensual para su gastos más elementales, incluso le había insinuado la posibilidad de conseguirle un puesto como asistente de una hermana suya que trabajaba en el negocio de la organización de eventos, pero nuevamente el orgullo de Freddy fue más fuerte que necesidad y le respondió que no estaba interesado en su plata o en sus contactos, sino únicamente en el amor que él podía ofrecerle. Pero ahora, con el orgullo hecho añicos estaba allí, perdiendo el tiempo y la dignidad, a la espera de que un primo lejano sintiera lástima por él y le ofreciera un puesto de reportero en su periódico.

Para intentar matar el tiempo, Freddy abrió la carpeta que contenía su delgada hoja de vida. Periodista de la Universidad del Caribe, en Barranquilla, cursos de francés e italiano, idiomas del estilo y el glamur, no como el oficioso y frío inglés al que nunca le dedicó ni dos segundos de su precioso tiempo. Y finalmente, como experiencia laboral, seis meses de pasante en la emisora de la Universidad, donde dirigía un programa de variedades, cargado de notas de belleza, salud y entretenimiento. En aquellos tiempos se sentía libre y feliz, pero todo se había terminado con su grado como comunicador social y el momento que creyó, iba a ser el inicio de la vida que siempre imaginó en sus sueños, terminó por convertirse en el instante en que empezó su lento y aburrido infierno, donde se hacían cada vez más intensas las llamas de la rutina.

El sonido de una puerta abriéndose sacó a Freddy de lo más profundo de sus frustraciones y lo volvió a poner en la realidad. Camilo Naar hablaba con alguien por teléfono y le hizo señas con la mano para que pasara a su oficina.

-Pero ¿no deberíamos avisarle a la policía?- le decía Naar a su interlocutor del otro lado del teléfono- Pero de todas manera, Juancho, yo lo que digo es… bueno, sí, está bien. Vale, envío a alguien ahora mismo. Sí, vale, cuídate… Listo, Freddy, cierra la puerta me haces el favor.

-Yo sé que mi mamá te pidió que me recibieras, pero yo…- empezó a decir Freddy mientras cerraba la puerta y justo un segundo antes de que Camilo Naar lo interrumpiera.

-Escúchame bien esto que te voy a decir, primito y te lo voy a decir una vez para que no me hagas perder el tiempo, yo no te voy a regalar un puesto, si es verdad que quieres trabajar aquí tendrás que demostrarlo.

-¿Demostrarlo cómo?

-Un trabajo, un reporte de prueba… si lo haces bien, estás contratado, si no, vas a regresar a las falditas de Vero como TODO este tiempo, desde que te graduaste ¿Vale?

-Vale- respondió  Freddy – ¿Qué tengo que hacer?

-Fácil –dijo Camilo Naar con la alegría dibujada en el rostro – vas a volver a la universidad.

*******

A bordo de una destartalada y oxidada buseta con rumbo a la Universidad de Sucre, Freddy Gaviria volvió a pensar en la extraña conversación de estaba teniendo Camilo Naar cuando lo hizo pasar a su oficina, hacía ya una semana. “¿No deberíamos avisarle a la policía?” eran esas palabras las que no podía sacarse de su cabeza desde que decidió aceptar la misión que su lejano primo le había impuesto como condición para concederle el trabajo que su madre tanto había anhelado.

Habiendo sido instruido en las triquiñuelas del periodismo por los viejos zorros de la profesión, sabía muy bien que una de las batallas más frecuentas a las que se enfrentaban los comunicadores, era decidir qué hacer cuando se conocía información demasiado sensible. Frecuentemente los periodistas debían decidir si mantener la información en secreto para conservar “la chiva” o la exclusividad de acceso a la información, o revelarla a las autoridades competentes. Freddy trataba de convencerse que Camilo Naar no era el tipo de periodista que pondría en peligro a alguien, sólo por tener la exclusiva de una noticia, por lo que dedujo que probablemente había escuchado algún rumor, pero que no tenía confirmación del mismo. El hecho de que hubiese mencionado a la policía indicaba que no era algo trivial, pero justo eso era lo que le producía temor.

“Envío a alguien ahora  mismo”. Esas habían sido las palabras con las que Camilo había cerrado aquella extraña conversación, treinta segundos antes de que lo enviara a la Universidad de Sucre en calidad de periodista encubierto. Pero se tranquilizó con la hipótesis de que si lo habían enviado a él, no podía ser nada de vida o muerte.

