Capítulo 1.

Todo se había vuelto oscuridad y confusión. La imagen de la fachada de la biblioteca cayéndose a pedazos, se había quedado fija en su memoria como un chicle baboso en un zapato nuevo, casi sin estrenar. Se había echado a correr, no tanto porque quisiera hacerlo, sino porque la presión de la turba aterrorizada amenazaba con arrojarla al piso si permanecía quieta. No volvió a ver a Alex, ni a María Andrea, ni a Freddy… sólo podía ver ese punto abstracto y difuso en el horizonte a donde la impulsaba el terror, una milésima de segundo antes de que la onda expansiva de la segunda detonación, la arrojara en una dirección desconocida, donde sólo existía el dolor y la negrura de la muerte.

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Corría en medio de una carretera desolada, en medio de la noche, llevaba puesto un vestido entero de color violeta, suave y delicado, pero manchado de una sangre espesa y hedionda que al tocar los minúsculos sensores de su nariz, producían en ella unas ganas irreprimibles de vomitar. Sentía un escozor agudo en todo el cuerpo, como si un millón de agujas afiladas se estuvieran enterrando lenta e inexorablemente en su piel. Corría, en medio de la oscuridad, con la sensación extraña de que se merecía aquel destino, con la impresión desmedida de que era el momento de saldar cuentas. Estaba tan absorta que sólo se percató del enorme de carga que venía a toda velocidad detrás de ella, cuando su sombra deforme se proyectó en el asfalto. El sonido grave de la bocina enervó los últimos rescoldos de adrenalina que quedaban en su cuerpo, saltando a un lado de la vía, esperando tropezar con un pedazo de tierra firme en el cuál apoyarse, pero encontrando en su lugar un vacío sin dimensiones que la atrapó en su gravedad y la obligó a caer hacía el infierno que la esperaba en el fondo de aquel precipicio.

Despertó sobresaltada, gritando como loca y con unas ganas espantosas de echarse a llorar. Se empezó a revisar cada parte de su cuerpo, como para cerciorarse que en realidad estaba viva. Le dolía la cabeza y las rodillas, pero no veía sangre por ninguna parte. Tardó tanto en convencerse que no estaba cayendo en aquel abismo en medio de la oscuridad, que apenas pudo reconocer el lugar donde se encontraba.

Los arboles de mango y de níspero, rodeados por una espesa capa de hierba silvestre y afilada y la visión insólita de los bloques de salones de la universidad, le indicaban que estaba en los terrenos ociosos junto al seco y pestilente arroyo de La Palma, que cruzaba en el límite del campus, como un fantasma desconocido que sólo veían los estudiantes de Ingeniería a través de las lentes de su teodolitos en sus prácticas de topografía y que Karen conocía muy bien porque solía tomar esa ruta junto a Alex y María Andrea para llegar rápido a Villa Natalia sin tener que dar “la vuelta del bobo” por Puerta Roja y El Bosque. Sólo los estudiantes que vivían en Villa Natalia utilizaban esa ruta de manera corriente, aprovechando el mal diseño del cercado que dejaba tanto espacio entre las murallas que Karen se sorprendía que no hubiese más robos dentro de la universidad.

Sentada en medio del forraje, escuchando el canto solitario de un mochuelo y observando la intensidad de la luz colándose en medio de las copas de los árboles, Karen no comprendía cómo había llegado hasta allí. Estaba a más de 500 metros de la plaza central de la universidad, que si la memoria no le fallaba había sido el lugar donde había tenido lugar la segunda explosión. ¿Cómo carajos había llegado hasta allí? Sólo cuando se levantó se dio cuenta que no tenía su mochila a la mano. No se sorprendió por haberla perdido luego de semejante pandemónium, pero definitivamente no era una buena noticia haber perdido su celular y sus papeles. Hubiese sido sencillo tomar la ruta corta a su casa y olvidarse de todo, pero si existía la posibilidad de recuperar sus cosas, no iba a dejar perderlas así como así. Se acomodó las sandalias planas que se había puesto aquella mañana y se dispuso a recorrer la ruta hasta la plaza central de la universidad, para ver si podía encontrar sus pertenencias.

-Si me permites darte un consejo, yo no caminaría en esa dirección.

Karen volteó terriblemente asustada al escuchar aquella voz a sus espaldas pues hacía tan solo un par de segundos habría jurado que estaba completamente sola en aquel lugar. A unos diez metros del lugar donde se encontraba de pie, recostado junto al tronco de un campano, se encontraba alguien que ella conocía. Tenía el cabello lacio, completamente desordenado y sucio, al igual que su rostro. La camiseta azul ceñida al cuerpo estaba rota en varios puntos y de su manga izquierda corría un grueso hilo de sangre, detenido a penas por la robusta mano izquierda del individuo. Karen lo había visto hacia unos momentos atado con cadenas, de pies y manos a una puerta de hierro, protestando por los derechos de los estudiantes. La voz que había escuchado hacia unos segundos era nada más y nada menos que la de Kike Narvaez.