Lo bueno (o malo) de la Universidad de Sucre era que cualquiera podía entrar y hacerse pasar por estudiante sin ningún inconveniente. Había entrado hacía una semana y le sorprendió que no le pidieran un carnet y otro documento para ingresar al campus. Había seleccionado como carrera ficticia la de Administración de Empresas, que era el programa académico en el que Kike Narvaez se encontraba matriculado. Kike Narvaez era el representante de los estudiantes de la Universidad de Sucre y era el objetivo más importante que le había señalado Camilo en el momento de asignarle su misión.

Freddy ya tenía asistiendo una semana a las clases del tercer semestre de Administración de Empresas y hasta entonces a nadie le pareció extraña su presencia allí. La mayoría asumió que se trataba de un estudiante nuevo, probablemente de la jornada nocturna y como ninguno de los docentes tomaba la precaución de llamar a lista, le fue mucho más fácil justificar su estadía. Incluso, ya había hecho algunos amigos.

Karen Massier, era sin duda la niña más linda de aquel semestre. No debía tener más de veinticinco años, pero tampoco menos de veinte. Tenía el cabello rubio, deliciosamente ensortijado, cortado a la altura media de los brazos. Tenía unos ojos color miel que ella sabía resaltar muy bien con el maquillaje y los accesorios que utilizaba. Era la más alta entre las niñas de su grupo, y eso era evidente por el hecho de que incluso sin tacones, Karen resaltaba entre sus compañeras. Había sido ella la que más preguntas le había hecho. Que de donde venía, que por qué no lo habían visto antes, que por donde vivía, pero a diferencia de Alex, su mejor amigo, Karen parecía satisfecha con sus respuestas e hasta lo había incluido en su selecto grupo a la hora del almuerzo.

Karen casi siempre estaba con sus dos mejores amigos, María Andrea, una versión artificial de Karen, con el cabello tinturado y lentes de contacto demasiado evidentes para ser creíbles; y Alex Pedroza, que desde el primer día lo había mirado con tanta desconfianza, que Freddy llegó a sentirse intimidado.

Alex tenía el cabello fino y un par de tonos más claro que el de Karen, con una tez pálida, solamente salpicada por el acné en un par de puntos, que en lugar de hacerlo ver menos atractivo, multiplicaban su sex-appeal. Había sido él, el primero en cuestionar las intenciones de Freddy cuando les pidió que asistieran a la reunión del grupo estudiantil de Kike Narvaez, llamado “Doctrinas”. Mientras que a Karen y a María Andrea (por supuesto) les pareció buena la idea, Alex se molestó tanto que se fue sin despedirse de ninguno de ellos.

Freddy tuvo la certeza de que la rabieta de Alex no tenía nada que ver con cuestiones políticas, como había insinuado, sino con la forma en que Karen se había expresado de Kike Narvaez, a quien no bajaba de “Triple Papasito”. Y Karen tenía toda la razón. En la primera y única reunión a la que asistió en el famoso Kiosko frente a la cancha de fútbol, Freddy tuvo la impresión que no estaba frente a un líder estudiantil, sino frente a una estrella de cine. Kike Narvaez tenía el cabello negro, grueso y lacio, perfectamente peinado, por lo que Freddy dedujo que se aplicaba alguna clase de fijador. Era bastante alto, mínimo unos 1.85 metros y tenían un cuerpo musculoso que se dejaba ver a la perfección a través de sus camisetas ceñidas al cuerpo y sus jeans, pero lo que más atraía de Kike Narvaez, además de su mirada de ensueño, era su sonrisa. Cada vez que sonreía parecía un príncipe de película de Disney, capaz de hacer suspirar hasta a la más frígida. Freddy tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para disimular el efecto que el líder estudiante producía en él, a diferencia de Karen que entre sonrisas y guiños no le quitó los ojos de encima ni un solo momento.

Pero la fascinación de Freddy por Narvaez se desvaneció al prestarle atención a sus palabras. Debido a la extraña muerte del rector en funciones, el Gobernador pretendía nombrar a un rector interino, mientras se convocaban a elecciones. La cosa no dejaba de ser sospechosa, más cuando el difunto rector tenía menos de un mes de haber tomado posesión del cargo. Para Kike, se debía convocar a nuevas elecciones y no permitir que el gobernador nombrara a alguno de sus súbditos políticos en el cargo.

En menos de tres días, el “príncipe estudiantil”, como Karen le decía a Kike Narvaez, organizó a un grueso número de los estudiantes de la Universidad, incluyendo a los de las sedes de Salud y Ciencias Agrarias.

Una semana después de haber ingresado de infiltrado en la Universidad de Sucre, Freddy se había bajado de la oxidada y destartalada buseta para encontrar la entrada al centro educativa hecha un remolino humano. Pero la verdadera tempestad se estaba gestando dentro de la Universidad.

La pendiente asfaltada que daba acceso hasta la plaza central de la universidad estaba tan atestada de estudiantes inoficiosos que a Freddy le tomó casi 10 minutos subir hasta el edificio administrativo donde apenas estaba empezando el espectáculo. Encadenado al portón de entrada al edificio estaba Kike Narvaez, estaba de pie y el inofensivo sol de la mañana le cubría el rostro, pero parecía tener una determinación y una voluntad de hierro.

Freddy de inmediato encendió su teléfono celular y empezó a grabar la tétrica escena. Kike tenía los brazos extendidos, como una versión sacrílega de la crucifixión, cada uno de ellos amarrados a la reja que daba entrada al edificio administrativo.

-¡Compañeros!- gritó para sorpresa de los espectadores- No nos vamos a dejar pisotear, tenemos derechos, no vamos a permitir que nos impongan una directiva mafiosa y elitista. Nosotros vamos a elegir a nuestro rector y no vamos a desfallecer hasta lograrlo.

-¡Urra! ¡Urra! ¡Urra!- dijeron en coro los integrantes de “Dóctrinas” y que Freddy conocía muy bien por la manera servil en que trataban a su líder.

Freddy grababa la escena, imaginando que había que estar loco o drogado para hacer semejante espectáculo, aún cuando la causa fuera noble. En esas estaba cuando vio aparecer a su costado al grupo de amigos que ya le era familiar. Karen llevaba el cabello recogido en un moño sencillo en la cabeza, sostenida con lo que parecía ser una especie de palillos chinos. María Andrea, como siempre parecía un clon deformado de Karen y Alex observando la protesta con una mirada tan intensa como si quisiera fulminarla con la mirada.

-¿Por esta maricada fue que le dieron candado a los salones?- preguntó Alex sin quitar la mirada del lugar donde Kike estaba encadenado.

-¿Candados?- preguntó Freddy

-Todos los salones, los laboratorios y hasta la biblioteca tienen candados, se los pusieron los de “Doctrinas”- dijo Karen, con más excitación que preocupación.

Freddy giró la cabeza 180 grados y observo que en efecto la puerta de entrada a la biblioteca estaba sellada con un enorme candado. La Biblioteca de la Universidad de Sucre era un sólido edificio cuya fachada principal estaba compuesta de una pared de paneles cristalinos de más de 5 metros de altura, en la que los vanidosos estudiantes solían detenerse para verificar que estuviesen regios a la hora de entrar a clases. Desde esa distancia la masa de estudiantes en la plaza principal y alrededor del edificio administrativo, se reflejaba amorfa e imperfecta, compitiendo apenas con la claridad del día que se alzaba en el horizonte y se hacía más intensa a cada segundo.

La imagen reflejada en la fachada de la biblioteca tenía tan distraído a Freddy que tardó en darse cuenta que las miradas de los asistentes al espectáculo de Kike Narvaez, ya no estaban puestas en el líder estudiantil, sino en la base de la pendiente que subía hasta el lugar donde se encontraban en ese momento.

-Pensé que no estaban dejando entrar a nadie- dijo Alex mostrando un matiz de preocupación en su cara, por lo general inexpresiva.

En efecto, un automóvil de color gris platinado ascendía lentamente por la vía de acceso, mientras los ociosos estudiantes se apartaban en medio de un rumor colectivo fastidioso y ensordecedor. Freddy pudo grabar el momento exacto en el que el conductor se detuvo y abandonó el vehículo con una elegancia dignas de un príncipe europeo. Quien se bajaba del auto era un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, tenía el cabello canoso abundante y bien cuidado; debía medir entre 1.75 y 1.80 y se le notaba un excelente estado físico, su ropa era sencilla pero la llevaba con porte y distinción, igual que los lentes fotocromáticos que cambiaron de color en el trayecto comprendido entre el vehículo y el portón donde Kike Narvaez permanecía encadenado.