-Pero, ¿Cómo se atreve a asustarme de esta manera? ¿Desde cuándo me ha estado observando? – preguntó Karen aún con el corazón en la boca, por el susto.

– ¿Observándola a usted? Por favor, no me crea tan frívolo…

Karen quedó inmovilizada por la duda de la palabra desconocida. “¿Frívolo? ¿Qué carajos significa eso?”, pero no se atrevió a lanzar la pregunta en voz alta. Era demasiado orgullosa para eso. Fue otra cuestión la que lanzó al aire, frente aquél hombre que tantos suspiros le había sacado en cuestión de meses.

-¿Por qué dice que no debería ir en esa dirección? Por allá está el portón de salida… y no encuentro mi mochila.

-¿Te refieres a esta mochila?- dijo Kike Narvaez, levantándose apenas lo necesario para sacar una mochila de lana gris de debajo de sus posaderas, para arrojársela luego a Karen.

-Pero, pero…-fue lo único que dijo Karen, al borden del llanto al ver como su preciosa mochila había servido de cojín en el suelo pelado para un patán como aquel. Mientras revisaba el estado de sus pertenencias, y verificaba que su celular no hubiese sufrido daño alguno, se preguntó cómo había podido estar tan equivocada sobre aquel sujeto que en algún momento asimiló con un príncipe pero que de cerca no era más que un grosero.

-Mire como me dejó todo…- dijo Karen, incapaz de contener los sollozos que le estaban desgarrando la garganta.

-Ay, por favor…- fue lo único que dijo Kike, girando los ojos en un gesto de desdén.

-¡¿Cómo se atrevió a dañarme mis cosas?!

-Yo de ti no gritaría tanto niñita, más bien deberías agradecerme que te levanté del piso antes de que media Universidad de Sucre te pasara por encima y te aplastara.

-¿De qué estás hablando?

-Luego de que explotara la escultura de la plaza, te caíste, ibas justo delante de mí, te caíste y perdiste el conocimiento. Antes de que empezara todo el mundo a correr de nuevo, te levanté y te traje hasta aquí.  Al menos aquí nadie te iba a aplastar.

Karen no supo que decir. La versión de Kike tenía lógica. Lo último que recordaba era estar cerca de la plaza central y era una locura pensar que la onda expansiva la había arrojado tan lejos.

-Se dice “gracias”- dijo Kike abriendo los brazos, pero al parecer el acto de patanería le pasó factura muy rápido. Un gesto de dolor se apoderó del rostro viril del muchacho quien se tomó el brazo izquierdo con fuerza, mientras el chorrillo de sangre que había visto Karen hacía un rato, se transformaba en un surtidor rojo demasiado fluido como para pasarlo por alto.

-¡Dios Mío!- dijo Karen horrorizada- Déjeme ver.

Kike tenía los ojos cerrados con fuerza, pero para sorpresa de Karen, quitó la mano de su brazo herido. Ella levantó con cuidado la manga de su camiseta. Una cortada de espanto surcaba el brazo del líder estudiantil casi hasta el hombro, pero al presionar el área alrededor de la cortada, Karen observó que la herida era más bien superficial.

-No parece de puntos, pero tiene el brazo muy rojo, hay que limpiarle esa herida, rápido.

-No me diga que sabe mucho de medicina.

-Bueno, antes de estudiar administración, hice dos semestres de enfermería.

-No debía ser muy buena, si le tocó cambiar de carrera.

-Oiga ¿Usted siempre es así de antipático? Estoy tratando de ayudarle…

-Sí, tienes razón- dijo Kike quitando por un momento su gesto altivo y recostándose con dolor en el tronco del campano.

-Venga- dijo Karen tomando a Kike del brazo sano- tenemos que salir de aquí y llevarlo a una clínica o algo.

-No, no podemos salir de la universidad.

-¿Por qué?

-Es que no sabes…

-¿No se qué?

-La policía se llevó presos a todos los que estaban dentro de la universidad en el momento de la explosión… bueno de las dos explosiones.

-¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

-Uno de mis compañeros me lo acaba de decir por teléfono, me dijo que cuando llegó a la puerta de la U, el ESMAD sólo dejaba salir las ambulancias con los heridos y…

-¿Y qué?

-Y los muertos.

-¿Muertos?

-Sí, al parecer hubo varios.

La imagen de Alex y María Andrea con los rostros cubiertos de sangre surcó la mente de Karen por un segundo y de inmediato buscó su celular en su mochila.

-¿Qué estás haciendo?

-Voy a llamar a mis amigos. ¿Y si ellos están…?- no pudo terminar la frase- Tengo que llamarlos.

Pero justo en el momento en que estaba a punto de marcar, los gemidos de dolor de Kike se hicieron más agudos.

-Tenemos que salir de aquí, hay que limpiar esa herida.

-Yo no puedo salir por ese portón.

-Tranquilo, yo conozco otra salida.

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