-¡Estudiantes!- gritó Kike Narvaez observando detenidamente la llegada del intruso – ¡Compañeros! Les presento a Pablo Emilio Santís, ¡El rector que nos quiere imponer la clase política corrupta de este departamento!

Si el ruido de las voces de los presentes había sido ensordecedor hasta hacía unos segundos, el infame anuncio de Narvaez convirtió el lugar en una total anarquía de rechiflas, gritos e insultos a los que Santís parecía hacerles tanto caso como al polvo de la suela de sus zapatos de cuero legítimo.

Freddy pudo ver a través de la pantalla de su teléfono, que seguía grabando cada instante de la situación, como Santís se había aproximado a Narvaez. Parecían estar conversando. Se abrió paso entre la multitud para quedar en primera fila. Se sorprendió al ver que Karen, María Andrea y Alex lo seguían. La estrepitosa rechifla sólo se detuvo cuando uno de los líderes de “Doctrinas” le quitó las esposas a Narvaez.

-¿Por qué le están quitando las esposas?- preguntó María Andrea igual de confundida que el resto de los espectadores.

Pero nadie le respondió. El recién liberado líder estudiantil siguió hablando en voz baja con Santís en la terraza del edificio, a la que Karen no había perdido de vista ni un segundo, pero a Freddy le pareció que estaba más enfocada en las nalgas de Kike Narvaez que en la seriedad de la situación.

-Deberíamos irnos- dijo Alex casi gritando en medio de la rechifla – hay algo aquí que no me gusta, pero para nada.

-Ay, Alex, espérate, mira que Kike va a decir algo- respondió Karen señalando con el dedo índice el lugar donde Narvaez intentaba calmar a la multitud moviendo sus musculosos brazos en el aire.

-¡Compañeros!- empezó el líder, poniendo en silencio a todos los asistentes – El señor Santís y yo hemos conversado… y me ha informado que está dispuesto a someterse al proceso de votación que hagamos aquí en la universidad. Sólo quiero que sepa, señor Santís que espero que este proceso se transparente y limpio, porque créame cuando le digo, y se lo juro aquí frente a todos mis compañeros aquí presentes, que estoy dispuesto a lo que sea, a lo que sea, con tal de defender a mi universidad, a lo que sea….

Fue entonces que sucedió. Freddy sintió como si le hubiese golpeado la espalda con un mazo de hierro y cayó de bruces contra el borde de la terraza del edificio. El sonido de la explosión se escuchó hasta en el centro de la ciudad, donde a esa hora, los habitantes de Sincelejo apenas se preparaban para su jornada laboral.

Freddy, agarró fuertemente el celular con su mano izquierda y se dirigió a toda prisa al lugar donde hasta hacía unos segundos Kike Narvaez y Pablo Santís había estado de pie, conversando. No se preguntó a dónde habían ido, ni de dónde provenía esa sensación tibia y húmeda que le cubría el rostro. Se aferró de la reja del portón, sellada con un enorme candado y con las cadenas de la protesta estudiantil, aún engarzadas en ella. La fachada de la biblioteca estaba hecha añicos y una fina lluvia de vidrios se había esparcido por todo el lugar.

Por una fracción de segundo todo quedó en silencio. Freddy no escucho nada más que los latidos galopantes en su propio pecho, mientras veía la avalancha humana avanzando en dirección a la bahía de entrada de la universidad, sin detenerse a mirar a los pobres infelices que habían quedado bajo de ella, sangrando y muriendo.

La situación no podía ser más apocalíptica, o al menos eso pensó Freddy, justo antes de que se escuchara el estruendo de una segunda explosión, esta vez proveniente del mismo centro de la plaza.

-¡Freddy!- escuchó a alguien gritar, mientras unas manos extrañas le sujetaban los brazos- ¡Suéltate, tenemos que irnos ya!

Alex y María Andrea lo separaron de la reja con tanta fuerza, que al joven periodista le pareció que le habían arrancado los dedos. Freddy no se dio cuenta en qué momento llegaron a los frondosos árboles junto al laboratorio de biotecnología, del otro lado de la universidad, ni mucho menos escuchó la pregunta que Alex le había repetido con insistencia desde hacía un rato.

-¡Freddy, Freddy! ¿Dónde está Karen? ¿Dónde está Karen?

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